La verdad de Cuba está en el futuro.

Entrevista al escritor cubano Arístides Vega Chapú

Por Amir Valle

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A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Arístides Vega Chapú? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Arístides, el ser humano y Arístides, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Nací en una pequeña ciudad, Santa Clara, al centro de una isla (ya sabemos que es un archipiélago, pero a escala de poesía no es más que una Isla): Cuba. Y esas circunstancias me hacen ser provinciano. Mi aspiración más reiterada ha sido levantar un techo donde poder fundar una familia. Ambas cosas las he logrado.  Mi familia es mi obsesión y a ella le dedico mi mayor tiempo. Me hubiera gustado ser pintor o carpintero.  En algún momento me fue muy atrayente ser maestro de escuela primaria. No aspiré a ser escritor. Las circunstancias me llevaron a ese oficio del que ahora no me puedo desprender y que intento asumir con responsabilidad. Mi vida extra literaria es muy común. Pero he vivido con intensidad lo cual  me ha dado material para todo lo que escribo. Soy más bien un testificante de mi tiempo, de mi realidad y de mis sueños. No creo tener capacidad para inventar nada, sino para contar mi vida y otras vidas que me han sido contadas. Me siento responsable de lo que soy y respeto a extremo a mis lectores. Desde la literatura intento ser mejor persona y ayudar a otros a ese empeño. Por eso solo testifico mi verdad y bajo ninguna circunstancia estoy dispuesto a hacer concesiones.

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Presidente de honor de la 24 Feria Internacional del Libro. Sede: Santa Clara.

Presidente de honor de la 24 Feria Internacional del Libro. Sede: Santa Clara.

Ámbitos de una isla y un país llamado Santa Clara

Los críticos o promotores de la literatura cubana adoptaron el vicio de poner etiquetas a todos los que escribimos a partir de la década del 80. Me gustaría comenzar por algo tan simple como las influencias que pudo significar haber estado cerca, o tener contactos con grandes poetas como Heriberto Hernández, Sigfredo Ariel, Damaris Calderón, por sólo citar algunos.

Me siento parte de un grupo, una promoción, una generación –no me gustan las etiquetas y no tengo capacidad para teorizar en esos temas de la periodización literaria. Pero parte de un grupo que nos juntábamos para leernos nuestras últimas creaciones y recomendarnos lecturas. Entonces tuvimos mucho rechazo de las instituciones culturales y ninguna posibilidad de publicar y no nos quedó otra que unirnos y crear nuestros propios espacios que casi siempre eran los propios hogares. Me nombras amigos entrañables. A Sigfredo Ariel lo conocí a los doce años –juntos cursamos la secundaria y el Pre Universitario- y fue el primero en leer mis poemas.  Heriberto Hernández, a quien conocí en la lejana fecha del ochenta, fue mi  gran amigo. Apoyado por él fui a vivir a Matanzas, donde conocí  a Alfredo Zaldívar, Damaris Calderón y María Elena Hernández, Laura Ruíz, entre otros.   En aquella época –y ahora mismo– no era común que un creador dirigiera una institución como lo hacía Alfredo Zaldívar, que era el director de la Casa del Escritor. Gracias a su visión y laboriosidad, Matanzas se convirtió en aquellos años ochenta y pico en espacio para todos los escritores jóvenes; Nelson  Simón, Teresa Melo, León Estrada, Juan Carlos Valls, José Antonio Ponte, Camilo Venegas, Roberto Méndez, y muchos otros visitaban con frecuencia la ciudad. A todos ellos debo mis primeras lecturas, el aprendizaje a corregir un texto, a entregarme por entero a un oficio que llega a convertirse en una pasión.

 

El exilio, cruz o bendición según desde dónde se mira, fue un parte-aguas en las últimas generaciones. Entre los narradores, por ejemplo, en aquellos 80 comenzamos más de 50 y hoy apenas quedan unos ocho en la isla. En los poetas ha sucedido lo mismo: ¿Que trajo para ti, en materia sentimental y creacional, ese parte-aguas?
En la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami, Coral Gables.

En la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami, Coral Gables.

