Conocí a Nahum Monnt hace unos años en la Semana de Negra de Gijón de 2008 donde él presentó su libro El Eskimal y la mariposa, una de esas novelas negras latinoamericanas tan originales y de tanta fuerza narrativa, que ya desde las primeras páginas me hizo saber que me encontraba ante la obra de un gran narrador, algo que ya había anunciado Paco Ignacio Taibo II durante sus palabras de presentación, en la Carpa de Encuentros, el corazón de las actividades más importantes que tienen lugar durante ese evento que se anuncia como “la única semana de diez días en todo el mundo”. Recuerdo que nos visitó en el taller de técnicas narrativas que ofrecía yo ese año (desde el 2002 era yo el “profesor” de los talleres para jóvenes que convoca cada año la Semana Negra), esta vez en compañía de mi amigo y compatriota, Lorenzo Lunar Cardedo, y que allí supimos de su experiencia de trabajo vinculada a RENATA, la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa de Colombia.
Pero más allá de estos encuentros, de la hermandad surgida durante esa semana de intensos intercambios literarios, estos años de amistad me han permitido constatar que no andaba errado en mis criterios cuando terminé de leer El Eskimal y la mariposa: “este es otro colombiano que dará mucho que hablar”, le comenté entonces a otro hermano colombiano: Álvaro Castillo Granada, un librero único, casi un raro ejemplar de esa especie en extinción que son los libreros que saben, disfrutan y viven en (no de) la literatura. La respuesta de Álvaro fue rápida y certera: “es uno de los más originales”, dijo. Y como si estuviera empecinado en demostrar que no nos equivocamos quienes confiamos en su talento, este tiempo transcurrido desde entonces es suficiente para decir que Nahum Montt se ha labrado un camino literario de una solidez y una madurez envidiables, y aún más importante, que se supera en cada una de sus novelas.
Cuando leí el libro que motiva esta entrevista, fascinado por la trama y por la sutil libertad con la que corre el lenguaje (ya se sabe, como esas aguas puras, transparentes pero cargadas de minerales que surgen de los manantiales en las serranías y bajan al llano, enriqueciéndose en ese avance devorador), me dije que no debía dejar pasar esta oportunidad para ponerlo hablar sobre estos (sus) reinos de la historia y la literatura.

Durante el Taller de escritura Creativa, Semana Negra de Gijón, 2008. De izquierda a derecha: los escritores cubanos Amir Valle, Rebeca Murga y Lorenzo Lunar Cardedo, y Nahum Monnt.
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Me gustaría comenzar pidiéndote que imagines que te encuentras frente a un ávido lector interesado en saber sobre tu obra. Imagina que debes resumirle en un párrafo de qué trata cada uno de tus libros. ¿Qué le dirías?
Es una novela fallida. Intenté escribir un relato fantástico donde José Asunción Silva, el gran poeta colombiano que se suicidó a finales del siglo XIX, regresaba cien años después y se me volvió una novela de locos y fantasmas. Sin embargo, esta novela me enseñó que lo más importante es el lector, que más allá de nuestros delirios y nuestra pirotecnia verbal el verdadero protagonista de nuestros relatos es el lector.
El Eskimal y la mariposa (2004):
recrea los crímenes que conmovieron a Colombia en 1990, donde fueron asesinados tres candidatos en plena campaña a la presidencia. El relato se narra desde el punto de vista de los asesinos que imaginaron, reclutaron la gente y ejecutaron estos atentados. Se basó en una rigurosa investigación y ganó el premio nacional de novela.
Versado en desdichas (2006):
Biografía novelada de Miguel de Cervantes Saavedra. Dirigida a un público de jóvenes, se trataba de contarles los distintos avatares: heridas, encierros e injusticias que padeció el autor de Don Quijote. Al escribir esta biografía me interesé por esas dos semanas de junio de 1605 en Valladolid, donde Cervantes es encarcelado por un crimen que no cometió.
Lara (2007):
Narra los últimos días del ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla, asesinado por las mafias del narcotráfico en 1984. Esta novela me enseñó que el poder de la ficción es infinito, inconmensurable, capaz de dar vida a lo olvidado. Aprendí que sí logramos trascender el dilema verdad / mentira, la ficción puede transformar nuestro pasado y nuestro futuro.
