Pórtico y Lecturas
No es una novela de atmósfera. No es una novela escolástica. No es una novela de personajes ni estructuras tradicionales. No es una novela de trazados cíclicos. No es una novela que se adscriba a la usanza de estos tiempos.
Emel Jiménez nos presenta un poliedro surgido de la descomposición total del género. La palpitación es su epicentro generador y como oriflamas visibles se perciben, en proporción exacta: filones esotéricos, renovación escrituraria, creatividad desbordada, indistinción entre la realidad visible y la realidad imaginada, contaminación genérica, dominio de las herramientas expresivas y del lenguaje, y (podría decir sobre todo) una inagotable galería de secuencias que giran constantemente sobre su propia efectividad.
Aquella máxima del Kybalión1 que expone: “Los labios de la sabiduría están cerrados, excepto para los oídos del entendimiento2”, se aviene como placa al imán en Un segundo de eternidad3.
Es certísimo que el texto permite al menos tres tipos de acercamientos:
La lectura noble o ingenua, cuya propuesta central se significa en la acumulación de misteriosas secuencias sobre un (presunto) filicida que luego del asesinato de tres de sus cuatro hijas ha sido dominado por la amnesia. Incapaz de recordar su propio nombre, el individuo se sumerge en la búsqueda de una verdad que se le trafulca a cada instante. A esta lectura, el autor le añade los ingredientes propios del suspenso a través del enmarañamiento de tramas y subtramas muy bien conectadas y ricas en la dotación de giros imprevistos y sorpresivos que impiden la posesión de una realidad única. La historia trazada, como una liebre, huye permanentemente y evita ser atrapada. Asimismo le aledaña sobredósis de violencia de fácil visualización, enigmáticos personajes, que poco a poco, van adquiriendo relevancia en la cadena de sucesos. Para este lector noble e ingenuo que se quedará con la sencilla lucha entre el bien y el mal, la luz y la sombra o Dios y el Diablo, Un segundo…sería una novela fascinante, un texto que se inserta en los territorio de lo paranormal, los fenómenos de la psiquis humana, se introduce en la mal llamada “ciencia ficción” y cobra su pieza más excitante en la construcción e inauguración del obelisco. Toda lectura ingenua precisa de un héroe o un antihéroe, en esta novela es Adalberto Sánchez, doctor en neurología que posee un Centro de Investigaciones neurológicas y cuyas pesquisas sobre las causas bioquímicas en el deterioro y daño en los núcleos de las bases cerebrales4, vinculadas a las lesiones en males de Parkinson y Alzheimer, le ha propiciado un amplio reconocimientos internacional. Con una vida de éxitos profesionales a los que se le debe agregar los significativos resultados y amplísimos dividendos que reportara su plantación de girasoles (volúmenes de aceite y cuidado de la biosfera), este personaje es sacudido un día por la feroz noticia de que es un filicida. Ha asesinado a tres de sus cuatro hijas y a partir de ahí comenzará para él un verdadero vía crucis. La aparición de un amigo de la infancia llamado Honorato quien abandonó los hábitos y fundó La congregación para la luz y la vida, cuyo objetivo es el de posesionar a la ciencia como único garante y respaldo de la civilización, distanciándose de todo lo que sea dogmático y de las verdades incuestionables e irrefutables5(…), comenzará a cambiarle un destino signado, a partir de su arresto, por la desubicación, lo trepidante de los acontecimientos y el enfrentamiento con los testaferros de Víctoria Paulina, su exesposa y Presidente de la República. Nuestro lector noble o ingenuo, muy valioso para todo tipo de libro, constatará que se trata de un texto que se introduce de un modo contaminante en su vida y que es imposible abandonar aún después de su conclusión.
