OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

Logotipo de la revista OtroLunes
Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
otrolunes.com >> Sumario >> Unos Escriben

El Quijote en las raíces de la novela contemporánea

 

 

Página 2

En El Quijote, lo metaliterario impregna toda la narración, en recursos de esta clase que pueden parecer burla pero que resultan invenciones o reinvenciones originalísimas. Ya he señalado cómo, en  los poemas que suceden al prólogo, se da una vuelta de tuerca a la tradición, pero para introducir como referencia real un humor que tiene como tema central la literatura y sus personajes: Urganda la desconocida, Amadís de Gaula, Belianís de Grecia, Oriana,  Orlando Furioso… Y también he apuntado cómo,  en el momento del escrutinio de los libros, cuando el Ingenioso Hidalgo ha regresado a su casa tras la primera salida, aparece entre los libros que el cura y el barbero examinan la Galatea de Miguel de Cervantes, de quien el cura se declara gran amigo. El propio narrador entra en la novela al principio del capítulo IX, para explicar al lector cómo encontró casualmente en Toledo la continuación de la historia, en unos papeles escritos en árabe cuyo autor era Cide Hamete Benengeli. Claro que en los libros de caballería se alude con frecuencia a los supuestos transmisores de las fabulosas historias, pero  una enérgica vuelta de tuerca en esta línea de ficción, la entrada del recurso en la modernidad, la da Cervantes cuando,  al principio de la segunda parte, hace que el Bachiller Sansón Carrasco informe a Sancho Panza de que anda ya en libros la historia de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y este se lo cuente a su amo:

“y dice que me mientan a mí con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.

_Yo te aseguro, Sancho _dijo don Quijote_, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.

_Y ¡cómo -dijo Sancho- si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!”

Pensar que el propio Cervantes, burla burlando, se sintiese a sí mismo el sabio encantador que intervenía en las peripecias del desventurado hidalgo y su escudero, y hasta narraba su historia, nos llevaría a un punto muy interesante, pues cabría entonces la posibilidad de que don Quijote tuviese razón, y los molinos fuesen verdaderos gigantes, y los rebaños auténticos ejércitos, y las modestas ventas soberbios castillos. Sería la intervención del mago, ese intermediario que, además, confiesa estar transmitiéndonos un texto ajeno, la que está manipulando la realidad de los sucesos. Quede ahí esa ambigüedad al menos como uno de los posibles efectos del juego de apócrifos y el espejo metaliterario, que aparecen en El Quijote de una manera revolucionaria, como un modo de elevar la novela hacia lo que en estos tiempos de progresos astronómicos pudiéramos llamar un “hiperespacio textual”, que tiene la extraordinaria ambición,  no de poner el libro en la realidad de la vida, sino de meter la realidad de la vida dentro del libro.

En la misma segunda parte, en el capítulo XLIV - “Como Sancho Panza fue llevado al gobierno y de la extraña aventura que en el castillo sucedió a don Quijote”- el autor señala, incidiendo en el juego del apócrifo, lo siguiente:

“Dicen que en el propio original de esta historia se lee que      llegando Cide Hamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito”

Para algún crítico, como Clemencín, esto es, simplemente,  un galimatías. Sin embargo, una lectura contemporánea nos permite encontrar en ello el colmo del artificio. Ya no se trata de que, en un momento determinado,  Cervantes inmovilice a don Quijote y al Vizcaíno con las espadas en alto porque confiesa no saber cómo continúa la historia, y que, tras rebuscar en el Alcaná de Toledo,  encuentre unos papeles que le hacen conocer  la solución, ni se trata de la remisión al autor verdadero, Cide Hamete Benengeli, que habría sido traducido por otro antes de que el texto llegase al autor que nos transmite la obra, sino que hay un texto anterior y superior a todos, el texto de verdad originario,  donde no solo están escritos don Quijote y Sancho y los personajes y lugares de sus hazañas, sino también Cide Hamete escribiendo El Quijote y su traductor traduciéndolo, e incluso siendo infiel al texto auténtico. Es decir, hay la posibilidad de que exista un Hiperquijote en el que estemos sus lectores y hasta yo mismo escribiendo estas notas una mañana de principios de un otoño que trae las primeras y deseadas lluvias…

