Luis Cabrera Delgado (Cuba, 1945) Licenciado en Psicología. Narrador, dramaturgo, poeta, guionista de radio e investigador literario. Como escritor ha publicado más de 40 títulos en Canadá, Cuba y otros países de América Latina. Ha obtenido galardones en concursos en Cuba, España, Colombia y Argentina. Ha participado como conferencias o ponente en congresos literarios en Dinamarca, México, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. Ha publicado artículos ensayísticos en revistas especializadas en Cuba, Puerto Rico, Estados Unidos, Venezuela, Brasil, México, Perú y Uruguay. Ha realizado talleres de creatividad literaria en Cuba, Venezuela, México y Chile. De las experiencias de estos dos últimos países, publicó 2 libros. Es Miembro Fundador de la Academia Latinoamericana de Literatura Infantil, y Miembro Emérito de la Asociación de Escritores de la UNEAC. Fue Miembro del Comité Asesor del Congreso Internacional de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil, Santiago de Chile, 2010. Ha recibido, entre otras distinciones el Premio Magistral La Rosa Blanca, por la obra de la vida, UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) e IBBY Cubano. 2005, y la Medalla al Mérito Orestes Plath, de la Academia Chilena de LIJ
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Después de siete barrigas malogradas, los padres de mi testimoniante pensaban que no lograrían tener hijos, cuando para su sorpresa, el embarazo de este llegó felizmente a termino.
─Es varón y está bien ─le dijo el médico de la clínica, y el padre se echó a llorar.
Dueño de varias panaderías y una dulcería, la situación económica de la familia era desahogada, y este puso todo su capital en satisfacer gustos y caprichos de su hijo.
─Lo estás malcriando demasiado ─quejábase constantemente la madre, sin percatarse que también era permisiva y sobreprotectora.
Maestra ella, tenía un aula a las afueras del pueblo y cuando decidió incorporarse al trabajo, lo llevaba. Allí su hijo aprendió a hablar, a caminar y a ser déspota con las alumnas mayorcitas que lo cuidaban.
─Mis negocios serán para él, pero quiero que sea médico.
─No llegaste a estudiar medicina, ¿eh? ─le pregunté imprudentemente mientras tomaba una taza de café que su esposa me había brindado.
Con una inteligencia superior a la de sus condiscípulos, captaba rápidamente los conocimientos y dedicaba el resto del tiempo en molestar a sus compañeros y a exasperar a la maestra. Por el barrio era pendenciero, engreído y altanero, pero valiente, desprendido y simpático, virtudes estas que atraían a los demás muchachos y lo convertían en líder de una pandilla de jugadores de pelota, pescadores de cañada y empinadores de papalotes en cuanta escapada podían darse a los solares de los suburbios.
Al terminar el sexto grado, ya los padres habían decidido, antes de optar porque entrara al Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara, internarlo en un colegio privado.
─Los presbiterianos no creen en el diablo ─decía riéndose─, pero deja que me conozca a mí.
Cinco años estuvo en La Progresiva de Cárdenas y allí se graduó de Bachiller en Ciencias. Matriculó Medicina en la Universidad de La Habana, pero por el ambiente político que ya se respiraba, a los tres meses dejó los estudios.
─Había que meterse a miliciano.
En espera de que los americanos intervinieran en Cuba y tumbaran a Fidel, pensó ponerse a trabajar una temporada con el padre, pero las panaderías pasaron a ser propiedad del Estado, y la familia decidió irse del país.
Un domingo, cuando aún dormía la trasnochada de una fiesta de quince, se apareció a su casa la presidenta del Comité de Defensa de la Revolución de la cuadra acompañada de dos militares. Estuvo dos días presos y al tercero partió en un camión junto a otros muchos jóvenes para un campamento de trabajo agrícola perdido entre las cañas de las sabanas del Camagüey.
─¿Quieres que te cuente de La Progresiva o de la UMAP1?
TESTIMONIO AMARGA LAMENTACION DE JOB
El “de pie” lo daban de madrugada.
Por fin Job rompió el silencio y maldijo el día en que había nacido.
Agua con azúcar prieta caliente y un pedazo de pan.
