Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.
Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.
Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiano en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este nuevo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.
Redacción de OtroLunes
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La mujer a la que siempre le decían que no
Tras el limpio fracaso con la adolescente y perversa Ratita, a la que sedujo (o más bien por la que fue seducido y abandonado en pleno estropicio de amor) el Doctor Amóribus afrontó un caso difícil: vulnerar, por encargo, la insufrible doncellez de Donna Maradona, una elefantiásica entidad, en un baño de vapor. No se puede decir que haya triunfado – aunque el cronista arguya lo contrario- pero por lo menos recopiló varios billetes que le ayudarían a sobrevivir un par de meses y a conseguir otra clienta –otra paciente de males de amor- para seguir con su altruista y mercenaria empresa.Después hizo un limpio y difícil tratamiento de amor mojado con Donna Maradora.
En la presente entrega se enfrentará a una esposa altamente insatisfecha
En una fiesta de clase media -de clase media pendeja, agrega nuestro Amado- con champaña nacional, tamales huastecos y gorditas, Amado Moon conocó a Cayita: ama de casa, pesa 54 kilos, es una espiga, un junco de mujer, un poema de Jorge Guillén, sobre ella crece curvo el firmamento compacto azul sobre el día y ella misma reposa central, sin querer, como una rosa, en medio de la turbamulta de los jolgoriantes.
Tenía (y digo “tenía”, porque pronto, gracias a los buenos oficios de Amado no lo va a tener) el defecto atroz: estaba casada, pero tal desperfecto se hallaba paliado por una salvedad: estaba mal casada. Simpatiquísima, cordial, chispeante, agradable, parecía una mujer en oferta continua.
–Pesa lo mismo que un bulto de cemento –le dice su esposo, que por puro capricho del azar es arquitecto. “Constructor de casitas”, aclara su mujer, que todo lo reduce, con su carácter infantil, a las dimensiones de su mundo de muñecas.
–Ay, amor, ¿por qué no me dices algo romántico? Dime que soy una margarita silvestre –¡Margarita, Margarita, quién regará tu jardín!, musita nuestro silvestre consultor sentimental–, una florecilla del campo, hasta una flor de plástico, pero no un bulto de cemento.
Amado accedió a extraer su violín del estuche. Era el Amati, de barniz caoba claro, que había adquirido en lance confuso a la salida apresurada del Teatro del Estado y que mantuvo escondido hasta que su propietario regresó desconsolado a Varsovia, donde, para fortuna de los dos, terminó lanzándose a las vías del tren con tan mal tino que no acabó donde esperaba sino en un hospital. Era tan fiel, tan noble el instrumento, que volvía maestro al más torpe, y por ello Amado, aun en contra de la heterodoxia de sus dedos de albañil, logró conmover a Cayita, que se había echado a sus pies a escucharlo, mientras el resto de los invitados se ocupaba de luchar contra el contenido de las botellas.
Esta tipa me gusta, se dijo Amado con algo de rudeza, y es digna de la mejor cama. Definitivamente, es un caso para el Doctor Móribus.
Ella lo miraba agradecida, feliz, y expresaba su arrobamiento asiéndose a las piernas del artista del amor. Un trabajo de éstos lo hago gratis y hasta pago, agregó en su pensamiento, y, de paso, me cura de Ranita, Donna Maradonna y Margarita. Y es que el profesional del amor le habían caído gravísimos conflictos de conciencia: ¿Hasta qué punto había ayudado a sus pacientes a recuperarse de sus dolencias erótico-sentimentales, o hasta qué abismos terminó por sepultarlas? Uno de sus principios más recientes -le había dado al pobre por apuntar en sus cuadernos filosóficos por lo menos un principio vital al día- era no mirar atrás, para no conmoverse por lo que pudo haber sido el esplendor y terminó siendo sólo estupor.
Cayita se veía tan accesible, tan entusiasmada, tan rotundamente dichosa de haber alcanzado un momento de alta emoción en su vida, que habría caído allí mismo. Pero el sabio Amado conocía que el tiempo y el lugar podrían mejorarse, de modo que buscó despedirse con honor.
