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Un libro sobre el período especial
Fidel Castro se la pasó, durante más de cuatro décadas, prometiendo quimeras; que como eran quimeras, pues claro, no se cumplieron. Lo terrible resulta que Castro daba por seguras las quimeras. Durante la misma cantidad de tiempo, Castro no le dio al pueblo de Cuba una buena noticia; es decir, una noticia que se relacionara con el aumento del nivel de vida de la población. Sin embargo, él, Fidel Castro, sí estuvo seguro de que daba “una buena noticia” cuando se dirigió al público para revelar que una vaca había dado más de ochenta litros de leche. Él entonces dijo al pueblo: “Les tengo una buena noticia…” y de seguro los escuchas pensaron que anunciaría el aumento en la ración de carne, o la rebaja en el precio de los cigarros, o la abolición de los Comités de Defensa de la Revolución o de las Escuelas en el Campo. Pero no, Fidel Castro, a seguidas, anunció el asunto de la vaca que producía más de ochenta litros de leche diarios, le puso un nombre a la vaca, luego la embalsamó, le mandó hacer una estatua, la sacó en la portada de la revistaBohemia, etcétera. Para cualquier ser medianamente pensante aquella vaca no sería más que el resultado de un azar genético, pero ya sabemos que Castro siempre ha sido un alucinado. Y un cínico. Así, hoy los especialistas que han estudiado al “Invicto Comandante” aún no saben dictaminar cuál de las dos condiciones supera a la otra. Por lo pronto, esperemos el dictamen.
Pero yo diría que, no obstante la locura, es el cinismo lo que prevalece en la mente y el alma de Fidel Castro; cinismo que toca cima cuando, en 1989, “prepara al pueblo” para lo que, cinismo mediante, bautizó como “Período Especial”; o sea, la etapa de mayor miseria que ha conocido el pueblo de Cuba desde su existencia. Y que aún no se sabe si ha terminado o no. Nadie sabe. Ni Fidel Castro ni su hermano heredero han dicho si ya eso se acabó, o qué. Lo que sí sabemos es que los cubanos residentes en la Isla siguen luchando, como dicen ellos, “bajo las balas”.
El poeta cubano Arístides Vega Chapú ha tenido a bien armar un libro de testimonio que suma 299 páginas y muestra la opinión de 34 escritores isleños que narran sus experiencias durante el “Período Especial”. Publicado recientemente por la editorial del Centro Pablo de la Torriente Brau, No hay que llorar indaga en la memoria de escritores de variadas generaciones y hacedores de distintos géneros, los cuales expresan, como es natural, impresiones que podrían calificarse de divergentes. En una nota sobre la obra que nos ocupa, el poeta Jorge Ángel Hernández afirma: “De una dificultad extrema (el “Período Especial), en efecto, puede nacer una iluminación radiante. Del tortuoso camino de esos años, de esos días terribles, henchidos de hambres y apagones, puede surgir, entonces, la luminosa llama de un amanecer en que hemos sido mejores y sinceros”.
Sin ánimos de preeminencia de ningún tipo quiero citar, a continuación, algunos de los enunciados que aparecen en No hay que llorar.
El crítico y periodista Dean Luis Reyes, dice: “Del Período Especial no he olvidado el Hambre. El hambre física que devuelve al hombre a su condición animal, a su hechura de vísceras y fluidos, de tripas y gases. El Hambre como angustia, locura casi, que te arroja a los deseos más primarios y oscuros y deja sin defensas morales ante la tentación de robar”. Pero, aclara: “El Período Especial me dio la posibilidad de una vida menuda y feliz, que prefiguré mientras sobrevivía como periodista en Sancti Spíritus”.
A la poeta Lina de Feria, el Período Especial la “ayudó, en parte, a manejar poesía altamente filosófica como la de El ojo milenario. Yo no dejé de publicar en esa etapa”.
La pintora y poeta Zaida del Río, no la pasó (¿será el tiempo pasado, repito, el correcto en cuanto al dicho “Período”?) tan mal: “en esa época no dejé de viajar al exterior y no la pasé como la inmensa mayoría de este pueblo que merece todas las bendiciones por su estoica resistencia. Dios y todos los santos lo saben”.
El poeta Ernesto Peña da fe de la desaparición de los gatos debido a la hambruna ambiente: “Uno de los socios comía sin parar y decía con la boca llena de arroz ‘que rico, compadre, que rico, a esto lo único que le falta es un gatico’. Esa noche no pudieron cazar ni un gatico ni un perrito, los habían exterminado”.
La narradora Enid Vian también le sacó partido literario a la inopia: “En esa época las personas trataban de pasar las horas de tinieblas (falta de luz eléctrica) de diversos modos, con entretenimientos de infinita imaginación, incluidos los juegos. Escribí el relato ‘Efectos secundarios’ —que aparece en la antologíaMujeres como islas—, basada precisamente en un apagón, aunque no se menciona la palabra, y hay un rejuego entre lo real y lo onírico”.
