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Poco a poco conoceremos más detalles de la víctima, como su edad, el que es una anciana con “el culo arrugado”, el que su posición inverosímil se debe a que está encajonada, conoceremos que lleva ropa corriente. Pistas, piezas de un rompecabezas que hay que recomponer y que interpretar para explicar la metáfora del cadáver. Toda la novela va a consistir en indagar el enigma que la muerta presenta, no solamente quién la mató o quién no la mató, ya que la solución en este caso es que se trata de un cadáver abandonado de alguien que falleció de muerte natural. Los comentarios sociales de Plinio son los que interpretan a la anciana en tanto que metáfora. Si es una anciana representa al pasado; al que en vez de tratarlo con el respeto que la tradición ordena, ha sido objeto de la irreverencia, lo que se está convirtiendo en típico en una sociedad que se está aculturando debido al rápido progreso. La anciana se convierte en anacrónica al aparecer sobre su trasero calcamonías, concretamente de labios, seguramente algo parecido al símbolo de los Rolling Stones, aunque éstos no se nombran en la novela de García Pavón.
Vila y Chamorro heredan de Plinio un respeto enorme por la víctima. La víctima es un perdedor o una perdedora y exige que las fuerzas del estado, democráticas en el sentido de que sirven a todos, pongan el poder del aparato común en descubrir a los asesinos, que la policía en vez de ser un aparato represor defienda a la gente menos favorecida.
Silva continúa esta técnica, ya que sus dos novelas comienzan con un cadáver en una posición monstruosa y que sirve de metáfora para explicar un apartado de la sociedad española actual:
Perelló aspiró fuerte a través del pañuelo y sentenció:
—Vaya par de peras.
—Si usted lo dice, mi brigada-admitió Satrústegui, con disciplina pero sin énfasis, respirando cautelosamente a través de su pañuelo para que no llegara demasiado el hedor (…) Está muerta, mi brigada. Y mire cómo la han dejado. Es una putada. No sé cómo tiene estómago para pensar en eso.
—Todos nos morimos, Satrústegui. Hay que buscarle alicientes a la vida.
Cada uno a su modo ambos tenían razón. La mujer estaba colgada por las muñecas, completamente desnuda. Habían pasado la cuerda por encima de uno de los travesaños que servían de decoración falsamente rústica al salón del chalet y habían debido izar el cuerpo antes de atar el cabo de la cuerda al pomo de una de las puertas. La punta de los pies estaba a unos cuarenta centímetros del suelo. Tenía un tiro en el cuello y otro en el cráneo, un poco por encima de la sien izquierda. No habían sido disparados a bocajarro y no había excesiva sangre. A primera vista no se advertía ninguna otra señal de violencia, aunque la piel de las muñecas estaba ligeramente desgarrada. El cuerpo había adquirido un tono amarillento, pero mantenía la mínima tersura necesaria para que Perelló pudiera ponderar sin escrúpulo el atractivo físico de la víctima (12).
Las dos citas, la de Silva y Pavón, comienzan con expresiones populares, irreverentes, que atentan contra el decoro que merece la presencia de un cadáver. En ambos casos se trata de una puesta en escena para confundir a la policía. En la novela de García Pavón la persona que hace el comentario humorístico es un manchego de no mucha educación. En el caso de Silva son dos guardias civiles, uno joven, vasco, el otro mayor, mallorquín, y con las connotaciones propias de la palabra “brigada”, suboficial del ejército con muchos años de servicio. En la primera novela se sorprende al lector mediante la introducción de un campesino divertido, exótico, especialmente para todo el que no sea manchego. En la novela de Silva se juega sobre todo con la sorpresa de que el guardia civil sea vasco. De hecho esta “anomalía” se explica tan pronto como ocurre. Dice Satrústegui:
—Si imaginación no me falta. No vaya a creerse que en todo Amurrio hubo otro chaval al que le diera por hacerse txakurra (11).
La primera página de la novela de Silva da las pautas ideológicas en las que se va a mover. La España que se va a presentar es la posnacionalista, la que predican intelectuales como Fernando Savater, Patxo Unzueta, Jon Juaristi, e incluso Antonio Elorza. Esto sin olvidar nombres como Antonio Muñoz Molina, Juan Marsé, Rosa Montero o Mario Vargas Llosa o el cineasta Julio Médem. De hecho, El lejano país de los estanques tiene dos Juan Español, Vila y el brigada Perelló, representantes de dos generaciones diferentes pero complementarias. Por supuesto, Chamorro simboliza a la nueva mujer española, a la que nadie le regala nada, y que “triunfa” (su triunfo es ser guardia civil) a base de un esfuerzo sobrehumano. Por ejemplo, aprendemos que Chamorro se hizo guardia civil porque suspendió las pruebas de entrada a las tres academias militares, todo ello a pesar de que su padre es coronel de infantería de marina. Es decir, en esta novela se representa el tradicional enchufe español como una institución en vías de desaparición.
