OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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El Quijote en las raíces de la novela contemporánea

 

 

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“De que vuestra merced, Sr. Caballero, haya vencido a los más caballeros andantes de España, y aun de todo el mundo, no digo nada, pero de que haya vencido a Don Quijote de la Mancha, póngolo en duda. Podría ser que fuese otro que le pareciese, aunque hay pocos que le parezcan.

_¿Cómo no? _replicó el del Bosque_. Por el cielo que nos cubre que peleé con don Quijote, y le vencí y rendí; y es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos...”

Don Quijote le escucha sin inmutarse hasta que el otro le dice que, además, le ha hecho renegar de Dulcinea. Y don Quijote, que como se sabe es muy lógico y racional dentro de su delirio, declara lo que otras veces ha expresado ya, que sin duda hay un mago que le está enredando las cosas. La conversación entre ambos caballeros rematará en un enfrentamiento armado, pero antes don Quijote interpelará directamente a su contrincante sobre el otro Quijote:

“_Pues en tanto que subimos a caballo(...)bien podéis decirme si soy yo aquel don Quijote que dijisteis haber vencido.

_A eso vos respondemos_ dijo el de los Espejos_ que parecéis, como se parece un huevo a otro, al mismo caballero que yo vencí; pero según vos decís que le persiguen encantadores, no osaré afirmar si sois el contenido o no.”

Ciertamente, ya ha aparecido otro Quijote, y la solución genial de Cervantes es introducirlo en su obra como un personaje más, aunque lejano, y utilizarlo para defender por contraste la autoría de su personaje y de su libro frente al plagiario, para demostrar la  superior condición del suyo. Así, en la obra coexisten pacíficamente los dos Quijotes.

Salvando nuestros prejuicios y repugnancias frente al tordesillesco autor que le robó El Quijote a Cervantes y que tantos sinsabores debió producirle, creo que no deberíamos leer la Segunda Parte del Quijote cervantino sin haber leído el de Avellaneda. Además, se trata de un libro bastante divertido, aunque  los personajes principales estén trazados con burdo esquematismo. No se puede disfrutar completamente del libro de Cervantes sin conocer el de su ladrón,   pues muchas alusiones se refieren a él. Por ejemplo, aquella jugosa charla en la que, en una venta, se comparan ambos libros, y Sancho, instrumento sabihondo de la ironía metaliteraria de Cervantes, llega a decir lo siguiente:

“_Créanme vuesas mercedes que el Sancho y el Don Quijote desa historia deben de ser otros de los que andan en aquella que compuso Cide Hamete Benengeli su primer autor...”

El caso es que, llevando las cosas aun más lejos, Cervantes hace entrar en su novela a Don Álvaro de Tarfe, un personaje de la del tordesillesco autor, que, como es natural,  ha conocido a don Quijote en la obra apócrifa. En la interesante conversación entre don Quijote y este señor, hay momentos especialmente chispeantes, y en ellos se acepta sin dudas la existencia del otro, del doble, aunque se defiende la condición genuina del Quijote cervantino. Empieza a hablar don Quijote:

“_Y dígame vuestra merced, señor Don Álvaro de Tarfe, ¿parezco yo en algo a ese Don Quijote que vuestra merced dice?

_No por cierto -respondió el huésped-:en ninguna manera.

_Y ese Don Quijote -dijo el nuestro-, ¿traía consigo a un escudero llamado Sancho Panza?

_Sí traía -respondió Don Álvaro-; y aunque tenía fama de muy gracioso, nunca le oí decir gracia que la tuviese.”

Más adelante, don Quijote asegurará “no sé si  soy  bueno; pero sé decir que no soy el malo...”  y Don Alvaro de Tarfe declarará, “...causa admiración ver dos Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tan conformes en los nombres como diferentes en las acciones...”, todo  a los efectos de una graciosa certificación del alcalde, que le hace escribir al autor:

“...con lo que quedaron Don Quijote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara claro la diferencia de los dos Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y sus palabras.”

 

VI.- EL TEMA DEL SOÑADOR Y SU SUEÑO

Otro tema que aparece en El Quijote con mirada moderna y enorme capacidad de sugerencia, por no decir que es el tema nuclear de la novela,  es el del soñador y su sueño. También es asunto muy cercano a lo hispánico, transmitido desde la fuente indoeuropea a través de los árabes, el viejo tema del soñador de la mariposa que trató Chuan Tzú, que pasa a convertirse en el cuento de Abul Hassan de Las mil y una noches, transformado en el famoso cuento Soñar despierto de Agustín de Rojas Villandrandro,  y por fin en el tema de La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca. El soñador soñado tiene mucho que ver con don Quijote: Alonso Quijano sueña ser Quijote y se convierte en don Quijote. Bien es verdad que cuando vuelve a recuperar el alma de Quijano no tiene dudas sobre su confusión, pero es que ya está en trance de muerte.

