OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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Algunos apuntes sobre la persona y obra de José María Merino

 

Antonio Martínez Menchén

Página 1

Hace muchos años, tantos que no podría precisar cuantos aunque rondan los cuarenta, Javier Alfaya me hablo de un amigo suyo, funcionario encuadrado en el mismo cuerpo administrativo que yo aunque  perteneciente a una promoción muy posterior a la mía, que andaba intentando cambiar de destino  pues donde estaba no podía, por falta de tiempo, cumplir su deseo de escribir una novela. Esa fue la primera vez que oí hablar de José María Merino.

Todos tendemos a medir a los demás por nuestro propio rasero y esto hizo que yo tomase a broma  que un funcionario se quejase de falta de tiempo para poder hacer algo. Además, seguramente se trataba de uno de esos diletantes que hablan y hablan de una obra que jamás escribirán. Con Ángel González, Juan García Hortelano y yo, el cuerpo de Técnicos de Administración Civil ya estaba bien servido de literatos.

Pero mira por donde  aquello que para mí era un nombre casi olvidado se convirtió en una persona de carne y hueso, pues Merino se incorporó al organismo en el que yo trabajaba , el INCIE, encuadrado en el Ministerio de Educación , y pronto pude comprobar el error que había cometido al medirle por mi propio rasero ya que Merino, a diferencia mía, se entregaba a su trabajo de funcionario con plena dedicación y eficacia. Y no solo a su trabajo de funcionario otorgaba  esta dedicación y entrega. José Mari, no solo responsable y serio sino dinámico y casi superactivo, la aplicaba  a todo lo que hacía: A escribir, a tragar millas por los caminos del Esla,  hasta a construir con sus propias manos trabajando como un obrero,  cavando zanjas , acarreando piedras y ensamblándolas, una cerca  que circundaba la casa y pequeño jardín de su segunda vivienda en Valdemorillos. No, decididamente a José María Merino no se le podía medir por mi rasero , y el sentirse agobiado porque la administración le quitase un tiempo que quería dedicar a escribir, era una realidad.

También pronto salí del segundo error que cometí cuando me habló por primera vez de él Javier Alfaya. Al poco de trabajar juntos, cuando iniciábamos una estrecha amistad que se mantiene incluso acrecentada hasta el día de hoy, Merino me dejó su primera novela, La novela de Andrés Choz, posiblemente aquella novela de la que había hablado  Alfaya y que estaba galardonada con el premio de Novelas y Cuentos. Con independencia del premio, la lectura de esa novela de la que posteriormente hablaré me convenció de que no era ciertamente la obra de un diletante, sino la de un gran escritor destinado a ocupar un lugar de honor en la literatura española contemporánea.

Merino donde no había mucho trabajo se lo inventaba ,por lo que a poco de incorporarse al INCIE creo una colección ,Breviarios de Educación ,en la que se publicaban trabajos sobre experiencias pedagógicas en  diversas ramas de la enseñanza , que fue una de las pocas  cosas serias que se realizaron en aquel fantasmagórico organismo . Se editaron a través del Servicio de Publicaciones del Ministerio solo  seis o siete volúmenes, porque cuando abandonaron el INCIE Merino y el Secretario General Juan Damian , la colección llegó a su fin.

A pesar de entregarse al trabajo que exigía su cargo e incluso de inventase otros suplementarios, a José María le quedaba tiempo para mantener conmigo largas charlas centradas sobre todo en temas literarios. Estas charlas me permitieron conocerle muy  bien. Era un hombre jovial, con gran sentido del humor y un personal encanto , cualidades todas ellas que , bastantes años después, impresionaron a mi mujer Susi, en un viaje a la India organizado por el profesor Adrados al que nos apuntamos los dos matrimonios. Debajo de esta apariencia jovial pude descubrir una gran ternura con una patina melancólica y nostálgica que también se descubre en sus obras : la nostalgia melancólica de la niñez perdida.

De una gran cultura y amplísimas lecturas, coincidía conmigo en haber leído casi todas las obras incluidas en el Canon, además de otras destinadas en principio a un público juvenil ,algunas de las cuales como La isla del Tesoro sí se incluyen con todo honor en el Canon ,pero otras ,como las novelas de Salgari o los Cuentos de Guillermo  no han entrado en él , aunque constituyan un referente imprescindible de nuestra mitología juvenil.