La imaginación de la cadena de textos que se van antecediendo puede hacernos sentir vértigo, pero desde luego ha sido fecundísima en esa tradición a la que han rendido tributo  Pirandello, Unamuno, Borges, Bioy, Cortázar o Calvino, por citar solamente algunos de los grandes maestros contemporáneos. Aunque no hay que olvidar que el gusto por el apócrifo, por el personaje fabuloso de que el autor es un mero intermediario, está firmemente asentado en la tradición ibérica, más que hispánica. Apócrifos burlescos creó Quevedo, contemporáneo de Cervantes, aunque ha sido el siglo XX el que ha conocido algunos especialmente singulares, como el Juan de Mairena y los poetas que imaginó Antonio Machado, y aquel pintor Jusep Torres Campalans que Max Aub dice haber conocido en Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas, precisamente con motivo de una conferencia para celebrar los 350 años de la primera parte del Quijote y recordar que en 1590 Cervantes había solicitado del Rey, infructuosamente, “la gobernación de la provincia del Soconusco”.  Aunque los apócrifos más famosos del siglo  han resultado los inventados por el portugués Hernando Pessoa:  Alberto Caeiro, Antonio Mora, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y tantos otros del drama em gente que constituye otra de las más singulares invenciones literarias de la historia.

También hay en El Quijote una asombrosa perspectiva metaliteraria, bastante conmovedora, cuando el lector escucha al héroe invocar al mago o al cronista que un día narrará sus hazañas y lo hará famoso. Leídas en la conciencia de la fama realmente adquirida por el libro, tales invocaciones nos hacen pensar en su valor profético. Puede que haya sido una mera fórmula para incrementar la idea de locura y arrogancia ridícula del caballero, pero desde la proyección actual es al menos sorprendente su segura insistencia  en la fama de sus hazañas,  que los siglos no se cansarán de pregonar. Si en ello se refugiaba una irónica satisfacción del escritor desconocido y menospreciado que fue Miguel de Cervantes entre los más notables colegas de su época, no cabe duda de que contenía una intuición clarividente, y ese Alonso Quijano/Don Quijote que intenta agredir  a la realidad a golpes de literatura, resulta un elemento metaliterario en sí mismo.

 

III.- LA AMBIGÜEDAD Y COMPLEJIDAD DE LOS PERSONAJES.

Los primeros personajes modernos de nuestra historia literaria, Calixto, Melibea y Celestina, Lázaro de Tormes  o Guzmán de Alfarache, son personajes “claros”, al servicio de un desarrollo con pocos matices psicológicos, que sirven una idea, aunque certera,  poco matizada de su comportamiento. Don Quijote y Sancho Panza presentan una complejidad inédita en la Literatura.  De don Quijote podemos seguir discutiendo si estaba o no estaba loco. En palabras de Wordsworth, “la razón anida en el recóndito y majestuoso albergue de su locura”. El motivo fundamental de la actitud de ese Alonso Quijano que se convierte en don Quijote está, al parecer, en el delirio que lo acomete tras empaparse, en incontables noches de insomnio,  de las estrafalarias peripecias desarrolladas en tantos y tantos libros de caballerías. De la locura, el narrador no nos habla en el prólogo –como mucho, moteja de “antojadizo” al personaje-, pero permite que lo hagan Urganda la Desconocida y Orlando Furioso, otro memorable orate de la ficción literaria, en los poemas apócrifos que sirven de pórtico a la historia.  Luego, ya metidos en ella, ese narrador genial y escurridizo, que no se siente demasiado responsable de lo que nos relata -pues viene escrito de manos ajenas y diferentes-, ese narrador cuya articulación es, como he señalado,  una de las razones de la supervivencia del libro, se apresurará a darnos la imagen del enloquecimiento desde las primeras páginas de la novela: “En efeto, rematado ya su juicio…”. Y según el barbero y el bachiller Sansón Carrasco, lo que le pasa al hidalgo es que ha visto trastornada su razón.

