"Creo pertenecer a ese mundo espiritual en que la vida
es eternidad"

Entrevista a la escritora cubana Serafina Núñez

Por Osmán Avilés

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OtroLunes agradece la cortesía del editor Armando Nuviola, quien nos permite publicar esta entrevista realizada por Osmán Avilés a la escritora cubana Serafina Núñez; entrevista que forma parte del libro Serafina Nüñez. La verdad amaneciendo, publicado por la editorial Unos & Otros en el 2015.

 

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Encuentros con Serafina Núñez

serafina-nunez-2-OtroLunes39Resultaría imposible escribir sobre Serafina Núñez sin hablar de ella como persona: el tiempo no será capaz de anular la emoción que produjo en mí su amistad.

Recuerdo que, antes de conocerla, llevaba programando durante varios meses una visita a su casa. Había escuchado que, debido a su avanzada edad, estaba muy delicada de salud y prácticamente no tenía voz. Esto me entristecía. Recordé a Retamar cuando, en 1985, llegó a la Argentina, ávido de encontrarse con Borges para obtener de él su consentimiento respecto a una antología que estaba preparando. Su empeño se vio amenazado por la prensa, cuyas noticias aludían a la enfermedad del autor de Fervor de Buenos Aires, y destacaban la imposibilidad de recibir a periodistas. La intención de Retamar distaba mucho de la mía, pero ambos tuvimos el regocijo individual de cumplir, felizmente, nuestro deseo.

Mientras aguardaba por ella, sentí una gran inquietud. Me presenté como el estudiante de Literatura, alumno de su amiga Alicia Obaya y le manifesté mi deseo de conversar. Era jueves. Acordamos la cita para el día siguiente. «A las tres», dijo con voz tenue, y añadió: «¿Y usted me dijo que es alumno de Alicia Obaya?». A su pregunta respondí que sí y tras una pausa, me encomendó un mensaje de los que no se olvidan, sentencioso, como su poesía: «Dígale, ya que es probable que no la vea más, que le mando un abrazo». Estas últimas palabras resonaron en mis oídos con una fuerza devastadora. Hablaba con una mujer que sentía el peso del tiempo. Sin embargo, quedé absorto ante la connotación melancólica de aquellas palabras dirigidas a su amiga y, fijando la hora del encuentro, recordé los versos de Dulce María Loynaz: «…en este mediodía, sin relojes, sin tiempo, acaban de sonar lentamente las tres…»

Aquel viernes llegué al apartamento de la barriada del Vedado a la hora prevista. Su hija me invitó a sentar en el sofá de la sala, mientras Serafina se preparaba para recibirme. Después de escasos minutos entré a su habitación. Aquella mujer, a la que solo reconocía por su voz y que no había visto ni siquiera en los periódicos, ni en las revistas, ni en la contraportada de sus propios libros, (bien por descuido de mi intelecto y también por el ostracismo voluntario), despertaba en mí una conmoción nunca antes registrada. Reposaba en su cama, debido a una caída.

Era entonces una señora de 88 años. Delgada. Lucía unas motonetas, bien altas, a los lados de su cabeza, donde todavía asomaban algunos cabellos oscuros, que la hacían parecer una niña ingenua y frágil. Llevaba espejuelos, con los que se esforzaba en observarme, una bata blanca y en su mano izquierda, una pulsera verde-amarilla.

El infundado temor de besar su rostro se deshizo ante el grato saludo. A su lado se mecía el sillón, desde el que escucharía lejanas historias, casi tangibles, por su memoria vigorosa, esa cuerda invisible que ata el pasado con el presente y cuya remembranza rescataría la época de Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral en La Habana.

De esa tarde conservo preciados recuerdos: el abrazo de la despedida, la invitación a volver y una bendición, al modo de nuestros abuelos.

