El arte de hacerse de lo ajeno

José Luis García

 

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No hace mucho el Louvre expuso 300 pinturas, dibujos y esculturas hechas por artistas extremadamente personales como Turner, Gericault, Delacroix, Ingres, Cezanne, Giacometti, Bacon, Duchamp, Picasso… Pero lo que asombró a no pocos visitantes fue el signo común de la muestra: Todas las piezas son copias de originales conservados en el propio museo. Así la institución sugiere que a lo largo de siglos y en materia de artes plásticas, las copias han formado parte de las producciones de los maestros, quienes a su vez han sido copiados por otros maestros. Por cierto que la obra El desembarco de María de Médicis en el puerto de Marsella, (que Rubens consideró una faena tremenda), aparece copiada por Delacroix y Cezanne.

jose-luis-garcia-EsteLunes-2-OtroLunes39Hoy que tanto se habla de Derechos de Autor, la muestra parisina posee una sugestiòn adicional. Porque si nos atenemos a la ley que dice: Ninguna idea se copia,  sólo su expresión, tenemos que absolutamente todas las piezas exhibidas constituyen plagios, al menos siguiendo como suele decirse la letra de la anterior cláusula. Pero sucede, al parecer, que existe otra ley silenciosa, que permite reproducir con exactitud, sin menoscabo para las partes. Ya lo escribió el catedrático y crítico chileno Carlos Mc Hale: “El pintor que hace una buena copia de un cuadro, también hace arte”.

En materia literaria y también durante siglos se ha admitido tácitamente que puede copiarse un tantico así. ¿Qué hace por ejemplo Shakespeare en El Mercader de Venecia, Acto IV, escena I? Dice el Mercader: “Acaso preguntéis por qué prefiero una libra de carne putrefacta  en vez de recibir tres mil ducados”. Y dice el Orador –de la obra homónima de Alejandro Silvayn, escrita unos años antes que El Mercader-: “Podría alguien preguntarme por qué no prefiero aceptar plata de este hombre en lugar de su carne”. Huelgan los comentarios. De hecho el prestigioso investigador Edward Wright ha llegado a la conclusión de que Shakespeare copió, con excepción de uno, todos sus argumentos de autores anteriores, pero los presentó “tan inmejorablemente que no merece una crítica seria por ello”.

Muy curiosa es además la cantidad de alusiones a las copias literarias que a lo largo de mi vida como lector he encontrado entre los clásicos de mi lengua. Decía Fray Jerónimo de San José: “El brío español no sólo ha   querido mostrar su imperio en conquistar, sino en copiar de todo el mundo. Estos vocablos son míos, afirma ese brío, y los coge como cosa suya.

Cierto que lo viene haciendo con tal destreza, que los vocablos que como nuevos asume aparecen tocados de cierta nueva gracia, gala y aliño, y así, puliendo lo robado, lo hace propio”. Por otra parte, Fray Luis de León debe haber azorado a sus contemporáneos al escribir: “Tomar de lo ajeno es ley de procreación”. Siglos después el sabio Menéndez y Pelayo intentaba reivindicarlo: “Verdad es que Fray Luis bebía de todas las fuentes,  adornando su obra con los más preciados despojos de divinidades ajenas. ¿Pero tiene algo que ver el peregrino hurto del verdadero artista con esa ralea de escritorzuelos que se comen todo y luego lo vomitan en la trastienda del comercio intelectual?” De quienes rodeaban a Menéndez (sin excluir al propio sabio), el filósofo Ricardo León comentaba: “Estos tradicionalistas, estos puristas de hogaño, no hacen sino copiar las ingeniosas artimañas de Cristóbal del Castillejo”, mientras que el propio don Cristóbal afirmó en vida: “Copiar o morir”.

jose-luis-garcia-EsteLunes-4-OtroLunes39Desde luego que cuando se habla de copiar debe tratarse sólo de arranques para la inspiración, o de pequeñas franjas, aunque no se aclaran longitudes cuando Cervantes escribe: “Es lo que hacen igual todos los hombres mortales para vivir y prosperar: Coger los alimentos de más fácil asimilación y meterlos en la sangre, coger lo que les conviene y hacerlo suyo”. Años después de haber escrito sobre “el brío español”, Fray Jerónimo traza una suerte de ley: “De todos, con libertad y señorío, ha de tomarse como de cosa propia en tributo de vasallaje”. Boscán fue más ingenioso: “Yo, mejorando lo que robo, lo hago con excelencia, mío”. Garcilaso escribe sin remilgos: “Hay que tener tragado que es lícito y lo fue hurtar sin embarazarse frases y modos que tengo dichos”. Y Lope de Vega dejó escrito en memorables versos: “¿Que cómo compongo?/ Pues leyendo/  y lo que leo imitando/  y lo que imito escribiendo”. Claro, Lope habla de “imitar”, y tal vez lo haga en un sentido diferente a “coger”, “tomar”, “hurtar”, etc. Acaso se trata del mismo sentido por el cuál podemos lícitamente preguntarnos si existiría El Quijote –por lo menos tal como es-, si no hubieran existido los romances viejos, la novela pastoril, los libros de caballería en general y en particular las obras de Luciano y Erasmo, sin desdeñar la Didáctica Popular y lo mejor de Lope de Rueda y Fernando de Rojas.