La opinión de que Alonso Quijano se ha vuelto loco y se cree don Quijote es mayoritaria, y hasta ha habido facultativos, de cuyo nombre no quiero acordarme, que han descrito con pelos y señales los aspectos clínicos de su patología. También hay respetables estudiosos cervantinos que no han querido  poner  en duda su locura. Por ejemplo, Martín de Riquer,  en el prólogo al texto del Quijote que él  fijó y comentó, dice: “Todo es claro, natural y no hay trampa de ninguna clase si aceptamos que estamos leyendo la historia de un loco. Esto no debe olvidarse nunca, y aunque se pueden hacer sutiles e inteligentes lucubraciones partiendo del olvido de que el hidalgo manchego está rematadamente loco, esta actitud desmorona la novela: cuando don Quijote recobra la razón la novela inmediatamente se acaba”.

Esta aceptación sin fisuras de la locura quijotesca le da al libro una primera dimensión, lo que pudiéramos considerar el ámbito básico de su lectura y significación. Sin embargo, nadie que a estas alturas lo lea con atención puede conformarse con una visión tan sencilla. Para Vladimir Nabokov, que se acercó al libro con interés –aunque, como señalé antes,  no con demasiado afecto- ya desde sus comienzos el personaje de Don Quijote aparece… “como un  cuerdo loco, o como un loco en el límite de la cordura; un loco a rayas, una mente a oscuras con intersticios de lucidez”. Y Milan Kundera, al referirse a La desprestigiada herencia de Cervantes,  habla de la ambigüedad que preside el libro, y la pone como ejemplo del arte de novelar: “Comprender con Cervantes el mundo como ambigüedad, tener que afrontar, no una única verdad absoluta, sino un montón de verdades relativas que se contradicen (verdades incorporadas a los egos imaginarios llamados personajes), poseer como única certeza la sabiduría de lo incierto”.

Con independencia de lo que asegure su narrador –cuyo punto de vista, con sus titubeos, burlas y hasta contradicciones, preside férrea y exclusivamente el relato-, y a pesar de lo que piensen sus vecinos y las gentes que se encuentran con él, lo cierto es que la locura de Don Quijote es ambigua, y hasta sospechosa. Antes cité a Gonzalo Torrente Ballester, que dedicó al personaje un estudio muy sugerente,–El Quijote como juego- en el que propone que todas las aventuras de Alonso Quijano en forma de don Quijote son “una representación (usada la palabra en su sentido teatral, haciendo “representar” sinónimo de jouer y de to play).” En el desarrollo de su tesis, Torrente se pregunta, a propósito de la lucidez del personaje, si tiene una visión correcta de la realidad, y demuestra que sí mediante diversas “pruebas”: la aventura de los rebaños, en que Don Quijote impreca a supuestos jinetes pero apunta con la lanza más abajo, justo donde están las ovejas; el famoso pagaré de pollinos que le entrega a Sancho y que no quiere firmar, para no verse obligado a poner un nombre concreto; su agudeza al comprender que Sancho no ha podido ir de la Sierra Morena al Toboso y regresar en tan escaso tiempo; la aventura de los pellejos de vino, en que Don Quijote se disfraza de forma congruente con su disposición; el lance en que convence con supuestas buenas razones a los deudores del ventero,  que se iban sin pagar, para que cumplan honradamente su compromiso. Con estas y otras muchas “pruebas” que a lo largo de su obra se presentan, Torrente defiende la tesis del juego de Don Quijote, un juego siempre limpio de su parte, la continua y coherente representación de un papel, de manera que si aceptamos el planteamiento tendremos que reconocer que la locura es muy peculiar, “una locura original e irreductible a modelos”.

Si comparamos el diseño del  personaje de Cervantes con el que hace en su libro el tal Avellaneda, veremos cómo, en el caso del tordesillesco autor, se nos muestra un don Quijote vociferante, completamente majareta, del mismo modo que el Sancho Panza presentado por el plagiario es solo un imbécil tragaldabas. La locura del Quijote cervantino tiene muchos matices de lucidez, y nunca se sale de las leyes de verosimilitud literaria que el propio Alonso Quijano se ha impuesto. Esto queda claro a la luz de su muerte. La muerte no sobreviene por esa pérdida de la condición de loco, que según el juicio de Martín de Riquer antes apuntado “desmorona la novela”, sino por el abandono de Alonso Quijano de su sueño maravilloso de transformar la realidad en ficción.

