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“La novela de Andrés Choz recoge esta característica de evocación vivencial mediante la recuperación de referencias concretas a determinados textos propios de la narrativa infantil y juvenil ...” “....Toda una mitología épica , la mitología de los sueños infantiles, se hace presente en la obra de nuestro autor como jalones que nos conducen a ese mundo del nunca jamás de la niñez perdida. Y esta épica de los sueños de la niñez, vista desde el distanciamiento tiernamente irónico de la madurez, satura toda la obra de un tinte melancólico que, si en la poesía dotan de auténtico lirismo a un discurso conscientemente narrativo, en la novela prestarán al relato un tono lírico que nos permite hablar de la narrativa de Merino como de una narrativa poética...”
En relación con la anterior afirmación del trabajo que estoy en parte trascribiendo, debo reasaltar dos notas destacadas en los dos libros de poesía que anteceden a su primera novela, notas en las que ya hacía mención en mi artículo. La primera es la abundancia de referencias a los juegos, lecturas y mitos de la infancia. La segunda es que todas estas referencias configuran en cierto modo el libro de poemas como una narración, hecho éste mucho más evidente que en El sitio de Tarifa en Cumpleaños lejos de casa que constituye una auténtica autobiografía lírica, en la que los poemas ,con el apoyo de esas referencias que ya señalamos anteriormente, nos van dando cuenta de la vida emocional del autor desde el momento de su nacimiento (e incluso desde antes, con la referencia a sus ancestros) hasta que, tras su licenciatura universitaria , regrese de la escapada a París ya definitivamente perdida esa edad dorada de la niñez y juventud que únicamente podrá recobrar cuando, impulsado en buena parte por la nostalgia, la transforme en literatura. Pero volvamos a mi lejano artículo.
“...En su primera novela Merino sorprende al lector por la habilidad con que construye una obra unitaria partiendo de elementos heterogéneos ,pues la novela comprende tres relatos distintos que muy bien podrían haberse desarrollados como otros tantos textos cortos independientes..” pero que “...se implican mediante una sabia estructuración arquitectónica en una obra compacta dotada de sorprendente originalidad”.
“Entramos en un juego de espejos, de cajas chinas, juego extraordinariamente grato a Merino y en el que viene a cuestionarse lo que es real y lo que es soñado. Y este cuestionamiento se produce porque lo real es efímero, un instante que se desliza de nuestra mano y tan solo halla fijeza en la memoria Mas si nuestra vivencia es puro rememorar ¿qué diferencia hay entre los seres reales y los imaginarios? Desde el recuerdo, Ana María, la amada mítica de El guerrero del Antifaz, tiene el mismo peso que cualquiera de las personas reales que compartieron su niñez...”
“...Porque al fin, la vida es literatura y la literatura vida. Vigilia y sueño son tan solo cara y cruz de una misma moneda y el personaje de Andrés Choz, imaginado por Merino puede muy bien confundirse con ese otro personaje que el imaginario quiere a su vez crear...”
“... La novela de Andrés Choz se nos presenta como una busca del tiempo perdido. Pero esta búsqueda, paralela en buena parte a la de sus libros de poemas, la emprende Merino desde tres caminos diferentes: la aldea perdida de su niñez, la angustia existencial del adulto que contempla su vida en huida y la ficción literaria como remedio de esta angustia y de esta huida. Y resulta significativo que el autor, al procurarse un medio idóneo para esta búsqueda, se decida por un género dentro de la creación literaria ligado por una parte con la mitología heroica de los sueños infantiles y por otra con esa cara oculta de la realidad que es la fantasía. Merino no se limita ya, como en su poesía, a la cita evocadora de esa galería que poblaba los relatos animadores de su infancia, sino que se decide a enriquecer ese imaginario con su propia aportación abordando uno de los géneros propios del mismo: el relato de ciencia-ficción”.
“Merino no renuncia al realismo ni a la literatura. Dentro de un esquema novelístico que podría ser tradicional, el autor introduce un distanciamiento mediante una serie de consideraciones sobre la propia obra que está construyendo y que se nos va narrando desde dos niveles: el de la narración directa en tercera persona, y el del proyecto narrativo mediante cartas del autor- el a su vez personaje novelesco Andrés Choz – a su amigo El gordo. Pero estas consideraciones literarias no entorpecen la narración, antes bien la potencian. Así mismo la contraposición de los dos triángulos amorosos (Andrés, Teresa, Armando, María Asunción, su marido, el guardia civil), consecuencia del gusto de Merino por el juego de los espejos y las simetrías, tampoco obstaculiza el desarrollo de esa contraposición más sutil que, a caballo de los dos relatos paralelos, va desenvolviendo y a la que ya hemos hecho referencia: la de la angustia existencial ante la fugacidad de la vida y la de la nostalgia por la aldea perdida, símbolo de la perdida niñez”.
