Últimas noticias de Sergio Chejfec

Edmundo Paz Soldán

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Jonathan Franzen declaró una vez que, como método de escritura de su novela Las correcciones, hubo días en que se vendaba los ojos y se ponía orejeras y tapones en los oídos para teclear en la máquina; era su forma de concentrarse en la escritura, de “liberar la mente de los clichés”. Esa búsqueda de lo sublime da para la caricatura. A eso, prefiero a quienes dejan entrar el ruido del mundo mientras escriben; César Aira, por ejemplo, que trabaja en los cafés entre concentrado y distraído: “He probado escribir solo en casa pero no me funciona tan bien. Ahí veo la pared, lo que veo siempre… Si en el café donde estoy escribiendo entra un pajarito (una vez pasó), entra también en lo que estoy escribiendo”.

Edmundo-Paz-Soldan-opinion-OtroLunes39Se me ocurren estas cosas mientras leo Últimas noticias de la escritura (Entropía), el nuevo libro de Sergio Chejfec, a medio camino entre la crónica personal y el ensayo. Inspirado por Derrida, Jacques Rancière y Friedrich Kittler, el escritor argentino reflexiona en este libro sobre las múltiples conexiones entre la escritura manual y la digital y va a contrapelo, con lucidez, de aquellos que piensan que, al dejar de escribir a mano, hemos perdido una relación natural con la escritura. Chejfec cree que “la escritura en computadora puede ser increíblemente próxima y envolvente”; tenemos hoy una relación natural con el procesador de palabras, y escribir a mano puede más bien resultarnos muy extraño.

A la condición material, física de la escritura –el manuscrito, el libro impreso–, Chejfec opone la condición virtual de la escritura digital. La composición impresa es más definitiva; Chejfec se decanta por lo que él llama, a partir de Rancière, la “presencia pensativa” de un texto digital, el hecho de que su inmaterialidad le da un carácter más hipotético, menos asertivo, “más fluido y menos definitorio, a veces conceptual, que extrae su condición inestable del pulso manual y del pulso electrónico”. La elección del instrumento de escritura, lo sabemos, condiciona también la poética del escritor (Nietzsche: “nuestras máquinas de escritura trabajan en nuestro pensamiento”). La escritura digital influye en la elaboración de un texto: como muestra de la escritura electrónica, Chefjec menciona algunos textos de Agustín Fernández Mallo, Lorenzo García Vega o Carlos Gradín. Aparece así un “verosímil digital”, diferente al verosímil agotado del realismo tradicional.

En la base de todo esto está la pregunta por el aura del original es tiempos de reproducción digital, la condición, digamos, sagrada de un texto. ¿Si no hay manuscritos, si no hay originales, puede haber aura? El aura es una aporía, sostiene Chejfec con acierto: aparece en el momento en que el original puede ser reproducido. Pero el aura se las ingenia para reaparecer: por ejemplo, en las tecnicas de apropiación de Lamborghini –que escribía sobre libros ya publicados–, y también en la forma en que subrayamos y doblamos un libro, convirtiéndolo en original (cada tanto leemos de académicos que recuperan las anotaciones y subrayados de los libros de las bibliotecas de Borges o Foster Wallace).

Chefjec recuerda la libreta verde donde hace sus anotaciones manuales “inestables”, sus días copiando textos de Kafka, y nos pasea por eccéntricos de la escritura, como Santiago Badariotti, que llegó a transcribir en una Remington treinta mil páginas de libros, o artistas de la performance escritural, como Tim Youd, que pasa a máquina clásicos de la literatura (pero no cambia de papel, con lo que el resultado de la transcripción de una novela es “una hoja saturada de tinta”). Chefjec nos hace ver que escribir es una actividad tan natural como extraña.

Del Autor

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Edmundo Paz Soldán
(Bolivia, 1967). Escritor y profesor. Considerado una de las voces esenciales de la actual literatura latinoamericana. Profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Ha publicado las colecciones de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998), y las novelas Días de papel (1992), Alrededor de la torre (1997), Río fugitivo (finalista en el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, 1998), Sueños digitales (2000), La materia del deseo(2002), Palacio Quemado (2006, 2007), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011) e Iris (2014), con la que incursiona en la ciencia ficción. Es coautor, junto a Alberto Fuguet, de la antología de nueva narrativa latinoamericana Se habla español (2000) y con Gustavo Faverón de Bolaño salvaje (2008). Entre sus premios se cuentan el Finalista de Letras de Oro 1991 con Días de papel (Estados Unidos), el Premio Erich Guttentag 1991 por Días de papel (Bolivia), Premio Juan Rulfo, 1997 por el cuento “Dochera”, el Premio Nacional de Novela de Bolivia 2002 por El delirio de Turing, la Beca Guggenheim (2006) y Finalista del Premio Hammett 2012 (Semana Negra de Gijón) con la novela Norte.. Su novela más reciente es Iris (Alfaguara, 2014).