La partida de los amigos, sobre todo en las circunstancias de años atrás que era como partir para siempre, las he vivido con el dolor de una pérdida. Primero en mi propia familia y luego con mis amigos. Pero a escala de literatura, ninguno de los buenos poetas o narradores que decidieron marcharse de Cuba dejaron de ser parte de esa geografía imaginaria, que con petulancia, los escritores dibujamos al país. Al menos, eso creo. No por gusto acabo de publicar en la Editorial cubana La Isla Barataria, la antología Puede a veces parecer un bosque –título que tomé de un verso de Heriberto Hernández– de poetas cubanos residentes en Miami. Yo no los he dejado de leer, de saberlos parte de un pasado y un presente literario, no los he dejado de mencionar, ni de reconocer como amigos y parte importante de la lírica nacional. Es cierto que existen lagunas profundas en nuestra literatura –y nuestra cultura toda– porque desconocemos la obra más reciente de muchos de estos autores, como la mayoría de los que viven fuera de Cuba no conoce la nuestra. Aunque algunas de las editoriales en Cuba han publicado a autores que decidieron radicarse fuera de nuestra Isla, la mayoría, por prejuicios e incomprensiones de ambos lados, siguen siendo desconocidos para el público lector cubano aún cuando sus obras son parte importante de nuestra rica y diversa historia literaria.

 

Hay dos ámbitos que, lo sé, pueden considerarse esencias del amargor o el dulzor de tu obra: Cuba y Santa Clara, y me resulta curioso que, al leerte o escucharte hablar, tu ciudad adquiera el mismo peso de un país, un país entrañablemente propio, íntimo. Háblame de lo que han significado esos ámbitos para el desarrollo del escritor que hoy eres.

No sé si hubiera nacido en otro país u otra ciudad hubiese sido otra persona y por tanto haber escrito otra obra o haberme dedicado a otro oficio. No lo sé, porque todo en ese sentido sería especulativo. Pero yo tengo en Cuba y en Santa Clara mi lugar en el mundo. Encuentro en estos espacios mi inspiración y el motivo de mi obsesión por testificar lo que me parecen experiencias únicas por vivir justamente una realidad tan atípica. Y hacerlo desde Santa Clara, una ciudad del interior, me ha dado suficientes argumentos para todo lo que he escrito y quisiera escribir.  Por otro lado, la relación que uno establece, en un medio como el que vivo,  con los lectores, es muy singular y para mí sumamente agradable y provechosa. En Santa Clara muchas personas me conocen y hasta muchas se deciden a comentarme sus apreciaciones sobre lo que he escrito y darme argumento para futuros libros.  A estas alturas, me sería difícil vivir sin ese particular intercambio.

 

Pero hay otras ciudades que, en períodos muy distintos del pasado y el presente, te siguen alimentando, por vasos comunicantes con tu vida y obra que, creo yo, siguen siendo vitales: Matanzas, La Habana y Miami. ¿Qué te han aportado o aportan?
Con Alfredo Zaldívar, en Matanzas.

Con Alfredo Zaldívar, en Matanzas.

Yo llegué a Matanzas a finales de los años ochenta porque en Santa Clara se me habían cerrado todas las puertas. Era irreverente, como cualquier joven y entonces eso se asociaba a lo ideológico y por tanto se te ubicaba en el bando enemigo. Después de buscarme suficientes problemas con la mayoría de los funcionarios que entonces dirigían la cultura (por cierto muchos de ellos ahora residen en Miami y han asistido a las presentaciones de mis libros) decidí marcharme de mi ciudad natal. Intenté establecerme en la Isla de la Juventud y en Nuevitas, pero las referencias que llegaban a esos sitios sobre mí me lo impidieron. Fue cuando Heriberto Hernández, que había sido ubicado a hacer el servicio social en esa ciudad como recién graduado de arquitectura,  facilitó mi ida a Matanzas. Allí fue donde tuve por primera vez un trabajo en el sector de la cultura y donde pude hacer todo cuanto creía válido para promover la literatura, gracias al poeta Alfredo Zaldívar que me contagió con su entusiasmo y me sumó a todos sus proyectos. En Matanzas –donde nació además mi hija Salma– organicé recitales de poetas y trovadores, trabajé intensamente en las Ediciones Vigía y sostuve un proyecto cultural en la Librería El Pensamiento, que años más tarde se generalizó en todo el país como el Proyecto Ateneo. Allí  gané amigos que hoy son parte de mis afectos más queridos, como el talentoso escritor Aramís Quintero y su esposa Mariela Landa y el propio Zaldívar, a quien le debo todo lo que me ha sido útil hasta hoy en mi oficio de promotor cultural. En esa ciudad, además de haber logrado mi primer techo propio, publiqué mi primer poemario;  Breve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas. Supondrás que por todos  estos motivos es un sitio imprescindible y recurrente para mí.