“Vemos pues que ya en su primera novela, Merino plantea una serie de oposiciones complementarias: realidad –sueño, autor-personaje, literatura-vida, realismo- fantasía... Examinemos como ese juego alternante se desarrolla en su obra posterior”.
“Aparentemente... en las dos obras siguientes a Andrés Choz, parece que Merino pretende destinar un cauce distintos a cada una de esas tendencias contrapuestas. Así mientras El caldero de oro pertenecería a la orilla de la realidad, la vida, el realismo literario y la narrativa para adultos, los Cuentos del reino secreto caerían de lleno en la del sueño, lo literario fantástico y literatura juvenil”.
“En El Caldero de oro el protagonista, al filo de la muerte, recuerda su vida. Este viaje de la memoria evoca aquel otro emprendido por Merino en Cumpleaños lejos de casa. Hallamos en él la misma nostalgia por la aldea –la niñez- y la adolescencia- la pequeña ciudad – perdida: la misma amargura de ese Simbad el Merino adulto y náufrago en la gran ciudad que rememora el perdido paraíso y la ruina de sus ilusiones...” Este retrato melancólico de un hombre, herido en el atentado que hace contra una Central Eléctrica cuya construcción va a acabar no solo con un paisaje, sino con una forma de vivir (algo de otra parte frecuente en esas tierras de León, con valles y pueblos sumergidos bajo las aguas de los pantanos) que rememora su vida mientras agoniza, podría ser una narración realista, casi tradicional, una narración de protesta ecológica. Pero Merino, al hacer que surjan estos recuerdos en la mente de un moribundo, mezclándolos con sueños y alucinaciones, borrando y haciendo confuso el límite entre lo real y lo fantástico, hace que también se nos borre esa seguridad que teníamos de que esta obra transcurre en la orilla real, en la orilla de la literatura realista, porque uno de sus pies se apoya también en la orilla oscura.
“...Pero si este aspecto de la novela es el más destacado y destacable, no podemos olvidar la existencia de ese mítico caldero que da nombre a la obra y que significan las raíces de su propia identidad, raíces que ya se apuntaban en la Novela de Andrés Choz y cuya búsqueda constituye uno de los hilos conductores de esta trama...”
Nos encontramos aquí con dos de los temas que van a repetirse en la narrativa de Merino: el objeto simbólico y el lugar simbólico. El objeto simbólico en este caso es el caldero, ese caldero de oro que por una parte tiene el significado de tesoro oculto que se busca, homenaje de Merino a uno de los más queridos mitos de su juventud, la novela de Stevenson La isla del Tesoro y por otra esa búsqueda del oro de los conquistadores españoles entre los que se podría contar ese ancestro de El Chino que estuvo en América en la expedición de Hernán Cortés.
El lugar simbólico es la casa, la casa en que viven el abuelo y Olvido, símbolo de esa forma de vida arraigada en las esencias de un territorio que ha resistido todas las invasiones ,pero que al fin arderá significando su destrucción, junto con la muerte del abuelo, el fin de esa resistencia ante la Central Eléctrica, símbolo también de esa depredación capitalista que en este momento amenaza la vida de nuestro planeta, contra el que se levanta inútilmente el protagonista, al que muy bien podríamos calificar como mártir ecológico.