Pero además de estas lecturas en que coincidíamos, Merino también se había entregado a dos tipos de géneros que yo había frecuentado mucho menos. El comic, del que era y es un experto, y la Ciencia ficción.

Otra de las aficiones que compartíamos era el cine y también dentro del cine Merino sentía especial atracción por el cine de aventuras y fantástico y por el cine de terror, el cine de monstruos .Otro amigo mío, el poeta Carlos Álvarez , también siente predilección por este género cinematográfico, hasta el punto de haber escrito un libro Aullido de licántropo ,donde mezcla el verso y la prosa conformando una original novela poética que es uno de los mejores libros de poesías de la última mitad del siglo pese a la ignorancia de la crítica gacetillera, siempre miope y entregada a intereses espurios. Yo mismo también me siento atraído por el cine de los monstruos clásicos, hasta el punto de que  en ese divertido e imposible juego de señalar las diez mejores películas de la historia del cine, al incluir al imprescindible Murnau, siempre tengo la duda de hacerlo con Amanecer o Nosferatus.

Me he detenido en señalar algunas de las lecturas preferidas de Merino, porque estas nos permiten ya adelantar varias  de las características de su obra, como la influencia del cómic y la ciencia ficción y su cultivo de una literatura fantástica.

En nuestras conversaciones José María se revelaba contra esa afirmación generalizada de que la literatura española es una literatura realista en la que la fantasía apenas tiene representación. -¿Es que - objetaba,- no aparece en los inicios de nuestras letras esa obra maestra de la literatura fantástica que es el Exemplo XI de El conde Lucanor “De lo que contesçio a un dean de Santiago con don Yllan, el gran maestro de Toledo”? ¿Es que la obra maestra de nuestras letras, El Quijote, no es en buena parte literatura fantástica? Y después continuaba citando ejemplos de la literatura española del siglo XIX y principios del veinte , destacando sobre todo las Leyendas de Bécquer , que él con razón consideraba igual o superior a su mucho más valorada obra poética, destacando también con razón que la prosa de Bécquer era una de las mejores de nuestra historia literaria.

Además de estos ejemplos de la presencia de la literatura fantástica española José María hacía algunas consideraciones sobre la dualidad  realidad –fantasía que también conviene destacar, pues ayudan a esclarecer su propia teoría literaria y cómo la refleja en su obra. - Tenemos – decía – un concepto estrecho de la realidad. ¿Es que nuestras fantasías , nuestros sueños ,nuestras lecturas no forman parte de la realidad...? ¿Es que esos personajes que aparecen en algunas novelas, no son tanto o más reales para nosotros que la mayoría de las personas que hemos conocido y tratado? ¿Es que mis lecturas no forman parte de mis vivencias con tanto o mayor fuerza de una buena parte de los acontecimientos vividos...? Sí esto no fuera así- añadía- ¿qué sentido tendría escribir?- Realidad y fantasía no son cosas separadas sino que se mezclan y se condicionan mutuamente, y esta mezcla, este condicionamiento mutuo, el traspasar de una a otra orilla, es un reto que debe asumir el escritor. – Y yo me pregunto si estas afirmaciones que me hacía Merino en aquellas lejanas conversaciones de nuestra coincidencia en el INCIE, no han sido desarrolladas a lo largo de toda su obra.

Durante el tiempo que estuvimos en Educación Merino me fue entregando todas su obras : La novela  El caldero de Oro (1981) , el libro de relatos Cuentos del reino secreto ( 1982) y los libros de poesía Sitio de Tarifa 1972, Cumpleaños lejos de casa 1972 y un curios libro ,cuya autoría corresponde a tres autores Agustín Delgado. Luis Mateo  Díez y José María Merino Parnasillo Provincial de poetas Apócrifos.

Los tres autores de este libro que se centra en León son a su vez leones y se encuadran en el grupo poético que en los años 70 puso en marcha la revista Claravoya, digna sucesora de la que un importante grupo de poetas leoneses habían  lanzado con el nombre de Espadaña y que fue clave en la poesía de los cincuenta.

Además de estos libros citados Merino me dio , dedicados como siempre y con el gracioso dibujo o trenzado con que orna todas sus dedicatorias , la novela La orilla oscura(1985) y el libro de poemas Háblame Medusa. Pero aunque mi memoria puede fallar, cuando me entregó esos dos libros ya no trabajaba conmigo en el INCIE.