Por muchos años, como la  mayoría de los jóvenes de provincia, quise establecerme en  la Habana, sin dudas una ciudad muy atrayente en lo cultural como la mayoría de las capitales del mundo.  Pero cuando esto se hizo posible ya no me interesaba dejar Santa Clara. Ahora es una ciudad muy hostil para mí, a la que voy cuando solo no me queda más remedio, que por suerte es muy pocas veces.

Hay un antes y un después de haber conocido y visitado –ya por dos veces– la ciudad de Miami. Sobre todo, porque la ciudad no se parecía en nada a lo que yo imaginaba encontrarme y más que eso porque allí viven afectos muy importantes para mí. En Miami me rencontré con parte de mi familia que hacía treinta años no veía y con muchos amigos que en épocas diferentes se fueron estableciendo en esa ciudad. Pude visitar la tumba de mi abuela paterna y compartir con una tía que es la única sobreviviente de mi familia paterna. Miami es el único lugar del mundo donde puedes reunirte con veinte y más cubanos a la vez, donde hay un movimiento de escritores que es atendible y donde a pesar de ser una ciudad muy grande y cosmopolita sientes una rara calidez que uno quisiera encontrar siempre que se tiene la posibilidad de viajar fuera de la Isla. Por otro lado aprecio el trabajo de muchas personas que se proponen convertirla en una ciudad letrada y de cultura.  Con una Biblioteca Cubana, en la Universidad de Miami, con una colección envidiable, junto a revistas literarias muy serias como Conexos y donde los escritores ganan cada vez más espacios para dar a conocer sus creaciones y libros.

 

Cuando dejamos de ser aquellas “jóvenes promesas de las letras” con las que tanto se refirieron a nosotros, adquirida ya cierta madurez creativa, descubrimos que aunque suelen vernos como seres aislados, independientes, que creamos mundos en nuestros cuevas de lobos solitarios, al mirar atrás con sinceridad encontramos nombres de otros escritores, cubanos o de eso que llaman “literatura universal” que formaron nuestro cimiento intelectual. ¿A quienes recuerdas en esos molentos?
En casa del poeta cubano José Kozer: Arístides, Reina María Rodríguez, la esposa de Kozer, José Kozer y Alfredo Zaldívar.

En casa del poeta cubano José Kozer: Arístides, Reina María Rodríguez, la esposa de Kozer, José Kozer y Alfredo Zaldívar.

Tengo una deuda eterna  a la pluralidad de lecturas que me posibilitaron los amigos de esa etapa de la juventud, por los que descubrí zonas fascinantes de la poesía francesa, norteamericana y española, junto a poéticas –entonces muy subestimadas– tan importantes como la de Eliseo Diego, Lezama, Fina, Gaztelu, Virgilio Piñera, Gastón Baquero. Con la poesía de Jorge Luis Borges tengo infinitas deudas, como la tengo con poetas más cercanos;  José Kozer, Lina de Feria, Reina María Rodríguez, y muchos otros más. Como vez, no tengo manera de pagar mis deudas, porque he adquirido muchas en todos estos años.

 

Según las circunstancias socio-políticas actuales, tal parece que los escritores latinoamericanos (y en especial, los cubanos) seguiremos siendo abatidos por esa polaridad compromiso social-escritor casi como una condicionante de la existencia. Es como si la discusión entre Camus y Sartre sobre el papel del escritor, de la que ya muy pocos se acuerdan en la actualidad, siga siendo una constante vital para el caso del escritor y el intelectual en América Latina. ¿Cuál es tu posición ante este “dilema”?

