Escribir sobre un libro que retrata, lleva el temor de dejar entrar la luz sobre cada uno de los poemas que construyen su imaginario. Vivo en una ciudad que creía conocer y ha venido alguien con su memoria a cuestas, a cambiar avenidas, redescubrir paisajes y renovar ese pedazo de país que se ha ido empolvando, entre distancia y brazadas contra la corriente.
He recibido al poeta Arístides Vega Chapú, como a un amigo de toda la vida, nos ha acompañado un buen café, el recuerdo de amigos imborrables y un deseo voraz por entender, qué conjuro o hechizo, ha sembrado ese mar que nos separa de figuras anónimas, otrora gente que amó, creció en familia y tuvo sueños. Asumo que entre tantas conversaciones, las nuestras procrearon la invisible semilla, la madrugada, los cigarrillos que el poeta apuró a ras del asombro, en su modo de calibrar las cosas y que de cierta forma hacía en él un hueco, donde enterrar viejos tesoros humanos y devolver a la superficie, imágenes estáticas de gestos y rupturas, ahora vueltas al revés sobre un paño blanco, en el que sobresalten las partículas de aquel espejo, hecho añicos en la estampida.
Las otras ciudades… no han quedado veladas, más allá del color prevalece el viaje y el trayecto que le propicia, asomarse a una verdad que el poeta revuelve como una sopa, nombres que aprende, regalos que recibe, sabores que le remiten a la anciana madre que le espera y a la familia que abraza como nunca, convencido de que esa es su verdadera literatura.
Arístides Vega Chapú construye en este libro una carretera sobre el agua, sitúa esta otra provincia en la barriga del caimán y trueca calles por avenidas, amigos por desconocidos y pueblos por ciudades que él reescribe y reconstruye, ciudades que ahora le parecen el paisaje de algún antiguo sueño o el dibujo enigmático de una familia futura. Lo que ve no es perfecto y eso lo hace interesante, tentador, dibujable, pero el poeta, en medio de este trueque, también puede sopesar los mitos y las reverencias, sabe que va a escribir y en su cabeza inaugura otro país en el que cabe la magia del número 8, el piano de Lázaro Horta, la amistad ofrecida a José Kozer, las bravías aguas de New Jersey, las luces de Manhattan y por qué no, el humilde café saboreado bajo mi techo.
Esta es la fotografía devenida en libro de viaje, en conversación, en descubrimiento. Recomiendo al lector estos poemas como el paisaje de un mapa venidero, como esa posibilidad, desdibujada por los menos optimistas y convertida en fuego por los que sabemos que el invierno no es una estación definitiva.
Publicado originalmente en: Revista Conexos
Miami, abril, 2014

