Murasaki Shikibu: la permanente belleza de las cosas frágiles.

Arturo González Dorado

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Hace poco más de mil años, la señora Murasaki Shikibu, futura dama de compañía de la emperatriz Akito, fue en busca de inspiración al templo de Ishiyama-dera, en Otsu, a poca distancia de Heian Kyo, la actual Kioto; el 4 de agosto del año 1004, en una noche de luna llena, Murasaki, sentada en la galería del templo, sintió que la inspiración venía sobre ella, tomó su pincel y comenzó a escribir la primera novela moderna de la historia y una de las más grandes obras jamás escritas, el Genji Monogatari, la novela de Genji, literalmente, lo que se relata de Genji.

Poco se sabe de la vida de Murasaki Shikibu, ni la fecha exacta de su nacimiento ni la de su muerte están claras, puede haber nacido en el 973 o 978, y haber muerto en el 1014 o el 1031. Era hija de un cortesano de rango medio, perteneciente a la poderosa familia de los Fujiwara, su abuelo y su bisabuelo fueron grandes poetas. Incluso su verdadero nombre es desconocido, Murasaki es un sobrenombre. En el Japón de la era Heian (794 a 1185) llamar a alguien por su nombre propio era considerado de muy mal gusto, así las personas se llamaban por apodos, o atributos de su cargo o personalidad. Shikibu se refiere a Shikibu-sho, el Ministerio de Ceremoniales donde su padre fue funcionario, y Murasaki puede derivarse del color violeta de la glicina, o más probablemente del nombre del personaje de su novela Murasaki, el gran amor del príncipe Genji.

Pero el que se conozca poco de la vida de Murasaki es en realidad de muy poca importancia, en su obra su persona irradia a través de los siglos con una fuerza abrumadora. Murasaki Shikibu es uno de los genios más grandes de la literatura de todos los tiempos.

Parece ser que la emperatriz la hizo llamar a su compañía al llegarle noticias de la obra en progreso, el Genji Monogatari, y otro sobrenombre por el cual se le conoció Nuestra Señora de las Crónicas (Nihongin no tsubone) le fue otorgado cuando el emperador, al oír leerle capítulos del Genji exclamó admirado ante la enorme erudición de Murasaki “esto son los Anales del Japón”.

Muy pronto la novela (Murasaki insistía en que era una novela y no una crónica, como algunos en su tiempo pretendían verla) se convirtió en un clásico del Japón. A diez años de terminarla la emperatriz ordenó que copias de la obra fueran distribuidas en todas las provincias, y en un siglo era unánimemente reconocida como una obra maestra.

Murasaki escribió además, un diario y un libro de poemas, ambos obras magistrales en sí mismas, pero es en la Novela de Genji donde su influencia penetró definitivamente al Japón.

Del mismo modo que Homero definió la cultura Griega, y de paso a todo occidente, que Shakespeare marcó un antes y un después definitivo en la lengua inglesa, y en la literatura mundial, y que Cervantes dio comienzo a la novela moderna en Occidente, la obra de Murasaki influyó radicalmente en toda la literatura japonesa hasta la actualidad.

Hubo que esperar no obstante hasta que en 1933 Arthur Waley la tradujera al inglés para que fuese conocida en occidente.

Comparable con Guerra y Paz, con Balzac, con Shakespeare y Cervantes, y especialmente con Proust, la obra de Murasaki es enorme en extensión, más de 400 personajes que aparecen como el ritmo de la vida, tejiendo la historia alrededor del príncipe Genji, ese seductor exquisito, condenado a la búsqueda de la perfección, del eterno femenino, y luego, en la parte final, conocida como Los libros de Uji, en sus descendientes.

Como toda obra maestra es imposible clasificar el Genji monogatari, un fresco de la época Heian, de ese momento único en la historia donde se creó una oficina de la poesía, donde hubo más escritoras que escritores, donde los nobles se comunicaban por medio de poemas y el culto a la belleza y la naturaleza era religión.

A la manera proustiana los personajes van modificándose con la vida, y uno de los motivos de la novela, el principal motivo, la impermanencia de todo lo existente, y la enorme belleza de esa misma impermanencia se va haciendo como el rocío en la mañana, o como la nieve en una noche de luna llena que los personajes contemplan embelesados: una nostalgia espiritual y estética que ocupa el centro de todo, el anhelo de la búsqueda de Genji  por el eterno femenino y en la tragedia del amor en sus descendientes.