El cuentista y novelista Arturo Arango nos recuerda otro de los insultos castristas para la población: la llamada “Opción Cero”; o sea, la muerte por inanición en aras de la patria agradecida. Dice Arango en su testimonio: “Me atemorizaba mucho la imagen que emanaba de la frase ‘Opción Cero’ (temor que puede leerse en mi cuento ‘Bola, bandera y gallardete’) Y en el año 1993 parecía, en efecto, que La Habana iba muriendo, desapareciendo”. Sin embargo, logra Arango entonces uno de sus sueños: “Contradictoriamente las consecuencias del Período Especial me permitieron cumplir uno de mis sueños más queridos: vivir de lo que escribo”.
El poeta Virgilio López Lemus se fortalece: “La década de 1990 y el llamado ‘Período Especial’ fortalecieron mi espíritu y me hicieron resistente, ¿qué más podría sobrevenir que no pueda ser enfrentado con pasión y deseos de hacer, añadir, ser útil, como modo de hallar un poco de felicidad, o de alegría, en medio del vórtice social turbulento en que viví y en que vivo?”.
El poeta Otilio Carvajal está vendiendo libros usados durante el Período Especial y resulta denigrado por un mexicano, cuando este le propone: “Te doy un dólar, un par de medias y tres lascas de pan por todos”.
La poeta Odette Alonso (creo que la única persona de las que testimonian que hoy vive en el extranjero) se queja: “Al hablar del período especial yo creo que no hay que perder de vista que, si bien en ese tiempo todo se recrudeció al extremo, antes no vivíamos en la panacea. Porque yo no recuerdo que, al menos en mi familia, a mi alrededor, nunca pudiéramos elegir, por ejemplo, entre dos marcas de desodorante o de champú o entre dos tipos de refresco”. Y: “Teníamos una sola muda de ropa ‘de salir’ y, si acaso, un par más para el diario y esa ropa la heredaba yo a mi hermana menor y luego ella a mi mamá, que por darnos a nosotras lo poco que podía, nunca se compraba nada para ella”. Y: “Recuerdo que el agua sólo llegaba a la casa cada tres días y que hubo temporada de meses en que había que cargarla de las pipas. Recuerdo que en el dentista no te ponían anestesia y había que aguantar como un caballo”. Y, finalmente, la Alonso deserta: “Cuando me invitaron a México no tenía una idea prefijada de lo que pasaría. Aquí supe que la vida era otra cosa, que los horizontes sí eran alcanzables, que no había por qué renunciar a la dignidad más elemental y entonces decidí quedarme”.
El historiador y novelista Rolando Rodríguez se lamenta, y se congratula y, asimismo, es otro de los que obtienen ganancias literarias con el “Período Especial”: “La anécdota que me viene a la mente al pensar en los momentos más duros del Período, era el lapso que transcurría entre la llegada a la casa del paquetico de café de la cuota y el próximo”. Y: “Durante tales baches, para decirlo con acentos de Guillén, me revolvía de deseos de tomar una tacita, no una gran taza, solo una simple y modesta tacita de café. Debe considerarse sin falta que yo era un fumador empedernido y, para más, tenía enraizada la vieja costumbre del buchito de café antes de encender el cigarro. En el Consejo de Estado había café, pero estaba dispuesto que solo podía pedirse el servicio si había una visita”. Y: “En los momentos del Período Especial eché adelante muchos de los sueños y proyectos que había pospuesto, para cumplir otras tareas que la Revolución me había demandado a lo largo de no pocas décadas”. Y: “Y ahí están seis libros, algunos con ediciones en el extranjero, dos de ellos con dos ediciones, uno más en proceso en una editorial española, innumerables artículos publicados y conferencias dictadas. Siento, por tanto, como consecuencia, que nunca he sido tan útil como en este Período Especial y que durante él y pese a él he cumplido buena parte de mis sueños”.
Bueno, para finalizar, reitero que los ejemplos precedentes solo tienen el propósito de dar una idea de los puntos encontrados que hacen saber quienes testimonian en No hay que llorar, un libro que sin duda será gratificante y provechoso para los lectores.
Pero me quedan dos dudas:
1. ¿Cómo habrá pasado Fidel Castro el “Período Especial”?
2. ¿En verdad ya se terminó el “Período Especial”?
