La inmortalidad finita

Jorge Chavarro

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La inmortalidad que solo dura un día. El éxito, esperado o no, nos hace percibir que muchas cosas pueden ser inmortales, o llegar a serlo.

A lo mejor era mi cuarto año de bachillerato y el recuerdo es el de un paseo que asocio al salón de clases situado al fondo del primer pasillo y en el inicio del segundo, el salón más cercano a la oficina del rector.

 

Semanas antes fui por primera vez solo a un baile y ahora estaba en mi primer paseo también sin compañía familiar, a los del año anterior mis padres no me permitieron ir por los temores que expresaban acerca de los peligros por no se cuantas cosas. Ahora en cuanto al paseo, probablemente ocurrió primero que el baile, pero no importa el orden, lo válido es la canción y la rumba en torno a ella.

Era algún hotel en Honda, el puerto sobre el Magdalena. Las mesas cercando la piscina a prudente distancia con el restaurante al igual que la cocina situadas enseguida en una empalizada hermosa, y ese conjunto adobado de paseadores, es decir los muchachos, nosotros en vestido de baño; eso de las bermudas no recuerdo que se usara; y el paseo nuestro salpicado por otro, el condimento inesperado ante el cual se notaban nuestras caras de sorpresa y alegría, aunque a mí la timidez me doblegaba.

Que maravilla, un colegio de niñas en el mismo plan y lugar nuestro, inicialmente por acuerdo tácito ubicados en extremos opuestos pero luego mezclados alrededor de la piscina, y el comienzo inevitable del baile; el escenario hecho, en una carpa la rocola y el espacio para pista de baile; ahora, ¿bailar yo?, por entonces ni siquiera lograba mover las piernas con algo de ritmo.  No recuerdo rasgo alguno de nuestras parejas pero si claramente la música, especialmente una canción que por años me gustó hasta la fascinación que precede los olvidos; la escuché por primera vez ese día, “Domingo por la tarde” se llamaba, y era domingo comenzando la tarde; no recuerdo quienes habrán sido autor e intérpretes pero en los años siguientes siguió siendo una de mis favoritas; la música porque era una canción sin letra.

Lo curioso es que habiéndome gustado tanto hoy no soy capaz de recordar su ritmo y tararearla, pero si la escuchara, de inmediato la reconocería y podría tararearla de principio a fin, solo requiero que se hale un poquito del hilo del recuerdo.  Estoy seguro que era una música inmortal no solo para mí sino para muchos de mis amigos de esa juventud temprana; he preguntado ahora por ella, cuarenta y tantos años después nadie la recuerda, la inmortal de entonces, ha muerto.

 

Del Autor

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Jorge Chavarro
Medico colombiano residente en Houston, Texas. En diciembre de 2014 se graduó en la maestría de español y literatura hispanoamerica en la Universidad de Sam Houston de Huntsville, Texas. Espera comenzar su doctorado en las mismas áreas el próximo otoño.