Aquel febrero en que Arístides Vega Chapú me pidió que presentara su novela, estuvo a punto de nevar sobre Santa Clara. Dicen que los relojes se detuvieron, las sirenas policiales olvidaron el silbido que usan para asustar a las madres de los desalmados y que los sacerdotes se negaron a meter las manos dentro del agua bendita por miedo a que se les quebraran los dedos. La gente andaba forrada con las pieles que heredaron de sus bisabuelos y el Parque Vidal se convirtió —por única vez en años— en una plaza desolada, apenas asistida por el lamento de los pájaros negros cuyas históricas cagadas se congelaban en el aire.
No puedo dar fe de tales hechos porque, para entonces, estaba encaramado en esa pesadilla rodante a la que con sarcasmo propio de los Pérez de Alejo llaman Tren de Morón, y recorría por undécima vez el centenar y medio de cuartillas de Lluvia colorada, novela que edité con muchísimo placer para la casa editorial Capiro.
Los pasajeros que me acompañaban sobre la cáscara olorosa a orín de gente pobre, no podían entender mis amargos silencios ni las carcajadas que a mandíbula batiente fui prodigando durante la travesía. No recuerdo haber realizado un viaje más entretenido durante toda mi vida de incansable viajero. Y es que en puridad, Lluvia colorada es un libro creado para entretener, para que la gente se duela y se divierta, para que el lector pase de una anécdota a otra, de una vivencia a otra más entretenida y profunda.
Sé que cuando ustedes se lean este libro lo comentarán en pasillos, foros, y que, sobre todo, quedará colgado para siempre en esa percha donde uno guarda las prendas más queridas porque no es Otro Libro, sino el libro sobre Santa Clara que hemos querido leer durante años y nadie tuvo la osadía de escribirlo.
Difícilmente podría llegarnos de otras manos. Es Titico, lo sabemos todos, un individuo que hace ya mucho se rasuró los pelos de la lengua, y dice, y escribe lo que quiere sin miedos a ser sorprendido por las torpezas de una censura que cada vez se disipa más o tumbado por la indisipable ingratitud del gremio. De su vida rica y desafiante habría sustancia suficiente para llenar tomos; de su obra —ya trascendente— tendríamos abundante grano para varios inviernos.
Muchos reconocemos en él al poeta que hace años nos sedujo con Un cuarto en el Hotel América y no ha dejado de iluminarnos con su obra penetrada por la misma luz, únicamente la luz, ni de levantar carpas para decir este es mi pueblo, este es mi único sitio.
Desde aquel antológico poema hasta Lluvia colorada ha creado Arístides una cadena de textos que sirven como testimonios del tiempo que le fuera dado. Leer toda su obra significa revisar minuciosamente los acontecimientos de una vida plagada de episodios tan alucinantes como alucinantes han sido los últimos 50 años de la vida cubana.
En Lluvia colorada, tramo de verso arrancado de un poema de José Kozer, se extiende un lienzo de la Santa Clara actual, tonificada con varios regresos a pasados recientes y lejanos que van dándole a la ciudad una historia soñada por el autor y que llegaremos a creer como si fuera la verdad misma. Este es, sin duda, el mayor logro del volumen porque cuál si no que le creyesen todos los paquetes sería el mayor interés de los fabuladores.
El humor fino expuesto a través de la sorna y el tratamiento gráfico de secuencias que seguramente partieron de la realidad y el autor hiperboliza otorgan al texto una como suavidad narrativa muy agradecida por el lector.
Hace algo más de veinte años estaba El Escritor en una parada, en la Habana, con el poeta y periodista Bladimir Zamora, esperando un ómnibus para ir a la sede del Caimán Barbudo. En una parada que está en el mismo centro de la Habana Vieja se detuvo uno, que no era precisamente el que les servía para su destino. Bladimir se percató que entre sus pasajeros estaba Juana Bacallao. Llevaba una blusa de lentejuelas, una peluca rosada, protegida por un sombrerito de tejido amarillo y unos espejuelos de armadura roja. No eran aún las nueve de la mañana y él que precisaba darle un recado se acercó a la ventanilla más próxima a la que ella viajaba: «Juana, Juana, no dejes de pasar por la Egrem», le dijo. Y ella, con una mirada, que si hubiese sido un dardo lo hubiera atravesado, le dijo: «Niño, aprende a ser discreto que las figuras viajamos de incógnitas». Junto a la risa de todos los viajeros, Juana Bacallao recibió una ovación que desde su asiento, puesta de pie y reverenciando a sus admiradores, agradeció.
