Tres reseñas

Sobre el libro de testimonio No hay que llorar,
y las novelas Steinway & Sons y Lluvia colorada

Laidi Fernández de Juan

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Carta por el libro necesario: No hay que llorar

A instancias del narrador, poeta y gestor cultural Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962), treinta y cuatro artistas (además de él mismo), han expresado lo fundamental de sus memorias del llamado Período Especial en Cuba.

El material, compilado por Vega Chapú en un curioso libro bajo el título No hay que llorar, será lanzado el mes próximo por la Editorial Pablo de la Torriente Brau, al ser este sello el responsable del proyecto Memoria, que en la modalidad de concurso ganara Arístides Vega, en el año 2009 cuando no se trataba más que de una propuesta.

Lo primero que llama la atención es la diversidad del volumen en cuanto a casi todo: Aunque predominan los autores masculinos, (solo once mujeres brindaron sus testimonios, en contraste con veinticuatro hombres), están presentes ambos sexos y, por consiguiente, ambas posturas de género. Las edades fluctúan entre treinta y dos y setenta, siendo el promedio de edad de cuarenta y ocho años. Aunque todos los testimoniantes pertenecen al mundo de la cultura (poetas, narradores, dramaturgos, editores, guionistas, ensayistas, una pintora, un historiador, actores y críticos), son los primeros quienes predominan. El país está representado por autores(as) de casi todas las provincias, aunque la mayoría vive en Santa Clara y La Habana, y solo cuatro de ellos se encuentran actualmente fuera de Cuba.

La memoria, esa gran regidora de conductas, no se deja traicionar por  nada en este libro, ni permite imágenes distorsionadas de lo que fue la etapa cubana más difícil después del año 1959. La perspectiva de cada quien, el prisma a través del cual fueron asumidas las dificultades que nos cayeron encima con la fuerza de un cataclismo inesperado en los años noventa del siglo pasado, se refleja en los testimonios particulares de cada autor(a). Como ejemplo de esta diferente manera de afrontar la penumbra en la cual transcurrió esa angustiosa parte de nuestras vidas (y digo penumbra como metáfora y también como reflejo de los inacabables cortes de luz), me referiré justamente al aspecto cultural.

Mientras algunos de los participantes en el libro renegaron de su condición de artista : «jamás me di el lujo de pensar en literatura. Me parecía una enajenación innecesaria»,  dice una de las escritoras; otro apunta: me aferré a la escritura como salvación», o «Resultó mi período más creativo como escritor»; y alguien, con ironía pero con acierto, dice: «el cancionero cubano e internacional nos debe horas de difusión».

Otras inevitables contradicciones afloran entre un testimonio y otro, entre un cuento y el siguiente, entre una observación, un juicio o simplemente un chiste, porque somos seres complejos, con vivencias individuales:

«El Período Especial, igual que el amor, entró por la cocina»

«Nunca, como en esta etapa tuvo este país tanto arte»

«No soy un sobreviviente»

«Soy un sobreviviente afortunado»

«Nos volvimos violentos y egoístas»

«Hubo muy poco de individual o privado en la Cuba de opción cero»

«Sobrevivimos gracias a la solidaridad de verdaderos, eternos amigos»

Hay quien opina que hubiera sido mejor escritor sin el Período Especial, y, por el contrario, otro considera que no hubiera sido ni mejor persona ni mejor escritor sin esos años caracterizados por una profunda depresión económica y social.

Resulta imposible resumir el contenido de este libro necesario, colectivo, que versiona, como bien apunta su antologador, un mismo tiempo dictado desde la singularidad que propicia la vivencia individual. También humor cáustico, ironía, dolor, comicidad abierta y elocuentes confesiones depresivas encontrarán los lectores del testimonio, —que es decir  de la memoria—  de este particular y ojalá superado momento de nuestra Historia. Como arma contra el olvido, y como enseñanza para las nuevas generaciones, sugerimos la lectura y la conservación de No hay que llorar, disponible a partir del venidero mes de Noviembre.

 

Publicado originalmente en: Cubaliteraria, 27 de octubre de 2011


 

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Carta por el día más allá, de A. Vega

La novela Un día más allá de Arístides Vega Chapú, escrita hace once años y publicada en el 2009 por Letras Cubanas, devuelve a la memoria colectiva cubana momentos muy particulares que difícilmente pueden ser soslayados. En un ambicioso proyecto, Arístides logra entretejer historias donde se mezclan períodos tan complicados y disímiles como el esplendor del teatro Alhambra, los días extraños de furia y violencia de los años 80 del pasado siglo, los inicios del Servicio Militar Obligatorio (más tarde llamado General) y la participación cubana en la guerra por la liberación de Angola.