Antes de salir recibió de la dama un beso húmedo y prolongado hasta la asfixia y el bochorno, exactamente frente al marido de Cayita, que no dejaba de alabar al violinista, aunque el individuo no había escuchado sino los gritos de sus amigos y de su esposa.
Un hombre cortés –se dijo Amado–, es decir, un estúpido. Y es que nuestro amigo metido a filosofías, no tenía cuándo parar y se convertía en una máquina de postulados. Veamos los más recientes:: Para ser cortés hay que ser estúpido, porque no existe nada sobre la tierra y nadie en ella, que motive otra cosa que el insulto. Postulado que tenía su antítesis, como todos los de Amado, que creía firmemente en San Pablo cuando decía bendito sea Dios que hoy sólo me he contadicho catorce veces. La antítesis del postulado era: Todo y todos tienen su razón de ser y hasta el hombre más humilde puede enseñarle algo al hombre más grande. Con mayor razón las mujeres, que son hombres con alto grado de espiritualidad. Amén.
La misma Cayita se encargó de limpiarle la mejilla a Amado con la manga de la blusa, al tiempo que le decía, mira nada más cómo te he puesto. Y tal vaivén, se percató con sorpresa y agrado el amoroso, sólo buscaba ocultar un movimiento maestro de distracción, el de su otra mano, la izquierda (recordemos el papel histórico y ontológico de las manos izquierdas y no olvidemos que si uno no pudiera decir “a mano izquierda” estaría irremediablemente perdido en cualquier parte del planeta) que buscó risueña el certificado de autenticidad y eficiencia masculina. Lo que no entendió Amado de los Santos Dionisio Luna como desvergüenza o impudor, sino como juego, al que respondió el muy vergajo badajo con un envión de catapulta, que fue complicidad, promesa y amenaza. El bip-bip que había despertado Ranita seguía vivo, agazapado y sonriente. Amado hizo un balance de la situación y de las incógnitas del problema. El esposo, de lenguaje limitado, con metáforas que no escapan de las instalaciones eléctricas, las maquetas y los acabados; su barriguita de veinte millones en el banco, su credulidad, su confianza. (Es de los que soportan todas las ofensas, porque creen tener perfectamente domesticada a su esposa. No saben que la mujer es una criatura que jamás, jamás, llega a ser domesticada del todo y que sólo la muerte termina con sus insidias y legítimas fantasías y que basta el toque sutil de un soplo en el instante propicio, para que caiga en la aventura y el desliz). (Este paréntesis no corresponde a Amado, sino al narrador, que soy yo; o tal vez -confesémoslo- corresponde al autor, cuyo nombre es …) Bah, dejémoslo ahí.
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Cuando Cayita, en la segunda fiesta, comenzó a ver estrellas de champaña nacional, salieron los trapos al sol, ante la complacencia no sólo de su consorte, sino de los demás circumpresentes, que según parece, estaban acostumbrados a repetir su pasmo y diversión ante tantos desacatos maritales.
–Por eso me gusta la champaña, porque me hace ver estrellitas y luego no tengo que salir corriendo al baño a hacer inventario de mis tripas –dijo Cayita con la punta de la lengua — ¡fresca como un filete del mejor lomo!– asomando entre los labios y en contraste con unos dientes del más espléndido brillo.
–Pero siempre me pasa –la pena y la súplica de perdón asomaron a su rostro–: que comienzo a decir verdades, ¿cierto, Tato?–. Tato calla. La sonrisa de su rostro parece una instalación navideña que enciende y apaga. (Hombres como éste no pueden tener pena alguna, todo les resbala y les llega a los intestinos, que deben ser más largos que la deslealtad. Mensos de capirote, que en el momento de nacer ya traían las marcas de los cuernos). (Aquí hay un problema gravísimo: que el narrador, autor o protagonista traten de manipular al lector, dictándole lo que debe pensar sobre X o Y , anticipando lo que va a suceder, sembrando prejuicios y dedicándose a la abierta maledicencia. Sinceramente no hallo cómo salir de este aprieto sino permitiendo que la narración siga su curso).
