Doctor Amoribus,
Consultor erótico y sentimental
(III)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.

Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.

Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiana en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este nuevo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

 

*****

 

El fin de Ranita

 

Sinopsis de capítulo anterior 

Amado de Los Santos Dionisio, quien se autodenomina Doctor Amóribus, violinista sin empleo, acosado por el hambre, decide fundar un consultorio erótico y sentimental en la brumosa ciudad de Xalapa en México. El primer caso que se le presenta es el de una madre   angustiada por la efevescente sexualidad de su hija, a la que apoda Ranita.

Los primeros avances resultan infructuosos

 

La idea de ir a la playa con Ranita le agradó, pero no lo de la compañía  de Francisca Irigoyen, su madre. Imaginarla cojeando, su cuerpo contrahecho, enfundado en un traje de baño, y compararla con el estruendo íntimo que le produciría Ranita, sería sufi­ciente engorro como para echar todo a perder.

–Ya sé lo que está pen­sando…  El caso es que si  no voy yo, no va Ranita.

 

Total, que fueron a la playa. Y resultó que el chaneque de la buena fortuna estuviera de humor propicio: Ranita no sabía nadar y  así estuvo redondo y completo el pretexto para tenerla en brazos.

Verla en vestido de baño le hizo caer  en cuenta de que se había equivocado garrafal­mente.  Ranita no era una mujer sino una niña. Las cuentas de la memoria le habían fallado. Era una niña en el mejor momento de su vida. Un bocado de cardenal para un hombre de casi cuarenta años, solterón y redundante de todo tipo de excesos soñados, es decir, con las naturales apetencias de su edad. Sus pechitos apenas estaban flo­reando y parecían sonreírle bajo la playera que usaba sin brasier cada vez que se qui­taba el vestido de baño moja­do.

Francisca cumplió con desaparecer casi todo el tiem­po. Se perdía entre las dunas horas enteras, pero Amado sabía que no estaba lejos, sino acechando con perversidad de hembra insatisfecha -satisfecha de serlo- la iniciación de su hija. Y que tras el ojo de Chica Irigoyen estaba el ojo de la eternidad. ¡Qué compromiso, Mon Dieu! (Espero que los lectores poco ilustrados sepan disculpar las palabrejas en idiomas menos conocidos que el inglés. Se trata de una malhadada costumbre de nuestro protagonista, que quiere menos deslumbrar a los cultos que hacer honor a los años de dura brega ante gramáticas abstrusas y en ocasiones obtusas).

Por una casualidad provi­dencial, en la que intervino la mano sonámbula de Amado, el único vestido de  Ranita desapareció la primera noche y ni ella ni su madre ni Amado hallaron nada inconveniente en que la niña se bañara con una larga playera.

Los rayos del sol  caían como hachazos sobre las nucas. La playa estaba desierta hasta el límite del horizonte. Francisca  dormía boca abajo. Ranita salía en ese instante del mar, con la playera ceñida al cuerpo, convertida en una segunda piel, aun más suge­rente cuanto más falsa era. Amado no podía apartar los ojos  de aquella visión de belleza espantosa. La misma Ranita, cons­ciente del poder de sus encantos sobre ese hombre febricitan­te, se había colocado de pie frente a él como una estatua de incitación a la lujuria y sonreía con esa sonrisa que días atrás le había convertido la sangre en horchata.

Tartamudeante, torpe, atropellado por el fragor de sus fluidos enloquecidos, Amado, en lugar de aprove­char las circunstancias — hubiera sido tan fácil, tan natural, llevarla de la mano a un rinconcito bajo las palmas, acariciarla minuciosa y pa­cientemente, y comenzar el deleitoso camino, con palabras amorosas, con mimos, semejan­tes a aquellos que usó diez o doce años antes, cuando Ranita apenas comenzaba a hablar, y era la niña más linda que pudiera imaginar–, corrió a lanzarse al mar, nadó cien brazadas en territorio de tiburones, se liberó de su traje de baño e hizo el amor con las olas, que lo abandona­ron en un sopor de paz, de vergüenza, de soledad.