 

— * —

 

En los días estivales de 2002, la grata impresión de una lectura del nuevo libro de Serafina Núñez me impulsó a visitarla. Me había dado cita para nuestro encuentro a las 3 de la tarde. «Me agradará saber la opinión que tienes de mi libro», dejó escapar en tono de curiosidad durante nuestra conversación telefónica. Yo estaba alegre por el reencuentro, a la vez que me honraba el interés de Serafina por mi modesta valoración acerca de su obra. Le obsequié una transcripción de su poema «A un ruiseñor amaneciendo», escrita con letras bien grandes, sobre una sombra amarilla que cubría cada letra, con la intención que pudiera leerlo ella misma. Seguro para agradecer el tiempo empleado y la dedicación, repasó en voz alta, verso por verso, el poema que se sabía de memoria, algo que yo ignoraba en ese minuto.

–¿Sabe que en Tenerife hubo una poetisa de apellido Ventoso? Vivía en una casa con torreón en el Puerto de la Cruz, que sirvió durante mucho tiempo como atalaya ante el ataque de corsarios y piratas, también fue útil para la navegación y en las labores de comercio…

–Debió pertenecer a una familia principal esa poetisa… –se interesó.

–Sí… Victoria era su nombre y, según cuenta Dulce María Loynaz en Un verano en Tenerife, cuando la poetisa portuense murió se le encontró en el puño cerrado un papel que decía: A una golondrina…

–¡Ah!… Victoria… Dulce María… La golondrina… ¡Qué bellas las golondrinas! Esas aves cosmopolitas que ya inspiraban en mi juventud…

Un gran golpe de golondrinas asustadas/ me ha aturdido la vida… –musité uno de sus versos.

–Sí, ese verso que repites de memoria pertenece a un poema [«Canción desesperada de la armonía presentida»] que escribí siendo muy joven y ha merecido el elogio de la crítica…

–Fina García Marruz lo cita en el prólogo a su libro El herido diamante

–Fina ha sido una gran poeta y ensayista, le estoy muy agradecida por la valoración que hizo de mis sonetos. Ella dice que soy la mujer-soneto…

Por supuesto, Serafina, si su obra se destaca por la escritura de esta forma estrófica tan difícil de cultivar por los poetas de ahora, y es una prueba valedera para los que escriben versos…

–Entonces, ¿te has leído los que aparecen en El herido diamante?

Sí, los he leído y también su verso libre o blanco, como a usted le gusta decir. Sus sonetos no son esos poemas cuyas esencias, por lo general, se capten en una primera lectura; en cambio, cuando se les vuelve a leer, nuevos horizontes se descubren y puede vérsele a usted en la recién descubierta transparencia de los endecasílabos…

–Es que necesitan de una lectura inteligente…

Exacto, una lectura inteligente que demanda a un lector activo que descubra motivos como las leyes naturales del paso del tiempo, el amor, la presencia de la belleza…

–Veo que has sabido leerlos y no sabes cómo lo agradezco. A ver, ¿y cuál te llamó más la atención?

¿De sus sonetos? Me gustan aquellos en los que usted experimenta sutilmente, como en «Casi soneto», donde la almohada es testigo de sus sueños, compuesto por alejandrinos, verso libre y un estrambote final, tal vez el único con tales características dentro de su producción sonetística.

–También he hecho variaciones en la décima, por ejemplo, en «Una décima a mi modo», donde los diez versos son endecasílabos…

Lo recuerdo…

–¿Y de los versos libres?…

Bueno, me gustó mucho el poema «Pequeña elegía a mis arrugas», su carácter testimonial y la finura con que está escrito…

–Ese poema le gustó también a Susana Pérez, la actriz. Un día, en que estaba decidida a tirarlo, se lo mostré; a ella le debo que no se perdiera…

Mientras Serafina conversaba yo saqué del portafolio el libro que veníamos comentando, luego leí el poema «Pequeña elegía a mis arrugas». Mi amiga sonrió y me pidió el libro para firmarlo. Tenía la letra cansada, pero pude entender sus rasgos y tropiezos con los renglones: «Para Osmany Pérez con mi gran afecto y la admiración que siento por su vida, sueños, versos, es un poeta. Agosto del 2002».

Poco podía disimular la emoción. Ese libro es hoy uno de los tesoros más preciados de mi biblioteca. Además, Serafina Núñez fue la primera persona que me consideró «poeta», lo cual me daría mayor seguridad en el futuro. Aquel encuentro convenimos llamarle «del instante eterno».