¡Maldita sea la noche en que fui concebido!
En el corte hay que aprovechar la fresca de la mañana.
¡Ojalá aquel día se hubiera convertido en noche…
Después “el indio” se pone insoportable.
y Dios lo hubiera pasado por alto!
Con la caña no hay arreglo: temprano te mueres de frío con la ropa empapada de rocío, y después el calor te deshidrata.
¡Ojalá una sombra espesa lo hubiera oscurecido o una nube negra
lo hubiera envuelto o un eclipse lo hubiera llenado de terror!
Había una norma que cumplir.
¡Ojalá aquella noche se hubiera perdido en las tinieblas
y aquel día no se hubiera contado entre los días del mes y del año!
Al principio las ampollas no te dejan ni coger la mocha.
¡Ojalá hubiera sido una noche estéril, en que faltaran los gritos de alegría!
Pero para una ampolla no hay nada mejor que te salga otra encima: a los pocos días tienes un callo más duro que el cabo del machete.
¡Ojalá la hubieran maldecido los hechiceros que tienen poder sobre Leviatán!
Yo siempre practiqué deporte y tenía resistencia, pero allí había cada muchachitos que daban pena.
¡Ojalá aquella mañana no hubieran brillado los luceros ni hubiera
llegado la luz tan esperada ni se hubiera visto parpadear la aurora!
Para tomar agua había que pedir permiso y si ya habías ido muchas veces, no te lo daban.
¡Maldita sea aquella noche, que me dejó nacer y no me ahorró ver tanta miseria!
Nos cuidaban soldados con armas largas.
¿Por qué no habré muerto en el vientre de mi madre
o en el momento mismo de nacer?
El almuerzo era harina con boniato, y a veces, pata y panza.
¿Por qué hubo rodillas que me recibieron y pechos que me alimentaran?
Los domingos, a los testigos de Jehová les daban pollo, pero sin desangrar, para ver si lo comían, pero ni lo tocaban.
Si yo hubiera muerto entonces, ahora estaría durmiendo
tranquilo descansando en paz…
Por el mediodía se descansaba hasta que el sol aminorara, y de nuevo para el corte.
con reyes y ministros que se construyen grandes pirámides,
Si el “campo” quedaba muy lejos del campamento, nos llevaban el almuerzo para allá, y allí se descansaba.
o con los gobernantes que llenan sus palacios de oro y plata.
Se picaba hasta que hubiera claridad. La comida era harina con boniato, y a veces, pata y panza.
¿Por qué no me enterraron como a los abortos,
como a los niños muertos antes de nacer?
Nos alumbrábamos con “chismosas” y nos acostábamos temprano.
En la tumba tiene fin la agitación de los malvados
y los cansados alcanzan su reposo;
Siempre estábamos cansados y no había nada que hacer.
Allí encuentran paz los prisioneros y dejan de escuchar los gritos del capataz;
Dormíamos en hamaca. Después trajeron literas de saco.
Allí están grandes y pequeños por igual, y el esclavo se ve libre de su amo.
No dejaban tener Biblias, pero no hacía falta. Aquellos muchachos se la sabían de memoria.
¿Por qué deja Dios ver la luz al que sufre?
¿Por qué le da vida al que está lleno de amargura…
Los que más sufrieron, fueron los testigos de Jehová y los adventistas del séptimo día.
al que espera la muerte y no le llega y la busca más que a un tesoro escondido?
Los sábados no trabajaban ni muertos, y como “el que no trabaja, no come”, ese día no les daban comida.
La alegría de ese hombre llega cuando por fin baja a la tumba.
Dios lo hace caminar a ciegas, le cierra el paso por todos lados.
El problema de los testigos era con la bandera y el Himno.
Los gemidos son mi alimento; mi bebida, las quejas de dolor.
En los campamentos de maricones hubo varios suicidios.
Todo lo que yo temía, me sobrevino.
Los religiosos resistían más y aceptaban aquello.
Lo que más miedo me causaba, ha caído sobre mí.
Como no soy maricón ni religioso, ni me suicidé ni me conformé.
No tengo descanso ni sosiego.
Tres años.
No encuentro paz, sino inquietud.