La lectura académica, permite la asimilación de un nuevo panorama constructivo para la sastrería de la novela. Se advierte que el autor de Un segundo…domina al dedillo aquella aseveración de Seymour Menton cuando se refirió a la novela histórica: (…)además de divertir a varias generaciones de lectores con sus episodios espeluznantes y la rivalidad entre los protagonistas heroicos y angelicales y sus enemigos diabólicos, la finalidad de la mayoría de estos novelistas fue contribuir a la creación de una conciencia nacional familiarizando a sus lectores con los personajes y los sucesos del pasado (…) y se permite derruir todos los arquetipos de la novela de marras que como viejo canon se ha adueñado de un segmento destacable de la narrativa escrita en nuestra lengua. Al eliminar la “episodización” arrincona la posibilidad clásica de las mudas de tiempo y espacio, y consigue, con singular destreza, la perpetración de un texto que es solo nervio, solo flor desmañada y difícil. El uso de la catarsis expositiva, del ritornelo y de la grandilocuencia de los sucesos + las alusiones a los elementos de “religiosidad”, pretenden sumergirnos en un submundo posmoderno desde el cual podría realizarse una refrescante lectura. Lo distinto en esta novela es una trampa, una argucia de la que se vale Jiménez, para que no le desentrañemos el otro corazón de la manzana. La estructura del poliedro se enmarca en la total explotación del diálogo. Ya sea en términos de soliloquios, monólogos o conversaciones, Emel Jiménez, nos introduce en el laberinto de la oralidad y consigue singularizar las voces y condensar con maestría los parlamentos históricos que enuncian los acontecimientos y los parlamentos de acción que permiten los sucesos y desplazamientos de los personajes. Con ello traduce en ejemplar lección escrituraria la insistencia del teórico Gonzalo Martín Vivaldi: Circunscribiéndonos al relato, cabe hacerse la siguiente pregunta. ¿Cómo ha de ser el diálogo? Respuesta inmediata: natural y significativo6. Y, a pesar de la aparente sobredósis cada palabra de este volumen es natural y significativa. Su organicidad no reduce la norma lexical que evidentemente surge de la precisa construcción sicológica de cada uno de los actuantes, sus niveles culturales, sus referencias intelectuales, tampoco renuncia a la metaforización ni al lenguaje técnico. Cuando se precisa de un matiz ampuloso para distinguir la función del personaje dentro del contexto de lo que se va exponiendo, sin prejuicios ni tapujos, pero también sin alardear en vano, Jiménez abunda en lo explicativo, aunque predomine la obediencia a Derrida7 cuando en Semiología y Gramatología reconoce: Reducir la exterioridad del significante significa excluir todo lo que, en la práctica semiótica, no es psíquico (…) Mal vemos pues, salvo si se hace precisamente del signo fonético el “patrón” de todos los signos, como se podría inscribir la semiología general en una psicología. Esto es sin embargo lo que hace Saussure: “Se puede, pues, concebir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social. Tal ciencia sería parte de la psicología social, y por consiguiente de la psicología general, nosotros la llamaremos semiología (del griego semeion ‘signo’). Ella nos enseñará en qué consisten los signos y cuáles son las leyes que los gobiernan8. No podría nuestro autor en esta novela, con tal énfasis, reducir la exterioridad del significante porque justamente es la tesis que le sostiene. A esta altura no caben dudas de que lo que habíamos llamado poliedro o novela o libro se erige como una rara avis que pretende hibridizar todos los campos del conocimiento sobre lo humano, anexándole la estructura de lo que han llamado paranormal. Disfruta pues, lector académico, que este libro es para ti.