 

— * —

 

En los días contiguos a la primavera de 2003, Serafina me esperaba en el apartamento de su hija menor, Mercedes, donde vivía desde el 2002, necesitada de su compañía. Yo había ido para entregarle el número más reciente de la revista Palabra Nueva, donde aparecía publicada la entrevista que algún tiempo atrás le había realizado, interesado en promover su vida y quehacer literario. El motivo de la visita me enorgullecía; siendo aún estudiante del último año de mi carrera universitaria, publicar aquel trabajo sobre una autora de gran importancia en la literatura cubana del siglo XX, aún poco conocida entre las nuevas generaciones, era motivo de admiración en mis compañeros universitarios.

En verdad lo que provocaba mi orgullo juvenil era la amistad y cercanía que veníamos experimentando ¡Qué apasionante escuchar sus anécdotas! ¡Qué asombrosa su experiencia en el arte de cultivar la poesía! Entre todas las formas estróficas de su labor literaria me atraía (y continúa atrayendo) el soneto, tal vez por lo arduo de su creación, sobre todo, por el ritmo interior de los endecasílabos, lo que constituía un reto para mí en los días en que me atrevía a escribirlos, bastante imperfectos y, que sin embargo, Serafina escuchaba paciente y para asombro mío, con agrado.

Mi amiga apenas podía leer. Si algo sabía hacer bien, después que la vista comenzó a escasearle, era escuchar, y cuando deseaba escribir algo –pocas veces lo hacía– prefería dictar. Aquella tarde leí la entrevista, alto y despacio. Ella movía su cabeza como si en lugar de oír mi voz, disfrutara de la habanera más conocida de José White. Pronto comprendí que estaba aprobando todo cuanto leía y mi lectura transcurrió segura hasta el final, en que Serafina expresó su alegría total: «¡Es un poema!», exclamó y mostró una sonrisa. Le comenté que no se había publicado íntegra: «Durante la grabación, usted hizo reflexiones muy íntimas, como el dolor causado por la partida de algunos de sus seres queridos por vías muy inseguras»; recordé su llanto, pero callé. «Sí, me percaté de la edición que hiciste, muy atinada, y la introducción es excelente. Muchas gracias». En verdad yo debía agradecer primero: «Soy yo quien le da las gracias, Serafina, por su amistad y el afecto que nos une en tan corto tiempo…». Y sin esperarlo, contestó: «Ay, Osmany, tienes la gracia de un hombre y la ternura de un niño todavía».

Me apuré a escribir la frase por temor a olvidarla. Pensaba en el valor de la amistad que no tiene límites: uno puede ser amigo de alguien, sesenta y cinco años mayor, y descubrir la misma simpatía y emoción entrañables, como si se tratase de un amigo o amiga de la misma edad. La cercanía afectiva rompe las posibles barreras surgidas por nuestros prejuicios.

La conversación continuó amena, intercambiamos opiniones de diversa índole, lo mismo de la pintura que de la música cubanas. Podía corroborar que, casi a los noventa años, estaba lúcida, proclive a algunas confusiones relacionadas con el tiempo, pero ella aseguró, siempre, ser inexperta en memorizar las fechas. Era, en ese instante, la poetisa de mayor edad en Cuba.

 

— * —

 

Gran parte del año 2003 había sido muy intenso, la preparación de la tesis como ejercicio final para concluir mis estudios superiores, la discusión de la misma, la graduación y obtención de mi título universitario, no me impidió visitarla, por el contrario, compartía con ella todas esas alegrías.

La publicación de mi primer poema en la Antología de la poesía cósmica de La Habana, a cargo de Yasmín Sierra Montes y Jorge Enrique González Pacheco, publicada por el Frente de Afirmación Hispanista A. C., en México, se había convertido en otro acontecimiento importante, sobre todo, al saberme antologado con poetas de gran importancia para nuestra literatura, como José Martí, Eugenio Florit, Jesús Orta Ruiz, Rafaela Chacón Nardi, Serafina Núñez, Virgilio López Lemus, Pedro Péglez González, entre otros de las más recientes promociones.

Luego del homenaje que se tributó a Serafina en el hotel Victoria, junto a sus amigos Cintio Vitier y Fina García Marruz, ocasión en que leí una semblanza dedicada a la amiga nonagenaria, me acerqué gustoso al apartamento del Vedado para acompañarla en otro de aquellos inolvidables encuentros.

