“Norte/Sur” o apuntes sobre el exilio

Antonio Cienfuegos

 

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Siempre he pensado que Valparaís es la cuna de la poesía latinoamericana, que en ella se gesta la voz de todos los latinos. Ahí llegó Darío y escribió Azul; en mi fantasía y delirio me gusta pensar que César Vallejo se inspiró y, metafóricamente, escribió Trilce ahí; que todos los poetas del Litoral Central son el mismo poeta haciendo la gran obra: Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Adolfo Couve Rioseco y Juan Luís Martínez; la influencia es tan vasta que llega hasta uno de los mejores poetas centroamericanos: Roque Dalton.

Me gusta pensar que Valparaíso tiene poesía en todos lados, en su brisa porteña, en sus muros prismáticos, en sus cerros, en su trolebús, en su suciedad pulcrísima, en sus cantinas rotas y bares cuicos, en las calles pletóricas de meados de borracho a las seis de la mañana, en sus hostales folclóricos, en sus extranjeros extraviados buscando la casa de Pablo, en sus extranjeras ávidas de que un amante porteño, en sus fuegos artificiales del fin de año, que siempre son el último año. Sí, me gusta pensar todo eso de Valparaíso, me gusta pensar que la poesía latinoamericana se fundó en esa Región. Sin duda, hoy día una de las tradiciones más vitales en todo el mundo. Bien, Antonio Rioseco se formó como poeta ahí, en ese anfiteatro natural espectador de catástrofes.

antonio-cienfuegos-opinion-2-OtroLunes39En Julio de 2014 se edita en Santiago de Chile su poemario Norte/Sur del escritor originario de Los Ángeles, al sur de Chile. Es su segundo libro. Y en él ya se puede encontrar una gran madurez en sus versos en prosa.

La primera parte se llama 5 sur, es un viaje que emprende el sujeto lírico desde el sur de Chile hacia el norte; concretando esa llegada en la segunda parte que se llama 5 norte  y terminando dicho viaje en una tercera llamada: El paso de Bolivia; quizá, sin saberlo, Antonio ha hecho con este libro, una gran alegoría a todo el migrante latinoamericano que recorre de su lugar de origen hacia E.U. para llegar a ese mítico y anhelado “norte”, todos recorren su propia e íntima Latinoamérica para llegar al otro lado de la frontera, ese otro lado que comienza en el Río Bravo, aunque para algunos ese tránsito resulta menor, para otros, como los chilenos, el viaje es tan largo como su cordillera. La representación metafórica de Chile como toda Latinoamérica es el mayor logro del poeta.

El libro apela a un exilio poético que se concreta con el físico, y pareciera que sus poemas son premonitorios ya que, actualmente, Antonio vive en México. El poemario encuentra en el vacío-ausencia su mejor apuesta para la nostalgia: “Pero estás lejos de todo eso; en un balcón desprotegido, recibes las primeras nubes del otoño. Miras hacia dentro y te ves bebiendo en Valdivia… …Algún día, todos viviremos en el sur” (p. 11).

Es importante el papel que toma el ser migrante en el libro, ese viaje donde todo es lo mismo (para el extranjero todo es lo mismo fuera de su lugar de origen) a final de cuentas, este ser migrante termina por tener una asimilación de lo ajeno y, tanto en Chile como el resto de Latinoamérica los indígenas son eternos migrantes de su propia tierra. Y pareciera, también, que el Sur siempre es la representación de América Latina, de ese sujeto que tuvo que recorrer mucho para lograr el sueño americano pero que, al final, siempre tendrá ese sentimiento de vacío, una desolación del migrante, un nihilismo posmoderno: “Transeúntes te ven subir al Ford Falcon. Sentado junto a pasajeros invisibles, vas mudo queriendo encender un cigarrillo. No es un viaje a la costa, nadie sabe las canciones de moda, nadie se molesta en hablar” (p. 14).

En estos poemas el autor nos propone una lectura desde lo micro, como ya dije, en el viaje dentro de Chile por la ruta 5 (el camino que cruza todo el país de sur a norte) hacia el norte, y una lectura en el nivel macro, donde nos brinda varios guiños que colocan al sujeto lírico como un migrante latino hacia E.U. como se mencionó: “Tiendes la carpa, prendes fuego, repasas el día buscándote nuevos puntos de fuga a lo que seguirá mañana cuando extiendas el visado y atravieses la frontera hacia el wallmapu” (p. 17), donde se ve reflejada  la eterna angustia del visado en cualquier lado del mundo, esa misma angustia del migrante, del exiliado, del desposeído de su tierra, del ajeno, del extraño, del extranjero, de un otro que no es reconocido.

El sujeto lírico enuncia, entonces, a Valparaíso, y la forma de recordarlo con nostalgia es el amor: “Tratas de recordar a la estudiante de provincia con la que te acostabas en Valparaíso. La cama sin hacer, la foto del hijo sobre unos libros” (p. 18), Valparaíso es la estudiante con la que se acostaba, la personificación de la ciudad concreta, el viaje hacia los recuerdos perpetua la nostalgia de la pérdida. A final de cuentas las ciudades son como las mujeres.