No sé si don Quijote se rinde, pero está claro que decide regresar a la personalidad de Alonso Quijano, porque ha asumido que no puede imponer la ficción a esa realidad llena de arrieros y yangüeses brutales, de amos sin escrúpulos, de aristócratas que se divierten haciendo bromas crueles, de curas y barberos incapaces de soñar más allá de las bardas de sus corrales, donde lo  habitual y hasta normal es que las viudas sean recuestadas, las doncellas deshechas y los pupilos engañados, como enumeraba cínicamente el ventero que lo armó caballero.  Alonso Quijano muere de agotamiento, de consunción. No tiene fuerzas para continuar. Puede haber influido en él “la melancolía que le causaba el verse vencido”, pero el caso es que se trata de una enfermedad  real (“se le arraigó una  calentura que le tuvo seis días en la cama”). No niega haber sido lo que fue (“Yo ya no soy don Quijote de la Mancha…”) pero acomoda generosamente sus razones a lo que espera la rutinaria disposición de sus deudos y amigos, y hasta dice abominar de las ficciones que antaño tanto lo habían conmovido. Sin embargo, la ficción sigue viviendo como estímulo de la imaginación, pues su semilla ha pasado al escudero. En el parlamento del lloroso Sancho podemos percibir la transmisión de esa herencia impalpable: … “vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea  desencantada, que no haya más que ver…”

Pero si don Quijote es un personaje ambiguo y contradictorio, su escudero no lo es menos. Por un lado, parece bastante estúpido, pues  solo una persona muy tonta permanecería durante tantos días sin comprender claramente lo que le pasa a su amo: puede comprobar que los molinos no son los pretendidos gigantes, ni los rebaños ejércitos, ni el yelmo de Mambrino otra cosa que una bacía, ni los delincuentes que van a galeras, pobres inocentes privados de libertad, ni el pellejo acuchillado el cuerpo del gigante Micomicón. Es testigo continuo del absurdo comportamiento que don Quijote muestra cuando se cruza con alguien por los caminos. Se deja envolver en muchas burlas –sobre todo en la casa de los duques- y nunca cae en la cuenta de la quimera en que se encuentra, aunque lo manteen y lo muelan a palos. Sin embargo, al mismo tiempo es inteligentísimo, aprende rápido, y sabe preparar las cosas para que su amo no lo pille en graves renuncios, como cuando, usando la misma medicina de aquel, le intenta convencer de que las tres labriegas que se acercan montadas en asnos son doña Dulcinea y otras damas.  También inventa con verdadera gracia la entrevista con doña Dulcinea en su nunca realizada visita al Toboso, llama “baciyelmo”, diplomáticamente, al trofeo que su señor le quitó al barbero, y está a la altura de las circunstancias en la grave ocasión en que tiene que decidir como gobernador de la ínsula.

En el aspecto moral, por otra parte, Sancho Panza es un cazurro retorcido y aprovechado. De las monsergas de don Quijote sobre las ventajas de las aventuras caballerescas no le prende ninguna emulación heroica, pero le queda el sentido de la rapiña, y arrampla  con todo lo que puede, a lo largo de las penosas aventuras que corre con su señor, sobre todo si se trata de munición de boca. Cuando encuentra la famosa maleta de Cardenio, se guarda las camisas y los dineros y luego disimula y hace creer a todo el mundo que no tocó la maleta. La quimera de que las ventas son castillos le sirve de excusa para no pagar, porque es muy agarrado. Lo que le duele de verdad, después de haber olvidado el librillo en que su amo escribió el mensaje a Dulcinea,  es que se ha quedado sin el famoso “pagaré de pollinos”. Desea tener una ínsula en el reino de Micomicón para vender como esclavos a sus súbditos. Sancho Panza es un cazurro de mucho cuidado, y no hay más que ver cómo desloma a latigazos las cortezas de los  árboles,  aunque sepa muy bien que con esa manera de actuar Dulcinea nunca será desencantada.