Posteriormente haré una referencia a la poesía de Merino en los tres volúmenes citados (recogidos posteriormente  en otro (1987) que, bajo el título de Cumpleaños lejos de casa recoge la totalidad de su obra poética aunque cambiando la distribución de los poemas en una serie de apartados que difieren de la de los tres libros recogidos. Ahora voy a detenerme en el Parnasillo.

Parnasillo, obra de tres autores, es un libro de apócrifos .A la manera de Antonio Machado, antes de cada poema aparece la biografía de su imaginado autor Así que el libro es un conjunto de prosa (las biografías) y versos (los supuestamente compuestos por cada uno  de los autores biografiados). En el libro predomina un enfoque burlesco – satírico, pero como obra de tres autores reales tanto en las biografías como en los poemas no hay uniformidad ,lo cual es coherente con el hecho de que en la ficción los personajes y sus respectiva obra poética son también distintos. Sin embargo en lo que sí hay unidad, aparte del estilo burlesco al que he hecho referencia, es en centrar la obra en la provincia de León.

Por el tiempo en que leí el Parnasillo comenzaron a aparecer en el suplemento literario del periódico Informaciones (creo que era el Informaciones, aunque no estoy seguro ya que escribo de memoria y la memoria, a mis muchos años, no es de fiar), una serie de artículos de crítica y examen del panorama literario contemporáneo firmados por Sabino Ordás. Aquella nueva firma del periódico era la de un profesor español republicano que, al terminar la guerra civil, se había visto obligado como tantos otros a buscar su salvación en el exilio, acabando como docente en una universidad norteamericana . Vuelto a España buscó refugio en un lugar retirado de la provincia de León, y desde allí enviaba sus artículos al Suplemento Literario. Posteriormente publicó un libro, Las cenizas del Fénix, en las que recoge artículos publicados en la prensa periódica, y varios prólogos entre ellos algunos a libros de José María Merino.

En los artículos que fue publicando en Informaciones este patriarca de las letras leonesas pasaba revista a la actualidad literaria española. Se mostraba bastante crítico con los benetianos y venecianos así como con el experimentalismo que se estaba poniendo de moda en la novela española: Defendía una novela que sin caer en los postulados de la novela social tuviese los pies en el suelo, e incluso en lo más profundo del suelo, buscando su fuente en las características geográficas que marcan las vivencias del escritor y que se manifiestan en la tradición popular expresada a través del folklore y de los relatos populares. Literatura en fin, realista, aunque dando al realismo una amplitud en la que también pudiera tener lugar la fantasía y el sueño y que, aún cuidando la expresión y la técnica de la composición,  no quedase reducida a fuegos de artificio formalistas sin nada dentro.

A mí me sorprendía el que en algunos artículos se recogiesen opiniones que José María y yo habíamos mantenido unas semanas antes en nuestras charlas diarias. También  que sobre el tema de lo leonés, como entidad culturalmente autónoma bien diferenciada de la castellana, expresase opiniones coincidentes con las de Merino.

He dicho me sorprendía, aunque debía de haber dicho me divertía, porque yo era uno de los pocos que estaba al cabo de aquella broma literaria tan bien urdida  que muchos lectores escribían al periódico interesándose por la persona y obra de aquel nuevo colaborador . Pues Sabino Ordás, como los poetas del Parnasillo, era un apócrifo creado por tres escritores leones: Luis Mateo Díez, Merino y Juan Pedro Aparicio, que había sido coautor con Merino de libro de viajes Los caminos del Esla ,una indagación tanto geográfica como cultural de la identidad leonesa.

El apócrifo Sabino Ordás nos da otras dos claves de la narrativa de Merino. Su gusto por introducir personajes con apariencia real que se presenta como narradores de lo que el autor nos narra, y el personaje de profesor español que ha ejercido o ejerce su docencia en Universidades Norteamericanas.

En los últimos años de su estancia en el INCIE (aunque no estoy seguro de si ya estaba en el servicio de Publicaciones, situado en la plata baja del mismo edificio por lo que nuestra comunicación ,si no diaria, era casi diaria) ocurrió un hecho que yo considero crucial en la carrera literaria de José María Merino. El Ministerio organizó una comisión para un viaje de trabajo en Centroamérica, y  Merino fue uno de los miembros de esa comisión.