“... Y esas raíces que nos llevan por encima del tiempo hasta aquellos ancestros que nos precedieron y cuyas cenizas son el limo de nuestro propio vivir, tienen un contenido telúrico que transciende el propio yo individual y que le condicionan marcando un sentido y una dirección a su vida. Chino busca en el contacto con el abuelo –síntesis de ese flujo interminable de sangre germinal- la propia raíz del mito, ese mito que es el secreto de su propia tierra, la tierra matriz representada por la criada Olvido. En la relación de Chino con el abuelo, hay un intento de volver hacía atrás, hacia los orígenes, el seno materno y la tierra raíz. De ahí que la contradicción entre tradición y modernidad, simbolizada en la lucha contra la centra eléctrica, desborde los límites del mero conflicto ecologista, de simple protesta, -aunque también ésta exista -, por la brutal destrucción de una cultura y un paisaje- y sea el reflejo de una verdad más profunda , una verdad que, más allá de las meras apariencias de la realidad inmediata, expresa ante todo al derecho de la reivindicación de nuestros más íntimos sueños, de nuestros más profundos mitos. El derecho a recobrar la niñez perdida- la propia y la de nuestra estirpe-, en una desesperada y estéril lucha contra la inexorable tiranía del tiempo”.
“Los cuentos del reino secreto entrarían dentro de la otra orilla de José María Merino. Se trata de un conjunto de relatos unificados por el tema común de lo fantástico en los que Merino, con independencia de rendir homenaje a diversos maestros del género, realiza una serie de variaciones dignas de un virtuoso sobre temas siempre viejos y siempre renovables”.
“Estamos aquí en ese reino de la fantasía y el sueño, en ese reino de lo misterioso y ominoso tan grato a nuestro autor y que una vez más le sirve para evocar los héroes de la épica de su niñez. Como en Andrés Choz al desarrollar un género propio de la literatura juvenil, vuelve Merino a la recuperación de su pasado por el camino de la literatura; pero nos engañaríamos si pensásemos que Merino se mueve exclusivamente en el mundo de las sombras, que este conjunto de relatos es tan solo un conjunto de historias fantásticas, un ejercicio en el que el autor ha pretendido ver hasta donde alcanza su imaginación y el domino de un género. Aquí, como en el resto de su obra, Merino se mueve en esa doble vertiente contrapuesta y a la par complementaria que constituye su mundo.”
“Porque desde un principio vemos que estos cuentos fantásticos nacen de un terreno muy firme y real, un terreno que es el de las vivencias del propio autor, perfectamente localizadas y localizables en esas tierras de León cuya evocación llena en buena parte toda la obra de Merino. Como en El caldero de oro Merino nos va dando un ámbito geográfico preciso, reconstruyendo minuciosamente, desde la nostalgia de la memoria, un paisaje con sus accidentes geográficos, sus casas y monumentos; con sus colores, sonidos y aromas; con los seres animados e inanimados que los pueblan; con los usos, costumbres y decires de sus hijos; con las sensaciones, emociones y experiencias del niño que fue. Y entre esas emociones y experiencias están en un primer término las literarias, que no se reducen solo a la lectura de aquellos maestros de la novela juvenil, a quienes le hicieron soñar desde el mundo del tebeo o de la pantalla del cine provinciano, sino sobre todo a los narradores anónimos que, siendo muy niño, alimentaron su fantasía en los filandones de su tierra....”
Es curioso como Merino sabe combinar un homenaje literario con un suceso local. A este respecto puedo mencionar el relato Genarin y el Gobernador. Aquí se parte de una figura real, un personaje popular de León, Genarín el vagabundo borracho que muere atropellado por el camión de la basura y en cuyo honor un grupo de alegres poetas y estudiantes leoneses , asiduos visitadores del barrio húmedo, organizan una jocosa procesión el Viernes Santo que, transcurrido unos años, no sólo desplazará completamente a la eclesiástica sino que se convertirá en un acto folklórico de nivel nacional de tanta o más resonancia que otros tan renombrados como la batalla del vino de Haro. Esto origina que el nuevo gobernador de León, un funcionario conocido y amigo nuestro, lo que hace para el autor del relato y para mí aún más divertido el cuento, presionado por el clero local piense prohibir la jocosamente irreverente procesión. Y sobre este hecho real, con personajes reales y totalmente identificables, la sabiduría literaria de Merino, rindiendo un homenaje a El capote de Gogol, da un giro al posible relato costumbrista convirtiéndolo en un divertidísimo cuento fantástico.