Pero no se puede reducir la novela a una trama, es mucho más que eso. Murasaki, como no había hecho nadie antes que ella, y como no hizo nadie en occidente hasta bien entrado el siglo XIX, se adentra en los vericuetos del alma humana, en la sicología de los personajes.

Si en los primeros capítulos su pincel aún no tiene total dominio de los recursos (una atmosfera de cuento de hadas irradia desde la juventud de Genji), poco a poco su maestría va trazando personajes e historias y momentos, alcanza cúspides de belleza, y de humor, porque la ironía, muy a la manera proustiana, es otra de las grandes virtudes de Murasaki.

No hace falta tener un conocimiento pleno del Japón Heian para sentir la grandeza de la novela, no hace falta saber que escribió cuando el Japón estaba afirmando su propia identidad y separándose de la influencia China, tampoco es necesario conocer profundamente el budismo, ni el que las novelas fueran en su tiempo consideradas más propias de mujeres que de hombres, como todo gran autor Murasaki traspasa el tiempo y la geografía y la historia, y siendo su obra profunda y totalmente japonesa, es absolutamente universal.

Del mismo modo que los personajes de Proust se hacen parte de la vida del lector, así los hombres y mujeres de Murasaki resultan compañeros para siempre de sus lectores.

Sus personajes se inspiraron en seres que ella conoció, pero al igual que en Proust son también su creación. Como sólo los más grandes pueden hace Murasaki creó una realidad ficticia que diez siglos después nos resulta más real que la realidad misma. Al igual que Hamlet está más vivo que los príncipes de la Dinamarca medieval, o que la guerra de Troya es imposible de imaginar de otro modo a como la describe Homero, el mundo de Murasaki atraviesa el tiempo y nos habla aquí, ahora, desde lo más profundo del alma, en lo eternamente actual de la aventura humana.

Antecesora de Freud en 1000 años, sabía que los afectos son la búsqueda de algo anterior, de algo perdido, de lo que platón llamaba las ideas.

Uno de los momentos más estremecedores de la novela, cuando el príncipe Genji posee por primera vez a Murasaki, a quien había educado como una hija, y quien será su eterno amor, resume la maestría de la autora.

“Durante las semanas que siguieron el príncipe Genji no podía quitarse a Murasaki del pensamiento; le parecía incomparable, la mujer que se acercaba más a su ideal de perfección que había hallado en el mundo. Como la muchacha ya había dejado de ser demasiado joven para el matrimonio, le insinuó repetidas veces sus sentimientos y anhelos, pero ella no parecía entenderlo. Cuando estaban solos, jugaban algo o a las adivinanzas chinas. Murasaki era muy lista y sabía complacerle de mil maneras. Genji, que hasta entonces no había contemplado en serio la posibilidad de convertirla en su esposa, tomó al fin la decisión, aunque sabía que la muchacha se resistiría y se sentiría muy incómoda en los primeros tiempos.

Un día Genji se levantó de la cama temprano, pero Murasaki permaneció en el lecho hasta muy entrada la mañana. ¿Qué había sucedido entre los dos[…]”

“vientas que la atendían estaban perplejas. Antes de abandonar la estancia, Genji introdujo una caja-escritorio detrás de las cortinas de la cama. Al encontrarse sola, Murasaki levantó la cabeza de la almohada y descubrió una hoja de papel doblada, escrita con una caligrafía sin pretensiones. El poema decía así:

«Hemos pasado muchas noches como dos hermanos. Tarde o temprano, tenía que llegar el momento.»”

La sutileza, la insinuación, el poder del deseo, y sus trampas, y la belleza de esa condición efímera del pasar, van de la mano de Murasaki como el sonido de sedas en la penumbra:

“Súbitamente, una ráfaga de viento providencial tumbó el kichó que la ocultaba a su vista, y la dama se levantó de un salto para ponerlo de pie otra vez. Por un instante sus miradas se cruzaron. Genji quedó absolutamente fascinado por la hermosura de la dama y, acercándose a la cortina con paso firme, le susurró con voz implorante:

—¿Por qué no tocas algo para mí en este koto del cual tanto he oído hablar?

»Ojalá hallara a alguien con quien compartir mis pensamientos, y así poder librarme de una vez por todas de mis tristes sueños.

Ella le respondió:

—Te diriges a una para quien la noche no tiene fin. ¿Cómo quieres que distinga los sueños de la realidad?”