Publicado originalmente en: Cubaencuentro, 2 de enero de 2012
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“Steinway & sons”, de Arístides Vega Chapú
En esta novela de Arístides Vega Chapú (Santa Clara, Cuba, 1962) publicada por la editorial española Atmósfera Literaria, nos hallamos con la historia del linaje de Zoila quien, ya viejecita, y cercana a la muerte, avisa, nos narra a partir de un sueño y sus recuerdos aquella zaga. Esto le proporciona a Vega Chapú un amplio punto de vista narrativo donde se mueve con la notable subjetividad que este, o Zoila, le proporciona. Sin embargo, también lo encajona por momentos, obligado a la utilización de una psicología dañada —la de Zoila— y por lo tanto a la utilización de las frases establecidas de una ancianita melancólica, humilde en léxico, que de ningún modo por tanto podría ser la dueña de una metafórica como la que distingue al poeta Vega Chapú.
Desde el árabe Petrus Giaburt, bisabuelo de Zoila y domiciliado en Nueva York, adonde llegó a principios del siglo XX, hasta la llegada de Zoila a Santa Clara, Cuba, en 1949, pasando por los demás ascendientes de ella: la actriz francesa Sarah Bernhardt —diva díscola, estrafalaria, despiadada si llega el momento de defender sus laureles—, la bordadora por hobby Osmerut, Selím, Umar Petrus Kaput y la musical Rosita la Cubana, entre otros. Ya podemos ver que entre los personajes principales de esta novela, casi todos de la aristocracia o quizás de la pequeña burguesía, descuellan aquellos vinculados con el drama y la música principalmente. A estos se le suman, a lo largo de las 190 páginas de la acción, los cubanos Bola de Nieve, Esther Borja, Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig, María Teresa Vera y otros.
Dije 190 páginas, y dije bien. Y es esta una de las consecuciones de Steinway & sons: el tiempo, y las locaciones, que abarca con grande precisión descriptiva. Viajamos por el Nueva York de las décadas de 1930, 1940 y 1950, “una ciudad donde nadie reparaba en nadie”, “plagada de vicios e inmoralidades”. Las costumbres tradicionales de esta ciudad, su animación para las artes, el teatro y la música incluidos, y en fin sus signos sociológicos que debemos considerar más sobresalientes, se hallan en una y otra página. Y también, estos mismos aspectos de varios países del Oriente Medio, como son la práctica de la cartomancia, el lenguaje gestual y corporal, la prostitución, la asunción gay y las relaciones maritales (se ubica en este último orden, inserto en el humor que recorre por ratos la novela, el Indio, marido de cuatro mujeres y padre de 18 hijos); todo esto para nosotros, sin duda, exótico. Tanto en una como en otra de las dos latitudes señaladas, más la narración que se desarrolla en Cuba, encontramos además una minuciosa y atractiva descripción —literariamente hablando— de las artes culinarias.
Es decir, en 190 páginas. Todo porque Vega Chapú asume una manera muy fina de mover el tiempo, porque no lo invierte en presentaciones largas y porque, poeta al fin, desarrolla una encomiable y persistente síntesis para narrar.
Dos de los temas fundamentales de Steinway & sons, si es que son temas, resultan los celos y la belleza física tanto de la mujer como del hombre. Así las cosas, estas condiciones se encuentran subrayadas a tal punto que, al menos yo, no hallo más asidero entre las parejas que nacen y mueren a lo largo de la novela; bueno, sin que lleguen totalmente al hedonismo. ¿Tendría razón entonces aquel que se preguntaba “quién, en verdad, no se estremece ante la belleza física”, moralidad aparte? De esta forma, el sexo rápido, que ocurre con cierta frecuencia en la narración —y en este caso lésbico además— está representado con brillantez por la baronesa Elsa Von Loringhoven (P. 29-32). Creo que en sentido general, el erotismo en no pocos momentos de la acción cede terreno ante la consumación urgente de la carnalidad, digamos; pero no se piense que esta raya en esa cosa inexistente que llaman pornografía, cuyo único propósito es no dar antecedentes ni subsiguientes de la acción sexual.
Además de los personajes antes citados, hallo otros interesantes en la Nodriza —quizás una amadora de ley, según los cánones apostólicos—, y la China, acompañante de Zoila, quien es apodada ya en sus finales, allá en la lejana Santa Clara adonde llegara en 1949, la Gringa. Zoila, esa anciana narradora que se va quedando “sin país”, o que finalmente comprende que, tristemente, “mi país es mi casa”.
Hemos leído varias novelas cubanas cuyos finales se vinculan con el triunfo de la revolución castrista de 1959; estas, siempre narradas desde la óptica “positiva”, creo que no podrían hallar final más fácil y manido que el señalado, luego de narrar las injusticias, desmanes y miasmas en general de la “seudorepública”, para al fin desembocar en ese paraíso anunciado en 1959. Pues bien, luego del periplo que he relatado, Steinway & sons va a dar finalmente a la llegada del castrismo, y un poquito más. Pero lo que narra no es el paraíso; es el infierno naciente. El final de una civilización, de la libertad del músculo y del alma, la muerte de una cultura representada en la muerte de aquel piano, aquel Steinway & Sons.
Publicado originalmente en: Cubaencuentro, 29 de noviembre de 2012