De ese paisaje leonés con sus viejos monasterios, con sus cerradas iglesias en pueblos perdidos tentación para ladrones de arte, de esa ciudad de su infancia con casas abandonadas donde juegan los niños, con una vieja bodega donde se destila el orujo, con el clausurado cine de su infancia, con las demoníacas gárgolas de su hermosa catedral, la fantasía de Merino hará historias medievales, ángeles que atacan con sus espadas a quienes intentan robarlos, lo diabólico aprisionado en una botella, la ciudad fantasma, sombra ominosa de la verdadera, en la que al atravesar una puerta se pierden durante unos angustiosos momentos los niños que jugaban en la abandonada mansión, los diablillos que corretean entre las gárgolas por el tejado de la catedral... Seres que la imaginación de Merino hace surgir de lugares reales, y en los que se nota el homenaje a sus autores favoritos, a Stevenson, a Bécquer, a las viejas leyendas de la que surge uno de sus más bellos cuentos: aquel en el que durante la mágica noche de San Juan, la muerte se demora unos días en recoger a su presa para que ésta pueda encontrarse con su amada.
“...Porque es esta tierra, la de León, la que mediante la recurrencia a sus propias evocaciones vivenciales y narrativas Merino hace surgir ante el lector, tanto desde el realismo de El caldero de oro como desde la fantasía de los Cuentos del reino secreto. Y en este sentido podríamos decir que Merino es también un narrador costumbrista. Lo que ocurre es que su costumbrismo va más allá de la superficie, de la mera apariencia; es una consecuencia de la búsqueda de su propia identidad, de ese profundizar hasta las raíces que inexorablemente le conducen a una concreta geografía y a que la visión que nos da ese ámbito concreto sea mucho más profunda que la del simple costumbrismo a ultranza...”
“...Después de leer La orilla oscura uno podría pensar que todos los anteriores escritos de José María Merino son únicamente ensayos o trabajos preparatorios destinados a la consecución de esta extraordinaria novela. Ciertamente el esplendor del lenguaje, la maestría de su construcción y la riqueza imaginativa de esta obra podrían inducir al lector a menospreciar el resto de la producción del autor. Y ello sería injusto porque, como hemos señalado anteriormente, toda la producción de Merino tiene un peso propio tanto por los logros de su realización como por la coherencia conque todas y cada una de sus obras van desarrollando diversos aspectos de un mismo proyecto unitario...”
“...Ciertamente en La orilla oscura también surge de vez en vez la búsqueda de ese pasado vivencial, de esa tierra concreta y real que constituyen una de las constantes de su obra. Pero como ya su propio título indica, la preocupación principal es la de indagar esa “orilla oscura”, esa orilla hecha de sueño y mito, fantasía y literatura que, si bien siempre presente en nuestro autor, aquí alcanza un inequívoco protagonismo, anulando casi esa otra “clara” también constante a lo largo de su obra.”
“Pocas veces en la literatura española se ha borrado de una manera tan perfecta los límites indecisos que separan la vigilia y el sueño, lo real y lo fantástico, lo imaginario y lo vivido como lo consigue Merino en su última novela: pocas veces se ha cuestionado la realidad desde la creación como lo hace José María Merino. Ciertamente hay precedentes ilustres- a los que el autor hace clara referencia y rinde homenaje – como La vida es sueño o Niebla. Pero Merino sabe extraer al tema nuevos registros e impregnarlo de su propia personalidad…”
“Merino construye un gran relato nutriéndose de sus lecturas infantiles. Porque es posiblemente Las mil y una noches –siempre presente en su obra- el libro que más influye en esta novela, y ello no solo por el tema de El durmiente despierto, sino por su estructuración en forma de caja china, de relato que engendra nuevos relatos, de narrador que es a su vez narrado por un nuevo narrador, del soñador que, a su vez, es parte de otro sueño.”
“Y es este gusto por los héroes de la épica infantil literaria y no literaria ( la parte a mi ver más conseguida, la narración del piloto, hace referencia tanto a El corazón de las tinieblas de Conrad, como al film La reina de África) lo que al lector atento y conocedor de la producción de Merino lo alerta de que no está ante un simple juego literario –aunque hay mucho de estupendo juego literario en la novela-, sino que de nuevo se encuentra ante los temas y obsesiones presente a lo largo de la poesía y prosa de nuestro autor. Y que estos temas y obsesiones conducen todos ellos a ese tema central que aquí va a lograr su expresión más acabada y su tratamiento más extenso: el de la propia identidad; el del cuestionamiento de una existencia que se escurre de nuestras manos y a la que el tiempo convierte en una fábula rememorable entre otras fábulas, sueño perdido entre otros muchos sueños.”
