La canónica “Colección Cátedra-Letras Hispánicas”, de la editorial española Anaya, acaba de publicar (N° 763 de su catálogo) la que no dudo en calificar como LA edición más cercana a la definitiva de la polémica novela-testimonial de Jorge Edwards, preparada por los especialistas Ángel Esteban y Yannelys Aparicio.
Provisto de una documentada introducción, donde se recogen y comentan distintas propuestas teóricas sobre el llamado “género testimonial”, los editores han esclarecido con oportunas notas propias, y otras necesarias acotaciones personales del autor, este texto fundamental en la literatura hispanoamericana del siglo XX, el cual es una muestra de ese “testimonio otro”, que ha sido negado por algunas visiones afectas a mirar sólo con un ojo, el izquierdo de preferencia, que pretenden apropiarse con exclusividad del género. Precisamente por esto, con sana ironía, los editores abren su “Introducción” con el acápite “El mundo (narrativo) es ancho y ajeno”, que reseña distintas opiniones críticas y fija conceptos teóricos necesarios.
Han aparecido, desde 1973 (cuando fue publicada por vez primera en Barcelona, por Carlos Barral) sucesivas ediciones de esta obra1, pero es en esta donde, por primera vez, el escritor y diplomático chileno Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931. Premio “Miguel de Cervantes” 1999) devela todas las interrogantes que por diversos motivos –entre ellos, de modo principal, evitarle problemas con la represión a sus testimoniantes- decidió asumir al dar a conocer originalmente este documento literario inscrito por derecho propio como un clásico de la literatura hispanoamericana contemporánea. Las enigmáticas letras que aparecían en las anteriores impresiones, sustituyendo los nombres de personas con el prudente anonimato, ahora son finalmente resueltas, y ya con eso bastaría para poder afirmar que esta edición constituye, dentro de los méritos de una obra especial, una edición especialísima. Pero sobran otras numerosas razones para apoyar esta aseveración.
Su autor, ahora con 84 años de edad, da cuenta de sus tres y medio apasionantes –y conflictivos- meses (desde el 7 de diciembre de 1970 al 22 de marzo de 1971) en la Cuba de Castro, cumpliendo la delicada misión de ser el Encargado de Negocios enviado por el presidente chileno Salvador Allende a la isla para reanudar las relaciones entre ambos países, como el paso previo al intercambio de embajadores entre ambos países y la plenitud de las mismas. Edwards contaba con un viaje anterior a la isla, en 1968, como jurado del Premio Casa de las Américas, y una amistad que supuso le abriría puertas con los comunistas cubanos: la de Pablo Neruda. Pero ocurrió todo lo contrario. Sin buscarlo, con confesa candidez, se vio sumergido hasta el cuello en las intrigas culturales y políticas de Cuba, para su pesar.
Situando la obra dentro del contexto creativo continental, el conocido como “género testimonial” ha tenido en América Latina un escenario especialmente propicio. Sin embargo, ubicado entre la narrativa y el periodismo, por su carácter expreso de exponer molestas verdades –o versiones- personales (“dar testimonio” es la forma inglesa y protestante en que se relaciona alguien con los textos sagrados, usualmente bajo juramento) y su tono confesional, este se puede remitir hasta orígenes muy lejanos [de “testimonio espiritual” como las “Confesiones” (397-398) de San Agustín de Hipona, por ejemplo, o los libros de las “Relaciones” y las “Fundaciones” (1573-1582) de Santa Teresa de Jesús], pero también puede responder a situaciones extremas, como el Diario (o La casa de atrás, 1947) de Ana Frank, el Reportaje al pie de la horca (1945), de Julius Fucik y Entre alambradas (1988), de Eulalio Ferrer, por mencionar sólo tres.
En Cuba el género también disfruta de honda presencia, especialmente carcelaria, desde El presidio político (1871), de José Martí, los 105 días preso (1931), de Pablo de la Torriente Brau, y más cercanamente, Antes que anochezca (1992), de Reinaldo Arenas y En Cuba todo el mundo canta (2008), de Rafael Saumell, citando apenas algunos títulos muy destacados.
