Graduado de las universidades de La Habana y de Washington University, Saint Louis, Missouri, EE.UU. Ex-guionista de radio y televisión, antiguo miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ha publicado en Unión, El Caimán Barbudo, Revista Iberoamericana, Encuentro de la cultura cubana, Revista Hispano Cubana, Círculo: Revista de Cultura, Research in African Literatures, The Texas Review, Hispanic Poetry Review, MELUS, Linden Lane Magazine, Revista de Estudios Hispánicos, L’Ordinaire Latino-Americain, Monographic Review/Revista Monográfica, Cuadernos del Lazarillo y Cuba in Transition. Ha publicado el libro En Cuba todo el mundo canta. Memorias noveladas de un ex preso político (Madrid, Betania, 2008). Autor de varios ensayos sobre literatura recogidos en antologías dedicadas a José Martí, Mario Vargas Llosa y Alejo Carpentier, entre otros. Miembro de Número de la Academia Cubana de Historia en el exilio.
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Doy las gracias a Amir Valle por ofrecerme la oportunidad de ejercer el derecho a réplica con motivo de dos artículos escritos por los autores mencionados en el título. El lector ya está al tanto de la polémica ocasionada a raíz de la publicación en OL (38) de mi evaluación de la novela El corazón del rey, de Félix L. Viera. A los implicados les expreso mi gratitud por la energía y el tiempo, aunque no la mala fe, que me dedican. Creo que estamos todos de acuerdo en una sola cosa: esta borrasca va a traerle más lectores a la novela.
De entrada declaro y enfatizo que como cualquier lector considero que mis criterios no son infalibles, que aplaudo y promuevo la crítica discrepante siempre que esté consagrada a enriquecer las obras examinadas y que tenga lugar en un marco profesional y respetuoso. No soy miembro de ningún club de admiradores a ultranza de ningún escritor ni utilizo la crítica ni las polémicas para rendirle pleitesía a nadie. Tampoco me interesa caerles en dúo o en pandilla a los críticos que no comparten mis juicios de valor. Lamentablemente, en cuanto a Abel y a Marco Tulio tengo que confesar que sus motivaciones no son nada literarias. Más bien han actuado como escuderos de su causa favorita, y demostrado que están dispuestos a magullar a cualquier sospechoso de no comulgar con ellos.
Cuando Amir me avisó que iba a publicar un trabajo adverso al mío lejos estaba de imaginar que al final serían dos, sin cortar la “Nota Editorial”. Naturalmente, los leí y releí, atento siempre a encontrar y aceptar observaciones pertinentes, bien fundamentadas y encaminadas a lograr una mejor apreciación de la obra en disputa. Para mi frustración, nada hallé de lo esperado. Entonces me pregunté muchas veces si acaso los antagonistas de referencia habrían leído de verdad el trabajo. Repito: me entusiasman las diferencias de valoración. Eso es lo saludable. Lo insano es polemizar mediante la deplorable manipulación de unas cuantas citas extraídas de su contexto para llegar a la conclusión interesada de que yo pretendí serrucharle el piso, de forma oblicua, a la obra de Viera.
Quien no haya leído lo que antes publiqué podría llevarse la impresión de que este servidor es un canalla. Aclaro lo siguiente: si quiero adelantar un juicio desfavorable de algún libro, lo hago honestamente, sin que falten la integridad, el tacto y el obligado rigor conceptual. El archivo de esta revista contiene numerosas pruebas al respecto.
Abel Germán me atribuye intenciones veladas, encaminadas a cuestionar la validez de su prólogo de la novela en cuestión y de los juicios de un grupo de reconocidos autores que, según la versión suya, están en pugna con mis supuestas descalificaciones. Es decir, me echa a los leones para que me descuarticen a zarpazos y a dentelladas, para aniquilarme, en suma, por unos pecados terribles que habría cometido. Los siguientes son los ejemplos que llamaron mi atención. a) A Saumell la novela le parece floja pero lo dice a la sordina; b) le irrita que aluda a dos referencias culturales que advierto en la novela. Sobre todo se encabrita cuando menciono al rey David que, según él, nunca ha ido a Santa Clara. Pobres poetas, escritores y creyentes de esa ciudad, digo yo de paso; c) “Saumell mata al mensajero”. Es decir, soy un homicida en sentido literal y figurado; d) Saumell [no el narrador] “cita y esquematiza a los personajes”; d) Me acusa de considerar la novela de Viera como aburrida, predecible y monótona, a pesar de que me señalo por las claras a la vida en la Santa Clara del narrador; e) mi preferida entre todas las metrallas que lanza: “Saumell se aplica en “reventar” o “destripar” la novela. [En otras palabras, le hice un mitin de repudio a la novela]. Por contar, cuenta hasta la frase con que Viera cierra el libro.” [Arruiné el final, qué barbaridad].
