El dolor es la verdad, todo lo demás está sujeto a duda, dice el personaje narrador de la novela Esperando a los bárbaros, de John Michael Coetzee. Esta frase no sólo parece ser una de las premisas centrales de la novela, sino además, colmada de síntesis, es parte de un libro pero contiene el espíritu de toda una obra excepcional.
Coetzee consigue una hazaña narrativa fácil de una lectura ávida pero difícil de descifrar en su ejecución técnica, en la apretada claridad de su urdimbre. Narra sin que se noten las hechuras, los rastros de andamiajes, el trazo que guía la precisión del corte. Su prosa fluye en un tono mesurado pero despojado de monotonía, matizado en sus evoluciones dramáticas, no en altisonancias léxicas. Coetzee reflexiona sin predicar. Consigue cuestionar profundamente aspectos esenciales de su entorno social, político, filosófico sin caer en la tentación de la diatriba. Su mirada es penetrante, lesiona los esquemas de lo establecido. Logra impartir un trasfondo a sus novelas, distanciándose de sus acontecimientos, otorgando un tratamiento frío al relato de situaciones atroces.
Personajes desdichados, despedazados por la desgracia, víctimas de sus propias decisiones pero insólitamente liberados de un pesimismo resentido pueblan las páginas de Coetzee. Sus héroes son seres captados sin pudor en el momento en que se despeñan en la crisis. La catástrofe les sobreviene sin ser lo peor: tras sacudirlos, queda la sensación de la inminencia de una nueva catástrofe. Nos llenamos de su dolor, nos amparamos en los vestigios de su dignidad, nos admiramos de su resistencia. Personajes que soportan el tormento físico, que es apenas reflejo de otros rigores más hondos y significativos. Seres humanos que se nutren de un erotismo maltrecho, penoso.
El héroe de la novela Esperando a los bárbaros, magistrado sin nombre de un lugar inasible, vive una experiencia límite en una geografía limítrofe. Rige la administración de un pueblo que se encuentra en las lindes de un imperio. Más allá se extiende un territorio inhóspito poblado por los bárbaros, aborígenes a quienes el Imperio despojó de sus tierras, obligándolos al desplazamiento. Hay rumores de que los bárbaros preparan un ataque. El Imperio se apresura a enviar fuerzas para sofocar la supuesta asonada. Al ver la tortura y el exterminio a que son sometidos los bárbaros, el magistrado experimenta la compasión. Toma la decisión de emprender un viaje al interior del territorio bárbaro. Un viaje que irá más allá del desagravio y la posibilidad de conciliar. Irá a su destino. Padecerá el encierro y el tormento. Sufrirá la incomprensión de propios y extraños. Pero, ¿quiénes son quiénes? ¿Quiénes son los bárbaros?
En Esperando a los bárbaros resalta la composición, la pericia reposada de su narrativa, inusual para un autor de cuarenta años, edad de Coetzee a la fecha de su publicación. La trayectoria de su personaje, como ocurre en la novela Desgracia, lo conduce a saltos de infortunio a una toma de conciencia. La violencia de las acciones no llega a entorpecer la exposición de su drama vital ni a velar el trasfondo social. Antes bien, ocurre lo contrario. Trasfondo y drama humano emergen en su escalofriante desnudez. Coetzee despliega sus estrategias, extrae el tono a golpe de matices. El relato avanza alternando revelaciones crudas, como el momento en que refiere la calidad de las torturas practicadas a los bárbaros, con momentos de una gran belleza y plasticidad, como los pasajes en los que el viejo magistrado limpia y unge de aceites el cuerpo agreste y maltratado de su protegida aborigen.
A pesar de que la denuncia nunca se ausenta del relato, a pesar de que aborda temas propicios para ejercitarse en el panfleto, Coetzee no llega a insinuarlo siquiera. Esto se debe, creo, a la manera como opera la distancia y el tono en el relato. El autor deja evolucionar a sus personajes, no interviene con juicios, no lastra las acciones con calificativos ni con expresiones enfáticas. Nos sacude sin exaltarse. Cuando describe la despiadada naturaleza de un paisaje, lo hace con economía y precisión. Emplea discreta pero eficazmente imágenes que despiertan nuestros sentidos, colman nuestra pupila, confieren aspereza a nuestra lengua, nos sofocan. En dos frases cumple una atmósfera pero también nos obliga a contraer el frío, a desear el agua, a escaldarnos con un bocado acre.
Esperando a los bárbaros es una novela que estimula nuestra capacidad de asombro al tiempo que nos atrapa y satisface con creces nuestro placer estético. Su lectura o relectura un remanso agradecible que nos llega en el momento justo, hoy que la moda es el torrente de excesos, el matrimonio del efectismo y la pose, la explotación del horror como mercancía literaria.