En el caso de Edwards, le corresponde una privilegiada situación como “testimoniante”: miembro de la clase alta chilena, siente desde temprano simpatías por las causas de mejoramiento popular que se simplifican con la cómoda etiqueta “de izquierda” y es, de alguna forma, “la oveja negra” de su poderosa familia “de derechas”. Además, para colmo, es desde muy joven escritor y amigo cercano de personajes tan contradictorios como Pablo Neruda. Es, pues, un ser predestinado al conflicto.
La decisión del presidente Salvador Allende de enviarlo –transitoriamente- a La Habana, lo convierte sin buscarlo en un “cronista del poder”, ubicado en las entrañas del impenetrable régimen cubano y bajo condiciones hasta un cierto punto privilegiadas, pero también comprometedoras: así dará cuenta de lo que vive, ve y escucha desde la cocina del sistema. Es, evidentemente, un escritor infiltrado en el poder, un espía curioso y asombrado, aunque ligeramente ingenuo para sus ya 40 años de movida vida. Crea como resultado de esta experiencia un documento prolijo y extenso, pero referido a un período tan breve (tres meses) como intenso, por lo cual su referente más cercano serían aquellos 10 días que conmovieron al mundo (1919), de John Reed, aunque muy diferente en su tono, sentido y legado. Se trató de los tres meses más agitados y tensos de toda su larga y movida existencia: fueron los 100 días que conmovieron a Edwards.
La Cuba de esa época, épica y voluntariosa, con un líder aún juvenil y atarantado, era todavía un espectáculo grandioso y motivador, pero repleto de asechanzas y trampas. El carácter engañosamente ligero, despreocupado y risueño que falsamente proyecta el cubano en su primera impresión hacia los extraños, escondía muchas motivaciones inconfesadas y grandes abismos, a los que Edwards sucumbe tan gozosa como irresponsablemente, pagando con puntualidad las consecuencias.
El gran valor literario y documental de esta obra del autor chileno, es que retrata desde muy adentro los entresijos del poder, pero también incorpora la visión de la calle, al nivel de la acera, del “ambiente” cubano en las semanas anteriores al apresamiento del poeta Heberto Padilla, hasta ese momento un “consentido” del gobierno, y la confesión –más del régimen que del propio encarcelado- de un cambio sustantivo en la forma descarnada en que el poder se relacionaría con el saber de entonces en adelante, y que llega hasta nuestros días, con leves matices de diferencia acordados tácitamente entre las partes actuantes. El libro es la crónica desconcertada del fin de la luna de miel entre los intelectuales –cubanos y extranjeros, como el mismo autor- con la “revolución” cubana.
La Casa de las Américas de La Habana en esa época era la trinchera cultural por excelencia del régimen (mucho más por su proyección internacional que la UNEAC, aldeana, “espesa y municipal”), y algo así como un ministerio de relaciones exteriores en paralelo con el oficial. Allí se incuba, germina y se sustenta teóricamente el llamado “género testimonial”, tan consustancial a la revolución cubana y latinoamericana, como lo “real maravilloso” a la teoría literaria y artística continental, ambas devenidas casi en una “política cultural de Estado”.
Aunque se supone –así se declara- que las obras del género responden sobre todo a la veracidad, en la realidad de los hechos predomina su utilidad propagandística, así como su función movilizadora. El bochornoso affaire del libro de la Menchú-Burgos, revelado por Daniel Stoll2, evidenció que era la “utilidad” y no precisamente la “veracidad” lo que de veras contaba para este tipo de obras. Ese temprano tropiezo (el libro es de 1983 pero su “destapamiento” ocurre en 1999), indica la progresiva decadencia de un género que llegó a afirmarse era “el distintivo y por excelencia” de la literatura latinoamericana.