Tato finge removerse incómodo porque quiere hacer suponer que ya sabe lo que se le viene encima. Señoras y señores: se inicia ahora la obra titulada “Tato y Cayita”, tomen asiento y disfruten.
–¿Tu crees –dice, dirigiéndose a Amado que, como de costumbre, escucha con fingido desinterés, pero que siente a flor de piel al curioso impertinente, batallando por salirse de su pellejo y gritar ¿qué, qué? A ver, ¡cuenta, cuenta!, que me muero de curiosidad, burp, burp, los chismes me llenan de gases la imaginación– que Tato siempre me dice que no.
Tato le rascó la nuca a su dueña como si acariciara a un perro chihuahueño.
–Y a mí que me gusta el trote del macho, me tocó un galope de burra vieja… Me casé con un hombre para que me dijera que no. ¿Qué pasa? ¿Tengo algún defecto? –Cayita se contonea, entreabre la boca, hace un gesto que recuerda a esa maravillosa criatura triste, sensual y cretina del cine argentino que fue … (llenar espacio en blanco ________ –. Sé que estoy flaquita, pero tengo entusiasmo y puedo ser cabroncilla cuando me lo exigen. ¡Bien que me gusta el trote del macho y aunque me zangoloteen! Y, teniendo todo esto –muestra, exhibe, pasea, modela su cuerpo de muñeca de Tai Pei–, me casé con un macho, ¿será mula?, para que me dijera que no–. Finge llorar, mira al doctor De los Santos y a los concurrentes.
Amado casi no puede sufrir la situación. El hembro merece un castigo ejemplar y la macha satisfacción inmediata o devolución del pasado, con pompas, glorias y deleites apuntados en la columna de los haberes. Piensa que podría sacar allí mismo su credencial de paladín del amor y dar fin a aquella hazaña, que no se parecería en nada a los trabajos de Hércules, pero sí podría darle a ella un cachito de cielo, pasión y felicidad, y a él una tranquilidad de conciencia y un alivio del cuerpo, ambos indispensables para seguir viviendo.
–¿O es que porque a una le gusta el trote del macho le van a decir que es piruja desgastada y sin dignidad?–. Esnifea, busca que le soplen la próxima línea de su parlamento–. Si no fuera por el trote del macho no habría ni Adán ni Eva ni…– buscó un remate digno y se atrevió: — … una chingada madre.
Cayita mira al doctor Moon entre los velos de champaña. Lo exhibe con su palma abierta:
–Don Amado es un músico, un artista. Los artistas son muy comprensibles –.Se detuvo a reflexionar.
Tato no se sonroja ni se molesta. De todos modos es tan rubicundo y saludable que sería difícil adivinar su turbación sanguínea. La escena no sólo le debe ser familiar sino que la asume con resignación franciscana, en la secreta esperanza de verla variar una milimicra en cada ocasión, conjetura Amado.
–No se dice “comprensibles” sino “comprensivos” –aclara Tato –. Los artistas son comprensivos.
–Comprensibles también, porque sólo ellos se dejan comprender. Los demás se fingen pendejos. Y sin necesidad, porque todo hombre que no sea un artista es un pendejo. Entonces, ¿para qué fingir?
Es más inteligente de lo que pensaba. El bruto es su marido. Todavía debe estarse preguntando si su mujer lo insultó o simplemente puso una palabra tras otra sin meditar lo que decía, meditó Amado.
–Los artistas son muy comprensibles –dijo Cayita, satisfecha de la inmundicia que había comenzado a ver en el rostro de su esposo– y es por eso que te voy a pedir, Amado, que vengas a la salita de estar, para enseñarte las fotos de cuando yo era feliz y tenía las ilusiones encabronadas–. Miró vengativamente a su esposo.