“De ahí la importancia del escritor apócrifo, del autor que es tan sólo la invención de otro autor, en esta novela de Merino: Aunque ello no debe sorprender al lector de Andrés Choz y menos a quienes se hallaban en la intríngulis de la estupenda humorada de Sabino Ordaz, a quien va dedicada con notable ironía la novela. En último término esta confusión entre creador y criatura, este cuestionar la persona real desde la ficción literaria, responde, como acabamos de señalar a esa preocupación fundamental de Merino a quien el yo se le presenta fugitivo, problemático, y al que intenta fijar mediante la recuperación de un pasado donde lo real y lo literario, lo soñado y lo vivido tienen idéntico valor.”
“Pero esta obsesión pirandeliana no lleva a una escritura abstracta, conceptual. Muy al contrario, la devoción siempre confesada que el escritor tiene por la narrativa juvenil hace que Merino sea ante todo y sobre todo un narrador de historias: Como en toda su producción en La orilla oscura el novelista se nos muestra como un estupendo fabulador ganado por el placer de narrar, el placer de contarnos los cuentos más variados, desde un clásico viaje de novela de aventuras a una leyenda medieval que podría estar sacada de las Cantigas, pasando por la recreación de un viejo mito ultramarino con eco de nuestros cronistas de Indias, del Popol-Vuh o de Miguel Ángel Asturias.”
“La orilla oscura es el triunfo de la imaginación. Merino, en esta novela, ha entrado decididamente en el vericueto de los sueños. Hemos visto que éstos han estado siempre presentes en su obra. El que aquí ocupen un lugar destacado no significa ninguna desviación o abandona de esa otra orilla real y nostálgica en la que tan bien sabe moverse. Simplemente, en su última obra Merino se ha demorado más en lo que constituye la orilla oscura de su mundo. Pero tanto la una como la otra, la clara como la oscura, contrapuestas y complementarias, son tan sólo las dos vertientes de esta firme personalidad de nuestras letras que responde al nombre de José María Merino”.
En La orilla oscura no solo alcanza su culminación las notas que habían caracterizado hasta entonces la narrativa de Merino, sino que aparecen otras que iban también a ser constantes en su narrativa posterior. Así encontramos ya en ella al profesor español docente en una universidad norteamericanade regreso a su tierra natal; el tema centroamericana con referencias a las historias coloniales; el de la desorientación del protagonista que ha perdido el sentido de la orientación espacial y se siente el mismo perdido; el motivo del doble que aquí se multiplica en un juego de espejos múltiples y contrapuestos haciendo dudar tanto a los personajes de la novela como al lector sobre cual es la persona real o la soñada, de donde se desprende las dudas sobre la propia identidad y las correspondiente y muchas veces fallidas agniciones; las historias recurrentes que se integran en la historia central y finalmente, y a salvo de algún olvido, el cuestionar la propia realidad de la ficción y las consideraciones del propio autor sobre la escritura de su obra en particular y sobre el acto narrativo y la literatura en general.
He centrado principalmente estos apuntes en el tiempo en que conocí a José María y tuvimos un trato casi diario que me permitió destacar algunos rasgos de su personalidad, y en las obras que leí en ese tiempo que fueron también sus primeras obras, desde los poemas de El sitio de Tarifa a su novela La orilla oscura. Después, al alejarse nuestros respectivos lugares de trabajo y al abandonar Merino la administración por pedir la excedencia, nuestro trato no fue tan frecuente, pero sí continuó. Prueba de ello es que fuimos, juntamente con mi hermano Jesús Felipe Martínez, coautores de un libro narrativo-didáctico publicado en la colección de Alfaguara Juvenil con el título de Los narradores cautivos. El libro fue recibido con mucho entusiasmo por Alfaguara, pero luego, por razones que no podemos comprender, no sólo no promocionó su distribución como había hecho con el libro de Merino El oro de los sueños y con el mío La espada y la rosa, ambos con altísimas ventas, sino que más bien pareció querer torpedearla.
Por supuesto durante todos esos años en nuestros encuentros Merino puntualmente me entregaba bellamente dedicados los numerosos libros que iba publicando y que yo me apresuraba a leer con el mayor placer.
Desgraciadamente me es imposible tratar nuevas obras con el detenimiento que hice con las primeras, pues ello supondría hacer un libro y esta no es la ocasión para ello, pero tampoco quiero silenciarlas. Así que, sirviéndome de lo que he desarrollado anteriormente en los comentarios sobre nuestro trato personal y en el somero estudio de sus primeras obras, voy a destacar algunas de las notas características de la literatura de Merino y señalar algunas de las obras posteriores en que aparecen alguna de esas notas características.