Cierto influyente sector académico y una parte muy activa de un grupo de críticos literarios, ha fulminado desde su misma aparición este libro de Edwards como algo que “no es un testimonio”, pues es “una obra reaccionaria” que osa manchar la prístina pureza de la “auténtica revolución cubana”, y a su autor lo han colocado inapelablemente entre los “apestados de la historia”. Confírmase así la intensa esencia polémica del género y el intento de algunos por monopolizarlo sólo para las obras “políticamente correctas”3. Y el árbitro por excelencia ha sido la Casa, muy especialmente en la voz de uno de sus más activos epígonos, John Beverley.
Sin embargo, esto no ha prosperado demasiado y entre los mismos autores testimoniales, se han cruzado fuertes polémicas como la ya señalada entre Rigoberta Menchú, Elisabeth Burgos y David Stoll; otro ejemplo muy ilustrativo, sería la contienda entre Luis González de Alba (Los días y los años, 1971) y Elena Poniatowska (La noche de Tlatelolco, 1971). González, participante directo en los hechos que narra, publica su testimonio unos meses antes que Poniatowska, quien se sirve de su texto –contando con su permiso- aún inédito, pero alterando varios contenidos (ahí sí sin consultarlo4), lo cual motiva un reclamo que incluso ha salido fuera de las fronteras mexicanas.5 El testimonio, pues, es un género intrínsecamente conflictivo, propicio para el debate y la contraposición de versiones: polémico por excelencia, hasta contrastar las de UN solo hecho histórico, incluso desde visiones provenientes del mismo punto ideológico referencial.
Con algo de periodismo, pero también de antropología, de crónica histórica, de biografía, de memorias y su porción no desdeñable de ficcionalización, el testimonio es, más que “un centauro de los géneros” (según definió Alfonso Reyes al ensayo), una “criatura”, como la creación de Mary Shelley, donde se integran fragmentos de muy diversas procedencias y facturas. Es heredero de una antigua tradición literaria que se puede remontar desde El Libro del Millón, de Marco Polo, hasta las crónicas de la conquista de América, muy especialmente de la conmovedora Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, la “crónica del conquistador derrotado”. Y creo que esta última resume uno de los rasgos más definitorios y poco mencionados que forman la fisonomía del género: es la voz de los que no tienen voz, la prueba y fe de vida, la queja del desposeído o del reprimido, donde se integrarían los aportes tanto de uno como de otro lado, sumando así lo mismo a Rigoberta Menchú que a Reinaldo Arenas.
Con su “Alfita” (así le decía cariñosamente al coche que le facilitaron, el Alfa Romeo que marcaba una situación de status superior en la Cuba de la época6), Edwards disfrutó –y padeció- breve pero intensamente varias vivencias que lo marcaron para el resto de su vida. Además de su trato cercano en varias ocasiones con Fidel Castro –juvenil e hiperactivo aún- hubo dos personajes con los cuales tropezó insistentemente en su periplo insular: Manuel Piñeiro Losada, alias “Barbarroja”, quien fue el temido creador del aparato de espionaje cubano y preparador de los guerrilleros de muchas nacionalidades que se entrenaban en Cuba, para después ser enviados a sus países con la misión de “crear dos, tres, muchos Viet Nam” (como exigía el mensaje guevariano a la Tricontinental), y “Méléndez”, quien en realidad era Ernesto Meléndez Bachs, poderoso Jefe de Protocolo del Ministerio de Relaciones Exteriores cubano en la época de Raúl Roa. Ambos personajes resultarían claves en la estancia cubana de Edwards.
Piñeiro, casado durante muchos años con Marta Harnecker –y con quien procreó una hija- era el “estratega designado” por “El Comandante” para su campaña guerrillera transnacional. Su esposa de entonces, titulada como “teórica marxista”, fue mucho más que eso y resultó una formidable activista y movilizadora, pasando “de la teoría a la praxis”, y eso continúa haciendo hoy en la Venezuela de Maduro. Fue, por así decirlo, una pareja de pares…
Teniendo en cuenta su formación y compulsando sus circunstancias, el empeño de Edwards en la Cuba vitalista de los años 70, es la crónica de un fracaso anunciado. Lo interesante y trascendente es la forma en que el testimonialista reúne los trozos de su recuerdo y los va enhebrando para brindar un documento vívido y ágil, donde se percibe siempre una latente y opresiva atmósfera de temor y sospechas.