Estoy comprometido con la cultura cubana, siento que es a lo que le tengo que ser fiel y es mi único y real compromiso. Es mi apuesta más seria. No solo como escritor, sino como ciudadano. Por eso intento participar y entregarme. Participar de cuanto debate cultural se promueva y desde la más absoluta  honestidad hacer saber mi opinión, aún cuando no siempre se reciba con agrado. Nunca he sido un escritor encerrado en mi estudio. He sostenido por todos estos años una labor promocional de la literatura y la cultura en todos  los espacios que me ha sido posible: tertulias, peñas, la radio y la televisión, la prensa. Pero,  más que nada, defiendo esa convicción desde mi obra. Creo que la cultura es la espiritualidad de una nación. Es decir, lo que no debe dañarse. Entonces no tengo dilema alguno, contribuir a ello es mi compromiso.

 

Sobre Cuba, por diversas circunstancias históricas y políticas que bien conocemos los cubanos, cuando la mirada llega desde Europa y algunas otras latitudes, existe una  incómoda e idílica aureola que mezcla el exotismo, la falta de información y hasta las ilusiones políticas e ideológicas. Es una mirada que nunca permite entender la verdad y la realidad de nuestra islita. Cuba y sus circunstancias históricas y políticas ¿Qué significan para Arístides Vega Chapú?

Tal y como dices todos estamos muy marcados por esas circunstancias. Cuando un periodista te entrevista, las primeras preguntas –sino todas– intentan que te comprometas políticamente. Muy pocos indagan sobre tu obra, sino en cómo piensas, cuál es tu identificación política. Ser cubano y, en particular, un escritor cubano, te marca irremediablemente, para bien o para mal. Para algunos, el vivir en Cuba es un salvoconducto;  para otros, todo lo contrario; quedas al momento tachado y sin posibilidades. Lo cierto es que para  un sector importante de quienes les conviene dar esa imagen exótica de mi país rechazan cualquier otra manera de representar –con una mirada aguda, seria y responsable– la realidad cubana, que es tan compleja como atípica. Quizás por eso hay algunos escritores que, sin una sólida escritura, han ganado notoriedad y otros no son conocidos fuera del límite (impreciso) pero límite al fin de nuestra Isla. Intento vivir al margen de todo eso. Escribo con responsabilidad y hago saber de igual forma lo que creo de todo cuanto me rodea y me interesa, sin buscar la aprobación de nadie. La verdad de Cuba está en el futuro. Desde el presente solo me parece posible mirar con atención y sin prejuicios hacia todos lados para desenredar alguna que otra madeja e imaginar el país que queremos y merecemos.

 

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De visita en Pinar del Río. El Valle de Viñales, al fondo.

De visita en Pinar del Río. El Valle de Viñales, al fondo.

 

De su obra, sus fobias y visiones

Me gustaría comenzar con la idea de ubicar a los lectores en algunos aspectos de tu obra; es decir, qué dirías a una persona interesada en tus libros, para definir los sueños que tenías al escribirlos. Comencemos: yo menciono el título de alguno de tus libros y tú intentas dar esa definición en no más de un párrafo por obra.

Breve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas, de 1989, quizás tu primer libro publicado, que no escrito:

Estaba complacido y hasta fascinado con la ciudad  de Matanzas,  con sus paisajes y las personas que me habían acogido. Quise dejar constancia en ese libro de todo ese universo, nuevo para mí, que me encandilaba y me incitaba a la fé.

 

Ultimas revelaciones en las postales del viajero, aquel premio Pinos Nuevos del 94:

Bajo este título están los poemas salvados entre los primeros que escribí. Entonces era muy joven y me parecía estar fundando un país. Quise contar con sentenciosa entonación y un poderoso aliento a salmo bíblico, la trascendencia de mi cotidianidad,  el hábito de los días, mis nostalgias, al mismo nivel que, lo creía entonces, mis  conquistas.

 

La Casa del Monte de los Olivos, tu primer libro en UNION, en el 96:

Sigue siendo mi poemario preferido y con ello no quiero decir el más logrado.  Cuando vio la luz este poemario, un importante crítico dijo que “estamos en presencia de un poeta de insospechables posibilidades”. Pero entonces yo creí que esa era la Poesía porque fue el primer libro en el que me atreví a hablar de mí y de todo lo que me rodeaba. Mi mundo familiar y espiritual, que entonces y ahora lo he creído espléndido.