A la mitad del libro el viaje se concreta, ha llegado el sujeto lírico al punto ontológico en que se cruza con el lector, pero esa llegada no es más que una parada de descanso en un páramo solitario, como la vida misma: “Todos los viajes eran regresos entre canales y fiordos, o miradas del bosque en la pared de una cabaña” (p. 20).

En lo personal, no me cabe duda, que si un poeta no logra mitificar a partir de las tradiciones locales, como se ha hecho desde Homero  hasta Borges, no logra su cometido. Los poetas siempre han intentado, en un ejercicio lírico bastante exhaustivo, lograr volver mito su tierra, su lugar de pertenencia, que no es otra cosa que su propio alter ego, Antonio Rioseco lo logra en los siguientes versos: “Más adelante los vuelvo a encontrar; descansan. Pretenden llegar de día a Cochrane. Hablan de proezas inservibles, como atrapar un conejo o pescar una trucha con la mano” (p. 22), el poeta alcanza volver particular lo general, el mito consigue que, a partir del símbolo, la univocidad se dispare hacia lo universal: la equivocidad.

En la segunda parte del libro sucede el regreso óntico del sujeto lírico que, irónicamente, se encuentra en otra tierra; sin embargo este regreso óntico, no implica que el viaje físico no continúe hacia el norte, y el norte siempre será expresión del colonialismo, de subyugación, el camino al norte sólo puede estar marcado con orina que sino con mierda: “Hemos enfilado hacia el norte. Dentro de un rato, todo se hará nauseabundo” (p. 31).

Desde Centroamérica hasta México, casi todo migrante hacia Estados Unidos, realiza el viaje en bus, el bus es el lugar común del migrante: “Perdidos en retenes, los policías añoran asaltos o robos de cajeros y no a choferes eyectados por el parabrisas. Los tripulantes de la nave interpovincial pestañeamos entre los golpes de karate, que transmiten las pantallas. Todo viaje en bus es un lugar común” (p. 32).

No me queda claro si el poeta hizo el libro con la pretensión de lograr una gran alegoría del migrante latino hacia E.U., sin embargo, sí creo que llega a tener momentos muy álgidos donde el paralelismo se torna, casi, inexpugnable: “A nuestro lado, la trocha angosta del tren nos acompaña por varios kms. En las siguientes horas sólo hablamos de jazz: de la cirrosis de Bobby Timmons, del cáncer de Coltrane y la diabetes mal diagnosticada de Dolphy. Negros todos, desperdigados como guijarros en el lecho de un río” (p. 36), el negro como paradigma del migrante y de las condiciones de esclavitud, me hace sentido en  un paralelismo con  los latinos que somos los nuevos negros del mundo occidental.

Hasta esta penúltima parte, la analogía con un norte simbólico quedó clara, incluso en los versos más íntimos se refleja el miedo del sujeto lírico por abandonar el país por el “norte”: “Para cruzar la frontera hay un paso y lo dudas (…) Pero sigues. (…) Entiendes el temor al norte, a abrir la puerta y quedar desnudos. Avanzas y Chile se acaba. Se extiende otro desierto un poco menos triste” (p. 44), me pregunto a cuántos migrantes mexicanos que cruzaron por el desierto de Arizona, estos versos, les hace tanto sentido, el mismo sentido metafórico que Rioseco trazó entre Sur  y Norte, entre un sur íntimo, personal, suyo, hacia un norte global, general, extrínseco, nuestro. Es en este sentido que el libro vale más, y con la lectura que yo me quedo: la del eterno migrante ontológico.

Aplaudo este libro gestado en Valparaíso, que sin duda ha contribuido con su granito de arena para la gran obra de los poetas del Litoral, la gran obra que se está gestando en estas costas desde hace muchos años, casi siglos, y que sin duda seguirá, ya que es uno de los mejores derroteros que puede tener la poesía chilena.

Del Autor

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Antonio Cienfuegos
San Salvador, 1981. Escritor salvadoreñomexicano, de niño vivió en San Salvador una breve temporada y luego fue a radicar a México debido a la diáspora causada por la guerrilla. Actualmente está cursando un magíster en Sociología en la Universidad Alberto Hurtado de Santiago de Chile, ciudad donde radica. Ha publicado en las siguientes revistas: Alforja, Cultura de Veracruz, Casa del Tiempo (UAM); ha sido antologado en los siguientes libros: Doscientos años de poesía mexicana, La luz que va dando nombre, Carruaje de pájaros y Encuentro nacional de poetas jóvenes Morelia 2013; y ha publicado la plaquette: Otra versión de vos (Public Pervert, Chiapas, México) y el poemario Otra versión de vos (subVersiva, Tegucigalpa, Honduras). Es colaborador de la revista digital Coma suspensivos (www.comasuspensivos.com.mx) de la Ciudad de México, del periódico digital Carajo (www.carajo.cl) en Chile y es columnista de la revista digital OtroLunes (www.otrolunes.com) en España. Considera que la poesía se encuentra en una crisis tanto creacionista como mediática pero, sobre todo ética, en donde el sujeto utiliza la poesía como un medio para obtener beneficios consumistas y globalizantes como premios y becas (bajo un régimen de mafias literarias), haciendo de esta práctica su modus vivendi a lo largo de toda Iberoamérica.