Cuánto mide el amor, cuánto mide el silencio

Sobre el poemario Hotel Vivir, de Fernando Beltrán

Jorge de Arco

Hotel Vivir
Fernando Beltrán
Hiperión, Madrid, 2015

 

3a-fernando-beltran-librario-poesia-OtroLunes39“Esta vida tal vez que ya es mi vida/ y a veces ni siquiera la reconozco en mí/ esta vida decía que no es vida/ porque quiere vivir tanto vivir que no sabe vivir”, anotaba Fernando Beltrán (1956), en su libro  El corazón no muere (2006).

Casi una década después, he recordado estos versos tras concluir la lectura de su nuevo poemario, Hotel vivir, en el que el poeta ovetense da una vuelta más de tuerca a los gozos, las inquietudes, los sinsabores, los interrogantes… de la existencia: “Cuánto mide el amor. Cuánto el silencio./ Cuánto mide una vida/ aproximadamente”.

Este Hotel vivir, donde el yo poético batalla a solas frente a los enigmas de su identidad y su derredor, se acompaña de un “Hotel belleza”, que cifra la armonía necesaria para alcanzar cada anhelo, y un “Hotel decir”, que alude al ámbito del lenguaje y al poder de la palabra para curar las cicatrices de lo vivido.

Sabedor de la dificultad que, en ocasiones, tiene hallar cómo asirse al diario acontecer, Fernando Beltrán va renombrando los instantes, las fechas y las metáforas que derivan en los recuerdos de un tiempo pretérito, complejo y hondamente evocador: “Extraño y familiar vivir de otra manera/ los cuerpos que abrazaste, los besos que escribiste y no diste jamás,/ o aquello que realmente pasó,/ pero sigue sin ser del todo cierto”.

En este viaje por las deshoras -“cuando la edad enseña su revés”-, hay espacio, también, para convocar las dichas y desdichas del corazón. En ese mirar atrás, quedan estancias comunes (“Nuestras citas a mitad de camino”), deseos compartidos (“una promesa eterna, amarnos siempre”), y una realidad rotunda e, incluso, desasosegante (“No regreses al lugar donde fuiste feliz”).

El dominio del lenguaje poético, la manera de articular el ritmo versal, la  precisa estructura del discurso, ayudan, sin duda, a que los poemas se sucedan encabalgados unos a otros, y se muestren dóciles y emotivos para el lector: “Y sin embargo/ esta ciudad de pronto y las miradas/ que te eligen al paso y te bendicen/ o te ignoran sin más por ser tan sólo/ como uno más, sin más,/ cansado de vivir, feliz así”.

Además de la temática citada, las dudas del futuro, lo incierto de lo silencios, los lugares de la alegría, la memoria de las heridas…, conjugan en estas páginas, con el ámbito de lo familiar.

La figura paterna se sitúa por encima del resto y  quedan patentes los claros y sombras de una difícil relación, tal y como revela el poema “Canción del Hijo”:  “Mi padre no fue ni bueno ni malo, era mi padre./ Imposible recomponer ahora aquel complejo puzzle (…) Un puzzle que no acierta a ordenar sus latidos/ y disfraza de verso miedo y dudas”.

Esas “dudas”, se prolongan en otros textos y alcanzan su máxima expresión en el conmovedor, “La gabardina de mi padre”: “Recuerdo que al probármela/ descubrí en sus bolsillos caramelos de menta/ y un papel con los últimos recados (…) y una nota final: Librería Hiperión./ Aún tiemblo./ Mi padre que pensé que no había leído nunca los libros/ que escribí/ los conocía todos, me dijeron, los compraba frecuentemente (…) Yo experto en sus silencios, él experto en mis fríos./ Dos buscándose y nunca./ Así la vida”.

Un poemario, en suma, que nace pleno de realidad, que fluye inmerso en una atmósfera sincera y solidaria, y que acentúa, a medida que avanza, su libertad expresiva, su veracidad lírica : “Buscadores de playas escondidas/ que avistamos a veces, sólo a veces/ como intuimos a veces la poesía/ aunque sólo alcancemos el poema”.