Valores y literatura de ficción

Carlos Enrique Cabrera

 

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…“porque ‘decir la verdad’ para una novela significa
 hacer vivir al lector una ilusión y ‘mentir’,  ser incapaz
de lograr esa superchería”

Mario Vargas Llosa

 

Hay unos valores de la escritura a los que todo autor debe acogerse si no quiere ver comprometida seriamente la calidad y validez de su obra.

La literatura es una mentira que busca sacar a la luz, si no la verdad, por lo menos sí una de las aristas de las muchas verdades posibles.  “La verdad de las mentiras” o “las mentiras verdaderas”, por decirlo con el  feliz oxímoron de Mario Vargas Llosa. La ficción es una representación elaborada artísticamente con la muy precisa finalidad de, revelándole al lector sucesos que logran  atraer su atención, subyugarlo y atraparlo, y, eventualmente,  sacudirlo y  subvertirlo.

Como escribió  Juan Rulfo:

Todo escritor que crea es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.

Y más adelante añade el escritor mexicano:

Entonces creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental saber perfectamente que uno va a decir mentiras, que si se entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje.

Mentir, pues, es consustancial a la actividad literaria, al arte de la escritura creativa, que en la mentira de forma esencial se sustenta. Más aún, como expresó con rotundidad Jorge Luis Borges: “… la literatura no es una gran mentira. La literatura es la mentira”.

Pero si  la literatura es una mentira, se trata –y este es un matiz esencial– de una mentira  consensuada, aceptada y asumida  de buena gana y con total beneplácito  por el lector, que entra en el juego ficcional sabiendo de antemano que  aquello que tiene ante si no es real, es una representación, es un sutil entramado lúdico, una ilusión, una representación simbólica o metafórica que no sustituye a la realidad pero que sí la alumbra y  enriquece.  Como escribe  Irad Nieto:

El que lee sabe tal como el que escribe a qué atenerse al comienzo del juego. Las reglas de este juego las entiende mi hija de tres años tanto más que yo, Vargas Llosa o el luminoso crítico literario, James Wood.

 Esa confianza inicial del lector,  señala Ricardo Gómez, no es sin embargo un cheque en blanco. El lector espera que el escritor le cuente una historia, pero una historia auténtica, aunque sea tejida con materiales ficticios. Esa autenticidad dentro de la ficción es lo que distingue una obra literaria falsa de una obra literaria sincera.

¿Pero podemos diferenciar entre literatura falsa,  auténtica y sincera, si  hablamos de cuan esencial es la mentira  en la actividad literaria? Gabriel Arturo Castro aclara:

La literatura auténtica, convincente, orgánica y coherente, es construida como una mentira respecto a la realidad veraz, física y directa, muy lejos de la falsedad, proveniente de la literatura inconexa, fragmentaria, dispersa, reproductiva, mimética y mecánica, el arte del camuflaje.

Y añade el autor:

El mal arte es una apariencia, mendacidad, evasión, falsedad o un ardid desplegado por un poder manipulador, interesado y poco sincero, es decir, sin convicción. En cambio el buen arte proviene de la mentira, considerada ésta como otra verdad, ilusión, contradicción, paradoja, absurdo, imposibilidad, equívoco, desvío e irrealidad ilimitada y positiva, otro mundo habitable, incluyente. Sin la mentira todo arte carece de sentido.

Es pues muy distinto y aun radicalmente diferente el engaño estético, la mentira artística necesaria para poner en pie una obra literaria de ficción, a la mentira falaz, mendaz, tramposa y artera, que no tiene más objeto que imponer un punto de vista o una visión de forma unilateral al lector por parte del autor, la acción engañosa del estafador,  del delincuente de las letras.

La mentira (o más bien la falsedad) sin sustentación en la armazón significante y en el complejo y sutil andamiaje  de la obra subvierte y contraviene la coherencia y la cohesión necesarias de su estructura interna.  Lo que, por lo demás, resulta siempre  perfectamente detectable por el lector a poco que éste se aplique y lea  con la debida atención. La falsedad atufa y  siempre termina haciéndose palpable y manifiesta.

El escritor se auto engaña –consciente o inconscientemente– y engaña a sus lectores cuando contraviene su propia voz interior y su compromiso con la imaginación creadora por reclamos  o presiones o imposiciones o sugestiones del exterior. La verdad de la obra, en el sentido especialísimo en que podemos hablar de “verdad” en literatura, su autenticidad, su veracidad,  su validez y pertinencia, su congruencia,  etc., viene determinada  en gran medida por la fidelidad del autor a su propia voz interior,  por su capacidad de ceñirse al flujo que alienta en lo hondo de su rico ser  de artista, que es sin duda su yo  más íntimo y esencial. En la medida en que el escritor pone toda su técnica, sensibilidad, habilidad y sabiduría acumuladas al servicio  de la historia que cuenta con la más absoluta entrega y honestidad, buscando ser a la vez coherente con él mismo así como con  el resto de  su producción  y con el conjunto de obras que conforman la tradición literaria a la cual él mismo pertenece.

