Pensamiento Occidental y Cristianismo

José Gabriel Barrenechea

David - "La muerte de Sócrates".

David – “La muerte de Sócrates”.

 

El despertar del pensamiento occidental puede ser interpretado a la manera de un salto en la evolución natural. A semejanza de cuando por primera vez en algún lugar del universo en expansión, en una gigantesca nube de polvo y gas se encendió la reacción nuclear auto mantenida que la transformó en estrella, en unas pocas de las polis ribereñas del Egeo se produjo hacia el 600 antes de Cristo un hecho extraordinario: El surgimiento de la conciencia como centro, esencia y a la vez ente regulador de la actividad de algo también por completo novedoso: la persona humana.

¿Cómo ocurrió esto?

Tales de Mileto (625/624 a. C. -  547/546 a. C.)

Tales de Mileto (625/624 a. C. – 547/546 a. C.)

La analogía con el salto evolutivo tiene no obstante sus claros límites. Resulta en realidad ridículo, sino hasta peligroso, intentar explicar la creatividad humana por una supuesta disposición necesaria, más bien ineludible de las cosas. Lo cierto es que en ese salto que mencionamos fue determinante la actividad de un tal Tales, de la ciudad de Mileto, en las costas de la actual Turquía. Fenicio helenizado según unas fuentes, heleno de cuna noble al decir de otras. Fue él quien inauguró una actitud novedosa del género humano en la búsqueda de soluciones a los problemas que se le presentaban.

Hasta ese instante las soluciones aparecían en gran medida por sedimentación. Tras incontables generaciones tanto iba el cántaro a la fuente hasta que por fin las viejas soluciones eran desechadas y se adoptaban otras nuevas.  O más bien lo que en verdad ocurría era que la civilización en cuestión, con todo el bagaje de sus múltiples, otras y muy específicas soluciones, perdía en la pelea por la subsistencia frente a una nueva civilización en ascenso. Desaparecía o era tragada por esta última. Así, por ejemplo, se imponía una nueva manera de trabajar a la piedra, no muchas veces por la mayor eficiencia de ese trabajo en la cultura vencedora que en la derrotada, sino por las siempre azarosas razones que determinan el resultado de las guerras.

El desarrollo se efectuaba en ese tiempo sobre un gran derroche humano. No solo de muchas vidas. Civilizaciones y culturas en pleno, cargadas de otras soluciones secundarias en el instante del encontronazo civilizatorio, terminaron por cada nueva solución que conseguía imponerse, fuera o no esta cualitativamente superior que la reemplazada.

Era así porque hasta ese momento las sociedades humanas no eran más que un agregado amorfo, dentro del cual a los humanos les regulaba su actividad el espeso líquido amniótico cultural que los envolvía. Se la regulaba, por tanto, según criterios no muy claros y para nada distintos, que estaban por entero afuera de ellos.

Con Tales ocurre una revolución copernicana. Con él cambia el lugar donde se encuentran los criterios reguladores del humano. Continuando con la analogía citada es como si de repente el espeso líquido amniótico que envolvía a los hombres se disipara, siendo absorbido en un receptáculo por completo novedoso: sus conciencias. Para desde allí regular la actividad de lo que ya no es simplemente miembro de la tribu o del estado, sino individuo.

¿Pero cuál es el específico chispazo que enciende este proceso de concientización?

El haber inaugurado Tales la actitud crítica. O sea, para explicarnos, porque en esto se suele ser muy simplista y se tiende a creer que esa actitud es más que nada la del escéptico patológico: Al haber inaugurado Tales una actitud en que no solo se practica la crítica, o se la tolera, sino y por sobre todo en que se la alienta, como motor fundamental en la búsqueda de la verdad.

Observemos este detalle: El individuo aparece por una actitud muy específica que demuestra la gran seguridad en sí mismos que algunos miembros del género humano han alcanzado hacia el 600 antes de Cristo. El individuo ve la luz cuando el humano se atreve a abandonar todo aquel espeso fluido cultural e ideológico, que como un líquido amniótico lo protegía desde su nacimiento. Pero el humano no solo se atreve a quedar así, en ese estado heroico del que cae en el infinito sin sostenes fijos de ninguna especie. La persona no tarda en sustituir al individuo. Y la persona no solo es capaz de poner en duda ese conocimiento, esa moral, esas costumbres, esa tradición amniótica, para quedar liberado a sus propias fuerzas. Además, y esto es todavía más importante, consigue saltar un poco más allá de la simple individualidad y aceptar que esos resultados que ha obtenido por sus propias búsquedas pueden ser mejorados  a su vez por las de otros, mediante el diálogo racional intersubjetivo.

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Obsérvese como la persona consigue eludir los peligros de la soberbia. En el Tales que anima a Anaximandro a criticar su sistema de pensamiento esta acción evasiva se completa, a diferencia de en numerosos helenos, en lo fundamental nobles, que antes de él habían alcanzado a individualizarse, pero no a personificarse; y de los cuales rebosaban los viejos cantos homéricos, incluidos los que se han perdido.