 

Dibujo de Salma, ¿homenaje a tu hija?, del 2006:

Tuve que estar un tiempo en Costa Rica (sin ser precursor de la emigración que hoy llena páginas de diarios, pues siempre tuve claro mi regreso) y la mayoría de esos  poemas se los escribí a mi hija en esa distancia en que la nostalgia y su falta me hicieron muy infeliz. Es un diario íntimo, una secreta conversación con mi hija que luego publiqué y ha sido mi libro más reeditado.

 

Que el gesto de mis manos no alcance, tu primera antología personal y, como si no fuera poco, con prólogo de Lina de Feria, en el 2008:

Fue una idea del poeta Jesús David Curbelo, entonces al frente de la redacción de Poesía de la Editorial UNION. Y las palabras de Lina, un milagro que le agradezco. El editor de la antología coincidió con ella en un bar de la Habana y en la conversación que establecieron salió que estaba trabajando en un libro mío y Lina le pidió escribir esas palabras de cariño y amistad que sirvieron de prólogo y que tanto me complacieron y estimularon.

 

Un día más allá, también del 2008, tu salto a la novela:

Tenía cosas que contar para las que la poesía no me era útil y decidí escribir esta novela teniendo muy claro todo lo que quería en ella testificar. La comencé a mano (no tenía ni máquina de escribir y mucho menos computadora) Estuve cuatro años trabajándola hasta que una madrugada tuve la certeza de que ya estaba terminada. La novela se publicó en Miami, por la editorial Bluebird, gracias a Heriberto Hernández y con la edición del poeta George Riverón. En la Editorial Letras Cubanas demoró ocho años para publicarse. No creo que la salida de ningún otro libro me haya traído tanta alegría.

 

Steinway & sons, hasta hoy tu novela más elogiada, del 2012:

Es una historia familiar real deslizada sobre la ficción. Una historia que quise fuera divertida, fácil de leer y  sumamente entretenida. Me propuse escribir de cómo había llegado mi familia de Siria a Nueva York para luego radicarse definitivamente en Santa Clara y todo lo que les ocurrió después de 1959. Una familia que a pesar de pertenecer a una clase media acomodada y haber perdido sus propiedades decidieron permanecer en Cuba. Una historia conmovedora para mí y trágica, aunque mi propósito era que los lectores se rieran. La novela fue publicada por la editorial madrileña Atmósfera Literaria y aún no ha tenido una edición en Cuba.

 

No hay que llorar, del 2011, un libro que, según recuerdo, resultó polémico, en la isla y el exilio:

Sumamente polémico porque en él junté testimonios de escritores sobre cómo habían vivido el Período Especial que como cualquier suceso cada cual lo vive y lo refiere de una manera diferente y no estamos preparados para la diversidad, ni la aceptación de criterios contrarios. Consideré que en ese contrapunteo, en el cual muchas de las vivencias de las testificadas se contradecían, estaba la riqueza del libro, que sigue siendo el único testimonio sobre ese período en Cuba, crucial para entender la historia presente de mi país. Sin dudas, ese llamado Período Especial marcó un antes y un después. Es, además, un libro que fue inclusivo para todo el que se animó a participar, viviera en Cuba o en cualquier otro lugar.

 

Doce plantas bajo el sol, una incursión en los cuentos, en 2012:

Vivo en un edificio que tiene doce plantas y por tanto múltiples apartamentos y muchos vecinos que responden a casi todos los matices de la sociedad cubana de hoy. Fue esa mi intención al escribirlo, mostrar esa diversidad que existe en un país que muchos aún  dan por homogéneo.  Fue mi primera experiencia en este género y ahora mismo acaba de salir la edición en Cuba por Ediciones Matanzas, justo cuando ya tengo dos nuevos libros de cuentos, uno de ellos Cascos negros de luz intensa, que verá la luz este año por la Editorial Capiro, después de obtener el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara del 2015.