¿Sabe que en la antología que traigo aparecen dos poemas suyos?

–¿Y de qué antología se trata? –quiso saber.

Se trata de la Antología de la décima cósmica de La Habana inicié las referencias, en tanto buscaba la página de sus poemas. Los titulados «Ofrecimiento» y «Con rosa y llama en la frente» son los aquí seleccionados.

–Sí, el primero lo dediqué a un poeta amigo mío y refleja esa atmósfera de ímpetu que es natural a nuestros jóvenes…

¿Se refiere usted a Jorge Enrique González?

–Sí, él mismo…

Pues es uno de los antólogos de la selección.

–Es verdad. Yo recuerdo que él estaba inmerso en un trabajo así, pero no sabía que el libro ya había sido publicado. ¿Y cuál es el otro poema mío?

«Con rosa y llama en la frente»…

–¡Ah!, sí. Es una décima que comienza con el propio título y se publicó en mi libro Rosa de mi mansedumbre, una antología que preparó Mayra Hernández con el cuidado que la caracteriza. Mayra es muy profesional…

Inicié la lectura de los poemas. Mientras, Serafina movía suavemente su cabeza al ritmo de los octosílabos, disfrutando de los motivos y temas, yendo al espacio imaginativo de su escritura, regresando (juntos) a los contornos de las paredes de su habitación.

Continuamos conversando, introduje el tema de la timidez y a Serafina pareció interesarle, dijo que era un estado que limitaba las relaciones interpersonales, contra la que había luchado casi toda su vida. Su labor de maestra la había ayudado mucho a superarla. Yo le confesé ser bastante tímido y ella me aconsejó que aprendiera a vencer esa sensación de inseguridad ante situaciones nuevas.

Casi al final de la visita, le revelé mi último acto de timidez hasta ese momento: había traído la Antología de la décima cósmica de La Habana, entre otras causas, con el propósito de hacerla partícipe de la publicación de mi primer poema y había callado, hasta ese minuto, dicha alegría.

Antes de partir leí mi décima “A la deshora”, inspirada en los desvelos de mi abuela María, la de ojos tan azules como el mar. No repito la impresión de Serafina para no ser pedante, baste decir que le resultó placentera, incluso, encontró semejanzas con sus largas noches que no conciliaba el sueño… y pidió que trajera más de mis versos en una próxima visita.

 

— * —

 

Su nombre, música inaudita de acendrados versos, es el sello de un ángel devenido mujer; una mujer hermosa, cuya emoción espiritual enaltece su obra de un fulgor celeste.

Ronda su alma de sueños, la timidez de los astros que asestan el tiempo por la trascendencia de la luz y, como en Luisa Pérez de Zambrana, el amor sublime alcanza la nota del arpa, el ritmo de la poesía, el ansia profunda, según el concurso de las vivencias, en un universo de realidades y fantasías.

Los perfumados versos menguan las inquietudes existenciales, porque la belleza fugaz de la rosa de Lope de Vega está en el canto a sus arrugas. Pero la vigilia no le permite alejar esos demonios. Por eso, prefiere el jazmín para viajar airada por el reino del rocío. Sin duda, una poesía auténtica, un genio que evoca a los que preceden a Juan Ramón Jiménez y donde la agudeza temática, la calidad de los textos, la variedad de combinaciones métricas y el gusto por el soneto, la sitúan entre la hornada de las grandes poetisas cubanas del siglo XX.

Cierro ahora los ojos e imagino la armonía de su talle, el brillo de la mirada, las oscuras trenzas, como cúspide de esbeltez en lo alto de su cabeza; su figura sentada en algún puerto, desde el que regresa lentamente, níveos los cabellos, empequeñecida la visión y una voz tenue –¡viva aún!– contando una y otra vez esas historias que escucho con entusiasmo.