En la primera novela de la serie de Vila y Chamorro la descripción del cadáver y su posición es científica, fría, se hace notar la belleza de la finada solamente porque es un dato objetivo. También hay un comentario social, la decoración falsamente rústica de un chalet para turistas. El turista sólo puede comprar y disfrutar de un simulacro de autenticidad, lo que se le vende es solamente una apariencia.
El estado español decide traer a uno de sus mejores detectives, Vila, porque “que no les quepa duda [a los teutones] de que la justicia funciona en este merendero gigante que tanto le quiere y les necesita” (28). Estas son las palabras de un superior. Una turista austriaca ha sido asesinada y hay que convencer a los turistas y a la prensa alemana que en España un crimen así no queda impune. Es decir, el crimen se resuelve por motivos económicos y sociales y no por la importancia de la persona en sí. La resolución del enigma es importante por motivos no intrínsecos al cuerpo/metáfora sino porque la modernidad española está en juego, la modernidad en tanto que mercado, se entiende.
Pasemos al tercer cadáver de este corpus novelístico y analicémoslo. En este caso éste es el primer párrafo de la novela:
La postura era cualquier cosa menos confortable. El cuerpo estaba boca abajo, con los brazos extendidos en toda su longitud y las muñecas amarradas a la pata de la cama. Tenía la cara vuelta hacia la izquierda y las piernas dobladas bajo el vientre. Las nalgas se sostenían un poco en alto sobre los talones y entre ellas se alzaba merced a su imponente curvatura, un aparatoso mástil de caucho rojo rematado por un pompón rosa (Alquimista 13).
Siguiendo la misma fórmula que en las dos novelas anteriores, se sigue la descripción con el comentario grosero, humorístico y de asombro:
—No sabía que los fabricaran así [el dildo]-dijo Ruiz, perplejo.
—El personal tiene mucha imaginación para estas cosas-observó con estoicismo el sargento Marchena, su superior inmediato.
—Pues la combinación resulta de chiste.
—Según lo mires, cabo. El peluche quedará muy cómico, pero el artefacto debe de doler un huevo-calculó el sargento, con gesto aprensivo--. Y si se sujeta así de tieso es que tiene dentro un buen trozo (Ibid.).
Si el primer cadáver es el de una mujer extranjera, el segundo es un cadáver nacional, masculino, el de un ingeniero de una central nuclear, muerto en la cima de su carrera, cuando pluriempleado en empresas de concesiones de contratas municipales y de desarrollo de urbanizaciones ha cruzado el umbral de la clase media, para colocarse en los primeros escalones de la clase alta. Es decir, es un advenedizo que intentó subir demasiado rápido y muere en el intento. La moral de la novela tal vez se halle aquí, no se opone nadie al ascenso social, de hecho es positivo y constitucional, pero si se hace entrando en la ilegalidad y la corrupción, el individuo debe de ser castigado y es la obligación moral del estado de encargarse de esto. De aquí podemos pasar al siguiente punto que sería el de la lucha de clases.
Lucha de clases.
Se ha dicho anteriormente que las novelas de García Pavón no repiten los errores de la novela social, que consistían en olvidar la parte estética y en presentar una España tercermundista que ya no se correspondía con la realidad de una España en vías de desarrollo y que estaba entre las primeras diez potencias industriales del mundo. Silva también aprende la lección, sus novelas son válidas desde un punto de vista formal, el registro de hablas según clases sociales y origen, las descripciones exactas, los comentarios mordaces, la perfección de la intriga y el representar una España realista con diferentes clases sociales y grupos con diferentes orígenes, poder adquisitivo y educación. Pero sobre todo sus novelas siguen la tradición de la novela detectivesca de hacer literatura social, al menos según la tradición del hard boiled norteamericano y que llega a autores contemporáneos norteamericanos como Elmore Leonard o James Elroy vía Raymond Chandler o Dashiell Hammett.
De nuevo hay que comenzar con García Pavón como antecedente necesario. Entresaquemos varios ejemplos de éste para poder así comentarlos. Por ejemplo, en Una semana de lluvia de 1971, cuatro años antes de la muerte del dictador, habla Maleza, uno de los guardias municipales, que está dialogando con Plinio y don Lotario:
—Ya le digo que la pobreza afina el ingenio. El mundo está hecho tan malamente que la única forma que tenemos los miserables de defendernos de la injusticia, es con levas.
—Cualquiera diría que nosotros somos unos capitalistas-protestó Plinio.
—A mi lado, desde luego. Yo sólo tengo el jornal de guardia…Y le advierto a usted que a mí no me molesta que haya ricos. Lo que a mí me jode es que los hay porque otros no comen. Que no crecen los ricos por arte de milagro, sino por el de llevarse los del prójimo.
—Me vas a resultar un socialista-murmuró don Lotario.
—Ni socialista ni leches, cabal y nada más que cabal. Que ustedes, los de la burguesía, a todo lo que no les conviene le ponen nombres malos, y le llaman delito… Usted no sabe lo que es ver correr el mes, y que te llega el día 20 sin una chapa y a comer de fiao. (71)
La cita no necesita mayor explicación, pero hay dos verdades absolutas, una es la de la mala distribución de la riqueza y la otra es la de las etiquetas, cómo la ideología dominante las usa para imponer su criterio. El otro punto es que un policía municipal franquista en realidad es un proletario explotado que vive en la pobreza cuando la clase media española está llegando a unos números de bienestar desconocidos en la historia del país, lo que en las novelas se describe mediante atascos de coches y tractores e infinitas cervezas con gambas en todos los bares del pueblo.