Surge por lo tanto una nueva tradición, que no es ya aquella que envolvía al hombre como un fluido cultural e ideológico, sino una muy distinta. Una tradición para nada inerte o externa: La tradición de la discusión crítica. Toda nuestra civilización se asienta sobre ella, y tiene a su más alto mártir en la persona de Sócrates.

¿En qué consiste esa tradición?

En la búsqueda de la verdad, pero de una verdad que no es el episteme aristotélico, sino conjetural y abierta por lo tanto a refutaciones y posteriores mejoras o adecuaciones. Las cuales no pueden ser alcanzadas en la actividad individual del individuo, sino en la actividad comunal de las personas.

Karl Raimund Popper (Viena, 28 de julio de 1902 - Londres, 17 de septiembre de 1994) .

Karl Raimund Popper (Viena, 28 de julio de 1902 – Londres, 17 de septiembre de 1994) .

Karl Popper ha mostrado en Regreso a los Presocráticos como se desenvuelve el pensamiento heleno desde Tales hasta Sócrates: Como, más que gracias al método observacional-experimental-inductivo, el pensamiento heleno ha avanzado en este periodo debido a que entre la sociedad de los pensadores presocráticos el ser criticado no es visto como una ofensa, o en el caso extremo como una herejía, sino como algo natural y deseable.

Si se consiguió avanzar tanto en tan pocas generaciones, durante esos poco menos de doscientos años, se debe por sobre todo al hecho de que esa tradición, casi sin ninguna interferencia, por ejemplo, política, y sin la otra desgastante interferencia de la soberbia individual, ha conseguido funcionar entre una minúscula fracción de la humanidad casi al cien por ciento de su capacidad.

Porque lo fundamental de la nueva actitud es en sí su carácter esencialmente cooperativo. En ella las personas se reúnen en asambleas, virtuales o reales, se proponen soluciones, ideas, que luego deben ser puestas a prueba por la comunidad, que solo las adoptará tras haber quedado plenamente convencida de los correspondientes resultados, y de la amplitud, profundidad y utilidad de esas soluciones, ideas…

Para la nueva actitud ya no hay líquido amniótico social. Solo una cada vez más tenue atmósfera. En su lugar unas chispas crecen en el interior de cada individuo, pero lo hacen no en su aislamiento, sino en la comunicación intersubjetiva con otras chispas. Mientras más comunicación, mientras más diálogo, más crecerá la llama. Y el diálogo, por cierto, no reducido solo a los contemporáneos, sino extendido hasta abarcar a hombres ya muertos, pero que de alguna manera hayan logrado legar sus soluciones e ideas.

El hombre es libre por primera vez. En Sócrates se llega tan lejos en el proceso de liberación que prefiere morir a volver al estado anterior que es para el peor que la muerte. Para Sócrates vivir es sentarse en una plaza a buscar la verdad en medio de una discusión racional, para nada nadar en el líquido amniótico de una tradición cultural.

Su tranquila aceptación de la muerte, no por razones místicas, trascenderá los siglos como una piedra miliar de nuestra civilización.

No obstante, de modo en apariencias paradójico la tradición de la discusión racional comienza a retroceder inmediatamente después de la muerte de Sócrates. Todos sus seguidores, de una u otra manera, magnifican un particular aspecto de su búsqueda de la libertad: El ser libre de las propias pasiones. Esta búsqueda de la pureza del alma se combina en Platón con una hipótesis presocrática, la de dos realidades, una real y otra aparente, que había propuesto Parménides como solución al Problema del Cambio.

El resultado de esa purificación es Aristóteles.  A pesar de que algunos de sus resultados permitirán con el correr de los siglos encontrar el modo de escapar del callejón sin salida en que ha metido al pensamiento occidental, por ejemplo, su ética aristocrática que tan importante será en el Renacimiento, su idea de un episteme, de una verdad alcanzable por el individuo de una vez y para siempre, sin necesidad de diálogos de ningún tipo, resultará fatal para la tradición de la discusión racional.

Es necesario insistir una y otra vez en este detalle de la responsabilidad de Aristóteles en el comienzo de la Edad Oscura; o más bien, y para ser más justos, de la propia evolución que desde muy temprano toma el pensamiento que se hace en medio de esa discusión racional. Evolución que, ante la falta de un nuevo Tales que la reencarrile, conduce a la tradición de la discusión crítica al largo periodo de hibernación que sigue. Ciertas respuestas, algunas soluciones de ese pensamiento, en especial ciertas aspiraciones que lastran al espíritu heleno, terminan por dejarla en letargo por casi dos milenios. Al menos hasta que comience a revivir en las universidades medievales gracias a una comunidad de filósofos que si no estimulan por completo la crítica, tampoco suelen contentarse con los resultados anteriores.

