Doctor Amoribus,
Consultor erótico y sentimental
(VIII)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.

Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.

Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiano en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este nuevo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

*****

La mujer a la que siempre le decían que no

Tras el limpio fracaso con la adolescente y perversa Ratita, a la que sedujo (o más bien por la que fue seducido y abandonado en pleno estropicio de amor) el Doctor Amóribus afrontó un caso difícil: vulnerar, por encargo,  la insufrible doncellez de Donna Maradona,  una elefantiásica entidad, en un baño de vapor. No se puede decir que haya triunfado – aunque el cronista arguya lo contrario- pero por lo menos recopiló varios billetes que le ayudarían a sobrevivir un par de meses y a conseguir otra clienta –otra paciente de males de amor-  para seguir con  su altruista y mercenaria empresa.Después hizo un limpio y difícil tratamiento de amor mojado con Donna Maradora.

En la presente entrega se enfrentará a una esposa altamente insatisfecha

 

En una fiesta de clase media -de clase media pendeja, agrega nuestro Amado- con cham­paña nacional, tama­les huaste­cos y gorditas, Amado Moon cono­có a Cayi­ta: ama de casa, pesa 54 kilos, es una espiga, un junco de mujer, un poema de Jorge Gui­llén, sobre ella crece curvo el firmamen­to compacto azul sobre el día y ella misma reposa central, sin querer, como una rosa, en medio de la tur­bamulta de los jolgorian­tes.

Tenía (y digo “tenía”, porque pronto, gracias a los buenos oficios de Amado no lo va a tener) el defecto atroz: esta­ba casada, pero tal desperfecto se hallaba paliado por una salve­dad: estaba mal casa­da. Simpa­tiquí­sima, cor­dial, chis­pean­te, agradable, parecía una mujer en oferta continua.

–Pesa lo mismo que un bulto de cemento –le dice su esposo, que por puro capricho del azar es arquitecto. “Constructor de casitas”, aclara su mujer, que todo lo reduce, con su carácter infantil, a las dimensiones de su mundo de muñecas.

–Ay, amor, ¿por qué no me dices algo romántico? Dime que soy una margarita silves­tre –¡Margarita, Margarita, quién regará tu jardín!, musita nuestro silvestre consultor sentimental–, una florecilla del campo, hasta una flor de plástico, pero no un bulto de cemento.

Amado accedió a ex­traer su violín del estuche. Era el Amati, de barniz caoba claro, que había adquirido en lance confuso a la salida apresurada del Teatro del Estado y que mantuvo escondido hasta que su propietario re­gresó desconsolado a Varso­via, donde, para fortuna de los dos, terminó lanzándose a las vías del tren con tan mal tino que no acabó donde esperaba sino en un hospital. Era tan fiel, tan noble el ins­trumento, que volvía maes­tro al más torpe, y por ello Amado, aun en contra de la heterodoxia de sus dedos de albañil, logró conmover a Cayita, que se había echado a sus pies a escucharlo, mien­tras el resto de los invitados se ocupaba de luchar contra el contenido de las  botellas.

Esta tipa me gusta, se dijo Amado con algo de rudeza, y es digna de la mejor cama. Definitivamente, es un caso para el Doctor Móribus.

Ella lo miraba agradeci­da, feliz, y expresaba su arrobamiento asiéndose a las piernas del artista del amor. Un trabajo de éstos lo hago gratis y hasta pago, agregó en su pensamiento, y, de paso, me cura de Ranita, Donna Mara­donna y Margarita.  Y es que el profesional del amor le habían caído gravísimos con­flictos de conciencia: ¿Hasta qué punto había ayudado a sus pacientes a recuperarse de sus dolencias erótico-sentimentales, o hasta qué abismos terminó por sepultarlas? Uno de sus principios más recientes -le había dado al pobre por apuntar en sus cuadernos filosóficos por lo menos un principio vital al día- era no mirar atrás, para no conmo­verse por lo que pudo haber sido el esplendor y terminó siendo sólo estupor.

Cayita se veía tan acce­sible, tan entusiasmada, tan rotundamente dichosa de haber alcanzado un momento de alta emoción en su vida, que habría caído allí mismo. Pero el sabio Amado conocía que el tiempo y el lugar podrían mejorarse, de modo que buscó despedirse con honor.