Básicamente es una narración que rinde homenajes culturales durante todo el tiempo, aunque el juego que establece amenaza con volverse atemporal, de tanto ir continuamente hacia el pasado y regresar al presente. En la novela, la cultura cubana ocupa un  primer lugar representada por clásicos de siempre, secundada por artistas jóvenes que se alzan en el intento de continuidad, expuestos a incomprensiones, a extremismos y a cuestionamientos ajenos al hecho cultural en sí (pág. 104). Al inicio, parecería que estamos en presencia de la biografía novelada de la vedette Luz Gil, estrella del teatro Alhambra, evocada por El Gordo, personaje ambigüo que no fue capaz de adecuar sus vivencias formadoras a la época convulsa que hubo de afrontar. El humor, tan presente en la narrativa de Vega Chapú , aparece en Un día más allá como bálsamo que atenúa pasajes durísimos. Quizás para un público no cubano no resulten tan aliviadores los momentos de comicidad que salpican algunas de las 295 páginas de esta novela, pero puedo asegurar que para nosotros, resulta necesaria la compensación de episodios como :

“…en sus visitas me explicaba cómo se hacía una croqueta. Como si se tratase de un invento socialista. ¡Croquetas sí, yanquis no!” (pág 85),

“…¿usted cree que se puede ser miliciano con mi obesidad y estos pies planos? Aunque soy amigo de la del Comité” (pág. 87)

Enumerar el listado de artistas cubanos a quienes reverencia la novela sería una tarea larga, que no voy a hacer, pero no puedo dejar de mencionar algunos de quienes ambientan la época, contribuyendo al entorno en que se desarrolló la vedette principal de la novela: Rita Montaner, Toña La Negra, Barbarito Diez, Bola de Nieve, Lorenzo Hierrezuelo, Francisco Repilado, Benny Moré, Bebo Valdés, Las hermanas Martí.

Resulta muy curiosa y eficaz la manera que utiliza Arístides para enfrentar  las temáticas fundamentales de la novela: la vida (los avatares vitales más bien) de una muchacha recién graduada de artes plásticas, la de un joven cuyo trabajo consiste en hacer programas radiales, un amigo que aspira a convertirse en escritor y las meditaciones de El Gordo, que conversa fantasiosamente con Luz Gil, conforman el paradigma de los conflictos que se desarrollan. Es a través de estos personajes y de sus atribuladas existencias que fluyen las peripecias cuyo despliegue se propuso el autor, manipulando a estos protagónicos y no a los acontecimientos per se.

Un velo de profunda tristeza nubla la narración, como si estuviéramos presenciando una obra de teatro a través de humo. Varios paralelismos recuerdan a obras literarias anteriores, sin que remeden imitaciones o copias sino todo lo contrario; este hecho evidencia que existen pasajes histórico-sociales cuyas huellas no han sido definidas aun con exactitud, y continúan aflorando en las manifestaciones artísticas. En La soledad del tiempo, novela de Alberto Guerra, se mencionan muchos artistas que escogieron el camino del suicidio como solución a sus irresueltos conflictos, y otro tanto sucede en Un día más allá, aunque limitándose a los cubanos (págs. 175 , 176). Las alusiones a los episodios de la embajada del Perú y al consiguiente éxodo por el puerto del Mariel que aparecen entre las páginas 219 y 230 representan una mirada distinta a la que diera del mismo suceso Nicolás Dorr en su espléndida novela El legado del caos.

En un acto de claudicación aparente, al final de Un día más allá, el personaje- escritor se convence, en presencia de El Gordo y del periodista radial, de que resulta imposible narrar el presente, y en sustitución, decide  intentar el abordaje de la biografía de Luz Gil, redondeando así las múltiples historias que habían ocupado espacio. En otras palabras, Arístides Vega Chapú cierra las puertas que se abrieron por su propio peso a medida que transcurrían las historias, para enfrentarlas en un único y bien pensado final. Es esta una novela cuyo destino comienza a hacerse evidente, que traerá consigo cuantas interpretaciones valorativas merezca, y que se inserta en la corriente histórica de hacer un buen libro que logre en el público lector aprendizajes, divertimentos y representación social contemporánea.

