Sífilis terciaria
Una propuesta para explicar los hechos fantásticos de la novela Coloquio de perros, de Cervantes
El “Casamiento engañoso” y el “Coloquio de los perros” son las dos últimas en la colección de novelas que Miguel de Cervantes Saavedra llamó “Novelas ejemplares” y publicó en 1613 a poco más de medio camino entre las dos partes del “Quijote”1. A pesar de que el autor decide identificarlas como independientes y las presenta con títulos diferentes, las relaciones entre los narradores de las dos novelas y su situación consecutiva dentro del conjunto obligan a preguntarnos acerca de la unidad de las mismas2. La sospecha del vínculo se refuerza con un segundo elemento identitario: el “Hospital de la Resurrección” que es presentado en la primera línea del “Casamiento” y en el subtítulo del “Coloquio”; el hospital a su vez nos conduce al tema de las bubas y las particularidades patológicas y sociales que dicha enfermedad mantuvo desde el siglo XV hasta comienzos del XX.
“Bubas” es una de las denominaciones de la enfermedad sifilítica en la edad media. Para dilucidar los hechos de la novela en relación con la problemática de la sífilis, son tres los elementos a los que quiero referirme. Primero, el relacionado con el tratamiento que Cervantes le da a la enfermedad y a los médicos en sus obras y particularmente en las dos que nos ocupan; segundo, el vínculo hospital-sociedad española de los siglos XVI y XVII; y finalmente, el mencionado por el alférez como la enfermedad que lo dejó en el estado de postración en que se encuentra cuando nos es presentado. Los vacíos de tiempo en la narración del “Casamiento” y el estado clínico avanzado en que nos es descrita la enfermedad a la presentación del Alférez, son las circunstancias que permiten proponer una demencia secundaria a la neurosífilis como la patología que explica el origen del discurso de los perros.
Cervantes, enfermedad y médicos
Miguel de Cervantes Saavedra fue hijo de Rodrigo Cervantes, cirujano y nieto por línea materna de Juan Luis de Torreblanca, médico cordobés. Rodrigo tenía una sordera severa desde niño lo que obstaculizó su deseo de asistir a la escuela de medicina de manera formal, pero aprendió el oficio de su abuelo y de su padrastro también médico, capacitándose de esa manera y con algunos entrenamientos hospitalarios para trabajar como cirujano barbero en el hospital de Antezana de Alcala de Henares, hoy uno de los más antiguos de Europa. Hay evidencia de que no solo Miguel sino también sus hermanos trabajaron como asistentes de Rodrigo para ayudarlo en su desempeño profesional. De allí y de su buena biblioteca que incluía importantes textos médicos, Miguel debió obtener suficiente información acerca de las patologías más comunes de su época, lo que se refleja en la obra Cervantina3.
Las literaturas renacentista y medieval no siempre se muestran amigables en la descripción del médico, aunque la ponderación y la alabanza aparecen también de manera reiterada asociadas al encumbramiento social del médico pero no del cirujano barbero. Estos últimos hacían parte de una comunidad inferior que debió esperar hasta el siglo XIX a su asimilación como parte de la profesión. Cervantes sin llegar a extremos, hace en sus obras alusiones que se enmarcan en la tendencia de la época, ejemplos de ello encontramos en el “Quijote” y en algunas otras de las “Novelas Ejemplares” como en “El licenciado Vidriera” donde dice:
“todas las personas con quienes de necesidad tratamos nos pueden hacer algún daño; pero quitarnos la vida sin quedar sujetos al temor del castigo, ninguno: solo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y a pie quedo, sin desenvainar otra espada que un récipe; y no hay cómo descubrir sus delitos porque al momento los meten debajo de la tierra” (vol. II, 68).
Ante todo Cervantes se destaca en la calidad de sus descripciones clínicas sobre patologías. En la primera de las novelas que nos ocupan, el “Casamiento engañoso”, nos expone de manera bastante detallada los aspectos clínicos relacionados con la sífilis secundaria y las secuelas terapéuticas de las medicaciones del momento. Luego en el “Coloquio de los perros”, la novela que permite desarrollar nuestra propuesta, consigna sin concesiones sutiles los estragos que producen la suma de vejez y mala vida, cuando hace el inventario del deprimente aspecto de la bruja Cañizares tendida en el suelo en éxtasis alucinógeno:
“larga de más de siete pies: toda era notomía de huesos, cubiertos con una piel negra, vellosa y curtida, con la barriga, que era de badana, se cubría las partes deshonestas y aún le colgaba hasta la mitad de los muslos; las tetas semejaban dos vejigas de vaca, secas y arrugadas; denegridos los labios, traspillados los dientes, la nariz corva y entablada, desencasados los ojos, la cabeza desgreñada, las mejillas chupadas, angosta la garganta y los pechos sumidos” (vol. II, 376).