Sea cual sea la vía de aproximación, por debajo de los análisis de los estudiosos está el hecho de la espontánea naturalidad con que se asumen las contradicciones, al parecer irresolubles, del Quijote, en la realidad de cada día. Acaso ese soñador, o mejor, esos soñadores contrapuestos de distinto signo,  conforman un sutil paradigma de lo que nutre en lo más hondo la propia naturaleza del ser humano, un ser que sueña y que ha hecho desde los sueños lo más glorioso y lo más deleznable de su obra y de su historia. En definitiva, todo el equilibrio y  todo el desorden individual y social de nuestra especie están en la capacidad para inventar sueños en la esfera de la imaginación y ser capaces de llevarlos a término en la realidad de la vigilia. Hay sueños  que quieren ignorar que conducen a la desdicha de muchos, y hay sueños que pretenden la felicidad general. Hay toda clase de sueños, individuales y colectivos, y entre ellos acaso uno de los más hermosos sea el del arte y la literatura. Pero nuestra sustancia de soñadores de lo sublime y de lo malévolo nos identifica fácilmente con don Quijote, y también con ese escudero suyo que sueña a ras de tierra.

Quizá la medular dualidad que presenta el libro nos afecta de una manera tan profunda porque es un misterioso reflejo de esa “simetría bilateral” que constituye nuestra propia constitución física. Somos un ser doble, unido por el espinazo, como don Quijote y Sancho presentan una duplicidad unida por el espinazo de sus contrapuestas quimeras.

Además, en el paso de Alonso Quijano a su sueño hay una indudable fidelidad al mito. El sueño de Quijano y de don Quijote está relacionado con la nostalgia de la Edad de Oro, aquel tiempo vigoroso que sirve de motivo a uno de los más memorables discursos del Ingenioso Hidalgo. Quijano se hace Quijote para recuperar esa Edad de Oro, porque quiere que los viejos mitos que han dado fuerza e impulso a las cosas hermosas del mundo humano vuelvan a florecer, sobrevivan. Él es un defensor de los mitos, un soñador perdido en los mitos, que intenta recuperarlos. Los lectores sabemos que tras lo que su ridícula y anacrónica figura representa, hay un pálpito verdadero de belleza, de verdad y de justicia. Lo que sueña el estrambótico caballero es digno de ser soñado, de no ser olvidado, porque el mundo sigue necesitando que los débiles sean protegidos por el brazo de los héroes, que la fuerza y la soberbia de los poderosos sean doblegadas, que los entuertos individuales y sociales se desfagan y reparen.

Sea o no capaz de alcanzar su sueño, toda la gente de buena voluntad, por encima de la literatura,  se siente algo  heredera de aquel soñador. Volviendo al principio, en esa conexión con los sentimientos y los sueños cotidianos, y no en el éxito iconográfico,  está otra de las razones profundas de que El Quijote sea un clásico. Acaso porque los clásicos son también aquellos libros que acaban formando parte inconsciente de la vida  nuestra de cada día.

Poco sabemos de lo que ha sido de Alonso Quijano antes del momento en que decide echarse a los caminos y cambiar de modo tan radical  de vida y costumbres. Se nos ha hablado de su gusto por la caza, de su alimentación, de su forma de vestir. Llegamos a saber que en la aldea tiene el mote de Bueno: eso nos indica algo sobre sus cualidades morales, que lo hacen hombre apreciado por sus convecinos. Parece que la afición a la lectura no es cosa nueva en él, sino que ha ido aumentando con el paso de los años. Que no es el único lector de esos libros de caballerías que tanto le entusiasman lo demuestran las conversaciones que, a propósito de los héroes caballerescos, mantiene con el cura y el barbero del lugar. Mas es de suponer que el impulso que lo lleva a ejercer de caballero andante, aunque haya nacido de una decisión súbita, ha ido fraguándose a lo largo del tiempo, al hilo de unas ideas que encuentra en la ficción pero que están en armonía con su propia visión del mundo. En el mismo Alonso Quijano El Bueno, al margen de sus lecturas y sin necesidad de delirio alguno, están los elementos para su metamorfosis en Don Quijote.

