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No puedo detenerme en su restantes libros de cuentos (me he demorado culpablemente en ese barrio del refugio por ser uno de los dos barrios de mi lejana juventud); tan solo quiero señalar que en sus libros de relatos Días imaginarios y Cuentos del libro de la nocheMerino empieza a cultivar el microrrelato, genero que ,con los recogidos en estos dos libros más otros muchos posteriores constituirán el contenido de La glorieta de los fugitivos.
Las fantasías de Merino abarcan los campos más diversos, pero yo me voy a detener brevemente en dos: lo onírico y la ciencia ficción.
Merino padece de insomnio. En su libro Tres semanas de mal dormir nos describe como se dedica, en el momento en que despierta tras un breve reposo, a apuntar lo que acaba de soñar antes de que se borre de su memoria. Nada pues tiene de extraño en este cazador de sueños que lo onírico, o el terreno confuso que hay entre la realidad y el sueño, ocupe un lugar destacado en sus relatos y novelas. Citemos, como muestra, los libros Cuentos del libro de la noche y El viajero perdido.
La ciencia ficción es otro de los temas que más abundan en el mundo fantástico de Merino. Aparte de la novela del Hermano Ons que escribe el personaje de Novela de Andrés Choz, de la novelita de kiosco La amenaza verde cuyo autor es uno de los personajes de El Heredero, en todos los libros de relatos de Merino ocupa un lugar destacado la ciencia ficción Quiero sin embargo señalar tres libros en los que la ciencia ficción es su único tema.
En primer lugar la novela juvenil No soy un libro llamada en otra edición Los trenes de verano. Aquí el tema es el de los mundos paralelos, situación que también aparece en varios relatos de José María. Una consecuencia de este perderse en un mundo que es en parte igual pero en otra buena parte diferente del mundo habitual, real, de los protagonistas, es el angustioso sentimiento de desorientación, de extrañeza, muy frecuente en la narrativa de Merino y del que podríamos citar a título de ejemplo El viajero perdido: Pero hay junto a este otro tema en la novela: el del libro como protagonista o, por mejor decir, el de la incitación a la lectura como única tabla salvadora de un mundo al borde de la destrucción.
Otra novela que podemos calificar como de ciencia ficción es Los invisibles cuyo tema viene dado por una lectura y película de la juventud del autor: La novela de E.G.Wells El hombre invisible y la película de la Universal del mismo título que el de la novela en que se inspira, dirigida por el gran James Whale e interpretada por Claude Rains.
Pero a diferencia de la novela y la película la invisibilidad no es una situación transitoria de la que los protagonistas pueden salir, sino un estado permanente que convierte en extraños a su mundo a quienes la padecen, por lo que más que una novela de ciencia ficción la de Merino es una novela de aventuras, una novela de supervivencia, y máxime cuando la ciencia no interviene para nada en la adquisición y posterior pérdida de la invisibilidad, sino que el tránsito es una transformación que se encuadra en la de los cuentos de hadas.
Finalmente citaré en este apartado los cuentos de Las puertas de lo posible. En estos relatos Merino no recurre a mundos paralelos, ni a ultraterrestres ni a tantos otros temas habituales en los autores del género. Merino, y aquí vuelve una de sus preocupaciones, la ecologista, tan solo hace que describirnos diversos aspectos de lo que será el mundo, nuestro mundo, dentro de unos pocos años si no se abandona el proceso destructivo del que en la actualidad es víctima nuestro planeta por parte del sistema dominante.
América. A partir de su viaje a Centroamérica Merino va a incorporar a su escritura relatos centrados en Latinoamérica, tema bastante descuidado por la literatura española. Son numerosos los cuentos en que aparece este tema, y yo señalaría como ejemplo el libro Cuatro nocturnos. Pero en los libros donde trata exclusivamente la realidad hispanoamericana en la época de la conquista es en la trilogía publicada por Alfaguara juvenil, constituida por El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido y Las lágrimas del sol, publicadas posteriormente las tres en un sólo tomo por Alfaguara con el título de Crónicas mestizas.