La lectura de discernimiento, lectura de conexión, resemantización y lectura del conocimiento. Para este tipo de lectura es imprescindible haber realizado “otras”, ser el lector macho9 de que hablaba Cortazar10 y todavía estaríamos en desventaja con el arsenal de códigos, símbolos, transposiciones, descubrimientos e inagotables laberintos que ante nuestros ojos coloca el autor. El híbrido entre culturas antiguas y el desarrollo de la apoteosis de la información mientras se delinean los personajes, pueden dejar en la duermevela, a más de un lector y con tal ardid escamoteársele el apunte justo que abre las puertas al entendimiento. En toda su novela, el autor, no coloca un solo dato o nombre o hecho que venga de la nada. Como si fuera el tótem de lo universal, el libro de los libros o el libro cíclico del que hablaba Borges11 en “La Biblioteca de Babel”, Un segundo de eternidad, asusta por su inagotable contenido de sabidurías. Sin que se fisuren los límites, condesa la sabiduría popular en un amplio abanico de planteles filosóficos y caminos teosóficos hasta conseguir la cofradía total de la lucidez. Es imposible inscribir esta obra en una escuela determinada pues de todas bebe agua grande y proteica. Es sorprendente escucharle al no-personaje Adalberto Sánchez decir: Espíritu maléficos, tengo en la mano una pócima preparada del árbol llamado siete cueros y adormidera, pócima de desprendimiento y desapego, la tomaré sino acceden a mis rezos de jamás volver a poseerme. Perfecta combinación entre lo que proponen los trazados del espiritismo enunciados por Allan Kardec12 y lo que en La Rama Dorada, Frazer13 recomienda. Indudablemente en ambas geografías cató nuestro escriba para esgrimir tan contundente ultimátum. Del mismo modo se amalgaman por todo el volumen los rastros de una verdadera aprehensión de la pluralidad del conocimiento sobre estas lides. Resulta de una genialidad abrumadora el implícito tratamiento de la figura de Samael en su amplia gama de referencias que desde el arcángel del Talmud14 (acusador, seductor y destructor), que adorna el panteón de la mitología hebrea, pasa por el representante de la severidad de Dios hasta conectarse con el Príncipe de los Demonios, el dueño del veneno y de la muerte, el Hijo Innombrable. Ninguno,_dice el padre Honorato-Zaine (hijo de la luz, herramienta divina para la simplificación y solución)– era la respuesta y me alejé, me aparte de ellos…mí alma susurraba raros presagios y los acaté, y creyendo en el seminario podría hallar contestaciones y era lo más conveniente me registré, siendo ese lugar un sórdido lugar y germen de mis males; y dejé de llamarme Honorato, para recibir el nombre destinado para mi, Zaine, líder carismático de la Congregación para la luz y la vida y es como Zaine, ya te lo había dicho, que me extenderé sobre los dominios de Víctoria y de Héctor, de Daamatha y Samael, quienes son los mismo demonios encarnados en esos cuerpos humanos y los derrotaré. Adalberto, en esta lucha conocerás a Natalia, mi esposa…sí, soy Jesús y ella María Magdalena, también soy Fanahubad el hijo de Adán, el arcángel de la compasión, nacido de sus lágrimas; yo soy todos los que te dije (…) Honorato-Zaine, quien a la larga consigue convertirse en el personaje central de las subtramas y por consiguiente de todo el libro, se anuncia como El Salvador, como el Nuevo Brazo de Dios (¿el del Apocalipsis?) y a través de la revelación, luego de su muerte, muestra a Adalberto cómo deshacerse de Víctoria- Daamatha (hija de Lilith) El nopersona, Adalberto, debe construir un obelisco, cuya cúspide sería la elevación más alta del planeta. Él, que desde los primeros párrafos de la novela está dispuesto a seguir todas las indicaciones de su (aparente) bienhechor, sigue, paso a paso, las instrucciones y edifica el altísimo pilar al que nombra simbólicamente, Ariadna. De la punta piramidal, el día de la inauguración, brotarán tres chorros de luces. El primero emergerá recto, perdiéndose en el infinito y se nombrará Pigmalión, el segundo, con luz horizontal conquistando y alumbrando como un faro las lejanías, se ha de llamar Perséfono y el tercero cuyo nombre