Es madrugada en Guardamar del Segura y una fuerte tormenta se abate sobre la villa, sobre sus playas y sus dunas. Mientras el cielo se puebla de relámpagos y el aguacero se derrama en cortina, el viento zarandea las copas de los árboles en la pinada y los torrentes arrastran la arena que cubre buena parte de lo que en tiempos fue la Rábida Califal construida por Abderraman III en la costa oriental de Al-Ándalus. De repente, un silbido terrible se eleva por sobre el ulular del viento y ahoga el golpeteo de la lluvia contra la piedra del recinto. Y entonces, en medio de la oscuridad y el caos, la tierra se revuelve y tiembla. Y con ella tiemblan y se estremecen el muro de la quibla, las paredes de las celdas de los monjes-guerreros y los restos de la mezquita que se alza en el centro del complejo. Así, durante unos segundos, el temblor se hace sentir en medio de la noche y la tormenta. Cuando termina, termina también de llover y de escucharse el viento que recorre el pinar como una exhalación.
Finalmente, las viejas ruinas árabes recobran el profundo estado de reposo en que han vivido desde la última vez que fueron tocadas por la mano del hombre moderno. En el silencio que sobreviene, la oscuridad de la noche sin luna vuelve a adueñarse del bosque de pinos, de las dunas y de cualquier secreto oculto bajo sus tercas arenas centenarias. Sin embargo, otra cadena de relámpagos alumbra una vez más el área, dejando ver ahora una grieta enorme que ha surgido en el suelo, junto a uno de los costados de la edificación. Y enseguida un nuevo fogonazo (o puede que sea el mismo) ilumina los restos de un brazo humano que asoma de la arena en el fondo del resquicio. Los relámpagos que se suceden muestran los huesos agarrotados de la mano y el guante de malla metálica que en su momento sirvió de protección a aquel trozo de cuerpo. Luego, nada más. La tormenta cesa definitivamente, y en la Rábida Califal de Guardamar vuelven a reinar la oscuridad y la calma general.