Cuando regresó a la pla­ya, convencido de haber apaga­do su furor, Ranita estaba tendida en la arena, con la misma sonrisa que le helaba la sangre,  y la espalda desnuda, y era como si supiese, como si estuviera segura de que su cuerpo, su diabólico candor iban a poner los remordi­mientos de Amado de espaldas al suelo.

Despertó Francisca y la situación se tornó aun más incómoda. La nena se puso la playera mojada y era como si estuviera desnu­da, totalmente, frente a él y a su madre. Amado miraba de reojo, fingiendo catatonia, ese cuer­po glorioso  y de nuevo sentía nacer el fuego que creyó haber apagado en el mar, esa hembra que todo lo comprende, lo perdona, lo olvida. (La línea final, referente al mar como hembra etcétera, bastante ridícula por cierto, debe ser eliminada de la mente del sufrido lector).

Y adelante. Esa noche el calor fue una gran plancha que aplastaba a los seres humanos como cuca­rachas, dejándolos con sus tripas y sus más ínfimas ape­tencias pataleando avergonza­das a plena luz. Ranita, que se había acostado al lado de su madre, se desnudó entre sueños. El profesional  -el incipiente profesional- del amor pren­dió  un ciga­rrillo y pudo verla, en la batalla campal de su adoles­cencia, conver­tida en la encarnación del beltenebros de  la lujuria que amenazaba con tomar posesión de su organismo de ángel victorioso. La nena soñaba, y su sueño era tormen­toso. Recorría con sus manos su cuerpo y

buscaba los sitios del amor ausente.

¡Cómo sufre!, se dijo Amado, consciente de su apostola­do. Y quiso ayudarla. Se acercó sigilosamente a su cuerpo, quiso acariciarlo, pero cuando sus manos se acer­caban a ese torso de criatura inverosímil, Amado vio que Ranita tenía los ojos abiertos y estaba sonriendo, en los labios destellaba esa sonrisa parali­zante de pantalla fija.

 

A la mañana siguiente se repitió la tortura del día ante­rior. Ranita lo miraba de soslayo rizando el rizo imaginario, se trazaba rutas de arena sobre la tersura de su vello de horizonte final, se mordía los labios fatales de rosa rosado, impúdica giraba en torno a las palmeras jugando el juego de Pavlov y los perros con unos pescadores menos limpios que rudos, y cuando Amado después de tanto ritual infame se sentía dispuesto a cumplir con sus alta misión, tropezaba con esa sonrisa aterrorizante de corazón dela­tor.

Toda una semana pasaron en Chachalacas. Fue una semana de insomnio, de placeres ocul­tos y solitarios, que Amado aró en su cuerpo y soñó en Ranita.

Fernanda día con día se tornaba más acosadora, más insul­tante: era necesario que su hija regresara a Xalapa conociendo los rudimentos del amor. Amado tenía que cumplir.

Pero De los Santos Dionisio Amado, que tanto fanfarroneaba de ser un profe­sio­nal y un estudioso del amor,  y que sentía la experien­cia de siglos en su cuerpo y el poder de la naturaleza en pleno, simplemente no pudo. Era algo difícil de explicar: Ranita tenía su ingredien­te extraño, una carga negativa, un arcángel protector, lo que fuera. O acaso sencillamente la in­fanta no estaba en las pági­nas del libro erótico de Amado Moon. Había que aceptar­lo y olvidar.

Lo de la playa resultó un completo fracaso. Tanto Francisca Irigoyen, como Ranita, e in­cluso Amado Moon, enten­dieron que no se podían torcer las líneas del destino, y que la criatura caería cuando ella y su cuerpo estuvieran maduros.

De modo que dejaron el asunto en paz y el amantísimo volvió a la honesta medianía de su vida y a los líos conco­mi­tantes: pagó las rentas atrasadas, la cuenta de la luz, renovó su guardaropa, compró unas botas brillantísimas de color algo encendido y unos tenis de la mejor calidad. Hubiera querido comprar un buen violín, pero para ello no le habrían alcanzado veinte cheques de amor. De todos modos ya tenía en mente la manera de conseguir un violín digno de sus pretensiones. Lo había visto en manos de un polaco de la sinfónica y logró escucharlo en un ensayo. Si Dios tocara violín, lo haría en ese. Debía ser un auténtico stradivario, un pugnani o un amati. Cosa de otro mundo.