José María volvió impresionado de ese viaje. Me habló de la belleza de la arquitectura colonial de algunas de las ciudades que visitó, de la magia ancestral de sus restos precolombinos, de la miseria de los habitantes y el contraste que ofrecían los indígenas con los mestizos, con su diversidad de vestimenta que daba a esa miseria un especial colorido; me habló de la injusticia social, de la violencia, especialmente de la violencia policial, de la violencia de los mantenedores del orden, de aquel orden injusto. Pero  de lo que más me habló, porque era lo que había dejado mayor impresión en él ,fue de un río y un museo.

Durante unos días navegó en una barcaza por un río centroamericano. Merino siempre ha gustado de los río y con Aparicio recorrió los caminos del Esla, el gran río patrio, el que marcaba el territorio del viejo reino al que, sin respetar la historia, habían despiezado las diversas Administraciones. ¿Pero cómo comparar el Esla, cómo comparar  los ríos de nuestra España seca, castigada primero por el hacha que servía a las naves para el oro de América y, posteriormente y consecuencia de lo anterior, por la pertinaz sequía de la que tanto se quejaba el invicto, aunque retaco caudillo, pues le dificultaba le edificación del segundo imperio hacia Dios, con los ríos del Nuevo Mundo?

No, frente a nuestros pobres ríos Merino navegaba por primera vez por un río de un país tropical, un país azotado por las tormentosas lluvias tropicales. Por eso el río aquel era un río caudaloso, con rápidos y remolino y bajíos fangosos y en sus aguas en lugar de las bellas truchas del Esla se vislumbraban grandes peces de monstruosas cabezas y algunos más pequeños que, aún no siéndolo , uno podía tomarlos por feroces  pirañas ; y en la estrecha orilla se podían ver viejos troncos derribados cubiertos de moho  que de pronto hacían un ligero movimiento y se desplazaban un par de metros con la cabeza levantada  y uno comprendía que el viejo y mohoso tronco podrido era un feroz caimán. Pero sobre todo lo que separaba aquel río de cualquiera de nuestros ríos eran las dos impenetrables murallas verdes que franqueaban ambas orillas, la selva virgen de la que se desprendía un olor maligno y que , sobre todo de noche, se llenaba de unos gritos infernales ,aterradores, que se podían tomar por aullidos de los condenados pero que eran simplemente el croar de las ranas ,el canto de las aves y el griterío de los monos que saltaban entre las ramas de sus árboles. Y uno podría temer que  de la espesura surgiesen unos hombres desnudos de piel cobriza  que, con sus cerbatanas, nos arrojasen su mortal dardo impregnado de curare.

Yo me imaginaba así aquel viaje por el río mientras José Mari me lo describía. Y mis imágenes surgían no solo de la narración que me hacía mi amigo de el viaje que había efectuado, sino de otras imágenes que guardaba de narraciones que, aún basadas en aventuras reales, el arte había convertido en aventuras imaginarias que, en nosotros e incluso en sus autores, adquirían más fuerza que las vividas. Y como mi amigo al navegar ese río gozaba de una carga imaginaria tan fuerte y viva como la mía, es muy probable que sintiese emociones muy similares a las que yo sentía al escuchar su relato, y que a las emociones producidas por la navegación de aquel río real se incorporasen enriqueciéndolas las que guardaba su memoria de otros ríos imaginarios como eldel El corazón de las Tinieblas o La reina de África.

Pero además de la del río José María guardaba de aquel viaje otra impresión preponderante: la del Museo. Un Museo arqueológico, posiblemente con menos piezas que las que guarda nuestro madrileño Museo de América, pero que tenía la ventaja sobre el nuestro de que esas piezas se habían producido allí, en aquel mismo lugar y que habían  sido fabricadas hacía siglos por indios iguales a los que uno encontraba en la Plaza de la ciudad.

Pero no fueron las salas precolombinas las que tan profundamente impresionaron a Merino. Deambulaba distraídamente por una sala que contenía cuadros relacionados con los conquistadores y gobernantes de aquel país, cuadros de antes de su independencia, cuando de prontos se detuvo como hechizado ante un retrato –Porque créeme, Antonio-me dijo-. Aquel retrato que parecía mirarme fijamente era el de mi padre. No se trataba de un parecido sino de una auténtica identidad. Era mi padre, vestido con ropas del siglo XVIII, el que en aquel retrato me estaba mirando.