Tato se opuso débilmente. A un tipo de estos hasta cagar le debe costar mucho trabajo.
–No comiences con lo de las fotos, mira que la vez pasada terminaste mal –gimió Tato.
Cayita lanzó un mujido y prácticamente le puso las nalgas en la cara a su consorte, tomó a Amado de la mano y se lo llevó a la salita de intimidad. Tras ellos fue Héctor Perez-Garcicrespo –el inoportuno, el bromista, el pernicioso del pueblo, el que de puro peste podía llegar a ser presidente municipal.
Caya a no sólo mostró fotos de su espléndida adolescencia y de una infancia florida, sino las pantaletas y el brasier, con el pretexto de que vieran que Tato, el salvaje, por lo menos tenía la decencia de comprale prendas de calidad.
–¡Ofensa! –gritó Cayita–, existo como la reina del Nilo, más bella, deseable y propicia que la vieja Naná o que la mejor concubina de Harum Al Rashid, tan espléndida como Friné, que supo con su desnudez torcer la justicia griega, pero solitaria, infeliz, ay, jugando a las barajas con mis tarjetas de crédito en lugar de leer cartas de amor y de urdir intrigas galantes.
El certificado de masculinidad de Amado comenzó a protestar en contra de la represión de la portañuela. Se hacía imperativo mandar a Pérez-Garcicrespo a la sala de los borrachos para ver qué delicada empresa se podía iniciar con la pesarosa. Garci, hombre diplomático, es decir, lerdo, supo que la batalla estaba perdida y abandonó el campo en el instante en que vio que Cayita miraba complacida el triunfo prominente de su solicitud.
El amoroso, el consultor sentimental, que afirma haber sido siempre víctima de los designios deleitosos e inefables de las mujeres, no criminal ejecutor ni maligno seductor, se dijo que la bien nacida y mal amada de Cayita recibiría su merecido aunque la fiesta terminara a balazos. Cuando Héctor Pérez-Garcicrespo salió, Cayita emitió un prolongado suspiro e inmediatamente fue a cerrar la puerta. “No quiero que nos interrumpan –dijo–. Ven acá”. Tomó al asesor sentimental de la mano y dijo que siempre había querido cumplir sus fantasías con un artista, en un baño, poniendo como testigo a sus muñecas. Entonces fue cuando Amado se pudo dar cuenta que desde innumerables estantes era contemplado por cientos de ojos de muñecas.
-Y quiero hacerlo muy cerca de mi marido, para darle una lección al tipejo que siempre me dice que no.
Parece que la pobre de Cayita, altamente insatisfecha y con un espíritu volcánico y un cuerpo en efervecencia, se había aficionado en secreto a las revistillas semieróticas y llevaba muchos años maquinando la posibilidad de traer a la realidad lo que en ellas se celebra. De modo que sus gestos y sus palabras resultaron caricaturescos, tanto que en ocasiones en lugar de emocionar al amoroso, lo que hicieron fue darle risa.
La champaña chispea en los ojos de Cayita cuando lleva a Amado de la mano al baño, una habitación suntuosa, impecable, llena de muñecas, toallas y alfombras, que la muy sutil dice haber aderezado por años, a la espera de la oportunidad. “Y tú eres el designado, Amado Luna, y espero que estés a la altura de mis sueños mojados”.
Nuestro héroe se da cuenta de que la situación es muy comprometedora, especialmente porque dispone de poco tiempo, menos de quince minutos, a partir los cuales los invitados comenzarán a sospechar. Tato no, él jamás dudaría de su esposa o del presidente de la república. Cualquier científico del amor sabe que una mujer normal es como una pierna de cerdo, que requiere por lo menos de doce horas de maceramiento y una hora de jugueteos preliminares, para que el horneado esté en su punto.
Pero Cayita no es una mujer normal. O tal vez sí lo sea, pero la situación la ha transformado en algo diferente. Su metabolismo trabaja a gran velocidad y los jugos de su cuerpo corren ciclónicos y quieren manifestarse.