No escapa aquí Cervantes a la alusión xenofóbica de las narices sefarditas y moriscas.
El Hospital de la Resurrección
Para despejar cualquier duda acerca de la unidad entre el “Casamiento” y el “Coloquio”, aparece el “Hospital de la Resurrección” del cual está saliendo Campuzano cuando nos lo describe el narrador-autor al comienzo de la primera obra, y es el mismo que están abandonando Cipión y Berganza en la novela del coloquio canino.
El Hospital de la Resurrección presumiblemente fue fundado en 1552, en la que era la casa de la mancebía de la ciudad y dos lotes contiguos, su propósito era ofrecer alberge a los enfermos contagiosos. Posteriormente en 1616 es convertido en hospital general y llegó a ser el más importante de Valladolid4, aunque su importancia no significaba bonanza en las finanzas. El 11 de febrero de 1569, Alonso de Portillo, clérigo administrador del hospital, en carta a V.M., relata que el establecimiento:
“es muy pobre y necesitado y como es solo en esta villa donde se curan las bubas y otros males contaxiosos y que a la contina se curan más de cinquenta pobres y eso dándoles lo nezesario…para rezevir todos los pobres que a el concurren por no aver otro hospital donde se curen de semejantes enfermedades se dexan de curar muchos y se mueren que los que viven grandes dolores y enfermedades” (Rojo Vega 1).
El significado de la palabra “hospital” ha sufrido ha sufrido un severo cambio conceptual desde la época Cervantina a nuestros días. Para entonces eran obra social de poderosos con fin más de residencia de paso para enfermos menesterosos y caminantes necesitados que lugar de atenciones de enfermería o terapia, de allí la frase de Gaspar Melchor de Jovellanos llamándolos “focos naturales de infección donde las enfermedades leves se hacen graves, las graves incurables y las contagiosas se perpetúan” (Laso Ballesteros 274).
Pero en 1616 se reorganizan las instituciones de salud vallisoletanas y el Hospital de la Resurrección se convierte en uno de los dos hospitales modernos de la ciudad, que pasa a su vez a ser una de las pocas del mundo con tal cantidad de hospitales con médicos, cirujanos, sangradores, boticarios y enfermeros, e integrado a una red de control de la prostitución sin igual en España, con atención gratuita a las prostitutas enfermas y por supuesto atendiendo los enfermos de bubas (Laso Ballesteros 276).
La Sífilis
“SI NO TEMES A DIOS TÉMELE A LA SÍFILIS”, así rezaba el aviso que en 1849 el doctor José Félix Merizalde colocó a la entrada de la sala de enfermedades venéreas del extinto Hospital San Juan de Dios de Bogotá, Colombia5. A dos y medio siglos de Cervantes el fantasma persistía. Susan Sontag en su libro sobre la metáfora de la enfermedad se refiere a los elementos que acompañan la mitificación de algunas de ellas. Se trata de patologías inmersas en el enigma que rodea la ignorancia de sus circunstancias, lo indescifrable y enigmático que las define conduce al pánico frente a ellas (Sontag 1). Sin embargo, aunque la concepción global de la sífilis sea la misma, hay diferencias en su percepción, en algún momento durante el renacimiento se reconocen personajes que exhiben con cínico orgullo el padecimiento (n).
La metáfora de las Bubas en el “Casamiento” comienza en el nombre del hospital: “de la Resurrección”. El alférez sale resucitado o al menos ilusionado de estarlo después de recibir los tratamientos de sudores. La palabra bubas misma es metafórica, ya que en un comienzo se refiere a la tumefacción de los ganglios inguinales que acompaña con frecuencia a la úlceras primarias y secundarias, luego termina utilizándose como el nombre español de la enfermedad.