Además de testimonio, la obra de Edward ha sido calificada de muchos modos, pero especialmente perceptiva es la opinión de Christopher Domínguez Michael, quien con buen olfato la denomina como “el arte de la casi novela”, por su indefinición entre el ensayo y la narración, de tal suerte que además de ser una “página de historia” y el “fragmento de un diario íntimo”, logra también “pasar por ser una novela”.7 Es igualmente, supongo, un informe diplomático en tono casi confidencial, escrito por un literato en la antigua tradición de Talleyrand y Metternich. Los editores del volumen resumen el punto afirmando que “podría definirse como novela sin ficción, pero el término ‘novela testimonial’ parece mucho más adecuado” (p. 17)
El debate sobre el género testimonial se ha remitido a posiciones muy discrepantes. Si Margaret Randall, según recuerdan los editores, enunciaba admonitoriamente que “el que quiera trabajar el testimonio debe cultivar la profundización de la ideología del proletariado [para ser] ‘útil’ ” (p. 29), un crítico de formación marxista y desde muy joven uno de los más brillantes y talentosos integrantes del llamado Círculo Estructuralista de Praga, como Emil Volek, anota que “no sorprende que el canon del Testimonio recoja en sus filas solo a las personas identificadas con las ‘luchas populares’ o, cuando más, víctimas de los gobiernos fascistas. Los disidentes cubanos, por ejemplo, oscilan entre ‘no deseables’ e ‘indeseables’, a pesar de la amplia representatividad de sus testimonios” y después de extender al autor comentado el título de su obra, agrega que “con su ‘selectividad’, el testimonio entra en un preciso juego ideológico: escapándose de uno, cae en otro” (p. 29).
Esto no sorprende a los cubanos: no sólo son excluidos los opositores autores de esta nacionalidad del “canon” del testimonio, sino aún en amplios sectores académicos debidamente adiestrados, ni siquiera se les reconoce su condición de exiliados.8 Participa uno del mismo asombro de los editores cuando señalan que “ante tal avalancha de miembros del canon testimonial de toda etiología y naturaleza, cuesta creer que a todos ellos, menos a Volek, se les haya olvidado el testimonio de Jorge Edwards…” (p. 34) Digamos por nuestra parte que no nos “asombramos”… Unas páginas después, ellos cuestionan con una pregunta retórica francamente afirmativa: “¿Puede entonces decirse que las circunstancias de clase social, oficio, procedencia, etc., restan credibilidad al testimonio, o lo imposibilitan? De ninguna manera. Pensamos que el testimonio lo puede dar cualquier persona que se encuentre en condiciones de ofrecerlo: que haya sido testigo de unos hechos, que hable en nombre de una comunidad violentada, marginada, desplazada, por cualquier circunstancia, y que su denuncia, que se separa de las historias oficiales, amenace el statu quo. Y eso lo cumple Edwards en su obra de un modo absoluto…” (p. 38)
Es una expresión de valiente justicia crítica de Ediciones Anaya incluir en su colección más canónica esta obra tan vapuleada por los exquisitos críticos de la “academia imperante”. Como valor agregado, además de ser la primera en contar con un estudio crítico y la corrección completa de variantes y erratas, así como las notas académicas al pie de página que se entrelazan con las del autor, incluye el nuevo prólogo titulado “Cuarenta y tantos años”, donde el autor hace el balance de los sucesos a la distancia del tiempo, lo que padeció y la repercusión que tuvo esta aventura en su vida, y lo actualiza hasta la alusión al encuentro de Barack Obama y Raúl Castro en la ciudad de Panamá en abril de este año 2015.