Las compras le calmaron el corazón y lo consolaron de la pérdida de Ranita. Comenzó a fraguar un viaje. ¿A quién atender primero, a la suicida de Querétaro o a la entidad del Distrito?  Una fantasía tan desbocada como el sacrificio de Ranita, propi­ciado por su madre, que­daría en la memoria de Moon, como el primer gran fracaso en su carrera de consultor eróti­co y senti­mental. Acaso pudie­ra componer una cancioncita entre cándida y adolorida, con esa historia fracasada. Pero el asunto no iba a terminar ahí…

 

 

Pasaron algunos días en los que Amado fornicó ordinaria­mente con su amante oficial –la vecina periodista, habladora y pretenciosa–, a la tuvo entre sus brazos toda una noche, tras jugar las prendas al póker y verla exhibir sus poderosos cuerpos mamilares y su exclu­sivísi­ma ropa interior, y se volvió a pregun­tar sobre el sentido de su vida y la función de las mujeres en el correcto equilibrio de las constela­ciones. Cuando estuvo de nuevo sólo, acompa­ña­do apenas por Gervasio, un pececillo de baja estofa que compró en Chedraui, se dedicó a redac­tar en mente los estatutos de su profesión de consultor de almas en desgracia y cuerpos abandona­dos.

Ocupado como estaba en soportarse a sí mismo, dejó pasar su vida sin gloria algu­na, hasta que tropezó con Ranita en Lucio. Apenas verla, con su bustito de pitahaya y sus labios tiernísi­mos, encan­tadora en su minifalda escolar — ¡es el colmo, a lo que han llegado los colegios de mon­jas!–, la criatu­ra que se escondía entre sus calzoncillos comenzó a emitir mensajes apre­miantes. Era un bip-bip, como un dedo índice señalando, como un grito que le nacía desde lo mas hondo de las hormonas y eso sucedía mientras Ranita habla­ba, con su mezcla de candor y mala intención, y los ojos del profesor  –ya el título de profesor era inevitable, en una ciudad en la que incluso los Hermanos de la Luz habían puesto oficina en pleno Ursulo Galván y hasta tenían programa radiofónico– se nu­blaban al recor­dar sus pe­chi­tos bajo la pla­yera en Chacha­lacas y el rubor que le lle­naba el cuer­po, y seguía ha­blando, y sus ojos cintilaban y todo el cuer­po de ella pare­cía desti­lar un aroma a talco Mennen, y el urgi­do seguía lan­zando su bip-bip y parecía gritar, ¡ahora, ahora!, la nena quie­re, ¡aho­ra, cretino!, dile, dile lo que sientes, confiésa­selo, tienes que en­tender que Ranita está lista y que si la dejas ir ahora come­terás el más grande pecado que pueda sobre­llevar un hombre, piensa que si te esquivó antes fue porque su madre estaba en medio, pero que ahora se ofrece como un pavo en navidad y que le pica la cuquita y su imagi­nación pare­ce un caldero y su corazón es una rata en comal ardiendo. Pero Amado, que se sentía tan inmoralista y libre, se descubrió casto caballero, y supo que no iba a ser capaz de abusar de una menor, ni más faltaba. A pesar de sus sueños y modestas andanzas eróticas no era  otra cosa que un paladín del amor, un ser doméstico vapu­leado por la vida, un músico de alta escuela que se había educado en un gallinero, un goliardo hecho para el fuego del hogar, un hombre honrado en el verda­dero fondo. Eso era. Por tal razón se convenció a sí mismo de que no quería y no podría. Pero una cosa era su voluntad y otra la de su indiscreta verga. En auxilio del pecado vino la inoportuna de la señora Anti­parra –una entidad que lo visitaba de vez en cuando para darle consejos malsonantes– a ayudar al bip-bip: “¡Nunca, óyelo bien, atem­bao, nunca ha existido una niña más propicia para el amor! !Ahora, ahora, dile que le vas a abrir la cuquita con tu llave de plata!”, le gritaba al oído. Pero Amado de los Santos Dionisio Luna no se atrevió, por más que el indiscre­to balanín continuaba bip-bip emitiendo su llamado de la selva, su ancestral necesidad y ya era más que evidente su presencia, y Ranita no perdía oportunidad de bajar los ojos, casi desca­radamente, como queriendo hacer que el badajín mostrara su simpatía y su don de niñas participando en la con­versa­ción.