 

— * —

 

Una tarde en que Serafina y yo conversábamos sobre la poesía de corte patriótico escrita por mujeres cubanas, ella manifestó que esta vertiente fue poco reveladora en las poetisas del romanticismo, debido a la subordinación de la mujer, la cual era llevada hasta el proceso creativo, hecho que la limitaba a escoger los temas. El carácter hegemónico del hombre se alzó, cual piedra angular, en la literatura cubana: «Hay autoras que lo usaron alguna vez, como Sofía Estévez, Úrsula Céspedes de Escaverino y Luisa Pérez de Zambrana». Serafina también subrayó que, el distanciamiento a lo normativo en algunas autoras de los inicios de nuestra literatura constituye un grabado documental digno de recogerse en una antología.

–Serafina, si bien la presencia del amor por nuestra isla se adivina en su poesía, no es este un rasgo significativo, pues su obra es esencialmente íntima, pero no puede negársele su identidad arraigada a lo cubano…

–Tienes razón, en mi poesía hay rasgos de cubanía: la naturaleza, la fauna, la flora… todo ello, unido a una centelleante luz, son un retrato de mi Isla.

–Además, otros amigos me han dicho que usted fue, sin pretenderlo, un ejemplo, en su juventud, de la belleza de la mujer cubana…

–¿Eso te han dicho? Pues tal vez, esos amigos también lo son míos –intentó acomodarse en su lecho.

Dejé el sillón donde había permanecido sentado hasta entonces para ofrecerle mi ayuda. Ella quiso estar más suspendida sobre la cama, para descansar los brazos sobre pequeñas almohadas.

–¿Así está mejor? –pregunté.

–Sí, muchas gracias… –sonrió.

Yo deseaba retomar el hilo de la conversación, escuchar qué podía decir ante mi gentil provocación que, a pesar del adorno, no dejaba de provocar: tenía desde hacía tiempo una pregunta que hacerle y, cuando volví al sillón, no pude contenerme:

–¿Verdad, Serafina, que la canción de “La bella cubana” pareciera inspirada en usted?

–¿Te refieres a la habanera de José White?

–La misma…

–Muchacho, cómo imaginas… Esa es una de las composiciones musicales que más me gusta… La ejecución del violín es inolvidable; figúrate, se trata de uno de nuestros más geniales compositores, sin embargo, no recuerdo quién vocalizó la melodía de José White… De White no es, porque a él se le atribuye solo el origen musical.

–Bella cubana, fuiste rayo de luz…

–En la negrura de mis noches…

–La inspiración tú me das…

–Mi canción eres tú.

Asentí, al descubrir que Serafina conocía la letra, que recién habíamos recordado juntos. Ahora había otro motivo para llamarle la bella cubana. Luego de despedirnos con un abrazo de gratitud, abrazo serafiniano, me fui a casa. En mi pensamiento continuaba la letra atribuida a «La bella cubana»:

Ay, dulce amanecer,
y resplandor de sol,
al mirar la mujer,
que inspiró mi canción…

 

— * —

 

En octubre del año 2005 emprendí viaje a Tenerife. Tenía el propósito de impartir una conferencia sobre la obra de Serafina Núñez en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, cuyo Centro Cultural, ubicado en el Puerto de la Cruz, me había cursado una invitación, con el apoyo de uno de sus más importantes socios, el escritor José Javier Hernández, quien, en un segundo viaje a Cuba, tuvo la dicha de conocer a la poetisa cubana. La emoción que le provocó el encuentro al amigo tinerfeño, le estimuló a escribir varias páginas que luego publicaría en el diario español La Opinión, con el título «La tarde que pasé con Serafina Núñez».

A mi regreso de Tenerife enseguida contacté con ella y, como ya se había hecho habitual, fui a visitarla una tarde. Era diciembre. Le llevaba una manta eléctrica para aliviar sus dolores musculares y de huesos. Ella había estado indispuesta toda la mañana, pero con mi visita se sintió animada. Yo tenía muchas cosas qué contarle y se mostró contenta, pero acaso por distracción, no puedo reproducir todo el diálogo.

–¿Recuerda, Serafina, cuando usted, imposibilitada de escribir, me dictó una carta dirigida a José Javier, en ocasión de su cumpleaños, y otra a los habitantes de Islas Canarias?

–Desde luego…

–Bueno, pues la carta que usted dirigió a los isleños tuvo difusión por una televisora local de Tenerife, que se llama ATV, por gestión del propio José Javier Hernández.