Puedo imaginarme lo que sentiría José María en aquel momento. Aquel retrato de su padre  en aquel Museo de un país separado miles de kilómetros de su casa original, aquel retrato que trazaba una unidad entre dos hombres muertos, dos hombres separados en su vida y en su muerte por más de dos siglos , anulaban el espacio y el tiempo haciéndole flotar fuera de ellos en una situación de extrañeza ,de sentirse temporalmente y espacialmente  perdido , como luego habían de sentirse perdidos varios de los héroes de sus narraciones. El río y el museo no solo iban a aparecer de diversas maneras en su literatura sino que mientras me lo estaba narrando a mí, ya estaban construyendo La orilla oscura.

Cuando se publicó La Orilla oscura Merino había pasado ya al Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación  con un cargo más importante, de mayor y responsabilidad que el desempeñado en el INCIE. Una vuelta más al lazo que le apretaba el cuello . Y así sucesivamente. Esto es lo malo de ser tan eficiente. Cuando ya él trabajaba lejos del edificio en el que ambos habíamos compartido labores administrativas y donde nos veíamos diariamente, algunas veces quedábamos  a comer. Si durante la comida se quejaba de que la Administración no le deja tiempo  para escribir, yo le decía que hiciera lo que yo, que buscara un puesto de bajo nivel, sin prolongación de jornada, para tener  las tardes libres. - No me dejan - decía - Antonio. No me dejan. Y era verdad. Resultaba demasiado valioso como funcionario para que prescindieran de él. Además tampoco habría aceptado. Era demasiado responsable para, si era funcionario, no rendir como un buen funcionario. Así que estaba en aquella angustiosa situación. Cada vez menos tiempo para escribir y cada vez más ganas de escribir, cada vez más proyectos de obras que surgían en su cabeza. Hasta que un día rompió por lo sano cortando el lazo que le oprimía el cuello: pidió la excedencia. Una decisión acertada que no solo le ha llevado a un sillón de la Academia española sino, lo que es más importante, a alumbrar una abundante obra que es una de las más importantes de la literatura española contemporánea.

Ya he dicho que mientras estuvo como Secretario del Servicio de Publicaciones seguimos en contacto. Tanto que llevó a cabo un proyecto mío. Se trataba de editar un álbum  con casetes, acompañados de un pequeño estudio  preliminar mío en que en forma dialogada y acompañados de músicas y efectos especiales auditivos, se recogían una serie de cuentos, adivinanzas y trabalenguas de la tradición popular española. Los cuentos maravillosos procedían en su mayor parte de los que grabé a mi propia madre, casi todos ellos recogidos por Espinosa padre en su magna obra. Yo era autor de la adaptación dialogada y el equipo técnico del Servicio de su grabación.

Naturalmente, Merino, amante de los relatos tradicionales y que mucho más tarde daría a luz su importante  libro de recopilación folklórica Leyendas españolas de todos los tiempos, acogió el proyecto con entusiasmo y lo llevó a cabo con notable éxito, publicando el bonito álbum Cuentos, trabalenguas y adivinanzas de la tradición española. La obra se agotó, pero cuando intente reeditarla, el equipo entonces directivo del Servicio no se interesó por lo que con la colaboración de mi hermano Jesús Felipe, profesor y especialista en el tema del valor pedagógico del cuento del que tiene publicado numerosas obras, quien amplió el prólogo de la anterior edición, en el que además incluimos los textos que recogían las casetes, cosa que no habíamos en la primera, hicimos una nueva edición de la obra publicada por la Editorial Akal.

Pero volvamos a Merino y a La orilla oscura.

La lectura de esta tercera novela de Merino me produjo una gran impresión, no solo porque se trataba de una gran novela sino porque me parecía la culminación de su anterior obra en prosa y en verso, el punto donde convergían  las diversas motivaciones y tendencias que el autor había ido desarrollando hasta entonces y, fuese cual fuese el trascurso de su  posterior carrera literaria, en un hito de la misma. Por eso, a pesar de mi negativa a escribir sobre mis contemporáneos , hice una excepción y escribí un corto artículo sobre La orilla obscura.

El artículo, titulado La doble orilla de José María Merino fue publicado en le número 439 (Enero 1987) de Cuadernos hispanoamericanos y posteriormente recogido en Historia y crítica de la Literatura española dirigida por Francisco Rico, en el tomo correspondiente a la literatura contemporánea y en el apartado dedicado a José María Merino. Voy a utilizar este trabajo poniendo entre comillas todas las citas literales del mismo, para, con lo ya señalado anteriormente, poder entresacar una serie de notas esenciales que serán constates en la obra literaria de Merino.

El artículo no es un trabajo crítico sobre La orilla oscura sino que, basándome en su obra anterior en prosa y verso, busco  señalar algunas de las constates, confirmadas en esta última obra, del mundo literario de José María.