 

Publicado originalmente en: Cubaliteraria, 20 de septiembre de 2010


 

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De Lluvia colorada

El conocido narrador, promotor cultural y  poeta Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962) vuelve a la carga de sus recuerdos con una nueva novela: Lluvia colorada (Editorial Capiro, 2014), bajo el cuidado de Otilio Carvajal y de Rebeca Murga. Con una acertada nota del colega Sergio García Zamora, el texto, que salva la memoria de esta crisis y nos convida a vivir a plenitud, aborda el peliagudo asunto del Período Especial y sus consecuencias, pero no como retórica, sino como excusa.

El pedestre y en apariencia trivial proceder médico al que debe someterse el narrador (“El escritor”), funciona como la magdalena que impulsó al gran maestro Proust a repasar literariamente su propia existencia. Así, con el pretexto de cumplir la dieta que antecede a una colecistectomía (extracción de la vesícula biliar), Arístides ofrece el ambiente sociológico de un sitio llamado “Sandino”, que más que una geografía o entorno constructivo, es un estado de ánimo, un margen social, un pantano de emociones. A través de una colección de personajes ficticios (“La retirada”, “La poetisa”, “El periodista”, “El combatiente”), “El escritor” dialoga con el momento histórico que vive, se sumerge en las mieses de una ilegalidad compartida, y sobrenada en la superficie de lo vulgar, lo insignificante, hasta salir airoso de la prueba de volver sobre sus propios pasos, como  quien se despide de la vida.

En contraste con esta pléyade de figuras imaginarias, varios artistas reales aparecen reiteradamente en las 227 páginas de esta Lluvia colorada, de la cual resulta imposible guarecerse. La pintora Zaida del Río, la cantante Juana Bacallao, los poetas Sigfredo Ariel,  Bladimir Zamora y Alfredo Zaldívar, el paisajista Tomás Sánchez,  los Premios Nacionales de Literatura Carilda Oliver y Cintio Vitier, y, sobre todo, la poeta Lina de Feria, acompañan al narrador.

Quizá lo más atractivo de Lluvia colorada no sea el argumento principal ni el lenguaje sencillo que escogió su autor, sino la manera de mezclar ficción con realidad: ese juego interactivo al que convida al lector. La llamada “Retirada”, una mujer cuya obsesión por el buen gusto la lleva a convertirse en un ser agobiante, atormenta a todos con el empeño de dar a conocer poemas de Lina de Feria, sobre todo en la cola del yogurt. La comicidad implícita que sabe manejar muy bien Vega Chapú en su extensa obra literaria, se hace notar en esta novela, disparatada a ratos. “El Periodista”, autodenominado “mujeriego y comunista”, resulta ser el padre de otro poeta, cuyo nombre se desliza en la narración, a propósito de la alusión a un plato culinario: Sergio García Zamora,  autor, como ya dije, de la nota de contracubierta.

Quienes no conozcan la obra de estos representantes de la cultura cubana, podrían participar tal vez con mayor inocencia del juego intertextual que lleva a cabo, disfruta y conduce Arístides, pero sin duda, todos agradecemos el componente lúdico de una novela que de otra forma resultaría poco estimulante, dada la descripción de planes que nunca se llevaron a cabo, de edificios que quedaron a medias, de ilusiones truncas, de recursos pseudoalimentarios a los que tuvimos que acudir, y del sometimiento al que las circunstancias nos han obligado.

Además de los nombres a quienes el autor reverencia (se trata de homenajes, por supuesto), varios lugares adquieren categoría de “personaje”: Matanzas, Santa Clara, la playa La Panchita, diversas ciudades latinoamericanas (de Argentina y Venezuela). Sin embargo, la mayor parte de la trama argumental transcurre en una suerte de Macondo minúsculo: “…esa geografía cosmopolita y festiva que se conoce por Sandino”, gracias a lo cual, conocemos o creemos adivinar los vericuetos de un barrio que puede ser semejante a otros, pero exclusivo también. “Ningún lugar es únicamente lo que se expone a simple vista”, nos dice El escritor, llevándonos de la mano en sus tribulaciones por conseguir malangas. Lluvia colorada, sin pretensiones, cumple aquel precepto que tan bien esbozara el crítico literario Milton Fornaris, a propósito del espléndido cuentista O. Henry: “…no pretendió otra cosa que entretener a los hombres”. Bienvenida sea esta entretenida lluvia de color punzó.

 

Publicado originalmente en: La Jiribilla, No.730