Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, febrero 2009, año 3, número 06
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Todo por la patria: Lorenzo Silva y su contextualización en la novela policiaca española

 

Salvador A. Oropesa
Associate Professor
Department of Modern Languages
Kansas State University

Página 1

En 1998 Lorenzo Silva publica El lejano país de los estanques, novela en la que presenta al sargento Rubén Bevilacqua y a la agente Virginia Chamorro, pareja de la Guardia Civil de “la unidad central” (Alquimista 14) de Madrid y cuya especialidad es la de resolver crímenes difíciles. El superior de ambos es el comandante Pereira y él es quien los pone juntos a trabajar al considerar que formarán un buen equipo. En El lejano país se cuenta la primera misión importante de Chamorro; se da por sobreentendido que Vila ya ha estado en otros casos importantes y que tiene una buena reputación en el Cuerpo. A Rubén Bevilacqua se le conoce como Vila, ya que su apellido extranjero es de difícil pronunciación.

La primera reacción del sargento cuando se le comunica la identidad de su nueva compañera es de rechazo, pero en el transcurso de la novela va a conocer y reconocer las facultades intelectuales y la impresionante belleza física de la guardia a la que compara en varias ocasiones con Verónica Lake (Lejano 120, 237 y Alquimista 113, 252). Vila sólo la conocía de oídas, muy superficialmente y su impresión era la de una chica inexperta y joven, 24 años, y que en la unidad tenía fama de lesbiana y de no ser muy femenina. El alias de Chamorro es “machorra” en un ingenioso y grosero anagrama.

La pareja queda bastante bien definida en la primera entrega, aunque su relación se refina en la segunda, El alquimista impaciente del año 2000. Se da por hecho de que en el intervalo entre las dos novelas han trabajado en diferentes asuntos pero no de la suficiente importancia para el lector como para que merezcan una novela. Chamorro tiene en la segunda novela 25 años, es decir, los personajes por ahora están creciendo en edad. No se ha anunciado aún cuándo aparecerá la tercera entrega de la serie, si es que ésta va a existir. En un artículo publicado en El País el 31 de marzo de 2001, el periodista A.C. da la siguiente curiosa noticia:

Silva es autor de novelas como El alquimista impaciente, con la que ganó el premio Nadal 2000, protagonizada por una pareja de detectives (…) de la que ha vendido más de 200.000 ejemplares. Su incursión en el género negro le ha procurado, además de un buen número de lectores, un público bastante fiel entre los propios miembros de la Guardia Civil o de la policía, quienes, además de leer sus novelas, acuden a las presentaciones o actos públicos en los que participa para hacerle alguna objeción o para darle algún consejo.

 

Antecedente necesario. Plinio, Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso.

El lejano país de los estanques fue finalista del premio Nadal y El alquimista impaciente ganó este mismo galardón. Esto emparenta, al menos superficialmente, a estas novelas con Las hermanas coloradas de Francisco García Pavón que ganó el Nadal en 1970. Plinio, el protagonista de las novelas de García Pavón, jefe de la Policía Municipal de Tomelloso, es el primer detective strictu senso en la historia de la literatura española. Las palabras clave aquí son dos. La primera es literatura, ya que nos estamos refiriendo a novelas publicadas en editoriales respetables (Destino con Plinio y Vila y Chamorro, y Planeta con Carvalho, por ejemplo) y dirigidas a un público que normalmente consume literatura distribuida en librerías y bibliotecas. Este público se contrapone al de kiosko tipo novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Por primera (segunda palabra clave) se entiende que Plinio protagoniza un corpus de novelas lo suficientemente extenso como para constituir una serie y tener un público lector familiarizado con la idiosincrasia de los protagonistas y su entorno. Anteriormente a Plinio se habían publicado novelas en ediciones baratas de bolsillo que formaban parte de series y que se vendían en kioskos, por ejemplo, la “Biblioteca Oro” de la Editorial Molino (Cf. Colmeiro 137). Algunos de estos autores españoles usaban seudónimos que simularan ser anglosajones o extranjeros, como J. Lartsinim, anagrama de Ministral (Ibid.). Estos datos aparecen con detalle en el trabajo de José F. Colmeiro, quien ha hecho un estudio excelente en el que presenta la historia de la novela detectivesca española desde su aparición hasta Vázquez Montalbán. José Valles Calatrava, La novela criminal española de 1991, en el que se historia toda la novela española de esta naturaleza, desentierra otro antecedente que a nosotros nos interesa, la novela Corpus de sangre en Toledo (1985) de Vicente Alejandro Guillamón en la que el detective es el comandante Silva de la Guardia Civil. Más conocida es la novela Picadura mortal (1979) de Lourdes Ortiz en la que la protagonista es Bárbara Arenas, la primera mujer detective de la literatura española.

