Aquí va la primera confesión: octubre y noviembre de este 2015 han sido muy importantes para mí, pues marcan una especie de regreso al mundo de mi escritura de ficción. Lo que sigue puede sonar a una contradicción, pero desde 2008 (cuando publiqué mi volumen de cuentos titulado Viajero que huye) hasta ahora no he dejado de escribir ficción. Sin embargo, no ha sido lo mismo. Durante los últimos siete años he publicado algunas historias—fundamentalmente por encargo—y he estado tomando notas y escribiendo borradores, pero no he concretado un proyecto al que pueda llamar mi próximo libro… Un momento, debo retractarme: en septiembre salió al mercado mi primera publicación larga en inglés. Se llama Queer Brown Voices (University of Texas Press), la culminación de un proyecto que empezó en 2009 como una queja por la falta de visibilidad de los latinos en Estados Unidos en general, y la de los/as activistas latinos LGBT en particular. Queer Brown Voices me ha acompañado todo este tiempo como un desafío, no solo como mi primera obra de no-ficción sino como mi primera obra en un idioma que siempre será el segundo. También rompió otros esquemas.
El libro fue escrito en colaboración con Salvador Vidal-Ortiz, un sociólogo puertorriqueño, y Letitia Gomez, una activista mexicoamericana. Al grupo hay que agregar los otros trece activistas cuyas vidas presentamos. Ocho de ellos se sentaron con nosotros a conversar en la tradición de las historias orales (o historias de vida, como se les llama en parte de América Latina). El resto escribió su propio texto memorialístico, siempre bajo nuestra guía como editores. Por esa razón, Queer Brown Voices es mío como proyecto escritural, pero no lo es como proyecto político y solidario. Soy parte de algo que me excede, y ahí radica uno de sus muchos valores. A lo largo de mi vida en los Estados Unidos he tenido que escribir mucho en inglés y hacer presentaciones públicas en ese idioma. Pero no es lo mismo sentarse a pensar que el texto que va apareciendo en la pantalla tiene la finalidad de convertirse en un libro. Hay en ese acto hay un miedo que puede ser paralizador y, lo confieso, lo fue muchas veces. Pero también es un acto de liberación para nosotros los inmigrantes. Quienes nacen bilingües y biculturales no tienen esos rollos. Ellos pasan de un lenguaje y de un espacio cultural y afectivo al otro sin siquiera pensarlo. El proceso del migrante es muy difícil, está plagado de incertidumbre y errores. En mi caso al menos también ha significado una negociación identitaria, aunque no lo haya sabido en el momento en que se estaba dando.
En tanto Queer Brown Voices iba tomando forma, mi escritura de ficción aguardaba… pero no del todo, porque en el mismo periodo Amanda Powell empezó a trabajar en una traducción de mi novela El gato de sí mismo. Amanda, especialista en escritoras del barroco latinoamericano, me escribió un día para decirme que deseaba hacer una versión al inglés de “El gato”, y que el proyecto le encantaba y asustaba a la vez porque “el autor estaba vivo”. Estuvimos en constante comunicación desde el inicio, y en agosto llegamos a una versión final del manuscrito. En octubre fui a un festival literario a vender mi libro, cuyo título en inglés es Miss Fortune Lets the Cat Out. Yo había participado en el mismo festival uno años antes, pero a diferencia de aquella vez, este octubre yo tenía ya dos capítulos pulidos y los otros en proceso. Tuve citas con seis agentes y editores literarios, una experiencia completamente foránea para mí. Cada uno de ellos había leído el material, y yo mismo había preparado algunas cosas: un resumen del libro de no más de dos minutos, algunas ideas de quiénes constituían el mercado meta, una defensa de la importancia del libro. Tenía quince minutos para cerrar un trato con alguno de los agentes. Las conversaciones fueron cordiales, siempre dentro de un tono “profesional”. Nadie cuestionó mi escritura ni mi currículo, pero cinco de los seis agentes me indicaron que no sabrían cómo vender mi novela. La sexta persona se reunió conmigo en el lobby de su hotel la tarde antes de Halloween. Ese hotel tiene un bar en forma de tiovivo que atrae multitudes, así que había muchísima gente alrededor, y mucho ruido. Pues esta agente me dijo de entrada que le gustaba la novela. Fue un alivio no tener que pasar por el estrés de otra negociación y otra negativa.
Decía que mi escritura de ficción aguardaba. Lo hacía en la forma de fragmentos de historias y de una novela que tal vez nunca debí haber empezado a escribir. Constantemente volvía a esos textos, con cierta resaca e incredulidad, con una distancia que era sana a la hora de corregir, pero no a la hora de juzgar. No hace mucho, el escritor mexicano Juan Villoro se refería a su propio proceso creativo en términos de la ansiedad por terminar cada proyecto. Esa ansiedad es un motor que hace a los escritores seguir adelante. Aquí va otra confesión: yo nunca he tenido esa urgencia, quizás porque la creación literaria ha sido para mí una relación de amor-odio. Nunca he considerado, por ejemplo, que un cuento deba escribirse de un tirón. En mi caso pueden pasar meses o años antes de terminarlo, aun cuando sepa cómo es el final. El truco está en que no se vean esas costuras del paso del tiempo.
Así las cosas, octubre y noviembre llegaron con algunos regalos. Uno fue el rencuentro con uno de mis maestros, el poeta cubano Jesús Barquet, alguien cuyo espacio vital es eminentemente literario. Luego fui a la Feria del Libro de Guadalajara, donde coincidieron algunos de mis grandes héroes, amigos de hace años y la ilusión de que a pesar de todo ser escritor es un oficio que vale la pena. Y hoy estoy aquí, haciendo una última confesión: los cuentos pendientes van terminarse; lo mismo la novela. Y por esos proyectos brindo.