 

Lluvia colorada, tu libro de narrativa más reciente, de este 2015 que despedimos:

Es el libro que mayor satisfacción me ha dado como escritor porque refiere la vida cotidiana de los cubanos ahora mismo y tuvo apenas unas escasas presentaciones en que se agotaron todos los ejemplares. Por varios meses tuve la experiencia de que las personas en la calle me lo comentaran, de que algunos me confesaran que sin ser lectores habituales lo habían leído y disfrutado. Es una novela muy crítica de nuestra realidad, pero desde mi verdad; es decir, desde la honestidad en que me enfrento a la escritura y me ha dado mucho placer que la escasa crítica que ha referido esta novela así lo destaca.

 

Algo elemental que ha llamado a muchos la atención: un poeta que, un día, decide escribir literatura infantil-juvenil, aún sabiendo que ese género en Cuba se consideraba (junto al policiaco) un género menor, aunque (por sólo citar dos autores “crecidos como grandes autores del género” en Santa Clara) ahí estén Luis Cabrera Delgado y Joel Franz Rosell para demostrar lo contrario. Háblame de ese tránsito.

En Cuba y en Santa Clara hay muchos buenos escritores de ese género. En Santa Clara, además de Luis Cabrera,  hay muchos otros talentosos escritores que destinan su producción o la mayoría de ella a este género, como  Mildre Hernández, que mereció el pasado año el Premio Casa de las Américas. Ciertamente, ha sido un género considerado menor, en mi opinión porque se ha publicado mucha mala literatura de este género, algo que creo se está revirtiendo con un pujante, diverso y muy bien preparado grupo de escritores, casi todos muy jóvenes, que han comenzado a mostrar libros escritos para los niños y jóvenes con un respeto máximo por el género.

Las primeras cosas que escribí en este  género las hice para mi hija. Se acercaba a la adolescencia y no le encontraba libros en la librería propios de esta edad en que no se es ni un niño ni un adulto. Y fueron todos tan bien recibidos al publicarlo que he continuado trabajando en este género. Los muchachos, además de ser en su mayoría sinceros, no se miden ni limitan, como los adultos,  para darte un criterio, aunque estos  sean negativos; por tanto,  son lectores muy honestos y agradecidos  y disfruto mucho del intercambio con ellos.

 

Una de las primeras cosas que me saltaron a la vista al leer tu narrativa es la asunción del escándalo como algo común, “normal-natural”, como diría una canción; es decir, sin el estruendo con el que mucha literatura cubana, en la isla y el exilio, cuenta ese “lento paso del mulo sobre el abismo” que son las circunstancias de nuestra vida en la “Cuba revolucionaria”. Me gusta porque es un signo de que no buscas “vender” con el “tema cubano”, pero no falta en tus cuentos, en tus novelas, una mirada crítica a nuestra realidad. ¿Qué piensas sobre ese dilema de vivir y tener que escribir de un país al que se mira desde tantos puntos de vista contrapuestos en lo ideológico y lo idílico?

Nunca me ha interesado estar en una ni en otra lista, más bien me complace no estar en ninguna (tal y como ha sido casi siempre).  Aún cuando creo saber de qué manera se puede acceder a un éxito efímero, pero complaciente y gratificador, no me interesa para nada otra cosa que ganar lectores con lo que escribo, pero sin necesidad de hacer concesión alguna. Cuando uno sabe su lugar y solo pretende  satisfacer con honestidad una necesidad como lo es la escritura, sin buscar la aceptación de ninguno de los poderes literarios existentes alrededor de uno, sino solo escribir con responsabilidad e intentar publicar lo que se quiere compartir, a sabiendas que es solo mi verdad, pero mi verdad,  no hay nada que temer. Al contrario de cuando se quiere escalar, ascender y se está dispuesto a cualquier concesión, a sostener un discurso hipócrita o una doble moral que desgraciadamente está muy generalizada.  Lo primero que tengo claro es que este es un oficio que exige mucho sacrificio y nada gratificante en lo económico. Un oficio en que se está siempre en peligro de tener detractores, porque uno siempre refiere una realidad desde el punto de vista particular que puede o no complacer a los demás. Pero es el que escogí y he sido consecuente y gratificado por ello.

 

Sé que será un cliché, una pregunta gastada o quizás tonta, pero esgrimo toda la cursilería que escondo y te lanzó una pregunta que muchos intentan responderse, desde aquella vez en que Bécquer la respondió, tal vez para ligarse a una hermosa mujer: ¿Qué es para ti poesía?