Mi base para estudiar a Plinio es que es una pieza clave para la comprensión del sargento Vila y la guardia Chamorro. Para Colmeiro las novelas de Plinio son una transición entre la modernidad representada por el género policiaco y el mundo tradicional y rural de La Mancha. A partir de El reinado de Witiza (1968) las historias tienen la extensión de una novela. Dice Colmeiro:

El misterio o caso policiaco es meramente el hilo central alrededor del cual se engarzan múltiples pequeñas historias y situaciones que constituyen la verdadera razón de ser de la obra (152).

Con esta fórmula García Pavón escribió ocho sólidas novelas de género1, algunas de ellas excepcionales. Lo que se consigue con este corpus es la creación de una auténtica novela policiaca española, autóctona y original, ya que no se trata ni de la novela sajona (Doyle o Christie) ni de la negra norteamericana (Chandler o Hammett), en todo caso el policía manchego se parecería más a la novela sociológica de Simenon (Ibid. 153). Plinio, jefe de la policía municipal de Tomelloso, no posee cualidades sobrehumanas, simplemente conoce a su gente y es un buen jefe. Patricia Hart (y Colmeiro coincide con ella) leen a Plinio como un hombre quintaesencialmente español, o si se prefiere, un hombre como se ha representado tradicionalmente al español. Tomelloso se encuentra cerca del centro geográfico de la península, en la nada exótica La Mancha como Cervantes ya nos señaló, y su protagonista aspira a representar al español normal y corriente. Por supuesto, somos conscientes de las trampas ideológicas que existen tras la representación de este supuesto Juan Español con sus (supuestas) virtudes ancestrales: estoico, intuitivo, paternalista, noble son algunos de los adjetivos que Colmeiro usa en su descripción. Al mismo tiempo no se debe desdeñar su aparición. Plinio y su compañero, don Lotario están imbuidos del “espíritu del pueblo”, un volksgeist manchego y español. García pavón reafirma la existencia de una España, intrahistórica, noventayochista, democrática, plural y potencialmente abierta a las transformaciones de la sociedad, si es que éstas vienen, tampoco se las busca. De todas las misiones de Plinio ésta es la más importante, la de poner junto un espíritu del pueblo español que permita la construcción de una sociedad democrática y burguesa que complete la sociedad libre en lo económico que se está construyendo en España a una velocidad desconocida en la historia universal.

Existe una relación causal entre las digresiones de las novelas de Plinio y el whodunit, aunque hay que reconocer que cuando la serie decae hay un desequilibrio ya que las digresiones se convierten en centrales. Ambos elementos están intrínsecamente unidos, especialmente en las grandes novelas de la serie como El reinado de Witiza, Las hermanas coloradas y El rapto de las Sabinas. La acción de las novelas de la serie es contemporánea, es decir, leído a posteriori este corpus se convierte en una de las mejores crónicas del tardofranquismo. Plinio, y su Watson, don Lotario están interesados en los cambios que transforman a la sociedad, aunque no están obsesionados con ellos. Plinio y Lotario no huyen de la realidad, sino que la aceptan porque ésta es inexorable, porque los cambios están ahí y nada se puede hacer por evitarlos. Lo que sí es muy importante es que ellos engarzan la nueva España con la otra modernidad que ellos conocieron, la de la II República. Plinio y Lotario son si se quiere franquistas pasivos pero reconocen que para que la nueva España tenga lógica tendrá que incorporar una serie de valores de la República que han permanecido latentes en la sociedad. Colmeiro resume sus ideas sobre Plinio del siguiente modo:

Las claves ideológicas de García Pavón y de su mundo narrativo seguirán claramente estos mismos modelos liberales. Su visión del mundo va a estar marcada por un sentimental apego a los principios liberales básicos de libertad, propiedad individual y democracia, un notable escepticismo frente a las grandes narrativas totalizadoras (llámense Iglesia o partido), un poderoso sentimiento de nostalgia por un pasado, tanto histórico (liberal, republicano) como personal, que no es posible realizar en el presente, y una inclinación natural hacia la honda lamentación más que la denuncia estricta (xxiii).

Si se da por buena la tesis de Ramón Buckley de que el franquismo construyó su propia oposición cuando necesitó legitimarse tras la apertura de 1959 y las protestas de 1968, se explicaría perfectamente la aparición de un guardia municipal del aparato represor franquista pero que es un liberal al mismo tiempo. Juan Carlos Rodríguez ha repetido en varias ocasiones que en España no había novela policiaca por la sencilla razón de que no había policías sino torturadores. Este sería el caso de Plinio, no es un torturador, cuando es duro con un criminal lo es dentro de unos parámetros que se considerarían estándar en las policías de comienzos de los años setenta en países democráticos, al menos según nos han llegado por la cultura popular (Cf. Valles 82).

Rafael Conte ha señalado con acierto que el fracaso de la novela social de los cincuenta tiene dos razones fundamentales, por un lado el que los escritores olvidaron la parte estética empeñados como estaban en hacer política y la segunda, que la España tercermundista y atrasada que representaban no se correspondía con la realidad de crecimiento económico que la gente experimentaba. García Pavón no cae en ninguno de estos dos defectos. La representación de la realidad española es de un realismo a ratos galdosiano a ratos con la belleza del realismo rural de Delibes y la brutalidad de Camilo José Cela, pero todo ello en un estilo personal que no es imitación directa de nadie. La percepción de la profundidad de los cambios es la que se encuentra en el Juan Marsé de Últimas tardes con Teresa. El cuidado estético de las novelas de García Pavón es por momentos exquisito, creando algo así como la agro-novela, en el sentido que se ha hablado de un agro-pop en música, por ejemplo. Es el ruralismo de Delibes sólo en parte, es más una estetización del slang rural y una crónica de testimonio antropológico de tradiciones seculares que se pierden y de nuevas tradiciones que se crean por el impacto de las nuevas tecnologías y el cambio a una agricultura industrializada. Serían los primeros cuadros de costumbres de la postmodernidad, por ejemplo, el culto a la cerveza de Plinio y don Lotario, especialmente en un pueblo vinatero. Plinio y Lotario son conscientes de que hasta cierto punto no existe la identidad cultural colectiva, o que ésta es una fantasía, que la sociedad española es plural. A ellos les gustan muchas cosas del pasado, pero del mismo modo aceptan las nuevas realidades culturales que van llegando a Tomelloso en particular y a España en general. Colmeiro va incluso un poco más lejos:

La narrativa de García Pavón destaca por la originalidad de formas y planteamientos dentro de la novela española de posguerra. Por un lado abre la puerta de un neocostumbrismo desusado al que se da nuevo empuje. No se trata ya de la simple búsqueda de tipismo y color local al punto decimonónico sino que hay un auténtico afán de sumergirse en la cultura popular, en la intrahistoria colectiva de su pueblo y rescatar los ecos del pasado (xxxvii).

El caldero de oro (1981) de José María Merino o El jinete polaco (1991) de Antonio Muñoz Molina son reelaboraciones de esta misma técnica.

Esta actitud realista persiste en Bevilacqua en tanto que narrador de sus propias historias, quien independientemente de sus opiniones acepta la realidad sin imponerle sus apriorismos. Al igual que Plinio, Bevilacqua o Vila tiene fuertes opiniones sobre muchas situaciones y no duda en prodigarlas por la novela. Esto explica bastante del éxito de la serie de García Pavón y el de esta segunda, incipiente, posible serie. Al lector le gustan estas opiniones, a veces políticamente incorrectas, que tal vez él o ella no se atrevería a compartir en público y que vicariamente ofrecen el placer de pertenecer a una comunidad silenciosa, la de los gente de bien, no dogmática, imperfecta, incluso feliz, y por supuesto, pequeño-burguesa.