En definitiva puede que se trate de dos cosas distintas. A saber: La Imitación, de un lado, y El Arte de Copiar, de otro, si bien una persona incisiva puede desmantelar tal diferencia por lo menos en dos cuartas partes. Queda firme sin embargo que en un sentido elevado es posible imitar proezas, axiomas, imágenes y una larga lista de etcéteras (ya descriptas), haciendo hábiles y constantes raguts con sorbetes de disímiles colores recombinados. Pero el sambenito de lo copiado, puede gravitar incluso injustamente sobre inocentes cabezas.

Pablo Neruda comentaba con acento conmovedor que al mostrar su primer poema, el veredicto que recibió a rajatabla fue la pregunta ¿De donde lo copiaste, muchacho?

Al leer lo anterior en la página 33 de las memorias de Neruda, Julio Cortázar acotó renglón seguido a lápiz: “!Lo mismo me pasó a mí! ¡También creían que yo plagiaba!”

De cara al nuevo milenio no escasean ejemplos de ejercicios para imitar (copiando sólo estructuras), algunas loables producciones de épocas remotas. En los casos de búsqueda seria, se intenta transponer aquellas viejas armazones y llenarlas de contenido actual a ver qué pasa cuando las aquilata el público moderno. Es así como el novelista John Gardner nos ofrece en su popular novela Jasón y Medea, un vaciado magnífico de argamasa contemporánea en el viejo molde de La Argonáutica, con algunos soportes de Eurípides y de otras obras menores de Apollonius Rhodios. Seguimos hablando de imitaciones estructurales de primera clase si evocamos La Montaña de Cristal, de Donald Barthelme, que usa la estructura de The House of Fame, de Chaucer. Y otros autores de hoy van más lejos. John Barth, por ejemplo, indaga en lo que pueden significar los personajes y acontecimientos pasados traducidos a la sensibilidad de los lectores modernos. Esto hace en su exitosa novela Chimera, magistral re-creación de Sherezada. Por otra parte, lanzando una rápida mirada al ayer reciente (y en un plano de difícil acceso pero no menos tentador), vale el esfuerzo de seguir el hilo de la aventura a que nos invita Samuel Beckett: “¿Por qué no exploramos toda la obra de James Joice como lo que es, una imitación de La Odisea?”

Lo cierto es que con el actual auge de la llamada técnica paródica, los creadores de todas las expresiones artísticas han  hallado una veta que parece inagotable. Cada día más suelen trabajar apegados a alguna obra anterior o a fragmentos, simples pasajes, tres o cuatro trazos de negro y gris, unas pocas octavas en arpeggio o doscientos metros de película… Todo en un espectro que se mueve entre el tributo (¿de vasallaje?), y el guiño cordial, sin olvidar momentos de verdadera basura.

En cuanto a lo que funge hoy como la eterna licencia silenciosa (ese vetusto Derecho a tomar de lo ajeno), me siento tentado a citar finalmente  algunas ilustres opiniones.

Jorge Luis Borges: “Si uno escribe una cita de alguien, ya esa cita le pertenece”.

Carlos Saura: “Yo me apropio de las cosas y las hago mías. Es mi obligación”.

Francis Coppola: “Siempre sigo el consejo de mi padre, quien solía decirme. Hijo mío, si vas a robar, roba del mejor”.

Teodoro Gericault: “Yo cojo lo que siento mío donde aparece”.

Tom Wolfe: “Mi doctrina es arrebatar, usar”.

David Lee Roth (Van Halen): “Yo digiero toda clase de música, les robo a todos. La inspiración no llega cuando estás en la cama. No dices “¡Ey Joe, tengo una canción!”. Porque sencillamente tienes que robársela a Joe  o a alguien, y aprenderlo en la forma que debe ser”.

Con todo, cabe preguntarse si para un futuro lejano las imitaciones y / o el arte de copiar, serán opciones muertas, prácticas moderadas o tributarias de escaso volumen, o si como afirma Roberto Arlt: “Llegaremos a consumir falsificaciones burdas de otras falsificaciones, que a su vez también se inspiraron en falsificaciones, que en su momento fueron falsificaciones”.

Del Autor

José Luis García
(Holguín, Cuba, 1955). Periodista, narrador y dramaturgo. Ha trabajado para las páginas culturales de Juventud Rebelde, Revolución y Cultura y El Caimán Barbudo. Actualmente realiza en Cuba programas radiales dedicados a la música popular. Tiene publicados los libros Los silencios del ruiseñor (cuento), Una crónica de amor (teatro), Apuntes de un cazador (cuento), El hombre de los guantes amarillos (teatro), Ejercicios para volver (cuento), Historia de una foto (teatro), Historia de Maura (teatro), Noche cubana (teatro), y Últimos días junto al mar (novela). Ha impartido conferencias en distintos países del continente y ha sido distinguido en los concursos Casa de las Américas 2001 (por su obra teatral Historia de una foto), Casa de Teatro –República Dominicana-, por su pieza Historia de Maura, y obtuvo el III Premio Latinoamericano de Teatro George Wooyard en los Estados Unidos, 2008, por Noche cubana. Obras suyas han sido llevadas a escena en Cuba por Teatro Estudio y el Grupo Duende y en España por el Grupo Alternativa.