El resultado es una escena acelerada, en la que Cayita demuestra su diligencia, la disciplina de su imaginación y la efectividad de su entrenamiento: prendas fuera. Uno: sentados en la taza; dos, de pie; tres, trinchada y con las patitas aleteando; cuatro, ella en pleno disfrute del trote del macho; cinco, Cayita remando contra corriente, en riesgo de caerse pero jubilosa, ¡ayo Silver!, grita; seis, cochinito rostizado; siete, conejito mascando yerba; ocho, Caya Pompeya asume costumbres de ternera; nueve, el amoroso bebiendo en la fuente… Y todo ello resulta en un espasmo que le llega al Doctor Móribus hasta el último fondo y le vacía de todas las reservas, y en un enloquecedor zangoloteo de Caya que parece estar sufriendo un encontronazo que la vincula con las grandes mareas de energía del universo, entre gritos y risas desmedidas y exclamaciones de júbilo: “¡Sabía que tarde o temprano esto iba a suceder, lo sabía, Amado de los Santos Dionisio Luna, ahora ya puedo morir tranquila, ya sé lo que es el amor, aleluya, ay, mi Tato, de lo que me has privado con tu pendejez”.
Y justo en ese momento, como obedeciendo a la convocatoria del instante de su desventura entró Tato al baño y se quedó mirando la escena, sin perder su sonrisa de luces altas.
Y Caya, todavía con el cuerpo de su deseo entre sus más íntimas prendas y la gran serenidad y aplomo de señora grande, digna y especial, dice: “Precisamente estaba hablando de ti, le decía a Amado que tú no has sabido enseñarme el trote del macho porque estás muy ocupado construyendo tus casitas de muñecas”.
El bendito de Tato, entre las copas y el optimismo de burro con orejeras, parecía no entender el episodio. Pero lo que dijo dio a entender que no sólo lo entendía, sino que lo justificaba y perdonaba:
–Cuando terminen, vayan a la sala, que van a comenzar los cuentos verdes –dijo Tato y luego a manera de cariñoso regaño–: No sean tan antisociales, caramba.
El “caramba” le salió con dificultad, como si no estuviera acostumbrado a pronunciar semejante palabrota.
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Nadie pareció extrañarse cuando el amoroso regresó y algo maltrecho solo a la sala, tampoco cuando Caya Andrónica volvió, diez minutos más tarde, recién bañadita, perfumada con aires de vainilla y más feliz que la entrada de la primera lluvia del verano.
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La gran paradoja de Caya, recordaría Amado tratando de guardarla en un cajoncito aparte de Margarita y Renata, no era su aparente ingenuidad y su entrega desordenada al trote del macho, sino las cosas horrorosas que salían de su boca con gran tranquilidad mientras estaba disfrutando. Dijo haber conocido a un asesino que mataba a muchachos, y que su método de trabajo era el siguiente: en el momento en que los tenía enculados, los ahorcaba con su corbata, porque según él no había nada más hermoso que los estertores del esfínter en el momento de la muerte. El doctor Moon ya conocía esa historia, pero con gallinas. Pensó con mayor sutileza en Caya, en su esposo, en los concurrentes. Por un instante tuvo la sospecha de que había sido objeto de una burla crudelísima. El mismo rostro de Caya, visto días después cerca de Chedraui, ahora se veía ajado, y su cuerpo había perdido su condición de espiga.
¿Qué opinión tendría el inocente de Gervasio, recluido en su monasterio, de semejante jugarreta de la realidad? ¿El hecho de que no hubiera cobrado los dos últimos trabajos implicaba un reblandecimiento del profesional del amor? Las reservas de dinero se estaban agotando. Una semana más y no tendría dinero ni para comprarle tortillas a su íntima mojarra y pez amigo. La bruja de la renta ya había comenzado sus rondas mensuales. ¿Qué hacer? Necesitaba con urgencia mortal una clienta generosa.