Jorge Luis Borges, que tampoco fue muy generoso con Cervantes –he señalado en otro lugar que su lectura del Quijote fue parcial y poco aguda, hasta el punto de que no pareció enterarse de la presencia en el libro del tema del doble, al que era tan proclive, que como he señalado aparece en la Segunda Parte motivado por la publicación del Quijote de Avellaneda- quedó sin embargo fascinado por la imagen profunda y certera, que le inspiró varios poemas, del soñador que se atreve a convertirse en su sueño, en un salto que prueba su coraje, su entereza. Borges lamenta ser un Quijano que no se ha atrevido a convertirse en Quijote, a dar el salto trasmutador, y ha dicho en varias ocasiones, con admiración,  que “Alonso Quijano se atreve a ser su sueño”.

Pero aunque no nos atrevamos a  dejar de ser Quijanos para convertirnos en Quijotes, en la propia posibilidad, en la incitación, hay ya una fuente permanente de estímulo y hasta una vía de consolación. Pues resulta que el sueño de Alonso Quijano es lo que las ficciones le han mostrado, o confirmado: que es posible un orden del mundo a través del ejercicio individual de la justicia, y que un caballero no necesita otra cosa que su firme voluntad para acometer tal empresa: “…podrán los encantadores quitarme la aventura, pero el esfuerzo y el ánimo es imposible”, asegura. Alonso Quijano, mediante su conversión en don Quijote, pretende “acomodar” a cada “propósito presente” los asuntos heroicos y las hazañas que tanta emoción han suscitado en él por la magia de la lectura. Y lo que hay detrás de tal “acomodo” no es sino poner en el caos de la realidad el orden de la ficción, un orden en el que es posible ayudar a los menesterosos y afligidos, rebajar las ínfulas de los prepotentes, castigar a los soberbios, ahuyentar a los endriagos, gigantes y otros sueños de la razón. De esa clase es su “locura” y,  al ejercitarla,  Don Quijote inaugura un tipo de héroe distinto a los  anteriormente comunes, un héroe que tiene la osadía de pretender establecer una realidad diferente e incluso  opuesta a la que viene dada por la naturaleza y por la historia.

Esta relación entre Sueño y Arte forma parte de la sustancia de la Literatura de la modernidad: se trata del sueño redentor,  “creador”, de María Zambrano.

 

VII.- LA RELACIÓN DE LA LITERATURA CON LA VIDA

Volviendo a Ítalo Calvino (“Tirant lo Blanc y la tradición literaria caballeresca” quiero recordar su evocación de  Francesca y Paolo, en la Divina Comedia, mientras leen la novela Lancelot:  “cuando llegan al punto en que Lancelote besa la boca de Ginebra(…) el deseo escrito en el libro vuelve manifiesto el deseo experimentado en la vida, y la vida cobra la forma representada en el libro: la bocca mi bacciò tuto tremante…” Para Calvino,  Francesca es el primer personaje de la literatura mundial que ve su vida cambiada por la lectura de novelas “antes de Don Quijote”, afirma… Pero en la comunicación de la literatura con la  vida, Don Quijote da un paso gigantesco, inaugura un tipo, una actitud: la literatura, el arte, acometiendo a la realidad, enfrentándose a la realidad e introduciendo a lector y al narrador en la ficción como un elemento dramático más.

Claro que esto necesita un lector cómplice, pero ya vemos que ese tipo de lector es muy anterior a la obra de Cervantes, en la que, por cierto, el juego de lecturas es interminable, pues lee –ha leído- Cervantes, lee el narrador -a Cide Hamete y a otros…- lee don Quijote, leen dentro del propio libro otras historias…, leen el mismísimoQuijote de Cervantes, ¡ y hasta leen el Quijote de Avellaneda!

Lector militante, don Quijote intenta agredir la realidad desde la imaginación, cargada de literatura; asume desesperadamente que la ficción es la única arma capaz de atacar y acaso derrotar a la mostrenca, ramplona, injusta realidad. Su esfuerzo puede considerarse por algunos una locura –empezando por su propio narrador o narradores, enredadores y resabiados-, pero tiene un sentido. Y su actitud es el precedente de un nuevo modo de actuar, supone el nacimiento de un modelo de héroe, antes inexistente, que desde entonces se ha repetido mucho, no solo en la ficción, sino en la misma realidad. Hasta la política ha conocido este tipo de personajes: impregnados de imaginación hecha de ficciones, aunque no estrictamente literarias, y decididos a sustituir con ellas la realidad.