Comenzaré con la fantasía. Ya he dicho que Merino era un defensor de la literatura fantástica. Pues bien, esa defensa no era solo teórica sino que quiso llevarla a la práctica convirtiéndose en uno de los escritores, tanto por la extensión de la obra como por su calidad, más destacados entre los que han cultivado la literatura fantástica a lo largo de nuestra historia.
En muchas de las novelas de Merino aparecen historias fantásticas, pero es sobre todo en sus relatos cortos donde la fantasía lo hace de una manera tan constante que podría decirse que Merino es un escritor de cuentos fantásticos.
De todos los libros de cuentos de Merino quiero detenerme en dos por ser los únicos que se desarrollan todos dentro de un ámbito geográfico unitario. El primero, ya comentado con anterioridad, es su primer libro de relatos Cuentos del reino secreto, cuyo ámbito geográfico unitario es el leonés. El segundo es el de Cuentos del barrio del Refugio, cuyos diversos relatos se desarrollan todos en el barrio madrileño de dicho nombre.
Cuando concibió estos cuentos Merino tenía su despacho de funcionario del Ministerio de Educación ubicado en el viejo caserón de San Bernardo, aquel en el que muchos años antes yo había cursado la carrera de Derecho. De una a otra época el barrio había cambiado algo. Al trasladar las facultades que se cursaban allí a la ciudad universitaria habían desaparecido los estudiantes que se hospedaban en algunas de las estrechas y oscuras habitaciones de las viejas casas del barrio , aunque las casas continuasen prácticamente idénticas. También había desaparecido el salón de billares y el Cinema X con su sección matinal de programa doble, donde buscábamos refugio los desertores de las aulas. Habían cerrado algunos cafés y algunos de los viejos comercios y otros, aunque continuaban, cambiaron sus anticuados surtidos de telas por otros más acordes con los tiempos , como el del material electrónico. Cerraron algunas de las librerías de viejo, pero había abierto sus puertas una de las mejores librerías de Madrid, Fuentetaja, que aparece en algunos de los relatos del libro. Tampoco estaba en mis tiempos de estudiantes la pequeña editorial especializada en libros de izquierdas y de izquierdistas, ya que en aquellos días se hallaba en la cárcel su entrañable dueño, amparador de gatos abandonados y alimentador de palomas, que con otro personaje de ficción se mueve con su propio nombre por uno de los relatos del libro. A los estudiantes los había sustituido una nueva fauna, la de los colgaos que dormían en el suelo u okupaban algunas de las viejas casas en ruinas. Las putas tampoco estaban en mi época o al menos no se mostraban tan a descubierto, porque aunque desde tiempos inmemoriales el puterío siempre ha pululado por la Corredera Baja y sus alrededores, en mis días de estudiante no andaban sueltas tan ostensiblemente, ya que las tenían recogidas en los autorizados burdeles. En fin, que tanto en los tiempos en los que yo iba a la universidad como en los que, cerrada la universidad desde hacía muchos años, Merino tenía su despacho en el viejo edificio, aquel barrio con sus viejas casas decimonónicas y sus ruinosos palacios, sus calles empinadas algunos de cuyos nombres se debían a sucesos casi legendarios, y sus evocaciones históricas (la Inquisición: calle de la Cruz Verde, convento de San Plácido, con sus dos expedientes inquisitoriales, uno por la posesión diabólica de las monjas del convento y el otro, algo posterior, por la entrada clandestina en el mismo con fines libidinosos del propio rey Felipe IV) y referencias literarias (casa de Quevedo en la calle de La Madera o la del personaje también histórico García Chico, polizonte y jefe de los hampones al que Galdós dedica bastantes páginas de sus episodios nacionales), es uno de los más notables con su presente y su pasado de nuestra ciudad. Y este barrio es el que Merino recorre con sus personajes de las dos orillas, dándoles una base territorial como había hecho en los Cuentos del reino secreto con la tierra real y mítica de León. Y son estas calles tan reales las que Merino puebla con sus fantasmas, con sus seres del mundo de los sueños y de la ciencia ficción, con ese imaginario fantástico constante en todos sus relatos.