Al mismo tiempo, Sancho Panza un hombre de buena fe. Acompaña a ese amo pendenciero a pesar de que él es hombre pacífico, poco dado reñir, a quien no gusta salir de las rutinas caseras, y lo hace sin otra retribución que unas vagas promesas. Se acomoda a la dura vida caballeresca sin quejarse demasiado, y sobrelleva también con bastante mansedumbre las palizas y contratiempos de su empleo. Es alegre, buen conversador, compasivo, capaz de sentir afecto por los demás,  y el cariño que acaba teniendo a su amo descubre su buena pasta humana. No hay más que ver la sinceridad con que se expresa cuando a Alonso Quijano le llega la última hora. Sancho Panza tiene un corazón de oro.

Esta complejidad es una muestra más de que El Quijote  es una novela plenamente moderna, o mejor la novela que inaugura la modernidad en su género,  porque trae a la literatura los primeros personajes “redondos”, con relieve, con matices y facetas. Del gran Lázaro de Tormes sabemos que lo ha pasado muy mal y que, en lo que considera un buen acomodo, hace la vista gorda ante el comportamiento de su mujer. Tanto él como los demás personajes presentes en su testimonio son certeros y están vivos, pero ofrecen aspectos parciales de su personalidad. De Lázaro sabemos sólo lo que él quiere contarnos. Sin embargo, tanto de don Quijote como de su escudero sabemos mucho más de lo que nos cuenta el tramposo narrador, tan aficionado a remitirse a autores y traductores para escurrir el bulto.

Don Quijote es tímido, osado, culto, calculador, iluso, sereno, iracundo, cuerdo, loco, como Sancho es estúpido, inteligente, cazurro, decente, generoso, mezquino, afectuoso, alegre. La mirada condescendiente que siempre ha habido hacia Sancho –víctima de su inferioridad social- habla de su “sentido común”, como si fuese algo estimable pero de poca monta. Ojalá la mitad siquiera de nuestros actuales políticos, gobernantes, y no digamos jueces, tuviese la finura de Sancho Panza a la hora de tomar decisiones. O, al menos, eso que llaman su “sentido común”. Ya Marcelino Menéndez Pelayo habló de la simplicidad aparente y engañosa de esos personajes llenos de claroscuros y contradicciones. A lo largo de la aventura común del caballero y el escudero van resplandeciendo los fulgores diferentes e incluso contradictorios de su personalidad. Son personajes que tienen la ambigüedad misma de los seres humanos reales, tan difíciles de desentrañar incluso para cada uno de nosotros mismos,  y por eso los comprendemos, aunque  siempre acaben escabulléndose de nosotros. En su veracidad, en seguir vivos y admirándonos por su consistencia tras la lectura de tantas generaciones sucesivas, estriba la razón del  éxito del Quijote. Es un clásico porque a los lectores contemporáneos nos siguen interesando y conmoviendo las aventuras desastrosas de sus personajes, y dándonos ejemplo de lo que es vivir y lo que es soñar.

 

IV.- UNA MIRADA NUEVA SOBRE EL ESCENARIO

Hay que resaltar la nueva visión del escenario que introduce El Quijote en la literatura, una  renovadora perspectiva de los ámbitos físicos en que transcurren las aventuras.

El Quijote rompe la tradición de los espacios exóticos, lejanos, que inauguró La Odisea, o acaso Ramayana, y que en su día heredarían los libros de caballerías, llenos de ínsulas terribles, lagos encantados, florestas, parajes y castillos funestos. Así,  sea cual sea el género narrativo y sin entrar en los propósitos de los héroes, lo cierto es que El Quijote cambia el sentido de los espacios dramáticos,  los  lleva de lo extraordinario y asombroso al pasar de cada día, inaugura una mirada diferente de los lugares domésticos, hace que todos los territorios puedan tener simultáneamente la inmediatez y la extrañeza que empapan a la vez La Mancha en la novela, tan cercana a los lugares familiares del héroe y sin embargo capaz de sugerirle los sitios más misteriosos. A partir de la novela cervantina, no podemos mirar ningún espacio cotidiano sin sentir la sospecha de que  solo es la apariencia de algo muy diferente y misterioso.