En esta novela de aventuras, pues se trata ante todo de una estupenda y amena novela de aventuras, Merino nos muestra no solo su destreza narrativa sino su capacidad para introducir en su escritura una serie de recursos propios de la narrativa y teatro de nuestro Siglo de Oro y, sobre todo, el exhaustivo conocimiento de nuestros Cronistas de Indias, lo que supone una erudición que solo se comprende por la gran capacidad de trabajo que tiene Merino.
Hablando de erudición y trabajo de archivo, es necesario detenerse en Las visiones de Lucrecia, novela histórica ambientada también en el Siglo de Oro donde lleva a cabo una magnífica reconstrucción de la época. Lucrecia es una visionaria, pero sus visiones nos son alucinatorias ni oníricas, sino proféticas. Esta pobre Casandra, víctima de la inquisición y de las luchas por el poder política de la época, profetiza los próximos sucesos y desastres que habrán de acabar con aquel gigante de pies de barro, aquel imperio levantado sobre la miseria de su pueblo, el fanatismo y la injusticia.
Desde El caldero de oro Merino ha manejado el lugar sagrado, un territorio donde un personaje encuentra sus raíces, su pasado, y que muchas veces es el perdido territorio de la infancia. Hay dos novelas en la que aparece este lugar sagrado pero que terminan no con su apropiación sino con una huida. En El centro del aire ese lugar sagrado es el patio ese patio que simboliza la infancia perdida y que induce a la búsqueda de la niña que compartía sus juegos en el patio y que lleva el nombre significativo de Heidi, ese patio de lecturas y juegos que uno de los personajes pretende con su escritura recobrar. Pero el final es el abandono de esa recreación y de esa búsqueda, el dejar atrás ese pasado para vivir libremente el futuro.
Otro lugar sagrado es la isla de El lugar sin culpa. Mas aparte de expresar una vez más las preocupaciones ecologistas de Merino, esta isla no es el lugar en que se busca las raíces, sino el lugar que en su desnudez, en su aislamiento, sirve de refugio y de huida de ese pasado contaminado y culpable; el lugar del encuentro de uno mismo y de la redención.
Finalmente el mundo de la infancia. A las lecturas de la infancia vuelve Merino en esa evocación mucho más cruel que idílica de los colegios de su niñez que hace en El viaje secreto. Este viaje que ayuda al protagonista no sólo a vencer las dificultades sino a encontrarse a sí mismo es el de las lecturas infantiles, el de aquellos libros que nuestro autor tanto amó y admiró en sus juventud y que le descubrieron las figuras míticas de Robinsón, de Tom Sawyer y Huck Finn y de Jim Hawkins.
He recorrido somera y fugazmente una parte de la obra de Merino posterior a La orilla oscura. Voy a detenerme algo más en otra obra no sólo porque en ella se dan casi todas las notas que caracterizan su narrativa, sino porque a mi entender es otro de los hitos de la misma: El heredero.
Digo que en esta novela se dan, podríamos decir que casi se acumulan, la mayoría de las notas que caracterizan el mundo literario de Merino. Tenemos así el de la novela como caja china, historia en la que confluyen otras historias que la conforman pero que a su vez la dan un carácter confuso, la convierten en un laberinto. En segundo lugar la duplicación de los personajes al repetirse en el transcurso del tiempo: Pablo Lamas y su biznieto, las dos Soledades, madre e hija; La Soledad mujer del puertorriqueño que está a punto de repetir su historia en Patricia, la puertorriqueña esposa de su biznieto Pablo Tomás e, incluso para complicarlo más, ese desdoblamiento, producto de la confusión entre la realidad y el sueño, del niño Pablo Tomás y aquel otro niño Pablo Tomás que fue robado por una ondina. Finalmente tendríamos el desdoblamiento de las dos Chones. Otros dos motivos de la narrativa de Merino que también aparecen en esta novela son los del indiano y los del profesor español que trabaja en una universidad norteamericana. Cómo este profesor me lleva a Sabino Ordaz, señalo que también aparece la figura del apócrifo, aunque en este caso no es literato sino pintor. Surge así mismo la novela dentro de la novela, esa novela de ciencia ficción, insertada en la novela, escrita por el abuelo del protagonista quien, para poder sobrevivir después de la guerra civil, tiene que publicar bajo diversos seudónimos novelitas de kiosco, (tal como, en la dura realidad de la posguerra y tras la cruel represión, tuvieron que hacer el periodista y escritor Eduardo de Guzmán, que publicó novelas baratas de diversos géneros con diversos nombres, y el ingeniero depurado