Antes de salir recibió de la dama un beso húmedo y pro­longado hasta la asfixia y el bochor­no, exac­tamente frente al mari­do de Cayita, que no deja­ba de ala­bar al violinis­ta, aunque el individuo no había escuchado sino los gri­tos de sus amigos y de su esposa.

Un hombre cortés –se dijo Amado–, es decir, un estúpi­do. Y es que nuestro amigo metido a filosofías,  no tenía cuándo parar y se convertía en una máquina de postulados. Veamos los más recientes:: Para ser cortés hay que ser estúpido, porque no existe nada sobre la tierra y nadie en ella, que motive otra cosa que el insulto. Postula­do que tenía su antítesis, como todos los de Amado, que creía fir­memente en San Pablo cuando decía bendito sea Dios que hoy sólo me he contadi­cho catorce veces. La antítesis del postu­lado era: Todo y todos tienen su razón de ser y hasta el hombre más humilde puede ense­ñarle algo al hombre más gran­de. Con mayor razón las mujeres, que son hombres con alto grado de espiritualidad. Amén.

La misma Cayita se  en­cargó de limpiarle la mejilla a Amado con la manga de la blusa, al tiempo que le decía, mira nada más cómo te he pues­to. Y tal vaivén, se per­cató con sorpresa y agrado el amoroso, sólo buscaba ocultar un movi­miento maestro de dis­tracción, el de su otra mano, la izquierda (recordemos el papel histórico y ontológico de las manos izquierdas y no olvidemos que si uno no pudiera decir “a mano izquierda” estaría irremediablemente perdido en cualquier parte del planeta) que buscó risueña el certifi­cado de autenticidad y eficiencia mascu­lina. Lo que no entendió Amado de los Santos Dionisio Luna como desvergüenza o impu­dor, sino como juego, al que respondió el muy vergajo bada­jo con un envión de cata­pulta, que fue complici­dad, promesa y amenaza. El bip-bip que había despertado Ranita seguía vivo, agaza­pado y son­riente. Amado hizo un balance de la situación y de las in­cógni­tas del problema. El esposo, de lenguaje limitado, con metáforas que no escapan de las  instalaciones eléctri­cas, las maquetas y los acaba­dos; su barriguita de veinte millones en el banco, su cre­dulidad, su confianza. (Es de los que soportan todas las ofensas, porque creen tener perfectamente domestica­da a su espo­sa. No saben que la mujer es una criatura que jamás, jamás, llega a ser domesticada del todo y que sólo la muerte termina con sus insidias y legítimas fantasías y que basta el toque sutil de un soplo en el ins­tante propicio, para que cai­ga en la aventura y el des­liz). (Este paréntesis no corresponde a Amado, sino al narrador, que soy yo; o tal vez -confesémoslo- corresponde al autor, cuyo nombre es …) Bah, dejémoslo ahí.

— * —

Cuando Cayita, en la segunda fiesta, comenzó a ver estre­llas de champaña nacio­nal, salieron los trapos al sol, ante la complacencia no sólo de su consorte, sino de los demás circumpresentes, que según pare­ce, esta­ban acostum­brados a repe­tir su pasmo y diversión ante tantos desacatos marita­les.

–Por eso me gusta la champaña, porque me hace ver estrelli­tas y luego no  tengo que salir corriendo al baño a hacer inven­tario  de mis tri­pas –dijo Cayita con la punta de la lengua — ¡fres­ca como un filete del mejor lomo!– asomando entre los labios  y en contraste con unos dientes del  más espléndi­do brillo.

–Pero siempre me pasa –la pena y la súplica de perdón asomaron a su rostro–: que comienzo a decir verdades, ¿cierto, Tato?–. Tato calla. La sonrisa de su rostro parece una instala­ción navideña que enciende y apaga.  (Hombres como éste no pueden tener pena alguna, todo les resbala y les llega a los intestinos, que deben ser más largos que la deslealtad. Mensos de capirote, que en el momento de nacer ya traían las marcas de los cuernos).  (Aquí hay un problema gravísimo:  que el narrador, autor o protagonista traten de manipular al lector, dictándole lo que debe pensar sobre  X o Y , anticipando lo que va a suceder, sembrando prejuicios y dedicándose a la abierta maledicencia.  Sinceramente no hallo cómo salir de este aprieto sino permitiendo que la narración siga su curso).