¡No y no!,   pensó Amado,  no quiero termi­nar en la cárcel, en un manicomio de amor o en el infierno. (Entiendo que creer en el infierno y leer a Nietzsche son actividades contradictorias, como pasar pastillas de penicilina con ayuda de tequila, pero nuestro personaje, como buen frenáptero, tiene sus particularidades. Disculpémoselas y sigamos hasta donde podamos llegar. El que ya sienta no poder soportar a nuestro Amado, bien puede abandonar el libro).

Pero Ranita, que parecía haberse dado cuenta de la lucha interior, zanjó el asun­to con una acción cruenta y definitiva, indudable, incon­cebible.

Detuvo un taxi y ella misma, adensando la voz auto­ritaria, le dijo al chofer sin pudor alguno:

–Llévenos a…– y como no encontrara el nombre justo, le preguntó al oído a Amado: “Dime rápido el nombre de un buen hotel donde van las personas a, bueno, tú sabes, las parejas a, apretarse du­ro”.

Como en otra dimensión,  Amado esforzó su memoria y lo primero que halló fue “Gran Motel El Avión”.

–Gran Motel El Avión– dijo Ranita sin duda alguna, sofis­ticando la voz.

Con frialdad profesional, sin siquiera espiar por el espejo retrovisor, el taxista comentó que no les recomendaba ese metede­ro:

–Vayan al  Jet Set. Tiene yacuzi, antena parabólica, es muy higiénico y muy discreto. Sólo ponen películas francesas. Si le dicen al administrador que van de mi parte, les hacen diez por ciento de descuento.

La cara le ardía a Amado, las doradas manzanas escrotales le es­torban, el risueño balanín emitía sus bip-bip con una frecuencia alarmante. La seño­ra Antiparra, instalada en el asiento de adelante,  al lado del conductor, estaba haciendo un escándalo de orate frenética.

Al entrar, Amado intentó ocultar su rostro, no así Ranita, que estaba profun­damente emocionada.  Orgullosa saludó a todo el mundo de mano y agitó las palmas abiertas como un candidato. Miren, aquí voy. La aventura, qué duda cabe,  se convertiría en una de sus historias favoritas en la secundaria. (Hay que decir con pena municipal que nuestra heroína –espero que nadie quiera mezquinarle el título– iba bastante atrasada en sus estudios formales, aunque en ardores fuera toda una licenciada, como se verá más adelante).

Ya solos en la habita­ción, Ranita suspiró, bueno aquí estamos, ahora soy tuya, no hay por qué hacer tanto relajo por estas cosas, al fin y al cabo a todas  las personas les sucede alguna vez.

Y luego:

–Bueno, ya hice lo más difícil. Ahora te toca a ti. He leído todo sobre el amor y quiero que me hagas un buen trabajo, una linda inau­gura­ción. Estoy tan con­tenta que me gustaría que viniera el arzobispo Obeso y Cordera a echarle la bendición a mi papayita para que le vaya bien en su primera felicidad.

Amado no tenía pala­bras. Estaba tembloroso. Una fantasía de ese calibre le dejaba los huesos reducidos a gelatina.

–La verdad es que soy práctica­mente impo­tente, me dedico al asce­tismo, las debi­lidades de la carne no me afectan.

–Pues mientes, como puedo ver –dijo Ranita refi­riéndose a balanín, que tenía una erec­ción tan desaforada y reprimi­da como el Obelisco de Napoleón.

Ahí estaba Ranita, más disponible que cualquier cria­tura de sueños y Amado, ¿qué hacía? Temblar, temblar, tartamudear, girar en torno a la cama mesándose los cabellos, fumar cigarro tras cigarro y  apartar las cortinas. En cualquier momento podría descender un ángel vengador con su espada de fuego y zaz, convertirlo en eunuco al servicio de alguna reina africana.

Ranita carraspeó:

–Bueno, aquí estamos. Dispongo exactamente de dos horas. Debo regresar a la escuela antes de las dos. Creo que no te voy a gustar mucho porque no estaba preparada. Desde que fuimos a la playa, todas las noches sueño esta escena. La verdad es que ya no puedo vivir si no me das un poco de sosiego.