Dice Colmeiro acerca de Plinio:

En su obra se da una mezcla muy personal de elementos heterogéneos, e incluso frecuentemente antagónicos, sin parangón en la narrativa española de posguerra. Así se yuxtaponen aspectos tan dispares como la descripción costumbrista y la reflexión metafísica, el tono lírico y humorístico, la memoria del pasado y la crónica del presente, la aflicción sentimental y la tendencia hacia lo grotesco, todos ellos a su vez en una rica mezcla de lenguaje popular y lenguaje educado, sin caer nunca en la vulgaridad ni en el pedante academicismo (xxxviii).

Estas palabras se podrían atribuir a las novelas de Silva y se podría añadir que otro elemento común es el de clase, Plinio y Vila pertenecen a una clase media baja, a la pequeño-burguesía del folletín decimonónico con lo que se entroncan con la literatura decimonónica realista y/o melodramática.

 

El crimen.

Una novela que vamos a relacionar con las de Silva es Vendimiario de Plinio de 1972. En términos más modernos la novela de García Pavón es homofóbica y sería políticamente incorrecta, pero en ella encontramos representados homosexuales tanto masculinos como femeninos, bisexuales, hippies, emigrantes, el consumismo, la eficiencia de la tecnología, tanto las sofisticadas maquinarias para la vendimia y producción del vino como la eficiencia de los cuerpos policiales españoles y su excelente comunicación en el periodo anterior a los ordenadores. Se habla en Vendimiario de Plinio de justicia social y del anacronismo de instituciones como la figura de la solterona o el señorito. Todo esto en una novela no del realismo social y/o socialista tipo Alfonso Grosso sino en una novela que a falta de otro adjetivo se podría calificar de centrista, de liberal-conservadora. El mismo Don Lotario representa su anacronismo doblemente, en tanto que ex-señorito y en tanto que ex-veterinario, ya que ha desaparecido el ganado caballar que solía atender. Su símbolo de la nueva España es su seiscientos y que sirve de medio de transporte en sus pesquisas policiacas, en una perfecta combinación casi utópica del policía Plinio y el ciudadano Lotario, es decir, de lo público con lo privado. Las novelas se convierten en crónicas de una España que desaparece, en la que los cambios se producen a gran velocidad y en la que la masiva emigración a la ciudad pone en peligro la preservación de tradiciones y la continuidad de historias que se han venido transmitiendo por generaciones. Y, por supuesto, en una España que emerge, pujante, dinámica, periférica, a 80 kms/h como el seiscientos de don Lotario por las carreteras de Ciudad Real.

En las películas slasher hay que tomar el cuerpo descuartizado de una joven como metáfora de una anomalía en la sociedad. En la primera película del slasher moderno, en Halloween (1978), las que son asesinadas son jóvenes que han mostrado un deseo sexual. El cuerpo acuchillado de la víctima es una metáfora del horror de la sociedad conservadora contemporánea a lo que se percibe como una interminable sexualización de la juventud femenina, y que en realidad no es más que un síntoma de la debilitación del patriarcado.

Vendimiario de Plinio, al igual que las novelas de Silva, comienza con un cuerpo asesinado en una posición monstruosa. Leamos el ejemplo de García Pavón:

Dativo se dejó el cigarro en la boca, apoyó los codos sobre el mármol y dijo, mirándolos con gran solemnidad:

—¡San Antón y su gorrino! ¡Qué estropicio!… en mi vida había visto, y ni siquiera fantaseo, un muerto, mejor dicho, una muerta, en semejante postura.

Plinio y don Lotario se miraron. Y este último, impacientísimo y con los labios secos, saltó:

—¿En cuál postura? (Plinio.)

—Con el culo en pompa y destapao. ¡Toma puñeta!

Y antes que los justicias reaccionasen:

—Con el culo en pompa, destapao, y una calcamonía en cada mollete (18-19).

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