Tato finge removerse incómodo por­que quiere hacer suponer que ya sabe lo que se le viene encima. Señoras y señores: se inicia ahora la obra titulada “Tato y Cayita”, tomen asiento y disfru­ten.

–¿Tu crees –dice, dirigién­do­se a Amado que, como de costumbre, escucha con fingido desinterés, pero que siente a flor de piel al cu­rioso imper­tinente, batallando por salir­se de su pellejo y gritar  ¿qué, qué? A ver, ¡cuenta, cuenta!, que me muero de curio­sidad, burp, burp, los chismes me llenan de gases la imagi­nación– que Tato siempre me dice que no.

Tato le rascó la nuca  a su dueña como si acariciara a un perro chihua­hueño.

–Y a mí que me gusta el trote del macho, me tocó un galope de burra vieja… Me casé con un hombre para que me dijera que no. ¿Qué pasa? ¿Tengo algún defecto? –Cayita se contonea, entreabre la boca, hace un gesto que re­cuerda a esa maravillosa criatura triste, sensual y cretina del cine argentino que fue … (llenar espacio en blanco ________ –. Sé que estoy flaquita, pero tengo entusias­mo y puedo ser cabron­cilla cuando me lo exi­gen. ¡Bien que me gusta el trote del macho y aunque me zangolo­teen! Y, teniendo todo esto –muestra, exhibe, pasea, modela su cuer­po de muñeca de Tai Pei–, me casé con un macho, ¿será mula?, para que me dijera que no–. Finge llorar, mira al doctor  De los Santos y a los concurren­tes.

Amado casi no puede sufrir la situación. El hembro merece un castigo ejemplar y la macha satisfacción inmedia­ta o devolución del pasado, con pompas, glorias y deleites apuntados en la columna de los haberes. Piensa que podría sacar allí mismo su credencial de paladín del amor y dar fin a aquella hazaña, que no se parecería en nada a los tra­bajos de Hércules, pero sí podría darle a ella un cachito de cielo, pasión y felicidad, y a él una tranquilidad de con­ciencia y un alivio del cuer­po, ambos indispensables para seguir viviendo.

–¿O es que porque a una le gusta el trote del macho le van a decir que es piruja desgastada y sin dignidad?–. Esnifea, busca que le soplen la próxima línea de su parla­mento–.  Si no fuera por el trote del macho no habría ni Adán ni Eva ni…– buscó un remate digno y se atrevió: — … una chingada madre.

Cayita mira al doctor Moon entre los velos de cham­paña. Lo exhibe con su palma abier­ta:

–Don Amado es un músi­co, un artista. Los artis­tas son muy comprensibles –.Se detuvo a reflexionar.

Tato no se sonroja ni se molesta. De todos modos es tan rubicundo y saludable que sería difícil adivinar su turbación sanguínea. La escena no sólo le debe ser familiar sino que la asume con resigna­ción franciscana, en la secre­ta esperanza de verla variar una milimicra en cada ocasión, conjetura Amado.

–No se dice “com­prensi­bles” sino “comprensivos” –acla­ra Tato –.  Los artistas son comprensivos.

–Comprensibles también, por­que sólo ellos se dejan com­pren­der. Los demás se fin­gen pendejos. Y sin necesidad, porque todo hombre que no sea un artista es un pendejo. En­ton­ces, ¿para qué fingir?

Es más inteligente de lo que pensaba. El bruto es su mari­do.  Todavía debe estarse preguntando si su mujer lo insultó o simple­mente puso una palabra tras otra sin meditar lo que de­cía, meditó Amado.

–Los artistas son muy comprensibles –dijo Cayita, satisfe­cha de la inmundicia que había comenzado a ver en el rostro de su esposo– y es por eso que te voy a pedir, Amado, que vengas a la salita de estar, para enseñar­te las fotos de cuando yo era feliz y tenía las ilusiones encabronadas–. Miró vengati­vamente a su esposo.