Y la propia autora habla con sus lectores futuros, uno la siente en toda su exquisita sensibilidad, inteligencia y feminidad llega atravesando el tiempo a hablarnos al oído:

“En otro momento me extenderé sobre la sorpresa que tuvo su tía al regresar a la capital y encontrar a su sobrina tan bien instalada, así como sobre la alegría y el sentimiento de culpa que se apoderaron de Jiju, pero lo cierto es que en este momento me duele la cabeza y me siento un tanto deprimida. Si se presenta la ocasión y no se me ha olvidado del todo, volveré sobre el tema en otro punto de esta obra.”

Ciertamente, aunque había una tradición de monogataris en el Japón de Murasaki, uno no puede dejar de preguntarse cómo pudo crear algo tan grande.

Lo que dijo Montaigne en alabanza de Homero se aplica perfectamente a Murasaki:

“Es contrario a la naturaleza que haya hecho la más excelente creación que pudiera jamás ser; porque las cosas normalmente nacen e imperfectas, luego crecen y ganan en fortaleza según lo hacen. Tomó la poesía y varias otras ciencias en su infancia y los llevó a la perfecta, total madurez. Uno puede llamarlo el primero y el último de los poetas, de acuerdo al tributo que nos ha dejado la antigüedad: que, no teniendo predecesor que imitar, no tuvo sucesor capaz de imitarlo.”

En una escena desgarradora, poco antes de morir la protagonista, el gran amor de Genji, Murasaki, sostiene este diálogo con su nieto:

“—Si me voy —le dijo—, ¿me recordarás?

—No quiero que me dejes —le contestó el niño—. Te quiero, abuela, te quiero más que a mi padre y a mi ” “madre. Te prohíbo que te vayas.”

Todo el dolor, toda la tragedia de la muerte, está dicha en esas pocas palabras, ese grito desesperado del niño “te prohíbo que te vayas”. Y un poco más abajo, la descripción de la muerte de Murasaki:

“La emperatriz tomó su mano y la miró a los ojos. Sí: era como el rocío a punto de evaporarse. Al punto enviaron docenas de mensajeros a encargar más servicios religiosos. En otras ocasiones se había recuperado de crisis como aquélla, de modo que Genji confiaba en que aquella «posesión» acabaría por pasar. Cumpliendo sus órdenes, los clérigos pasaron la noche entera luchando por derrotar a los malos espíritus, pero esta vez sin resultado alguno. Con la primera luz del alba Murasaki se fue para siempre.”

Pero Murasaki Shibuko, la autora del Genji Monigatori, a quien el nombre por el que sería recordada para la posteridad puede traducirse “la que escribió de Murasaki” no se ha ido para siempre. Desde su Japón Heian, desde su mundo de poesía y música y refinamiento atraviesa el tiempo:

 “Cuando toco el koto para mi propio solaz, bastante mal, por cierto, en la brisa fresca del anochecer, me preocupa que alguien pueda oírme y advertir que no hago más que «sumarme a la tristeza general». ¡Ay de mí! De modo que ahora mis dos instrumentos, el de trece cuerdas y el de seis, permanecen en un pequeño cuarto miserable y negro de hollín, pero siempre con las cuerdas a punto. Debido a mi negligencia —olvidé, por ejemplo, hacer retirar los puentes en los días lluviosos—, han acumulado polvo y reposan entre el armario y un pilar.”

Y cuando se describe a sí misma en su diario, viene, como los personajes inolvidables de su novela a decir la grandeza de la literatura, la permanente belleza de las cosas frágiles:

“«Hermosa pero tímida, poco amiga de miradas ajenas, retraída, amante de las viejas historias, tan aficionada a la poesía que casi todo lo demás no cuenta para ella, y desdeñosa del mundo entero, he aquí la opinión desagradable que la gente tiene de mí. Y, sin embargo, cuando me conocen me consideran dulce y muy distinta de lo que les han hecho creer. Sé que la gente me tiene por una especie de proscrita, pero me he acostumbrado a ello y me digo para mis adentros: «yo soy como soy».”

 

 

Del Autor

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Arturo González Dorado
(Cienfuegos, 1971). Narrador y ensayista. En 1991 fundó en su ciudad natal, junto con un grupo de amigos, un movimiento artístico llamado “Movimiento Extropista”. A causa de ello fue expulsado de las universidades cubanas definitivamente.

Ha obtenido numerosos premios en concursos literarios dentro de Cuba. Colabora frecuentemente con revistas literarias y culturales de España y Estados Unidos. Actualmente reside en Londres.Tiene publicada la novela Taedium Vitae I (Editorial El barco ebrio, España, 2012).