Pasando a la novela que nos ocupa: Hermanos de tinta (Alfaguara, 2015), ¿podría decirse que su origen, su precedente, está en esa biografía sobre Cervantes o la idea surgió en otras circunstancias que no tienen que ver con este libro tuyo de 2006?
Antes de escribir la biografía novelada Versado en desdichas tenía una imagen muy limitada de la vida de Cervantes: veía a un pobre ser humano atormentado por las injusticias de la vida, a un hombre refugiado en las letras para no morir de soledad y hastío. ¡Y qué va! Cuando empiezo a investigar para la biografía me encuentro que Cervantes fue un aventurero y un gozetas de la vida: tahúr, soldado, comisario de abasto, cautivo de los turcos y presidiario de la peor cárcel del mundo que era la de Sevilla. Le pasó de todo a este hombre. Todo lo bueno y todo lo malo de una época llena de contradicciones.
Cervantes y Shakespeare en la convulsa España de 1605 y, como si ya eso no fuera suficiente para armar una trama novelada, ambos se ven envueltos en una aventura de intrigas y crímenes. ¿Hasta qué punto realidad histórica y fantasía se entrecruzan en esta novela?
No existe una frontera que divida la realidad de la imaginación. En esta época, la locura de don Quijote de confundir la realidad y la ficción novelesca es sólo un síntoma, una intuición más de cómo percibimos nuestro forma de estar, de habitar este mundo. Lo cierto es que este encuentro entre Cervantes y Shakespeare pudo haberse dado, porque justo en ese verano de 1605 en Valladolid se estaba ratificando el tratado de paz entre España e Inglaterra y había una delegación de cientos de artistas ingleses recorriendo las calles de Valladolid. Cientos de ingleses que antes eran lo más odiado por los españoles, cientos de enemigos ingleses emborrachándose y follándose a las mujeres de los españoles.
Personalmente me atrajo descubrir hace unos años tu singular mirada sobre el tan llevado y traído tema de la violencia en tu país. Ahora te trasladas a la violencia en el corazón del imperio del que nació nuestra cultura: España. ¿Alguna tesis de contacto históricos o sociales entre las dos violencias o puro divertimento literario?
El 22 de marzo de 2016 se firmará en Colombia el tratado de paz con las Farc. Yo me fui al verano de 1605 en Valladolid para explorar el lado humano de esa cosa tan extraña para nosotros los latinoamericanos que llamamos reconciliación. ¿Podemos perdonar a alguien si sólo firmamos un pedazo de papel? ¿Y qué hace uno después con tanto dolor, con tanta rabia acumulado durante tantos años? ¿Acaso desaparece por el poder mágico de la palabra Reconciliación? Lo curioso de todo esto es que es la realidad la que termina imitando a la ficción porque un mes después de firmada la paz en Colombia, el 23 de abril de 2016, conmemoraremos los cuatrocientos años de la muerte de Cervantes –y de Shakespeare, como nos enseñaron en la escuela-.
Además de la relación entre los dos genios, Cervantes y Shakespeare, en la novela es evidente un Cervantes que nada tiene que ver con ese hombre serio, respetable y encorsetado de las fotografías o los dibujos de época. Humanizar al Cervantes que tantos millones de hispanohablantes tienen acartonado en sus cabezas, ¿a qué retos te hizo enfrentarte, en lo literario y en lo histórico?
Lo más difícil fue hacer verosímil a Cervantes, verosímil como personaje literario sobre el cual se focaliza gran parte de la acción narrada en la novela –un par de capítulos se narran desde el punto de vista de Shakespeare que es más un personaje que se mueve por el mundo por reacción-. ¿Quién no ha visto alguna estatua o algún retrato de Cervantes, sentado con una pluma de ganso o esbelto cual guerrero romano, con los bigotes bien despuntados y bien peinado? Lo más difícil fue poner a sudar a Cervantes, mostrarlo acojonado –dicen en España y agüevado decimos en Colombia- por el abandono de mujer… Un Cervantes que recibe palizas y pierde una que otra muela en esta aventura literaria que le deja al lector la imagen de que ese hombre era un ser humano como cualquiera de nosotros.
Otro de los aspectos más interesantes de la novela es el equilibrio que buscan las figuras femeninas, básicamente las hermanas de Cervantes, entre sus rebeldías contra una sociedad aplastantemente machista y los rígidos conceptos que sobre la mujer existían en la época. Mientras leía me descubrí sintiendo una atracción respetuosa, casi que afectuosa, por el libertinaje sexual y el desparpajo de estas hermanas. Nuevamente se impone aclarar aquí los límites entre ficción y realidad histórica, ¿no crees?