Tato se opuso débil­men­te. A un tipo de estos hasta cagar le debe costar mucho trabajo.

–No comiences con lo de las fotos, mira que la vez pasada terminaste mal –gimió Tato.

Cayita lanzó un mujido  y prácticamente le puso las nalgas en la cara a su consorte, tomó a Amado de la mano y se lo llevó a la salita de intimidad. Tras ellos fue Héc­tor Perez-Garcicrespo –el ino­por­tu­no, el bromista, el per­ni­cio­so del pueblo, el que de puro peste podía llegar a ser presidente muni­cipal.

Caya a no sólo mostró fotos de su espléndida adoles­cencia y de una infancia flo­rida, sino las pantaletas y el brasier, con el pretexto de que vieran que Tato, el salva­je, por lo menos tenía la decencia de comprale prendas de calidad.

–¡Ofensa! –gritó  Cayita–, existo como la reina del Nilo, más bella, deseable y propicia que la vieja Naná o que la mejor concu­bina de Harum Al Rashid, tan espléndida como Friné, que supo con su desnudez torcer la justicia griega, pe­ro solita­ria, infeliz, ay, jugando a las barajas con mis tarjetas de crédito en lugar de leer cartas de amor y de urdir intrigas galantes.

El certificado de mascu­linidad de Amado comenzó a  protestar en contra de la re­presión de la portañuela. Se hacía imperativo mandar a Pérez-Garcicrespo a la sala de los borrachos para ver qué delicada empresa se podía iniciar con la pesarosa.  Garci, hombre diplomá­tico, es decir, lerdo, su­po que la batalla estaba per­dida y aban­donó el campo en el ins­tante en que vio que Cayita miraba complacida el triunfo promi­nente de su soli­citud.

El amoroso, el consultor sen­ti­men­tal, que afirma haber sido siempre víctima de los desig­nios deleitosos e inefa­bles de las mujeres, no crimi­nal eje­cutor ni maligno seductor, se dijo que la bien nacida y mal amada de Cayita recibiría su merecido aunque la fiesta terminara a bala­zos. Cuando Héctor Pérez-Garcicrespo salió, Cayita emitió un pro­longado suspiro e inmediata­mente fue a cerrar la puerta. “No quiero que nos interrumpan –dijo–. Ven acá”. Tomó al asesor sentimental de la mano y dijo que siempre había que­rido cumplir sus fantasías con un artista, en un baño, po­niendo como testigo a sus muñecas. Entonces fue cuando Amado se pudo dar cuenta que desde innumerables estantes era contemplado por cien­tos de ojos de muñecas.

-Y quiero hacerlo muy cerca de mi marido, para darle una lección al tipejo que siempre me dice que no.

Pare­ce que la pobre de Cayita, altamente insatisfecha y con un espíritu volcánico y un cuerpo en efer­vecencia, se había aficionado en secreto a las revistillas semieróticas y llevaba muchos años maquinando la posibilidad de  traer a la realidad lo que en ellas se celebra. De modo que sus gestos y sus palabras resultaron caricaturescos, tanto que en ocasiones en lugar de emo­cio­nar al amoroso, lo que hicieron fue darle risa.

La champaña chispea en los ojos de Cayita cuando lleva a Amado de  la mano al baño, una habitación suntuosa, impecable, llena de muñecas, toallas y alfombras, que la muy sutil dice haber aderezado por años, a la espera de la oportunidad. “Y tú eres el designado, Amado Luna, y espero que estés a la altura de mis sueños moja­dos”.

Nuestro héroe se da cuen­ta de que la situación es muy comprometedora, especialmente porque dispone de poco tiem­po, menos de quince minutos, a partir los cuales los invi­ta­dos comenzarán a sospechar. Tato no, él jamás dudaría de su esposa o del presidente de la república. Cualquier científico del amor sabe que una mujer normal es como una pierna de cerdo, que requiere por lo menos de doce horas de maceramiento y una hora de jugueteos preliminares, para que el horneado esté en su punto.

Pero Cayita no es una mujer normal. O tal vez sí lo sea, pero la situación la ha transformado en algo diferen­te. Su metabolismo trabaja a gran velocidad y los jugos de su cuerpo corren ciclónicos y quieren manifestarse.