–José Javier es un hombre especial, yo lo admiro y me emociona recordar su trato afable. Es un caballero.

–Gracias a su labor cultural y de promoción hay muchas personas que conocen allí de su labor poética…

–¿Y es verdad que se llenó la sala del Instituto?

–Sí, me llamó la atención la gran asistencia de público. Un público muy interesado y ávido de todo lo que viene de Cuba…

–Yo a veces al dormirme repito mentalmente versos de Quevedo, o versos de santa Teresa, o de Lope de Vega, y así, me toma el sueño. Sin embargo, al despertar la realidad me oprime el alma…

–Pero usted me ha dicho que de pronto se figura que está por las regiones de los clásicos…

–Así es… La poesía sigue teniendo para mí una vitalidad espiritual… En fin, ojalá la gente de Islas Canarias pueda leer mis libros en lo adelante.

Compartí con Serafina los lugares que conocí en la mayor de las Islas Canarias, la hospitalidad de las personas, la generosidad y la amistad de la que Dulce María Loynaz hablaba… la graciosa coincidencia, que no se repite en la Península, y consiste en llamarle guagua al ómnibus, como decimos los cubanos al transporte público… A veces sonreía y, otras, parecía estar absorta en no sé qué imagen o metáfora. Yo me sabía feliz por encontrarnos en este sitio de la vida.

 

— * —

 

En junio de 2006, Serafina enfermó gravemente. Su hija Mercedita me llamó por teléfono y supe de inmediato, que su madre preguntaba por mí. Esa misma tarde, me acerqué a visitarla. El cuerpo de la nonagenaria amiga se había debilitado mucho, pese a los medicamentos que no conseguían curarla.

Ella reconoció mi presencia y balbuceó algo que no pude entender bien. Luego se quedó en silencio. Su respiración era agitada, aunque se calmó un poco, cuando comencé a hablarle. Yo tomé su mano derecha y fuimos, a través de la palabra, a ese mundo de ensueños, protagonizado por su poesía: evoqué el mar, el ruiseñor, los pinos, la noche… Más tarde, vino el tema del amor y de la mujer centinela en la literatura que otras veces le había interesado, con ejemplos como Penélope, Andrómaca, Guajara, entre otros, en cuyas historias, tan sensibles como diversas, se percibe el velo romántico de la enamorada que aguarda imposibles…

¿Serafina me esuchaba? Sus ojos cerrados aguzaban la duda. Pero una leve, discretísima sonrisa, desvanecía, por momentos, mi vacilación para continuar platicándole.

Esa tarde, regresé a casa muy triste. Serafina se estaba marchitando muy rápido. Me dolía saber que ya no podía hablar ni responder con la locuacidad y coherencia de antes. Pronto entraría en un letargo del cual no regresaría jamás.

 

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Aún recuerdo cuando dije adiós a mi amiga, la tarde del 14 de junio de 2006. Si es cierto que existe otra vida después de la muerte, acaso Serafina intuye, desde un lugar ignoto, la tristeza con que voy deletreando este último momento. Me embarga la esperanza, un extraño rubor, al tiempo que evoco con gratitud y conmoción el íntimo rostro que conocí. Tengo la certeza, de haber vivido una experiencia excepcional.


Capítulo 8

Vivir soñando
Entrevista con la escritora Serafina  Núñez

 

serafina-nunez-4-OtroLunes39Sobreviviente de la pléyade de poetas de la primera mitad del siglo XX, Serafina Núñez, tras los albores de una nueva centuria, filtra con la claridad del pensamiento su trato afable y delicado.

En el fluir de la conversación aflora siempre Juan Ramón Jiménez, sus encuentros durante el exilio del escritor español en la Isla, el significado que tuvo para la poetisa tenerlo como amigo y admirador.

Lejos de su casa de Playa, donde antes encontraba temas para escribir, reside ahora en un apartamento de la barriada del Vedado, restableciéndose de una enfermedad que le impide caminar.

Pero Serafina no ha extraviado la sensibilidad. No se lo ha permitido al tiempo. A cada rato, cuando nos damos cita para hablar de poesía, emana de sí una mujer profunda en sentimientos y entonces comienza a cautivar a su interlocutor: las máximas son el resultado de la elevada esteticidad de su espíritu. De esos sugestivos diálogos surge la idea de esta entrevista.