José-Gabriel-Barrenechea-5-OtroLunes39Es necesario insistir en ello porque comprenderlo nos ayudará a dejar de lado ciertos prejuicios del iluminismo dieciochesco, paradójicamente de moda en estos pretendidos tiempos post modernos tan crítico del Siglo de las Luces: En específico ese inconsecuente criterio, tan defendido por ciertos dogmáticos del ateísmo fundamentalista, como Lawrence Krauss o Richard Dawkins, de que fue el cristianismo quien ahogó el pensamiento griego.

Como hemos visto no fue el cristianismo el responsable de ese aletargamiento de la tradición de la discusión crítica. Para cuando supuestamente Cristo muera en la Cruz ya habrán pasado trescientos años de que el pensamiento occidental se ha embarcado por caminos que en esencia no son ya los suyos… o más bien que no son los nuestros.

De ninguna manera puede considerarse al cristianismo como un antagonista de la tradición de la discusión crítica. Si en determinado momento lo ha sido se debe a que él mismo ha sido inficionado por esos mismos resultados que desde su interior aletargaron a aquella. El cristianismo tuvo demasiado de un Platón, con sus orbes de perfecciones, y de un Aristóteles, con su episteme, que no forman parte de él intrínsecamente, sino que son agregados que debió adoptar para conseguir universalizar su mensaje. Se vio obligado, para ello, a adoptar las ideas y creencias que predominaban en el Mediterráneo hacia el final de la Edad Antigua. Ideas y creencias que ya habían ahogado muchos años antes la tradición de la discusión crítica.

El cristianismo, visto sin prejuicios, lo que provee es el marco no racional (al menos uno de los tantos posibles) necesario a la comunidad apolínea para funcionar. Marco cuya imprescindibilidad, por cierto, no notaron los presocráticos. Si lo racional es en sí el dialogo intersubjetivo, y solo él, es también evidente que en primer lugar los dialogantes no solo viven en el diálogo, y que además lo que aportan a este, sus intuiciones, proviene de ese infinito más allá de la Academia, el Ágora o la Plaza del Mercado. Sin un Más Allá cargado de orden y sobre todo de principios y valores que promuevan la socialización, es imposible que el dialogo o la racionalidad prosperen (de hecho la tradición de la discusión racional en la Grecia presocrática se asentó, entre otros, sobre el culto a Apolo).

Carl Edward Sagan (Nueva York, Estados Unidos, 9 de noviembre de 1934-Seattle, Estados Unidos, 20 de diciembre de 1996).

Carl Edward Sagan (Nueva York, Estados Unidos, 9 de noviembre de 1934-Seattle, Estados Unidos, 20 de diciembre de 1996).

Creencias como las que en uno de los capítulos de Cosmos popularizara Carl Sagan, de que el cristianismo fue como una horda de bárbaros que vino a interrumpir cruentamente el ascenso de una civilización, la Helena, que avanzaba de manera impetuosa en nuestra dirección, demuestra mucho desconocimiento de la historia del pensamiento occidental. De que hay claras diferencias entre las direcciones generales hacia las que tendía el pensamiento heleno y hacia las que tiende el nuestro, dan cuenta las muchas que podemos encontrar, por ejemplo, entre el atomismo de Epicuro y el de Pierre Gassendi o Robert Boyle. Resulta significativo que el atomismo moderno sobre el que ha descansado nuestra ciencia por más de cuatrocientos años, en mayor o menor medida, es en sí una adecuación que del antiguo hizo Gassendi, de manera que no entrara en contradicción con los principios del cristianismo, o con la teología cristiana.

Resulta evidente para cualquiera que conozca sucintamente la evolución del pensamiento occidental, y sobre todo de la física, que la “ciencia nueva” de Galileo de ninguna manera hubiera podido establecerse sobre los cimientos del atomismo heleno.

En un tono que algunos calificaran despectivamente de poético, podemos afirmar que nuestra civilización, la occidental, se erige en definitiva sobre dos sacrificios: El de un hombre, Sócrates, que no transigió en cuanto a su derecho a buscar la verdad por sí mismo, sentado en una plaza en apacible discusión con otros hombres; y el de un Dios, que fue capaz de humanizarse, para con su martirio librarnos de la angustia inmanente a la constatación de nuestra naturaleza imperfecta, finita.

En esencia esas dos tradiciones, la de la discusión racional y la de la esencia sagrada de la persona humana, se complementan, y son el fondo del que Occidente obtiene su poder.

Del Autor

José Gabriel Barrenechea
Investigador y periodista cubano. Un activo colaborador de la prensa independiente cubana. Lleva varios años escribiendo sus artículos sobre diversos temas históricos y de la actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre los que destacan el sitio digital 14ymedio y las revistas Convivencia y Voces. También formó parte del equipo editorial de magazines independientes de las cada vez más prolíferas ¨samizdats¨ cubanas, como La Rosa Blanca o Cuadernos de Pensamiento Plural.