Los tiempos que corren en Cuba son de mucha incertidumbre. Nadie sabe hacia dónde va esta isla del Caribe. Un país militarizado hasta límites insospechados, dónde los Derechos Humanos no se respetan.
Hasta el pasado 16 de octubre escucharle decir a los amigos que la policía política era un monstruo, me parecía exagerado. A pesar de haber vivido y sufrido muy de cerca los atropellos contra mis amigos Guillermo Vidal, Luis Felipe Rojas, Michael H. Miranda, Amir Valle, Ángel Santiesteban, por solo citar unos pocos nombres; guardaba la esperanza de que fueran solo equivocaciones.
Y es que los esbirros no se equivocan, están preparados para matar, y cuando ese momento se les presenta, matan.
El 16 de octubre después de salir de la casa de Guillermo Fariñas, al disponerme a viajar a Oriente, o sea a las provincias orientales donde vive mi familia, y llegarme a Bayamo, donde me esperaba el escritor y amigo Eduard Encina para darme su opinión de una novela que me revisaba, cuál no sería mi sorpresa cuando, después de haber estado guareciéndome de un aguacero en la esquina de la calle Colón y Carretera Central en la ciudad de Santa Clara, apareció una patrulla con dos policías y un boina negra que, bajándose del auto, y diciéndome: “no digas nada”, me hizo un nudo los dos brazos y de un empujón me lanzó en el asiento trasero y, ya dentro, me esposó las manos en la espalda.
Recorrieron la ciudad con un poeta secuestrado: eran las cuatro de la tarde de un día lluvioso.
El destino fue una Unidad de la Policía en las cercanías de Planta Mecánica. Me tuvieron detenido-secuestrado hasta las nueve de la noche, en un local de interrogatorios, sentado en una silla con sus patas empotradas en el piso, recostada a una pared que tenía la silueta de todas las cabezas de opositores y disidentes que han pasado antes que yo por aquel local de muerte donde, más que interrogarme, pretendieron una vez más convertirme en un vulgar chivado, con amenazas, y chantajes, donde incluían a miembros de mi familia y amigos.
A las diez de la noche, me dejaron en la Terminal de Ómnibus Nacionales para que hiciera botella hacia Oriente. Luego, me sentí perseguido a lo largo del país.
Pensé que todo había concluido ahí, pero no: a las diez de la noche del 7 de noviembre iba con el escritor y amigo Argenis Osorio al concierto de la trovadora Yaima Orozco en la UNEAC de Santa Clara y, cuando íbamos llegando al Boulevard, chocamos con cuatro boinas negras, entre los que se encontraba uno de mis secuestradores el 16 de octubre. Para demostrarle que no le guardo odio ni rencor, le extendí la mano y lo único que atinaba a decir era: “Tú eres un contrarrevolucionario y yo no saludo a los contrarrevolucionarios”; lo repetía como un disco rayado.
No dije nada y seguí mi camino. Pero al que pareció ser el jefe, no le bastó, y me gritó: “Párate ahí, so contrarrevolucionario”.
Yo me detuve y le escuché decirme: “Tú eres un contrarrevolucionario, y eso que has hecho es una provocación. Si te vuelves a encontrar con nosotros y nos vuelves a provocar, te damos una paliza que te vamos a matar”.
Yo seguí para el concierto de Yaima Orozco, donde nos esperaban otros amigos con sus esposas e hijos, y por más que tratamos de disfrutar las canciones de la trovadora, no pudimos y nos marchamos a las calles de una ciudad repleta de policías por todas partes.
Ahora sé que siendo un niño, casi adolescente, estuve como otros miles de cubanos, en un campo de concentración para infantes inocentes: El Mijial, en el municipio Puerto Padre, provincia de Las Tunas, donde hice mis estudios secundarios. El lugar había sido una unidad militar, tenía garitas por todo el perímetro y dos almacenes militares con armamentos custodiados por oficiales.
Cuba siempre ha sido un Campo de Concentración; por eso aun todos tratan de escapar de sus alambradas, de la maldita circunstancia del agua por todas partes.
Quiero compartir con ustedes un poema que publiqué en el número 34 de la Revista Nacán.
Y es que los amigos nos sorprenden hasta cuando se asustan.
Uno de esos amigos con los que aun cuento en este terror de Isla en el que vivo, después de enterarse de mi secuestro y de las amenazas de muerte que he recibido por parte de miembros de la policía política, me hizo llegar este trozo de dolor que se convirtió en poema.
El rey va a morir
Y nadie se atreve a jugar con la cadena…
Hijos míos,
no permitan que sobre mi cuerpo en el ataúd,
los esbirros pongan sus manos
manchadas con sangre inocente.
Poema abierto
(Para el poeta Rafael Vilches Proenza, su vida ahora corre peligro en Cuba, solo por pensar distinto).
Tenía los ojos tristes,
los zapatos viejos, y nadie me quería,
pero tenía cosas que hacer.
C.B
Los peces verdes de cabeza negra
se han apostado esta noche entre la luna y las algas.
Tristes bestiecillas disecándose, pudriendo los canales de la sangre,
revolotean como mariposones de piel verde y cabeza negra,
revuelcan su estiércol en sí mismos.
Su estiércol de malas luces en las amplias avenidas.
En las amplias avenidas de su crueldad,
no hay testamento porque su vida no existe,
sólo queda el terror, la crueldad multiplicada,
y los gritos.
A los peces verdes de cabeza negra
le asiste la fama de sus gritos
de las amenazas y los huesecillos quebrados.
Los peces verdes de cabeza negra
son expertos rompedores de huesecillos,
clavículas, codos, y rodillas.
Van de fiesta cuando cumplen el plan de huesos,
y han pintado las amplias avenidas con la sangre de sus víctimas.
Cuando en el silente cristal en que residen
en la torre inmaculada de sus sueños vuela una mosca.
Los peces verdes de cabeza negra,
tienen los ojos inflamados de tantos años sin llorar,
la boca cuarteada de los días tragando películas y películas
sobre la historia que han inventado para su cerebro de peces.
Tienen las alas rotas que simulan restañar,
y los dientes blanquísimos
como la espuma humillada de sus víctimas,
y no mueren.
Los peces verdes de cabeza allá en la plaza
palmotean una bandera y cantan
confundidos en la turba libres de pena.
En su interior muchos hijos,
muchos pececillos transparentes, mueren y mueren
dibujan en el agua salvaje,
el sepulcro imperial de la temida esperanza.