El discurso de la verdad. El único discurso de la verdad.

 

Recuerdo que en mis primeros años, los poetas eran poetas, los cuentistas eran cuentistas, siguiendo una absurda regla impuesta por las estructuras de promoción literaria: tenías que hacer algo notable en un género para ser mencionado y luego poder saltar a otro. Recuerdo que mis maestros literarios (Aida Bahr, Heras León, Salvador Redonet) me decían que el salto a la novela era algo impensable a nuestra edad, un gran riesgo. Y hasta existía la creencia de que un poeta podía incursionar en el cuento, pero jamás en la novela, algo que luego desmintieron algunos poetas (pienso en Efraín Rodríguez Santana y Reina María Rodríguez, que fueron de los primeros en dar el salto en esos años). ¿Cómo y cuándo supiste que debías saltar a la novela? ¿Qué miedos o retos tuviste que enfrentar?
El novelista Lorenzo Lunar Cardedo presenta "Lluvia colorada", de Arístides Vega Chapú, en Santa Clara.

El novelista Lorenzo Lunar Cardedo presenta “Lluvia colorada”, de Arístides Vega Chapú, en Santa Clara.

Lo primero que debo decirte es que soy considerado solo un poeta. Encontrarás muy pocos que me nombren como narrador, a pesar de los varios libros que ya he publicado en estos géneros. Pero el haber escrito una primera novela cuando tenía más de quince poemarios publicados no me ha permitido (tampoco he hecho nada por ser aceptado) entrar a los predios de los narradores cubanos.

Decidí escribir mi primera novela, Un día más allá, cuando tenía una acumulación de experiencias que me eran vitales contar y supe que no podía ser desde la poesía. Estaba cercano a los treinta años y la escribí con muchos temores. De entrada, ahora cuando la releo, me doy cuenta que recurrí  a estructuras y recursos narrativos innecesarios  solo para demostrar que era narrador.  Ya hoy no me pasa eso.  Escribo con soltura, con libertad. Disfruto escribiendo la narrativa, sobre todo porque me creo con todo el control y las armas para llevar la historia por donde quiero. La poesía es como un soplo divino.  No la puedes escribir cuando tú lo decides. Es indispensable eso que algunos llaman inspiración. Con la narrativa es solo oficio y sentarte a trabajar, de esa manera llega la inspiración y solo tienes que serle fiel.  Yo no decidí ser poeta, pero sí narrador.  Esa es para mí la diferencia entre un género y otro.

 

Al mirar tu obra es fácil constatar también tu preferencia por dos elementos que, puede decirse, son tipificadores de lo cubano: el humor, por un lado, y por otro, una especie de amor-odio por la Historia, así, escrita con mayúsculas.  Me gustaría que me hablaras de esos dos elementos.

Es muy inteligente tu apreciación. Muchas personas  refieren mi humor como una virtud y yo creo ha sido una coraza, en lo personal,  porque soy tímido. Pero tengo, a estas alturas,  asumida esa característica como manera de proyectar  el discurso que refiero en mis obras. El cubano vive una cotidianidad estresante, llena de  limitaciones e incertidumbres. Si le vas a referir en tu obra esa cotidianidad creo que es mucho mejor recibida si lo haces desde el humor, sobre todo desde el absurdo que tanto tiene que ver con nuestra realidad.

Si escribo del entorno que me circunda es obvio que estoy constantemente refiriendo la historia de mi país. Pero la historia, como se sabe, la escriben los vencedores y yo intento  escribir desde la visión de los vencidos. Mis personajes casi siempre son personas comunes,  esas que la historia no tiene en cuenta. Por tanto, de cierta forma, creo un contrapunteo entre la supuesta Historia  (oficial) y la historia que sirve de estructura a mi ficción.

 

Quiero ahora meterte en camisa de once varas, y es que eres de esos escritores que viajan a Estados Unidos en este período en que se habla de “intercambios culturales” (cuestionables porque sólo se producen en un sentido). ¿Cómo ves ese tan debatido asunto del intercambio cultural y de que algunos escritores del exilio estén publicando en editoriales de la isla, aunque sean acusados por algunos colegas del exilio de “dialogueros”, y cosas peores?
En Miami, con los poetas Félix Anesio, Juan Carlos Valls y Alejandro (Alex Papagayo) Fonseca.