 

Cuentan que Juan Ramón Jiménez nunca le rechazó un poema y con su llegada a La Habana, usted se inició en la carrera literaria. ¿Cuándo conversaron por última vez?

Bueno, yo me acuerdo perfectamente de mis visitas a Juan Ramón al hotel Vedado (hoy hotel Victoria). Conversábamos en una terracita ubicada a la entrada, por la calle M, a la derecha (Es una terracita al aire libre. Desde allí se ve el mar). Estábamos una o dos horas hablando. Cuando atardecía en esas tardes nuestras que no acaban de ser noches, que están entre la noche y el día y se asoma el sol entre los pinos y el mar refleja el sol (tardes muy poéticas), me decía: «Serafina, márchese, porque no quiero que me le coja la oscuridad de la calle a usted sola por ahí». Pero la fecha exacta de la última vez que nos vimos no se la puedo decir. Sería allá por el año 1939, un mes, o algo así, antes de marcharse. Él me dijo que con el dolor de su corazón (ya estaba bastante adolorido con la guerra de España) se marchaba de Cuba, que le encantaba mi isla, que mis versos serían leídos y releídos y, como no podía esperar que yo terminara los versos para el libro Vigilia y secreto, debía mandárselos a su residencia en Coral Gables, en los Estados Unidos, y desde allí me mandaría el prólogo.

 

A su edad, ¿qué amigos recuerda más?

Recuerdo a muchos. Tengo varios amigos a los cuales no puedo olvidar. Pero mencionar a unos y a otros no, sería como herir sensibilidades.

 

¿Y cómo define su poesía?

Como un hálito que sale de mí misma y en ese momento no soy Serafina, soy otra persona que está escribiendo, una persona que vivía en mi interior y no se manifiesta nada más cuando voy a escribir la poesía.

 

¿Por qué aparece en su poesía tantos motivos alados y perfumados por las flores?

serafina-nunez-1-OtroLunes39En el momento de la creación yo me abstraigo de los motivos que me rodean, de los motivos cercanos, materiales, los que me tocan, los que yo puedo tocar. Dejo de ser Serafina, la que conoce todo el mundo, y soy la persona esa que si ve pasar una paloma en el cielo azul se extasía, y oye el canto de un ruiseñor cuando a lo mejor es un gorrión. Porque yo soñaba que era el canto de un ruiseñor y por eso le hice un soneto que la crítica lo considera muy bueno. En cuanto a las flores: son una de las partes más hermosas de la naturaleza. Sin flores, me parece que la naturaleza estaría muerta. Yo quisiera tener siempre flores. El jazmín me encanta, su perfume; la mariposa, y la rosa. O bien la rosa viva o la rosa pálida o rosa té como le llaman. Las flores son algo del infinito, distintas de los demás seres que viven en el mundo.

 

Me gustaría que hablara un poco más sobre la semilla de inspiración de su mejor soneto: «A un ruiseñor amaneciendo».

Es uno de los sonetos que más quiero porque me recuerda no solamente al ruiseñor, sino también mi escuela y creo que algo misterioso hubo en esa vivencia. En el brocal del pozo que había en el patio del colegio de Blanca Guash, en una casa antiquísima de Guanabacoa, donde trabajaba como profesora, cerca de los Escolapios, todos los días por la mañana, cuando llegaba a aquel lugar, encontraba el pajarito (que no sabría decir su clase) y el pajarito empezaba a cantar. Luego escribí «A un ruiseñor amaneciendo».

 

¿Se considera deudora de la narrativa?

No. No me considero deudora de la narrativa. He escrito prosa, casi siempre prosa poética, también crítica de algún libro o de algún personaje que me llamara la atención, pero no creo ser deudora de la narrativa. Amo más la poesía que la narrativa.

 

¿Cómo se autodefine?