Simple y sencillamente, invito a los interesados a leer mi trabajo y no a dejarse llevar por el listado de mentiras que acabo de reproducir. Realmente, el tono, la adulteración de la fuente sobre la que pretende basarse, los dictámenes engañosos y torcidos empleados por Abel son deplorables y algunos delatan que hay una buena dosis de ignorancia y de veneno en los dardos lanzados contra “el profesor Saumell”. Resulta muy grave y constituye una inexcusable falta de respeto falsear y manipular ideas para enmascarar lo que en resumen son ataques personales gratuitos, inaceptables e imperdonables.
En cuanto a Marco Tulio, su infamia y pésimos modales hacen que sus opiniones no tengan desperdicio. Comienza con esta andanada: “Rafael E. Saumell, quien según parece está ligado a la Sam Houston University, y a quien no tengo el gusto o disgusto de conocer, [mi énfasis] publicó en la pasada edición de OtroLunes una nota, tipo “ponencia para congreso…”. Con esa entrada en el ruedo, por cierto extraordinariamente vulgar, empiezan sus reprobaciones.
Como Abel, me ve como fiscal rabioso y resentido contra la novela.
…se acusa a la obra (y particularmente al narrador) de que se inmiscuye demasiado en la narración y le da un sesgo descaradamente anticubano: todo en la Cuba socialista es negativo (las escaseces, las filas, los discursos eternos de Fidel Castro, las guaguas destartaladas y los coches cayéndose a pedazos, las edificaciones leprosas, etc.). Se queja el reseñista de que en la novela todo (menos las mujeres y el alcohol) es deplorable; se queja de que no canta las alabanzas habituales a los logros (algunos evidentes, como la educación y la salud, si bien relativamente) del sistema.
En otras palabras, Saumell es un crítico de La Jiribilla colado ni se sabe cómo en las páginas de OL para aguarles la fiesta a Viera, a Abel y a Marco Tulio. A éste le señalo: yo no me quejo de nada de lo que sucede en Santa Clara, el protagonista y Robertón sí. ¿Tampoco leíste bien la novela que defiendes de mis supuestos reproches? No tengo la menor duda de que los desaciertos en los cuales incurre son peores que los de Abel Germán. Para colmo, Marco Tulio me hace responsable de ideas que, de acuerdo con su manera de entender, están disimulados en mi trabajo:
En esta crítica, casi censura, se esconde, agazapada, una concepción limitada de la novela (por lo menos en los términos en que yo entiendo al objeto llamado novela). Es la idea de que la novela debe tener un equilibrio justo entre el bien y el mal, una adecuada corrección política, para que el lector tenga elementos suficientes para normar su criterio. [Mi énfasis]
Sin discusión, Marco Tulio es quien con más prisa y torpeza leyó. No supo o, más correcto, no quiso evaluar siquiera con mínima objetividad lo que trata de refutar. Demuestra sufrir de ceguera y de modales cuestionables, dignos de otro contrincante y muy impropios de su meritoria y larga carrera en las letras. Como se nota, continúa aquí el intento de darles a mis palabras un sentido negativo sin otras pruebas que los intentos de transformar el original mío a sus tesis. Machaco: no me falta integridad para decir lo que pienso de una forma diáfana sobre ésta o cualquier otra obra literaria. A partir de este suceso, llego al convencimiento de que para mí Abel Germán y Marco Tulio han perdido credibilidad. Se comportan con mediocridad y a un muy bajo nivel ético.
Hay tantas inexactitudes y mala leche en sus respectivos comentarios que sigo preguntándome, con insistencia, si realmente leyeron mi trabajo. Si acaso lo hicieron, percibieron únicamente lo que ellos querían hallar y a partir de ahí se pusieron de acuerdo para caerme en dúo y tratar de arrancarme el pellejo. Indiscutiblemente, fabricaron sus argumentos demasiado a la carrera, sin ponderar detenidamente sus afirmaciones ni, subrayo, leer de buena fe mi escrito.
A la vez, me parece pueril que se dediquen a la tarea de adoctrinarme en cuanto a los rasgos fatales del régimen cubano, la vida cotidiana en la isla y cómo debo analizar las obras literarias, sin haber tenido “el gusto o el disgusto” de conocer mi obra e ignorando que fui preso político entre 1981 y 1986. Por eso les ruego a los dos, con amabilidad y firmeza, que en el caso que nos ocupa y en lo relacionado con este profesor, por favor, Abel y Marco Tulio, no intenten bailar en casa del trompo.
En Texas, siempre en Texas, enero de 2016.