Marcial Lafuente Estefanía quién, con el suyo, publicó incontables novelas del oeste.) Encontramos además en El Heredero el lugar sagrado, ese Isclacelta que el puertorriqueño creó para que en ella arraigara su estirpe y que, ya ruinosa y sin raíces, su heredero traslada a los Estados Unidos vertiendo su nombre al inglés, True Island, en una última tentativa de que esas raíces sigan perviviendo. Finalmente hay también en ella ese intento caro a Merino de narrativa circulas, de tiempo circular: principio y fin coinciden pero como si estuviesen reflejados en espejos contrapuestos: El indiano vuelve de Puerto Rico a España, conoce a dos hermanas españolas, Hortensia y Soledad, desposa a la menor y ésta, aislada por una tormenta en el momento del parto, muere. Su heredero marcha de España a Puerto Rico, conoce a dos hermanas puertorriqueñas, Hortensia y Patricia, desposa a la menor, y si ésta en un parto, aislada por un incendio en la Isclacelta americana no tiene el desgraciado final de su antecesora es porque al fin Pablo Tomas quema la Casa de Muñecas –el objeto mágico–simbólico que desde El caldero de oro es otra de las notas significativas del mundo narrativo de Merino – renunciando con ello a ser el heredero y siervo de su pasado y pudiendo, ya libre, entregarse a vivir su propia vida.
Pero hay dos motivos en esta novela que quiero destacar. El primero es la guerra civil. En el resto de la obra de Merino aparece también la guerra civil, pero nunca este tema fue tratado con tanta extensión y detenimiento como en El heredero, donde se integra en el desarrollo de la obra al incidir muy directamente en dos de sus personajes, el abuelo y Noelia, y más indirectamente en el padre de Pablo Tomas situado entre las dos Españas, la republicana representada por su padre ,librepensador y masón, y la ultra y fascista personificada por su padrino.
El segundo motivo que quiero destacar es el de la huella de la narrativa decimonónica. Aunque Merino en su narrativa utiliza con gran acierto las técnica de la novela moderna e incluso de la postmoderna, en el fondo es un narrador nato y sus novelas siempre buscan narrarnos historias; y esta vocación de narrar historias es la propia de los grandes autores decimonónicos, a los que Merino admira. Pues bien, en El heredero esta narratividad decimonónica se desarrolla plenamente tanto en la trama principal como ,sobre todo, en las laterales que en aquella confluyen, sin desdeñar (el asesinato de un esposo por los celos que siente la esposa de su propia hija; la entrega de una mujer al verdugo de su marido pretendiendo salvarle de la muerte), los elementos folletinescos tan caros a la narrativa decimonónica y que tanto cultivaron aquellos gigantes literarios que se llamaron Balzac, Dickens y Dostoievski.
Pero es sobre todo Galdós quién se encuentra presente en esta novela. A diferencia de los experimentalistas y benetianos, Merino siempre ha sido un devoto de Galdós, al que reconoce no solo como el gran realista que fue, sino como un escritor que se adentra en el inconsciente utilizando el monólogo interior – tal en Miau-o en los sueños - Merino en su novela recoge a este respecto una cita de la Benita de Misericordia- . Por eso en El heredero rinde un homenaje a Galdós que esta muy presente en esta obra, y no sólo porque Pablo Tomás va a Puerto Rico para ver los estudios de Ricardo Gullón sobre Galdos, y porque la tesis que va a realizar en Estados Unidos es sobre La desheredada, sino porque entre esta novela de Galdós y la suya hay un paralelismo que Merino reconoce al hacer escribir a Pablo Tomás: “La desheredada de Galdós te conmovió de una forma especial. Esa Isidora “que tenía la costumbre de representarse en su imaginación, de una manera muy viva, los acontecimientos antes de que fuesen efectivos” y que “tenía, juntamente con el don de imaginar, la propiedad de extremar sus impresiones, recargándolas a veces hasta lo sumo”, ¿no estaba sutilmente emparentada contigo? Tú no tenías su angustia de sentirse víctima de un expolio, más bien te habías encontrado heredero de demasiadas cosas, pero sin duda te sentías reflejado en esas exageraciones imaginativas que a ella le hacían vivir en un mundo de alucinaciones y sueño, enfrentada trágicamente a la realidad”. Palabras esclarecedoras para establecer la honda relación de las dos novelas: la del heredero que encontró la realidad renunciando a su herencia, y la de la pobre Isidora Rufete que no consiguió desprenderse de su obsesión. Y esto es lo que hace que, entre otras cosas, podamos considerar El heredero como una novela galdosiana.