 

VIII.- LO FANTÁSTICO

Desde esta perspectiva hay que apuntar que todos estos aspectos, el de la aventura misteriosa en lo cotidiano, el de la elaboración del narrador y de su voz, el del texto que empieza a formar parte de sí mismo como elemento narrativo, el del apócrifo y su intrusión en el mundo real,  la mirada “siniestra” de la aparente realidad, el tema del doble, la relación del soñador con sus sueños y delirios,  permitirían cierta lectura del Quijote  desde lo fantástico.

En cualquier caso, hay a lo largo de la novela numerosos momentos de lo que he citado al aludir a “lo siniestro” freudiano -lo familiar desidentificado-, no solo en lo que he ido apuntando sino en la aventura de don Quijote en la cueva de Montesinos, o en la progresiva ambigüedad de las convenciones de lo real en las relaciones entre don Quijote y Sancho.

Hay que remitirse otra vez a la consideración del narrador incrustado en el relato  como gran manipulador: él controla el punto de vista, hace y deshace a su antojo, nos relata lo que quiere del libro de Cide Hamete Benengeli  o del original previo. El mago escribe el texto y nosotros leemos lo que el mago quiere, no lo que verdaderamente está viendo y viviendo Don Quijote. Por ejemplo, un ligerísimo toque romántico transformó las ventas del Quijote en ventas fantásticas, en la novela Manuscrito encontrado en Zaragoza, del conde Potocki, homenaje al mundo cervantino desde el decidido delirio de lo fantástico.

***

Y es  que El Quijote es más que un libro, es una mirada total, es una postura frente a la realidad y el sueño, y en él  surge el embrión de muchos elementos de la imaginación literaria moderna. Incluso el gigantesco sarcasmo de que sea una novela contra las novelas, un libro que advierte del peligro de leer novelas, supone su mejor seguro de supervivencia, la mayor garantía frente a todos los curas, barberos y bachilleres. Es el libro que nunca censurará ningún censor que censure todas las demás novelas, porque, aparentemente, es una novela contra las novelas. Los curas y los censores van a transmitir El Quijote convencidos de que traspasan un arma eficaz contra los peligros de la libre imaginación. Pero los lectores hemos ido sabiendo desactivar esa aparente espoleta antiliteraria que el libro contiene, y encontramos en él la médula de toda la gran literatura, esa invención maravillosa de la humanidad, que nos ha hecho entender el mundo y pensar que podemos hacerlo mejor o, al menos, soñar que lo intentamos.

El Quijote es un libro cambiante, que seguramente nunca acabaremos de conocer del todo, porque sus arquetipos se van ajustando a los sueños de cada generación de lectores. Pero lo que parece evidente es que a partir de él hay un concepto distinto, no solo del ejercicio estético de la ficción literaria, sino de sus interferencias en el mundo real: nos ha enseñado desde hace muchos años a escritores y lectores a comprender el poder de la ficción y a soñar también que la ficción, aunque sea poco a poco, a través de muchas mareas sucesivas, de muchas promociones de soñadores,  es capaz de agredir  a la realidad y de ir afinando su abrupta y huraña superficie.

Si Don Quijote estaba loco, su locura ha sido bastante contagiosa,  y en lo que toca a la literatura nadie ha podido encontrar todavía un remedio capaz de curarla.

 

LA  CUARTA  SALIDA

El profesor Souto, gracias a ciertos documentos procedentes del alcaná de Toledo, acaba de descubrir que el último capítulo de la Segunda Parte de El Quijote – De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y de su muerte-  es una interpolación con la que un clérigo, por darle ejemplaridad a la novela, sustituyó buena parte del texto primitivo, y su verdadero final. Pues hubo una cuarta salida del ingenioso hidalgo y caballero, en ella encontró al mago que enredaba sus asuntos, un antiguo soldado manco al que ayudaba un morisco instruido, y consiguió derrotarlos. Así, los molinos volvieron a ser gigantes, las ventas castillos y los rebaños ejércitos, y él, tras incontables hazañas, casó con doña Dulcinea del Toboso y fundó un linaje de caballeros andantes que hasta la fecha han ayudado a salvar al mundo de los embaidores, follones, malandrines e hipedutas que siguen pretendiendo imponernos su ominoso despotismo.

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