El resultado es una esce­na acelerada, en la que Cayi­ta demuestra su diligen­cia, la disciplina de su ima­ginación y  la efectividad de su entrena­miento: prendas fuera. Uno: sentados en la taza; dos, de pie; tres, trin­chada y con las patitas ale­teando; cuatro, ella en pleno disfrute del trote del macho; cinco, Cayita re­mando contra corriente, en riesgo de caerse pero jubilosa, ¡ayo Silver!, grita; seis, cochinito rostizado; siete, conejito mascando yer­ba; ocho, Caya Pompeya asume costum­bres de ternera; nueve, el amoroso bebiendo en la fuen­te… Y todo ello re­sulta en un espasmo que le llega al Doctor Móribus hasta el último fondo y le vacía de todas las reservas, y en un enloque­cedor zangolo­teo de Caya que parece estar su­frien­do un encontronazo que la vincu­la con las grandes mareas de energía del univer­so, entre gri­tos y risas des­medidas y ex­clamacio­nes de júbilo: “¡Sa­bía que tarde o temprano esto iba a suceder, lo sabía, Amado de los Santos Dionisio Luna, ahora ya puedo morir tranqui­la, ya sé lo que es el amor, aleluya, ay, mi Tato, de lo que me has privado con tu pendejez”.

Y justo en ese momento, como obedeciendo a la convoca­toria del instante de su des­ventura entró Tato al baño y se quedó mirando la escena, sin perder su sonrisa de luces altas.

Y Caya, todavía con el cuerpo de su deseo entre sus más íntimas prendas y la gran serenidad y aplomo de señora grande, digna y especial, dice: “Precisamente estaba hablando de ti, le decía a Amado que tú no has sabido enseñarme el trote del macho porque estás muy ocupado construyendo tus casi­tas de muñecas”.

El bendito de Tato, entre las copas y el optimismo de burro con orejeras, parecía no entender el episodio. Pero lo que dijo dio a entender que no sólo lo entendía, sino que lo justificaba y perdonaba:

–Cuando terminen, vayan a la sala, que van a comenzar los cuentos verdes –dijo Tato y luego a manera de cariñoso regaño–:  No sean tan antisociales, caramba.

El “caramba” le salió con dificultad, como si no estu­viera acostumbrado a pronun­ciar semejante palabrota.

— * —

 

Nadie pareció extrañarse cuan­do el amoroso regresó y algo maltrecho solo a la sala, tampoco cuando Caya Andrónica volvió, diez minutos más tarde, recién baña­di­ta, perfu­mada  con aires de vainilla y más feliz que la entra­da de la primera llu­via del verano.

— * —

 

La gran paradoja de Caya, recordaría Amado tratando de guardarla en un cajoncito aparte de Margarita y Renata, no era su aparente inge­nuidad y su en­trega desor­dena­da al trote del macho, sino las cosas horrorosas que sa­lían de su boca con gran tran­quilidad mientras estaba disfrutando. Dijo haber conocido a un ase­sino que mataba a mucha­chos, y que su método de tra­bajo era el siguiente: en el momento en que los tenía encu­lados, los ahorcaba con su corbata, por­que según él no había nada más hermoso que los estertores del esfínter en el momento de la muerte. El doctor Moon ya conocía esa histo­ria, pero con gallinas. Pensó con mayor sutileza en Caya, en su espo­so, en los con­currentes. Por un ins­tante tuvo la sospe­cha de que había sido objeto de una burla cru­delísima. El mismo rostro de Caya, visto días después cerca de Chedraui, ahora se veía ajado, y su cuerpo había per­dido su condi­ción de espi­ga.

¿Qué opinión tendría el ino­cente de Gervasio, recluido en su monasterio, de semejan­te jugarreta de la realidad? ¿El hecho de que no hubiera cobrado los dos últimos trabajos implicaba un reblandecimiento del profesional del amor? Las reservas de dinero se estaban agotando. Una semana más y no tendría dinero ni para comprarle tortillas a su íntima mojarra y pez amigo.  La bruja de la renta ya había comenzado sus rondas mensuales. ¿Qué hacer? Necesitaba con urgencia mortal una clienta generosa.

 

 

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.