Comienzo diciendo que “La orilla oscura  es la tercera novela de José María Merino. Hace casi diez años Merino se había presentado como novelista, avalado por el premio “Novelas y Cuentos” con La novela de Andrés Choz. En este decurso temporal el escritor nos manifiesta una cualidad muy  de  agradecer en un país agitado por el viento de los modos y las  modas: La fidelidad a  sí mismo”.

“Esa fidelidad – que también podríamos denominar sinceridad- ya se vislumbraba en el paso del Merino poeta al Merino narrador” pues “el escritor, antes de su primera obra en prosa, nos había dado ya dos notables libros de poemas :”El sitio de Tarifa y Cumpleaños lejos de casa”.

“No obstante el premio y la buena crítica ,la novela de Merino paso relativamente desapercibida, como también habían pasado relativamente desapercibidos sus dos libros de poemas. Y es que Merino no estaba en la coqueluche...”   “...Y aunque la poesía de Merino abundaba curiosamenteen algunos de los temas – referencias a la cultura de imagen y recuperación de lo camp- que tanto se había jaleado en los novísimos, muy pocos repararon en ello. Posiblemente porque en él estos elementos no se subrayaban como manifiesto de modernidad sino que simplemente brotaban de la verdad emocional de sus propias vivencias.”

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Sumario

Este Lunes

Las lenguas prohibidas

Rafael rojas

El flamenco y América Latina: un habla de ida y vuelta

Fernando Iwasaki

Condenado por tener hambre: Pánfilo, el estado peligroso y la situación de los cubanos negros

Leonel A. de la Cuesta

Contra la impunidad

Sanjuana Martínez

Por una nueva concepción de la Sociedad, el Estado y el Derecho cubanos

Faisel Iglesias

¿Quién es Herta Müller?

Esther Andradi

La nueva utopía: Un día sin mexicanos & A wonderful world

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

José María Merino

Otros miran

Gustavo Acosta

OtroLunes conversa

con Alejandro Aguilar

“No soy un escritor de academia”

con Alberto Chimal

“Renunciamos a nuestro libre albedrío para eludir responsabilidades”

con Lina de Feria

“No me arrepiento de nada”

con Manuel García Verdecia

“Nací en Marcané, en el batey de un central azucarero”

con Armando León Viera

“Viví diecisiete años como exiliado en mi ciudad natal”

con Juan Aparicio-Belmonte

“Mi fuerte no está en lo romántico”

Punto de mira

Ese imaginario llamado América Latina

 

Antonio Caballero
Antonio Skármeta
Eduardo Antonio Parra
Fernando Butazzoni
Javier Reverte
Leonardo Padura
Moacyr Scliar
César Verduguez

Cuarto de visita

Literatura Guaraní

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa
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Volar y Casting

José Lorenzo Fuentes

Relatos

Radio Puente

Héctor Huerga

Fragmento de Novela

Porcelana

Mariela Varona

Relato

Cine y literatura

Ricardo Bada

La lluvia que trajo el viento

Alcides Rafael Pereda

Relato

La tragedia de Regina

Roberto Quesada

Relato

Hasta el fondo

Yoenia Gallardo

Relato

La marmita, de Poesía
a cargo de Alberto García-Teresa

Manual para niños rusos

Rolando Jorge

Poemas

Claudio Bertoni

Dama del exilio

Oscar Kessel

Haikus

Rafael Álvarez Rosales

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

El Caribe de Antonio Benítez Rojo

Ignacio Padilla, las búsquedas del presente

Las «cuatro estaciones» de Leonardo Padura

Elia Barceló y los mundos imaginarios

Recycle

La Revolución Cubana y el golpe en Chile: Jorge Edwards

Jorge Edwards

El Socialismo es Inviable, según las propias leyes de la Dialéctica Marxista

Roberto Álvarez Quiñones

De lunes a lunes

Anunciados en La Habana los Premios Alejo Carpentier y Nicolás Guillén

Actividades de cierre del 2009 en la editorial Iduna

Anatomía de un instante, de Javier Cercas, libro del año 2009 en España

Círculo de Bellas Artes de Madrid acoge la poesía de Juan Antonio Villacañas

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Los últimos días de Michi Panero

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Comunión

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Pero sigo siendo el rey

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La pasión según Georg Trakl: Poesía y expiación

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Pájaro relojero. Poetas centroamericanos

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