La sífilis pudo abandonar el escenario de lo enigmático a que alude Sontang en el momento en que aparece la antibiótico terapia, pero en general la metáfora se le podía aplicar a las “Bubas”, como ocurrió por milenios con la lepra, por siglos con la tuberculosis, y recientemente con el SIDA durante las primeras dos décadas desde su descubrimiento. No obstante en la sífilis la metáfora misma queda inacabada porque su mecanismo de transmisión, (no su etiología bacteriana) se conocen desde el comienzo, nada hay de enigmático en la procedencia solo que es repugnante. Si aún desde la Ilíada y la Odisea la enfermedad es castigo divino en la que la tipificación de la transgresión no tiene equivalencia en el patrón de castigo, aquí el castigo tiene un destinatario plenamente identificado en su individualidad, es alguien que ha quebrantado los preceptos de la conducta sexual generados por las sociedades desde la aceptación de la ley divina, resultando en las fobias sexuales. A partir de esto su inmundicia y rechazo social se convierten en arma política de los nacionalismos embrionarios de los que las naciones modernas generaron luego, eso explica las variaciones regionales del nombre.
El contexto social y político de la sífilis en la Europa de finales del siglo XV y comienzos de XVI se visualiza en el decorado que establecen la epidemia del “Morbus Gállicus” azotando a las tropas francesas de Carlos VIII durante el sitio de Nápoles de 1495, y la leyenda de su llegada al viejo continente agazapada en los barcos de Colon provenientes de la recién descubierta América, concediéndole al “Almirante de la mar océana” el dudoso honor de ser llamado “el primer europeo sifilítico” (Leitner 9).
Hasta el descubrimiento del agente etiológico y el posterior advenimiento de la penicilina, la enfermedad recibió más nombres que evidencias de avances en su control. En 1497 Gaspar de Torella la describe llamándola “pudendagra”, aunque ya popularmente se le denomina “el venéreo”, y en España comienza a conocerse como “enfermedad de las bubas”. El nombre va mutando durante esos mismos siglos acorde con los brotes xenofóbicos locales sumando los de “enfermedad española” en los Países Bajos durante el dominio del imperio español, “púa de los indios” en España, “French Pocken” en Alemania e Inglaterra, “mal español” en Portugal, “enfermedad polaca” en Rusia, “enfermedad cristiana” en Turquía, “enfermedad británica” en Tahití y “grande vérole” y “mal napolitano” para los sitiadores Franceses. En 1530 el médico veronés Girolamo Fracastoro publica su poema didáctico “Syphilus sive Morbus Gallicus” en el que el pastor Syphilus recibe la enfermedad como castigo a su licenciosa vida y el zagal termina regalando su nombre al vergonzoso padecimiento, posteriormente el mundo médico la denomina “Lues” cuyo significado es epidemia. En el siglo XIX la denominación de la enfermedad se universalizó como sífilis, etimológicamente del gr. Siph: cerdo y philus: pastor, que ya había dado nombre al personaje de Fracastoro.
La controversia acerca de su procedencia ha sido aclarada por las investigaciones histórica y arqueológica que demuestran casos milenarios en todos los continentes y un posible origen múltiple6. Hoy día sabemos que la virulencia de la epidemia europea posterior al descubrimiento del continente americano tiene que ver más con la diferencia antigénica de las cepas a cada lado del Atlántico que con la ausencia del treponema en Europa antes de 1492 (Leitner 6-19).
Para establecer puntos referenciales que vinculen las etapas clínicas de la enfermedad con la línea argumental del “Casamiento engañoso”, es necesario hacer un recuento de las diferentes fases de la sífilis y sus características, de manera que podamos comprobar el paralelismo entre el conocimiento médico clínico en que nos apoyamos y lo descrito por Cervantes.
La sífilis es una enfermedad de distribución mundial, causada por el Treponema Pallidum y exclusiva de la especie humana; habitualmente es adquirida por contacto sexual directo vaginal, oral o anal. Durante el embarazo ocurre también la trasmisión transplacentaria que resulta en sífilis congénita.
Su progresión clínica tiene varias etapas: infección primaria, fase secundaria, fase latente y fase terciaria. La infección primaria consiste en una úlcera o chancro que se observa en el sitio de inoculación, (mucosa genital, anal u oral), acompañado de la inflamación de un ganglio inguinal; estas manifestaciones aparecen de tres a noventa días desde la contaminación y por ser indoloras son frecuentemente ignoradas. La lesión primaria desaparece con o sin tratamiento en un periodo de tres a doce semanas y es seguida por un tiempo asintomático variable que precede a la fase secundaria. La nueva etapa usualmente se manifiesta cuatro a diez semanas después de la desaparición de la lesión primaria y es la fase más florida de la enfermedad; sus síntomas más frecuentes son: presencia de un brote generalizado de tipo maculo papular o pustular, condilomas planos en las mucosas, fiebre, malestar general, agrandamiento generalizado de ganglios linfáticos, dolor de garganta, pérdida de peso, caída del cabello, cefalea y falta de apetito; algunas veces ocasiona hepatitis y enfermedad renal, artritis, uveítis y neuritis óptica.