Esta es la aproximación que he hecho a la figura y obra de José María Merino. Una aproximación poco profesoral, aunque me consuela el saber que dicha figura y obra ha sido y será objeto de múltiples aproximaciones profesorales. Sin embargo debo decir con cierto rubor que , en algunas ocasiones, me he sentido defraudado por este tipo de aproximaciones, pues la avalancha de citas y de aparato crítico que las acompañan hace que parezca que su finalidad, más que profundizar el tema sobre el que tratan, sea mostrarnos la inmensa erudición y la extraordinaria inteligencia de sus autores. Yo creía ver en esto una consecuencia de nuestro sistema de tesis doctórales, pero En El Heredero Merino, buen conocedor del mundo universitario norteamericano (no en vano su hija Ana lleva bastantes años trabajando como docente en la universidad de un estado que limita con Canadá, con grandes bosques y grandes fríos) me ha hecho ver en unas páginas cargadas de ironía que lo nuestro es tortas y pan pintado al lado de lo que ocurre en los departamentos de español de las universidades norteamericanas. Allí la acumulación de citas y de teorías es tal y tan obligada que una de estás teorías, y no la de menor éxito, es la del enlaberintamiento, consistente más o menos en crear a base de ese aparato crítico un auténtico laberinto que sumerja en la más profunda oscuridad el tema estudiado, ya que únicamente de esa total oscuridad podrá surgir la verdadera luz…
Yo, cuya erudición más que inmensa es medianeja y cuya inteligencia se acerca más a lo vulgar que a lo extraordinario, espero gracias a ello no haber oscurecido el tema tratado e incluso, con cierto optimismo, haberlo iluminado aunque sea tan solo con una luz tan tenue y vacilante como las que daban aquellas mariposas que, en un vaso de agua con una capa de aceite, encendía la noche de las ánimas mi madre por cada uno de sus difuntos.
Pensaba terminar aquí, pero me ha llegado a las mientes una anécdota de Juan Belmonte. Era el trianero el torero favorito de los intelectuales de su época, que le admitían con mucho gusto en sus tertulias, En una de ellas Valle Inclán tuvo una de sus geniales salidas “Juan- le dijo-, para ser inmortal solo te falta morir en el ruedo”. Y Belmonte, siempre modesto y algo senequista, respondió “Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda”. Yo también he hecho lo que he podido para contribuir en este dossier al homenaje a este gran escritor y amigo entrañable que es José María Merino.
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Dentro de su amplia trayectoria intelectual hay que destacar dos facetas: la de narrador y la de ensayista. En la primera, a su vez, se distinguen dos tendencias: la narrativa para adultos y la narrativa infantil y juvenil. Como ensayista ha tratado temas fundamentalmente literarios, ya sea en monografías o en publicaciones periódicas de prestigio como Cuadernos para el Diálogo, Cuadernos Hispanoamericanos, República de las letras o el diario El Sol. Su iniciación en el mundo literario se produce a principios de la década de los sesenta de la mano del editor Carlos Barral con quien publica Cinco Variaciones (1963) y Las Tapias (1968. En la literatura juvenil el autor vuelve a tratar los temas ya presentes en su narrativa adulta así como en sus trabajos de ensayista (Narrativa infantil y cambio social (1971)) y folclorista (Cuentos populares Españoles (1981)). Así su primera obra para jóvenes Fosco(1985) es parte de una trilogía ambientada en la Segovia de posguerra al igual que algunos de sus libros de relatos para adultos como Inquisidores(1968) o Una infancia perdida (1992). También es importante en su obra juvenil la influencia de la novela de aventuras clásica, muy presente en obras como Con el viento en las velas (1996) o La espada y la rosa (1993).