Pero todo no es risa, hay dolor expuesto, desnudez del hombre humilde que tiene que convertirse en Harry Potter para alimentar a su familia; mutación del que quiso ser honesto y tuvo que corromperse para sobrevivir; familias fragmentadas, transculturadas, rotas; vivarachos, pendencieros, pillos; profesionales que se vieron obligados a guardar títulos y sapiencias; gente común derretida por la lava arrasadora del alcoholismo o escondiéndose de los zarpazos de la mala vida; putas encandiladas por afeites y gangarrias; estrellas decadentes; símbolos derruidos; bibliómanos atrapados en las redes de la obra de Lina de Feria; gente atada para siempre a la raíz de la Revolución y gente desatada para siempre del proceso de la Revolución; mendigos importantes asolando a mendigos sin importancia; funcionarios corruptos; gente ingenua que cae en trampas urdidas por los nuevos pícaros; vecinos generosos, que comparten los «puntos» de la malanga, la carne o el pescado… que comparten los medicamentos, el ascensor del doce plantas, las largas colas en la cafetería, las fatigas de ese mercado blanco y negro y carmelita, que está ubicado en las afueras del estadio Augusto César Sandino; gente mala y buena, que padecen la ausencia de los que están en cualquiera de esas yumas hermoseadas, fantaseadas por la mirada agónica que se echa desde la precariedad… en fin, los pedazos de un colectivo que a pesar de los pesares… y como sea… empujan al país las 24 horas de todos los días.
En cada capítulo, un desfile de los actores que somos muchos, de esos triples personajes que encarnamos día a día para que no nos sorprenda la hora de la cena sin alimentos; para que no ensordezcan del todo los oídos de nuestros hijos, pelados de tanto escuchar las frases «no hay», «no me alcanza», «no tengo». Aquí y allá, el olor nauseabundo que dejó tras de sí El Período Infernal, pasado que convoca una y otra vez al miedo… olor que en la Novela de Arístides y en los días de la Vida parecen no encontrar su extinción definitiva.
Por todos lados, la huella de una amistad sostenida por el amor: Zayda del Río, Sigfredo Ariel, Sergito García y otros, muchos otros, que hacen la escalera por la cual ascienden hacia la sobrevida los personajes de esta novela, que alegra y duele, que hace reír y llorar y sentir que quienes vivimos en esta franja céntrica del país también hemos tenido que inventar la vida.
Su escritura es tan sencilla que parece contada por alguien que recibe los últimos aceites y no le alcanza el oxígeno para dibujar bellezas o enredarnos en tropologías espesas; exponer, exponer, exponer de una vez la fábula, de manera tan clara, que a nadie se le ocurra ver gris donde dijo negro; de forma tan descarnada que nos sumerge de súbito en las subtramas de la realidad y nos obliga o repasar escenarios, momentos, situaciones vividas y revivividas, sufridas y resufridas, gozadas y regozadas; que nos sumerge de súbito en la verdadera sociedad cubana, no la que propone el poder mediático, sino la verdadera vida política del país que surge de manera espontánea en el diálogo diario de la gente con la realidad, de la gente que va a la plaza el 1o. de Mayo, y levanta banderas y retratos, y luego forma una alharaca porque no hay un maldito huevo en toda la ciudad; de la gente que critica el gobierno y luego es operado gratuitamente en uno de los múltiples hospitales, y sale dándole vivas al sistema de Salud; de la gente que se queja mucho, pero que está dispuesta a romperse el corazón por su Patria.
Porque si existe algún telón de boca en esta novela, por encima de las desgarraduras y las fascinaciones, es el amor al espacio vital, la relación pasional entre los personajes y la Patria en el ámbito de la ciudad.
Santa Clara, la bella y diversa, la aborrecida y la amada Santa Clara, dibujada en este libro como se dibujan los más sonoros latidos del corazón, es el principio y el fin de este libro que vamos a devorar porque es pan del bueno, es decir: pan de verdad.
Publicado originalmente en: Blog Verbiclara, 30 de marzo de 2015