En Miami, con los poetas Félix Anesio, Juan Carlos Valls y Alejandro (Alex Papagayo) Fonseca.

Hemos estado muy alejados del mundo, pero aún más de los Estados Unidos y, lo que es peor, de una ciudad como  Miami donde hay tantos cubanos. Me place ver síntomas de que algo está cambiando para bien de un intercambio que, aunque perezoso, hace escasos años atrás no era posible. Me complace, porque me parece legítimo y necesario,  cuando un escritor cubano que vive en cualquier lugar del mundo puede llegar a su país y mostrar su obra. Es algo que he defendido. En la pasada Feria del Libro, en Santa Clara tuvimos de invitado a Carlos Pintado, un pinareño que vive en Miami y al que la Editorial Capiro le publicó un poemario. No es un hecho aislado, aunque por desgracia aún no llega a ser común. Creo en el intercambio, en la importancia de confraternizar aún cuando se tengan maneras de pensar muy diferentes. Yo no pienso igual a todo el que tengo a mi alrededor, por lo que estoy preparado para intercambiar con cualquiera, aún más si es mi colega, viva donde viva y piense como piense.

Siempre existirán detractores. A mí me gusta mucho escuchar ideas diferentes a las mías, porque de algún modo te obligan a pensar, a cuestionarte si  tienes o no la verdad.  No creo en la unanimidad de pensamiento porque todos tenemos un presupuesto vivencial  muy diferente. Pero reconozco también que hay personas, en ambos  lados,  con una rigidez impresionante. Son esas las personas que si hay intercambio están molestas y, si no lo hay, igual, que cuestionan a cualquier escritor cubano que viva en el extranjero si tiene la posibilidad y la voluntad de publicar en Cuba, de la misma manera que critican que no sean publicados esos mismos escritores en nuestras editoriales.  Son los mismos que te critican por no tener una actitud que no tuvieron ellos cuando vivían en Cuba, los que te acusan de oficialistas por vivir en tu país.  Pero creo que estas personas están en minoría y eso también es una suerte.

 

Otro tema espinoso: la cultura cubana en la isla y la cultura cubana en el exilio, dos escenarios, ¿una misma cultura?

Martí vivió muchos años fuera de Cuba y es el más venerado de los cubanos. Creo que cualquier escritor cubano, viva donde viva, no deja de serlo y mucho menos de aportar con su obra a eso que reverenciamos como Cultura Cubana.  El poeta José Kozer, a cuya poesía recurro muy a menudo, es un escritor cubano, aún cuando lleva muchos más años viviendo en los Estados Unidos que los que vivió en su país natal. No solo porque escribe en español, sino porque piensa como un cubano. Por eso he pedido públicamente se le tenga en cuenta para el Premio Nacional de Literatura.  Desde la fundación de nuestra nación, Cuba ha sido una isla infinita. Estamos hablando de escritores, pero es válido esto para todo artista.  Nadie puede negar la cubanía de Celia Cruz, como tampoco la cubanísima luz de la pintura de Tomás Sánchez.

 

En una visita que hice a tu casa en Santa Clara hace ya unos años, creo que en el 2001, acompañado si no recuerdo mal por Lorenzo Lunar, hablaste de la suerte que yo había tenido, pues empezaba a ser conocido fuera de Cuba con mis novelas publicadas en España gracias a la promoción que desde Semana Negra hicieron de mi obra el inolvidable amigo Justo Vasco y el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II, gestores de ese evento. Miro ahora tu currículum y veo que has logrado mucho. ¿Qué sueño literario te queda aún por cumplir?

En el sentido profesional, mi único deseo es seguir ganando lectores; puedo prescindir de todo lo demás.

Asediado por sus lectores.

Asediado por sus lectores.

Pregunta socorrida, pero siempre necesaria: ¿qué escribes actualmente?

Escribo un libro de poemas que por ahora se llama Los otros destinos, junto a una novela que tiene por título La yema del dedo índice que cuenta  la vida de un joven que ha intentado  muchas veces salir clandestinamente del país.