Luego viene un periodo que corresponde a la denominada Sífilis latente, la más variable en términos de tiempo entre todas las etapas hasta ahora mencionadas. La sífilis terciaria ocurre después de esta latencia y va a manifestarse años y aún décadas después de la infección inicial; afecta el cerebro, la vista, y el corazón junto con los llamados grandes vasos (la arteria aorta principalmente) (Merck Manual 938-941). La demencia del compromiso cerebral es la que ha tipificado los cuadros de sífilis avanzada de personajes famosos cuyas ideas delirantes tocadas de genialidad definieron sus vidas7.
El cuadro clínico del alférez Campuzano es descrito inicialmente por el narrador-autor y luego por él mismo al tomar la palabra, lo completa casi al final cuando termina de contar las peripecias de su infortunado matrimonio y comienza a narrar el delirante “Coloquio”. En la presentación aparecen como elementos de su padecimiento “la flaqueza de sus piernas y amarillez de su rostro” y el aspecto “de haber sudado en veinte días todo el humor que quizá granjeó en una hora.” (vol. II, 309), luego según sus propias palabras:
“salgo del hospital de sudar catorce cargas de bubas que me hechó a cuestas una mujer que escogí por mía, que non debiera” (vol. II, 310),
y en la última referencia de sí mismo:
“mudé el pelo dentro de pocos días, porque comenzaron a pelárseme las cejas y las pestañas, y poco a poco me dejaron los cabellos, y antes de edad me hice calvo, dándome una enfermedad que llaman lupicia, y por otro nombre más claro la pelarela” (vol. II, 321),
su relato se completa regresando al momento de su ingreso al hospital:
“llegado el tiempo en que se dan los sudores en el Hospital de la Resurrección, me entre en él, donde he tomado cuarenta sudores. Dicen que quedaré sano si me guardo” (vol. II, 321).
La historia de Campuzano hace una referencia cronológica exacta de solo doce de los días de la narración, los primeros de su matrimonio correspondientes a esos primeros seis días en que “gocé el pan de la boda” (vol. II, 315) y los seis más recluido en “un aposento estrecho” (vol. II, 317) a donde llega después del desalojo de la casa de doña Clementina Bueso. Finalmente “Mudé posada y mudé pelo dentro de pocos días” (vol. II, 321) ¿Y cuántos son pocos?
Para la época en que sale del hospital solo nos menciona lo que le ha ocurrido sin hacer referencia al tiempo transcurrido entre los días dicha y el comienzo de los síntomas resultado del posible contagio de que fue víctima por parte de Estefanía de Caicedo. Cuando escribe el “Coloquio” hemos perdido ya totalmente las referencias cronológicas, y no es posible hacer el ejercicio clínico – cronológico que permita conocer el tiempo transcurrido entre la aparición de las bubas y de la alopecia, hasta la aparición de lo que proponemos como ideas delirantes. La cuenta del tiempo de evolución de la enfermedad basado en los datos temporales de la obra es impracticable. Aún más, en ningún momento nos cuenta que haya padecido lo que mencionamos en la descripción de la enfermedad primaria, una úlcera genital única e indolora que debió aparecer en cualquier momento de las primeras tres semanas después del contagio, asociada o no a la presencia de ganglios inguinales, y que debió permanecer de tres a seis semanas para desaparecer luego sin necesidad de tratamiento. Era esto lo de esperar que se describiera en las semanas siguientes a la boda. Es de tener en cuenta que un porcentaje importante de los pacientes hombres no manifiesta haber tenido la lesión primaria y pudo ser el caso del alférez. En las mujeres la posibilidad de no observar el chancro sifilítico primario es mayor.