Por tanto, poner la escritura propia al servicio de un Dios, de la Banca, un partido político o el Estado,  lleva al autor a la ejecución de una obra mentirosa en el sentido pervertido aquí señalado, falsa, mendaz, desvirtuada y desenfocada y definitivamente reñida con los valores de la creación literaria auténtica, que impone al creador  transitar por el camino propio y no por los ya trazados  y trillados por otros. Es desde la libertad extrema y desde la extrema independencia que se puede lograr garantizar que el propio fluir creativo del inconsciente se manifieste,  guíe y encauce, propicie y logre la plasmación sensible en símbolos concretos del magma vivo y fecundo de la imaginación del autor. Acogerse a ideologías fosilizadas, enconcertadoras, a consignas y recetas, a modas y tendencias de época, a sermones y proclamas moralizadoras o moralizantes, de ningún modo puede favorecer, y claramente no favorece, la creatividad, sólo a través de la cual  se arriba a la verdadera literatura.

La industria del libro y el negocio editorial buscan muchas veces por muy diferentes vías imponerse al autor y variar y desvirtuar el libre flujo de su creatividad artística, encauzarla como se hace con un río cuyo cauce se quiere desviar, buscando entre otras cosas llevar el agua al propio terreno para irrigarlo y fertilizarlo, pero también para evitar repentinas inundaciones incontroladas que puedan asustar y espantar a los  posibles consumidores  del producto editorial. Considerar el libro como una mera mercancía, o como una mercancía en sentido estricto, olvidando su componente cultural, artístico, ideológico y social, es desgraciadamente cosa muy al uso  en estos tiempos de rampante neoliberalismo en los que el beneficio económico, el evitar a toda costa los gravosos déficits financieros, parece ser  la prioridad absoluta.

Escritores deshonestos los hay, los ha habido y los habrá siempre, y quizá sean precisamente éstos los que más  proliferan a lo largo y ancho del planeta  en todas las épocas y los que asimismo logran mayor visibilidad mediática, renombre y notoriedad públicos y un más estrepitoso  éxito comercial y de ventas.

A la deshonestidad literaria y sus  nefastas consecuencias para la validez, calidad, coherencia y pertinencia de la obra literaria se llega por muy diferentes  vías. La incontenible sed de notoriedad, poder y fortuna; el egotismo y la vanidad desbocados. La abulia, la apatía, el prematuro envejecimiento, la pérdida de lozanía; el dejarse ganar por la verbosidad, la grandilocuencia; el uso sistemático de tópicos, lugares comunes  y frases hechas. Todo cuanto lleva al  escritor  a repetirse y caer en lo fácil y acomodaticio, en lo consabido, en lo obvio, en  el manierismo, sin que se imponga de forma gozosa y valiente asumir el desafío permanente de la innovación, la exploración y la aventura, el reto vivificador de lanzarse al vacío sin redes en cada nueva creación.

Por la misma pendiente  de la falsedad y el engaño puede llegar el escritor (ganando en velocidad de arranque y ciego empuje) a sucumbir a la tentación nefasta del  plagio, exponiéndose así a la vergüenza pública y a la demanda judicial y sus posibles consecuencias penales.

Como escribió  Javier Echeverria, los valores epistémicos, los valores clásicos  de la ciencia –precisión, rigor, coherencia, fecundidad– son de forma inequívoca igualmente válidos en el ámbito de la creación literaria. “El literato –afirma el autor- debería saber escribir con rigor y coherencia,  y aprender a ser fecundo.”

En definitiva, para dar válida concreción a la compleja realidad artística de la ficción literaria en una obra de fuste, hay que ser un muy hábil manejador del simulacro y la simulación, de la metamorfosis,  de la ilusión y del equívoco,  de la mentira veraz, en suma, y se hace asimismo absolutamente indispensable hacer coincidir de forma armoniosa en el mismo crisol tanto los valores éticos como los epistemológicos o de la ciencia.

Del Autor

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Carlos Enrique Cabrera
(La Vega, República Dominicana). Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid (España) y realizó estudios de Bibliotecología y Documentación en instituciones educativas de esa capital europea. Durante años se desempeñó como funcionario de la Red de Bibliotecas Públicas de la Comunidad Autónoma de Madrid y como colaborador externo de importantes editoriales españolas (Editora Nacional, Plaza y Janés, Alfaguara, Playor). En 2001 fundó la revista de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección dio a la luz, de forma ininterrumpida, 29 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría los libros Reflexiones de bolsillo (2002), Tiempos difíciles (2010) –recopilación de ensayos– y el conjunto de microrrelatos: Conjuros y otros microcuentos (INTEC, 2013). Es también coautor de la obra didáctica Español Universitario (Santillana Universitaria, 2006) y el de información turística Ciudad Colonial Santo Domingo (Tando Editora, 2011). Asimismo, mantiene en la Red varios blogs: Conjuros en “La Comunidad” del diario madrileño El País, y en Blogger el personal Carlos Enrique Cabrera (CEC) y el promocional de la revista Caudal, así como el educativo: Español CEC. Desde 1994 es profesor a tiempo completo del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).