Tras resolver el caso de El rapto de las Sabinas (1968) se le concede a Plinio la cruz del mérito provincial y es nombrado comisario honorario. En el discurso que lee ante las fuerzas vivas del pueblo más el gobernador civil de la provincia, don José María del Moral, Plinio lee lo siguiente:
Al fin y al cabo, señores, las mayores injusticias del mundo no las cometen los malhechores que solemos apresar los policías de cualquier cuerpo. Estos malhechores suelen ser pobres enfermos, seres maltratados por la naturaleza; o miserables con hambre de generaciones, que abandonó esta sociedad tan primitiva que todavía padecemos. Las mayores injusticias del mundo, las que causan el mal de legiones de criaturas desde la prehistoria, son obra de hombres y grupos que lejos de ponerse al alcance de los profesionales de la justicia, suelen poseer y enseñorear lo mejor del mundo. (252)
El narrador, un personaje que coincide con los apellidos del autor, García Pavón, comenta que a muchos de los comensales no les gustó este discurso, pero se lo perdonaron por ser Plinio quien era y muchos pensaron que el autor del discurso había sido el mismo García Pavón.
Lo que no deja lugar a duda es el punto de vista liberal en el que se mueve Plinio y en su análisis correcto de la sociedad, es decir, en primer lugar que vivimos en un mundo no muy desarrollado. La historia de España tiene apenas tres mil años, miles de esos años se ha vivido en sociedades sacralizadas con reyes absolutos. La experiencia liberal y democrática apenas tiene doscientos años y aún así la mayoría de esos años han pasado bajo gobiernos conservadores cuando ha habido suerte y reaccionarios en el peor de los casos, desde Fernando VII a Francisco Franco hemos padecido una interminable lista de impresentables espadones. Se reconoce en las novelas de Plinio que se vive en un mundo injusto donde la distribución de la riqueza es imperfecta y que en la mayoría de los casos el denominador común que comparten los criminales es el de la pobreza. De todos modos esto no implica que Plinio no acate la legalidad vigente, franquista, que no la haga cumplir, pero de la forma menos represiva posible, ateniéndose al espíritu de la ley y no a su letra. También este tipo de discurso está perfectamente enmarcado en la trama amena de la novela. Las novelas no son moralistas como las de la novela social. No se olvide que García Pavón era catedrático de teatro y que en 1962 publicó Teatro social en España, es decir, conoce perfectamente el material literario con el que trabaja en tanto que historiador y crítico profesional de la literatura, y es lo suficientemente perceptivo como para haber aprendido qué es lo que funciona en la literatura social y qué es lo que no funciona, y cómo el discurso directo, plano, demagógico, exagerado, maniqueo no llegan al público y que sólo convencen al ya convencido. El proceso de hacer literatura social dentro de la literatura de entretenimiento ha de ser sutil y sobre todo ha de ser buena literatura con un cuidado por la estructura de la obra y la exquisitez del lenguaje, que son características de las novelas de la serie de Plinio.
Treinta años después el sargento Vila comparte el mismo análisis de la situación que antes había hecho Plinio. Salvando las distancias, Vila es un nuevo Plinio, por ejemplo, en un momento dice de sí mismo: “un hombre poco moderno y algo burdo como yo” (Lejano 130). La novela que se plantea como lucha de clases es la segunda, El alquimista impaciente, que está inmersa en la cultura del pelotazo, aunque esta palabra clave no aparece en la novela.
Cuando Vila y Chamorro visitan la central nuclear en la que trabajaba la víctima, Trinidad Soler, se enteran del nivel de vida del occiso. Los dos guardias civiles sienten “estupor” (46) cuando descubren que el finado se estaba construyendo un chalet de 400 metros cuadrados y conducía un BMW. La policía tiene que luchar con exiguas fuerzas y presupuesto contra grandes empresas y corporaciones que cuentan con muchísimos recursos. Al lector español mínimamente versado en la situación política no le es nada difícil situarse. En un restaurante conversan Zaldívar, un hombre de negocios español y la guardia Chamorro:
Dos o tres de los intelectuales que pontifican en la radio sobre lo divino y lo humano, de esos que denuncian el hambre del Tercer Mundo y siempre están del lado de los justicieros, se pliegan como servilletas ante un empleado mío, el director del periódico en el que escriben una columna idiota que les vale doscientas mil pesetas extras al mes. ¿Y para qué las quieren? Ninguno las necesita para no pasar hambre, o para que sus hijos tengan techo y ropa. Son para vicios. Los vicios que halagan su vanidad, pero no les salvarán nunca (…).
Chamorro no le dejó ir:
—¿Tienes un periódico?
—Tengo cinco-confesó Zaldívar, un poco avergonzado.
—Qué mas da. Mañana puedo venderlos… (196)
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