es Belerofonte propagará un chorro de luz que envolverá al obelisco preservándolo con su luminaria perpetua. A la inauguración del suceso, sin émulo en la historia del país, asistirían no solamente los medios comunicativos de la nación sino también los más representativos del mundo. Como es de suponer, Víctoria Paulina (encarnación del mal), Presidente de la República y por demás propietaria del terreno donde se había construido el obelisco asistiría a la magna inauguración. Adalberto, consiguió que le impidieran la entrada. No obstante, de repente apareció Víctoria en su avión particular sobrevolando el obelisco en gesto de saludo y las cámaras la enfocaron, era imposible no llamar la atención, todos miraban y murmuraban, unos con enojo, otros complacidos, hasta que alguien entre el público empezó a vitorearla y aplaudir provocando una reacción en cadena de aplausos y aclamaciones. Víctoria, no sé por qué desafió al obelisco, el secreto se guarda en sus luces; ella retó a los resplandecientes brillos, trató de cruzarlas deslizándose sobre los chorros iluminados de colores, pero al intentar ganar altura pese a los intentos desesperados del piloto de la nave no lo logró ya que el rayo Pigmalión atrapó su avión y lo sujetó, todos observamos las maniobras y piruetas como si tratara de zafarse pero sus esfuerzos fueron infructuosos; ante la mirada atónita y estupefacta de la concurrencia el avión se fue disolviendo, (…) Presencié asustado la manera de cumplirse la profecía del padre Honorato, mis ojos habían presenciado la mítica batalla entre el bien y el mal y pudieron observar en esos fulgores el rostro del padre, quien guiñándome el ojo me hacía entender se había cumplimentado la predicción15. Tal proposición parecería una genialidad para el lector ingenuo, pero el lector total gozaría con las resemantizaciones del autor. O todavía más cuando nos cuenta: El pueblo que había gozado de gran bonanza y especulación en los bienes raíces por el obelisco, se estancó; el sueño de vivir el resto de mis años en tranquilidad y en paz, se convirtió en utopía; fui rechazado y obligado a esconderme en mi obelisco (…) Si conocemos que Dédalo fue el arquitecto e inventor que diseñó hábilmente, para el Rey Minos de Creta, el laberinto donde se encerró al Minotauro, que nadie podía escapar ni del laberinto ni del monstruo mitad hombre y mitad toro, y que solamente Ariadna, hija de Minos, sabía el secreto. Y así fue como ayudó a su amante, Teseo, a aniquilar al engendro y a huir. Y esta fue la razón por la cual Minos, encolerizado, apresó a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto. Y Dédalo entonces fabricó alas de cera para la fuga, pero Ícaro voló demasiado cerca del Sol, sabremos por qué el obelisco llevaba tal nombre. Si hemos leído las hazañas del gran héroe Belerofonte, como cuando al lado de pegaso derrotó al monstruo Quimera o conocemos que Perséfone era la hija de Zeus y Deméter, diosa de la fecundidad, de la tierra y la agricultura y también quién era y representa Pigmalión en la propia mitología griega, nos daríamos cuenta del amplio registro reconstructivo que ha realizado el escriba. Todo ello y más emparentado con los territorios de la numerología o con las combinaciones cabalísticas sobre la dimensión exacta del número. No le basta a Emel diluirnos en su sabia de subsuelos, necesita además, arracimar los significados para que se multiplique el degusto. El uso del divino 3 en unos casos y en otros la combinación numérica en dependencia de la importancia de los personajes: /(Lilith (madre) Daamatha (hija) + Víctoria (Encarnación), (Honorato+ Zaine + Fanahubad)/; la revelación de misterios que del texto bíblico han desechado las manos de los hombres y que sin ellos la Biblia parece como mancada al principio: (…) y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (…) como es la primera línea de los hijos de Adán con aquella primera mujer que Dios le había adjudicado para que fuera su ayudante. Y así, repito, condesa el libro un amplísimo territorio de selva esotérica y varios patrimonios que encuentran su apoteosis con la ingeniosa solución del conflicto esencial de la novela.