También incluye esta edición la carta, hasta ahora inédita, que Guillermo Cabrera Infante le dirige a Jorge Edwards ya desde su exilio londinense, fechada el 4 de febrero de 1974, donde simpáticamente confiesa que al leerlo ha “caído presa de un ataque de paranoia aguda; ya casi se me había olvidado la técnica castrista para curarla: no hay posible delirio de persecución allí donde la persecución es un delirio…9” Lamentablemente, y contra todo posible intento edulcorante de la realidad cubana actual, siguen siendo justas y apropiadas estas palabras a más de 40 años, de lo que pueden “dar testimonio” los valientes opositores disidentes quienes padecen hoy, en las calles y en sus mismas casas, la opresión de un régimen condenado hace rato por la historia.
Además de la de CAIN, se incluyen cartas al autor de Arthur Miller, Graham Greene y Carlos Prats. De la de Miller, firmada el 23 de junio de 1988, escojo y traduzco unos párrafos:
“I found your book fascinating, especially the picture of Fidel. I must confess that the very idea of one man being the sole of overwhelming authority for everything seems so out-dated, so slightly laughable in its presumptuousness that I felt I was reading some ancient text at times. And that the self-proclaimed architects of the future should support such a nonsense is really awesome at this date. And I guess it makes me angrier than when the Fascists do the same because it is done in the name of human values, the future, science, etc. It is a bit like when the Jews act badly, they who are supposed to be carrying the most ancient of the flames…
“Its hard to understand why your book found no US publisher, although by this time I suposse it must be too late. I hope it wasn’t due to reverence for F among the editors here.”10(pp. 123-124)
Arthur Miller, sin duda, nunca creyó en los cantos de sirenas provenientes de una soleada islita tropical…
Edwards cierra su prólogo de 2015, declarando: “Me hicieron toda suerte de advertencias en los días de su salida. Me auguraron desgracias que caerían sobre mi casa, sobre mi cabeza y hasta sobre mi sombra. No faltaron los oprobios, sin duda, pero miro las cosas, hoy, y llego a la conclusión de que no me arrepiento de haberlo escrito, y de haberlo publicado a su debido destiempo”.
Es algo para agradecer –literaria e históricamente- que Edwards se haya sobrepuesto a su natural temor y nos haya legado esta obra imprescindible en la literatura latinoamericana, donde da cuenta de un momento especialmente conflictivo y definidor del devenir continental. Persona non grata es, sin duda, uno de los documentos fundamentales del siglo XX para nuestro universo referencial.
Sin embargo, quiero hacer una observación relacionada con la participación de José Antonio Portuondo en el “caso Padilla”. Como la memoria es falible y a veces, cuando ocurren muchos acontecimientos en un breve lapso, estos se amontonan y confunden, creo que una precisión nunca viene de más y a la larga el género testimonial participa y se enriquece con una permanente aportación colectiva. Edwards reseña la intervención del crítico cubano en el proceso de Padilla (p. 415 et pass) con términos que no puedo compartir, a partir de mi propia experiencia particular. Por supuesto, esto no demerita el testimonio de Edwards, sino todo lo contrario. En cualquier materia humana, pero de modo especial en lo referido a la literatura testimonial, también se incluye el elemento de la percepción individual, que puede aportar otros matices y elementos para considerar. Por eso mismo, debo incluir una referencia personal: unos años después, en 1986, hablando distendidamente con Portuondo en su soleada oficina de la Dirección del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba en la antigua y señorial sede de la Sociedad Patriótica de Amigos del País, le pregunté a “Pepé”, como lo llamábamos, qué había sucedido realmente con su participación en el affaire Padilla. Y me dijo, con una suave sonrisa de amargura: “La verdad es que Nicolás [Guillén] me embarcó. Él era quien debía haber dado la cara, pero en el último momento se fingió enfermó y me lanzó la papa caliente. Yo no tuve otro remedio, pues era el vicepresidente de la UNEAC, que dar un paso al frente, aunque no estaba de acuerdo con todo aquello.” Independientemente del hecho que Portuondo fue un severo crítico ortodoxo y un riguroso funcionario marxista -aunque de formación originalmente católica, o quizá por eso mismo- nunca supe que hubiera cometido personalmente algún desmán como verdugo de los intelectuales. De hecho, me consta directamente que fue extremadamente solícito y delicado con Dulce María Loynaz, a quien distinguió y homenajeó con gran efusión en una época cuando ella era todavía una “apestada” a quien alguien –ya fallecido, por eso ni lo menciono- llamó “vieja reaccionaria y batistiana”. Al menos, esa es mi experiencia y debo aportarla con apego a la verdad. La silueta del atildado y refinado criollo que fue Portuondo, “juvenil y eterno agonizante”, como bromeábamos con él los que sabíamos de una tempranísima enfermedad pulmonar que siempre amenazó con aniquilarlo y nunca lo logró (llegó con lucidez a los 85 años), poseedor de una auténtica elegancia y una cortesía “de las que ya no hay”, me resulta distante de la imagen de un inescrupuloso y feroz perseguidor.