Recuérdese que el alférez es un soldado con un pasado inmediato en Flandes y él mismo se presenta como un conquistador: “Estaba yo entonces bizarrísimo”, “y tan gallardo a los ojos de mi locura que me daba a entender que las podía matar en el aire” (vol. II, 311). Cuando comienza la descripción de la lupicia (vol. II, 321), la narración hace suponer que estamos en un continuo inmediato de tiempo entre el abandono y esquilme por parte de Estefanía de Caicedo y el cuadro clínico expuesto, lo que es incompatible como tiempo de evolución para una sífilis secundaria, e inclusive puede serlo para una sífilis primaria en un cálculo real de la totalidad de los sucesos que es a todas luces no mayor de dos semanas. Lo esperado y quizá único escenario clínico probable es que hubiera aparecido un chancro primario si se quiere señalar a Estefanía como la portadora que lo contaminó.
¿Fue entonces Campusano contaminado en Flandes y llega a Valladolid a punto de comenzar la fase secundaria de la enfermedad? La vestimenta y actitudes de la esposa la pintan como una buscona, por eso no es posible exonerarla de culpa totalmente y esa era la intención evidente de Cervantes (vol. II, 311)
La historia clínica es muy clara en cuanto al estado clínico de la sífilis que afecta al alférez Campusano. La flaqueza de las piernas corresponde a la descripción que hicimos del malestar general, la pérdida de peso y la falta de apetito de la enfermedad secundaria. La amarillez del rostro se puede enmarcar en los mismos componentes o hacer parte de una hepatitis desarrollada como complicación de la invasión treponémica, también mencionamos la caída del cabello como manifestación de la fase secundaria, este síntoma es en el alférez bastante dramático ya que pierde hasta cejas y pestañas.
Luego la historia salta al tratamiento de sudores8. Para el tiempo de los hechos, este era el menos tóxico pero también el más inútil de todos los tratamientos utilizados hasta el descubrimiento de la penicilina en el siglo XX. Los más agresivos consistían la utilización de sustancias mercuriales untadas, tomadas e inyectadas, asociadas a efectos secundarios que resultaban en males muchas veces mayores que la misma enfermedad9. Los sudores se aplicaban solo durante el verano. ¿Cuánto tiempo tuvo que esperar Campuzano a que llegara el verano para someterse a los sudores? ¿Suficiente ese periodo para llegar a tener un compromiso terciario?
Tenemos entonces la descripción florida de una sífilis secundaria y la sospecha clínica de que el paciente entró ya en la fase terciaria. La base de éste último argumento es el diálogo canino del “Coloquio” que proponemos como resultado del delirio febril en los insomnios de una encefalitis sifilítica.
El estadio tres de la enfermedad se caracteriza por la afectación del sistema nervioso central y se manifiesta por el daño de las astas posteriores de la medula espinal que produce los síntomas de la tabes dorsal y diversos compromisos de las meninges y la masa encefálica manifestada entre otros por ansiedad, insomnio e ideas delirantes (Merck Manual 938-940), tres componentes que se perciben en el alférez Campusano.
Campuzano explica que en la penúltima noche de sudores a causa de sus desvelos escucha una charla entre hablantes que “echados detrás de mi cama en unas esteras viejas y a la mitad de aquella noche” “estuve con atento oído escuchando” (vol. II, 322), de la charla “a poco rato vine a conocer, por lo que hablaban, los que hablaban, y eran dos perros” (vol. II, 322). Campuzano no está viéndolos, solo una asociación de ideas lo hace suponer y convierte la suposición en certeza, la concordancia insomnio – delirio: los hablantes son los perros del hospital que acompañan a los limosneros en su oficio diurno.
La incredulidad y el desinterés del licenciado son sospechosas en lo referido al discurso fantástico del alférez, y ella va más allá de la que le despierta el dialogo canino. Cuando el alférez le refiere el origen de su relato, el licenciado le expresa sin rodeos su duda no solo acerca del haber escuchado hablar a los perros sino de la historia misma de su casamiento (vol. II, 323). Finalmente, éste tipo de idea delirante y la aceptación final por parte del licenciado: “Yo alcanzo el artificio del Coloquio y la invención, y basta” (vol. II, 394), encuadra en la aceptación que tenemos de las cosas geniales siempre que vengan de mentes brillantes afectadas por los tipos de delirios que se quiera.
Excepto por la acusación del alférez nada permite presumir medicamente que su engañadora y engañada esposa haya sido trasmisora de la sífilis. El relato no hace posible conciliar sus tiempos con los de incubación de las diferentes etapas de la enfermedad. Campuzano en cambio tiene síntomas inequívocos de enfermedad secundaria y un relato alucinante: el diálogo canino.