Puertas al entendimiento
Entre los siete principios herméticos, el principio del mentalismo, que como corolario explicita que el Todo es Mente: el universo es mental, deviene llave de oro para otra posible compresión de Un segundo de eternidad. La percepción de esa otra realidad sustancial que subyace en todas las manifestaciones y apariencias del “universo material” a lo que denominamos, con parquedad, el mundo incognoscible, perfectamente concebido y guiado por una mente universal, infinita y viviente, se convierte en la hebra esotérica de la que se ase el autor para trascender él los laberintos y las cúspides de su extenso relato y llevarnos, si estamos despiertos, de su mano.
Un ejemplo tácito y temprano de su interés se aprecia desde el propio principio de la obra. Si más pórtico ni presentación que el anuncio del estado mental del personaje, con la diversidad de entes que le pueblan en obstinada y campal batalla, Emel Jiménez nos obsequia el universo espiritual en que ha de moverse el no-personaje, el instrumento. Un universo mental poblado por modelos maléficos que dialogan perpetuamente con el ser trastornado por la posesión.
Me permito disfrutar nuevamente de un fragmento de dicha batalla:
Mi papá decía que el mejor negocio es donde ganamos todos ¿Qué acabo de decir?
¿Qué dije? ¡Por favor traten de recordarme!
_Que tu nombre es Horacio Sander, también dijiste, el mejor negocio es donde todos ganan o algo parecido, además de tener un vecino…
_Embustero, eso no dije; quiere encadenarme a comentarios inadecuados e incorrectos, trata de inventarme pensamiento al afirmar algo que no salió de mi boca. Considero está confabulando en mi contra; no solamente usted, sino todos lo que no veo conspiran, en esa maquinación fraguan como destruirme. Los detendré, saben, ¿por qué? porqué soy uno de los elegidos de Dios, soy quien curará a los hijos de Adán de todos sus males; de sanar las enfermedades incurables males que aquejan a la humanidad; además tengo el gran secreto para intervenir la Arcángel de la Prudencia de su mal epiléptico y su hermano el Arcángel de la Bondad, de sus heridas. Mí olfato de viejo sabueso como mi inteligencia flamante e idónea, se pavonea en las universidades, me informa que usted y los que no veo, son hijos de Samael, y les digo que serán vencidos, serán derrotados16 (…)
Este personaje que está seguro de llamarse como se llama, pero que en dual correspondencia no está seguro de nada devela, a través de un soliloquio catártico y engañosamente sin sentido, lo que en otro modelo, constituiría el dato de privilegio (el enigma) En las primeras cincuenta cuartillas ya el lector domina la superficie del libro. Pero solo eso, la epidermis. Debajo de la pronunciada anunciación reposa el intríngulis del misterio, la verdadera dimensión del iceberg.
Además de los rasguños que apenas le he propiciado a la piedra, subyacen allí mundos de convergencias inagotables que permiten la reafirmación de los otros principios herméticos: la correspondencia: “como es arriba es abajo, como es abajo es arriba”; la polaridad : “Todo es dual; todo tiene polos; todo tiene su par de opuestos; semejante y desemejante son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado: los extremos se encuentran; todas las verdades no son sino medias verdades; todas las paradojas pueden ser reconciliadas” o el principio de causa y efecto : “Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo con la ley-. casualidad no es sino un nombre para la ley no reconocida; hay muchos planos de causación, pero nada se escapa a la ley”.
Al elegir la profesión y el oficio de Adalberto (a quien he llamado nopersona por ser muchas personas y ninguna a la misma vez), en batalla campal contra los seres que lo dominan y que son la multiplicidad de su propia existencia, el autor anuncia que expondrá las coincidencias entre lo que denomina la migración neural y la (e)migración de las almas. De un limpio tajo lo consigue y con el mismo estilete escinde los mundos paralelos para trasladarnos a un solo mundo. Al mundo donde todo es posible.
Aparente final.
Leer Un segundo de eternidad, es como abovedarse en el mismo templo de la sabiduría, sucumbir bajo las múltiples alas de un animal distinto que nos desborda, pero sobre todo: asistir al nacimiento de la única Verdad posible.