A la hora  de formular  su famosa teoría sobre “lo siniestro”, el gran lector que fue Sigmund Freud hubiera podido utilizar seguramente el ejemplo de don Quijote en lugar del Natanael de “El hombre de la arena”,  de Hoffmann,”, pues la mirada delirante de don Quijote, que transforma la realidad doméstica en los espacios fabulosos de su fantasía,  es un claro antecedente de ella.  Con El Quijote, el escenario cotidiano adquiere un nuevo papel dramático en la ficción literaria, que tiñe la mirada lectora, lo que supone un incontestable precedente de la estética romántica y, por supuesto, del expresionismo y del surrealismo.

 

V.-  EL TEMA DEL DOBLE

Otro aspecto importantísimo del Quijote es la irrupción en la modernidad del tema del doble, que tanta importancia tendrá más tarde, a partir del Romanticismo -recordemos a Hoffmann, a Von Chamizo,  Andersen, Goethe, Poe, Stevenson…- Un asunto que, en El Quijote, se acaba consolidando por la propia fuerza de las circunstancias, como si  también un mago se hubiese encargado de torcerle las cosas al propio Miguel de Cervantes. El mago ha sido en este caso real: el tordesillesco y apócrifo autor Alonso Fernández de Avellaneda, que mientras Cervantes se encuentra en el trance de escribir la Segunda Parte de las aventuras de su héroe, irrumpe en las librerías con la supuesta tercera salida del ingenioso hidalgo.

La novela del Quijote, cumbre de nuestra imaginación literaria, está cristalizada en el dolor, y acaso sin ese dolor la obra no se habría cumplido tan hermosamente. Cervantes, como tanto se ha recordado, es un escritor oscuro. En su vida ha publicado solamente la primera parte de La Galatea  y, veinte años después, la primera parte de El Quijote. Sin duda la falta de éxito de La Galatea abortó la existencia de una segunda parte. Cervantes es un modesto cuasi-funcionario, lleno de trampas y problemas, a quien prácticamente ignoran o desprecian los escritores conocidos. Es muy probable que, si en su época hubiese existido un premio literario equivalente al que ahora se adorna con su nombre, él nunca lo hubiera recibido. Solamente ha conocido el éxito, un éxito popular pero que ha traspasado las fronteras españolas, con la primera parte de El Quijote, y ese éxito le ha permitido sacar del arcón y publicar todas las obras que tenía arrumbadas, sin duda por la imposibilidad de verlas publicadas antes: las Novelas ejemplares, El viaje del Parnaso,  las Comedias y  Entremeses. El robo de su única obra conocida ha debido de ser para él una de las más amargas experiencias de su vida.

Sin embargo, tal robo origina que la Segunda Parte del Quijote se escriba de una manera diferente de la prevista, que los itinerarios se modifiquen y que “el doble” aparezca por primera vez con toda naturalidad en la literatura moderna, pues el caso es que Cervantes asume que existe otro Quijote, pero,  con una decisión extraordinaria en lo personal y en lo artístico, del mismo modo que ha convertido la supuesta publicación de la Primera Parte de las aventuras de su caballero en un factor más de la Segunda, decide meter también  en su novela al Quijote apócrifo.  Recordemos el episodio del Caballero de los Espejos o del Bosque. Al  oír decirle que ha vencido a don Quijote, éste pide más explicaciones, y tras oírlas, responde:

Google Custom Search
Tamaño de letra:

Imagen de portada:

José María Merino

Fotografía

Sumario

Este Lunes

Las lenguas prohibidas

Rafael rojas

El flamenco y América Latina: un habla de ida y vuelta

Fernando Iwasaki

Condenado por tener hambre: Pánfilo, el estado peligroso y la situación de los cubanos negros

Leonel A. de la Cuesta

Contra la impunidad

Sanjuana Martínez

Por una nueva concepción de la Sociedad, el Estado y el Derecho cubanos

Faisel Iglesias

¿Quién es Herta Müller?