Por eso mismo no me parece muy feliz la expresión de Edwards cuando -a propósito de una referencia que hace del profesor cubano sobre Norberto Fuentes11 en su intervención durante la macabra sesión de la “autocrítica” de Padilla- señala que su afirmación “demuestra que, en materia de estilo, Portuondo sufre de algunas deficiencias de gusto” (p. 488). Precisamente fue Portuondo uno de los principales introductores en Cuba de los postulados de la entonces avanzada escuela crítica encabezada por René Wellek y Austin Warren, así como por Dámaso Alonso, al regresar de sus estudios en El Colegio de México. Allí fue alumno distinguido de Alfonso Reyes, y más tarde exitoso conferencista sobre cuestiones de estilística en varias universidades norteamericanas, como las de New Mexico, Wisconsin, Columbia y Pennsylvania, además de obtener una beca Guggenheim especialmente para realizar estudios sobre la materia; todo esto no se condice con alguien que tiene “problemas de estilo”: “Al César lo que es del César”. Pero también debo admitir el derecho del memorialista para expresar una leve ironía.
Ya saliendo de estas cuartillas desbordadas, quizá debo ofrecer un leve aporte testimonial y una mínima precisión para este libro; menciona Edwards, al reseñar la importante y simbólica visita del buque insignia de la Armada chilena “Esmeralda” a La Habana: “En el despacho del alcalde también nos hablarían de historia, aunque de una etapa menos reciente que la expedición del Granma. Junto al alcalde se hallaba el joven historiador de la ciudad, que lo sabía todo y que despertó gran simpatía en Jobet, en quien apreció la manía histórica común a gran parte de la burguesía y de la pequeña burguesía chilenas…” (p. 340)
El “joven historiador que lo sabía todo”, se llamaba Eusebio Leal Spengler. Y el encuentro no fue en el “despacho” de Óscar Fernández Mell, entonces “alcalde” de La Habana, sino en el cascarón semivacío del antiguo Palacio de los Capitanes Generales, que aún no era el Museo que es hoy, y no fue de día, sino en la tarde. El testimonio de estas precisiones proviene de una joven pareja de enamorados –estudiantes de una vecina escuela en la Plaza de Armas- quienes se asomaron a la abierta puerta del edificio, y con la curiosidad temeraria que justifican los escasos 17 años, entraron y encontraron al grupo de oficiales chilenos, rodeando al “joven historiador”, que los invitó gentilmente para incorporarse al grupo, en un invernal febrero habanero de 1971, perfumado con todo el aroma salobre de la bahía vecina. Los jóvenes enamorados tuvieron así, tangencial y fugazmente, un ligero roce con la historia de Persona non grata, sin saberlo. Muy lejos estaba de suponer en aquel momento el entonces muchacho de la pareja, que 44 años después estaría escribiendo esta página.
Una versión corta de este trabajo fue publicada en Diario de Cuba.