No hay límites entre la realidad y la ficción. Hace cuatro siglos como en la actualidad a las mujeres que han pensado diferente las han tratado muy mal, desde hacerles mala prensa hasta quemarlas a fuego lento. Y en el caso de las hermanas de Cervantes, los historiadores han sido especialmente crueles en tildarlas de suripantas y vagabundas. Sin ellas, Cervantes no hubiera podido escribir Don Quijote.
Sé que eres un amante de la novela negra y, por ello, me animo a preguntarte qué valor le concedes a esta forma de asumir la novela, especialmente de cara a una realidad como la colombiana y, por extensión, a un mundo tan sórdidamente violento como este que habitamos.
Don Quijote se escribió en la peor cárcel del mundo. En Sevilla, en el círculo de oro, Cervantes leyó sus primeros capítulos a los criminales más crueles y tenebrosos que uno se pueda imaginar; fueron ellos, un grupo de asesinos desalmados, los primeros editores de don Quijote porque le sugerían a Cervantes nuevas aventuras, desafíos y requiebros al nunca bien ponderado caballero de la Mancha. De hecho, Don Quijote es la primera y más lograda novela negra de todos los tiempos.
Ya que, según todas las críticas que ha recibido el libro, lo has hecho tan bien, ¿persistirás en estos mundos de la intriga histórica sobre grandes personajes?
José Emilio Pacheco, el gran poeta mexicano, dijo que todas las novelas son históricas. En mi caso, tengo la impronta de un país en mis manos y aunque me alejé cuatrocientos años y me distancie geográficamente de Colombia, siempre termino hablando de las injusticias de la justicia, de la corrupción y la mala leche de los que tienen o detentan transitoriamente el poder.
Si tuvieras que recomendar a los lectores de OtroLunes algunas lecturas de tus colegas colombianos que han publicado durante el 2015, ¿qué obras mencionarías?
La novela Cadáveres de papel de Jairo Andrade, ganadora de la XII versión del premio Internacional de Narrativa, convocado por el Colegio de Sinaloa, la Universidad Nacional Autónoma de México y Siglo XXI Editores. En esta novela se narra desde la ficción el atentado al vuelo HK-1803, ocurrido en 1989; atentado que marcó la historia del narcotráfico en Colombia y aún sigue en impunidad.
También recomiendo, Once días de noviembre, donde Oscar Godoy recrea los momentos trágicos ocurridos en Colombia a finales de 1985: la toma del Palacio de Justicia y la desaparición del pueblo de Armero.
Finalmente, una pregunta obvia: ¿tus motivaciones como escritor?
Dos motivaciones maravillosas mueven el oficio del escritor: la primera es encontrar ese lector que comulgue contigo y que entre en lo más profundo de tus relatos (Tengo la secreta intuición de que escribir novelas es construir edificios de muchos pisos, donde los lectores ascienden ya sea en ascensores o por las escaleras, otros aterrizan en las azoteas y otros llegan por oscuros y turbios caminos subterráneos…pero son finalmente, ellos, los lectores quiene entran y habitan y se gozan ese edificio que llamamos novela y que se construyó para ellos, sólo para ellos). La segunda cosa maravillosa del oficio de escribir es poderse encontrar con esos compañeros de camino, esos otros hermanos de tinta que comparten tus mismo desvelos, tus obsesiones; que tienen líos con esos personajes que van y vuelven, con esas historias que olvidan y regresan escondidas o disfrazadas de otras historias que creías nuevas, originales, distintas. Tú sabes Amir, que me levanto todos los días –incluyendo festivos y feriados- a las tres de la mañana y escribo hasta que se me encalambran los dedos. Y que llevo en esto más de veinte años madrugando a escribir sobre esta cosa misteriosa que llamamos literatura. Te confieso que después de todo este tiempo he terminado por resignarme a un bendito personaje que me acaba de dar golpe de estado y me ha dicho: “¡Oh me escribes ya o te mando un ejército de palomas a que follen todas las madrugadas en la ventana de tu estudio!” Y aquí estoy cumpliendo su mandato. Ya lo verás y dirás: “¡Ahí está pintado ese Nahum, mi hermano de tinta!
Un abrazo, viejo, de corazón.
Bogotá, diciembre 18 de 2015.