Esther Andradi

La nueva utopía: Un día sin mexicanos & A wonderful world

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

José María Merino

Otros miran

Gustavo Acosta

OtroLunes conversa

con Alejandro Aguilar

“No soy un escritor de academia”

con Alberto Chimal

“Renunciamos a nuestro libre albedrío para eludir responsabilidades”

con Lina de Feria

“No me arrepiento de nada”

con Manuel García Verdecia

“Nací en Marcané, en el batey de un central azucarero”

con Armando León Viera

“Viví diecisiete años como exiliado en mi ciudad natal”

con Juan Aparicio-Belmonte

“Mi fuerte no está en lo romántico”

Punto de mira

Ese imaginario llamado América Latina

 

Antonio Caballero
Antonio Skármeta
Eduardo Antonio Parra
Fernando Butazzoni
Javier Reverte
Leonardo Padura
Moacyr Scliar
César Verduguez

Cuarto de visita

Literatura Guaraní

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa
a cargo de Amir Valle

Volar y Casting

José Lorenzo Fuentes

Relatos

Radio Puente

Héctor Huerga

Fragmento de Novela

Porcelana

Mariela Varona

Relato

Cine y literatura

Ricardo Bada

La lluvia que trajo el viento

Alcides Rafael Pereda

Relato

La tragedia de Regina

Roberto Quesada

Relato

Hasta el fondo

Yoenia Gallardo

Relato

La marmita, de Poesía
a cargo de Alberto García-Teresa

Manual para niños rusos

Rolando Jorge

Poemas

Claudio Bertoni

Dama del exilio

Oscar Kessel

Haikus

Rafael Álvarez Rosales

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

El Caribe de Antonio Benítez Rojo

Ignacio Padilla, las búsquedas del presente

Las «cuatro estaciones» de Leonardo Padura

Elia Barceló y los mundos imaginarios

Recycle

La Revolución Cubana y el golpe en Chile: Jorge Edwards

Jorge Edwards

El Socialismo es Inviable, según las propias leyes de la Dialéctica Marxista

Roberto Álvarez Quiñones

De lunes a lunes

Anunciados en La Habana los Premios Alejo Carpentier y Nicolás Guillén

Actividades de cierre del 2009 en la editorial Iduna

Anatomía de un instante, de Javier Cercas, libro del año 2009 en España

Círculo de Bellas Artes de Madrid acoge la poesía de Juan Antonio Villacañas

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Última rumba en La Habana

Fernando Velázquez Medina

Traiciones de la memoria

Héctor Abad Faciolince

Vivir en otra lengua

Esther Andradi

Los huéspedes

Rubén Sánchez Trigos

Invisible

Paul Auster

De mecánica y alquimia

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Un poco de crematística

Juan Valera

Una revolución pequeña

Juan Aparicio-Belmonte

Los últimos días de Michi Panero

Miguel Barrero

Comunión

Eloy M. Cebrián

Pero sigo siendo el rey

Carlos Salem

A cargo de Alberto García-Teresa

Semilla insólita

Lydia Zárate

Una mirada diversa

Xuan Bello

La pasión según Georg Trakl: Poesía y expiación

Hugo Mújica

Pájaro relojero. Poetas centroamericanos

Mario Campaña

Sustituir estar

Julián Cañizares Mata

Última función

Marcelo Uribe

La casa que habitaste

Jorge de Arco

A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

Skype MeT!
OtroLunes. Revista Digital. Tlf: +34 644 469 467. info@otrolunes.com
  • Icono de XHTML 1.1 Válido
  • Icono de CSS 2.1 Válido
  • Icono de conformidad con el Nivel Doble-A, de las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web 1.0 del W3C-WAI
  • Conforme WCAG 1.0 Nivel AA - Revisado con HERA.
  • TAW. Nivel doble A. WCAG 1.0 WAI

Web optimazada para resoluciones de 800 x 600 píxeles o superiores y para los navegadores: Firefox 2, Internet Explorer 6 y 7, Opera 9 y Netscape 8.1 para PC y Firefox para Mac.