Como una mujer que ha pasado períodos de ventura y períodos de desventura. Nunca he sido completamente feliz, porque siempre ha faltado algo a mi ser que me podría hacer feliz un momento. Me he apasionado tanto que la persona amada no me ha podido corresponder. Yo lo comprendo. Los sentimientos míos eran demasiado exaltados y quizás posesivos, y entonces no me acababa de sentir feliz, aunque él me amaba, no me acababa de sentir feliz…

 

Entonces, en pocas palabras, ¿cómo se autodefine?

Una mujer apasionada –aunque tenga que repetir la palabra–, una mujer apasionada que ha vivido soñando y morirá soñando.

 

Usted ha dicho ser una mujer de pasiones íntegras. ¿Cómo es el amor de Serafina Núñez, próxima a la edad de 90 años?

Ya mi amor ha pasado el período de la pasión sexual, sin embargo, me apasionan muchas cosas: me apasiona que alguien diga cosas bellas, científicas, inteligentes. Me apasionan mis nietos. Me apasiona la poesía de los demás cuando valen mucho –cuando valen para mí mucho–. No me importan los detalles de cosas materiales ni nada de eso. Me apasiono por lo que se exalta, y las parejas que yo veo que de verdad se aman, que han pasado los años y se han amado, o sin pasar años se miran a los ojos y se les ve en los ojos la luz divina.

 

¿Ha acariciado la idea de la eternidad (entendamos la eternidad como futuridad o perdurabilidad literaria) al modo de Virgilio Piñera?

No. No he acariciado la idea de la eternidad al modo de Virgilio Piñera. He pensado en la eternidad y me pierdo en un infinito. Mi mente se va al infinito y no sabe cómo será la eternidad, no acaba de ganar, de tener en sí la idea de la eternidad. Ahora, como Virgilio Piñera no, no creo… Puede ser posible que tenga la eternidad al modo de él, pero no he pensado en ella como él.

¿Cómo quisiera ser recordada?

Como una buena madre y una buena poetisa.

 

¿Considera que las últimas publicaciones amenguan su silencio editorial?

En cierto modo sí, porque he trabajado bastante, sobre todo en la colección de mis sonetos, que Fina García Marruz ha interpretado de una manera asombrosa. Ella ha entrado al fondo de lo que dicen mis líneas, de lo que dicen mis palabras. Del soneto se desprende algo más de lo que dicen las palabras.

 

¿Tiene aún poemas por publicar?

Tengo un libro por publicar. Se titula Penélope, y ya está encuadernado. Le falta todavía la carátula que se la hizo mi nieto. El libro está en una imprenta pequeña, en San Antonio de los Baños, en donde se trabaja con buena calidad, pues parece que tiene medios para editar libros.

 

El poeta Eliseo Diego escribió en uno de sus poemas «les dejo el tiempo». Siendo la poetisa más antigua de Cuba, ¿qué le gustaría dejar por herencia?

Me gustaría dejar una magnífica colección de poesías.

 

¿Qué opinión tiene de la muerte?

La muerte es como un paso último de la vida diaria. Nos tocó ese día, nos tocó esa hora, nos tocó ese instante, pero la muerte no es el final de la vida. La vida es inmensa, eterna, y a eso es a lo que llaman eternidad. Creo pertenecer a ese mundo espiritual en que la vida es eternidad.


serafina-nunez-6-OtroLunes39Osmán Avilés (La Habana, 1979). Autor de una peculiar obra ensayística alrededor de la poética escrita por mujeres cubanas. Licenciado en Pedagogía en la especialidad de Español-Literatura en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona. Graduado de Diplomado en Teoría, Historia y Práctica de la Creación Poética. Tiene publicados:Pilares de un reinoUna incursión por la obra de Dulce María Loynaz  (Ediciones Extramuros, 2008); es antólogo y prologuista del libro Sonetos escogidos de Serafina Núñez(Editorial Oriente, 2009) y de la antología El manto de mi virtudPoesía cubana y uruguaya del siglo XXI, (Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay, Universidad del Trabajo del Uruguay y Editorial Letras Cubanas, Montevideo, 2011) junto con el uruguayo Alfredo Coirolo; asimismo, es autor de Los extraños monzones (Ediciones Extramuros, 2011) y del poemario La persistencia de los fragmentos (Ministerio de Relaciones Exteriores y Universidad del Trabajo del Uruguay, Montevideo, 2011).