Hubo un silencio de diez minutos, contados segundo a segundo en un  gran reloj de pared con paisaje alpino de fondo, que hacía tic-tac al mismo ritmo que balanín hacía bip-bip.

“¡Al abordaje, al ata­que, listos, fuera, nada nos deten­drá!”, aullaba la seño­ra Antiparra, y lo hizo in­fruc­tuosamente hasta que per­dió la voz.

Ranita insistió:

–Bueno, aquí estamos.

–¿Tengo que hacer algo?

Silencio. Pasaron otros diez minutos con su tic-tac y su bip-bip. Un camino de hor­migas coloradas comenzaba a subirle por las piernas a Amado y se dirigía a las entrepiernas.

Amado tomó aire, cerró los ojos y se acercó a Ranita. Le dio un besito de pétalo en los labios y escuchó el quejido de Ranita, ay, me pica tu barba.  La próxima vez me afeito, pensó Amado. La atrajo hacia su cuerpo y la estrechó en un abrazo que quiso ser paternal pero que balanín tergiversó con su bi-bip más estruendoso que nunca. Ranita estaba inmóvil, son­riente pero nerviosa, como un puñadito de tierra fértil y entusiasta, que sería capaz de hacer germinar a una piedra, dispuesta para el  grano y después de las más generosas  lluvias. Le besó la base del cuello, poniendo sus brazos en la cintura de la nena con el cuidado de quien maneja vidrio del más fino y rodeando todo su cuerpo, que se plegó con la sabiduría del instinto. Mien­tras le besaba el cuello, Ranita murmuraba, siento cos­quillitas, ay, será el amor, será el amor, y entre besos Amado lanzó sus ojos rumbo al seno, que se levantaba en olas de diez metros, luego dejó deslizar su mano hacia la paloma más propicia, ay, gemía Ranita, ay, corazón, se me sale del pecho, ¿no podemos parar un momentito y espiar a los vecinos? Ramos le abotonó lo que le había desabotonado y la llevó a la cama donde la sen­tó, disponiendo ordenadamente su cuerpo como quien coloca a una muñeca en su sitio. Quiso hablar serenamente con ella.

–Lo mejor es que nos vayamos.

–¿Qué? –gritó. Hizo una pataleta. Iba a comenzar a llorar.

Luego más serena, dijo:

–La verdad es que no quiero que te detengas. Mira, voy a cerrar los ojos–. Lanzó un gritillo, soy tuya,  De los Santos Luna,  soy tuya, tómame.

De nuevo la besó siguien­do el rumbo de sus senos y dejó que una de sus manos –la izquierda, a la que el manejo de las cuerdas del violín había hecho más osada y diestra– se deslizara en su porta­bustos y tomara acunando un pichoncillo que latía como un conejo re­cién nacido.

Ay, será el amor, será el amor, murmuraba Ranita, y bala­nín, conmovido, lanzó un bip desafora­do. Amado  rezó, Dios de los Mejores Momentos de la Vida, ampárame, Dios de los Apresurados, favo­réceme, Dios  de las Causas Perdidas, olvídame, y reem­prendió su cami­no.  Logró sin escollos desnu­dar su torso, expuso su bustito delicioso al aire, y se dedicó a besarlo ceremoniosamente, utilizando el cuenco de sus manos como quien recoge maná del cielo y luego la liberó de su falda escolar y la dejó en una primorosa pantaleta.   Le besó el ombligo,  lo que le causó un ataque de risitas hermosas y un encogimiento del cuerpo que llevó a Ranita a golpear con su rodilla al sentimental balanín que lanzó un bip terrible, acompa­ñado por una avenida imparable, estremecedora, irremediable e irreversible, que le vació por completo el cuerpo y lo dejó exánime mientras Ranita decía qué pasa, qué pasa, estás enfermo, un ataque al corazón, auxilio y ya corría a buscar ayuda calatita del todo y Amado recuperándose difícil­mente del espasmo tuvo ánimo para esconder su ignominia y decirle a Ranita, perdóname, y se escapó al baño a borrar las huellas del desastre y lloró viendo al balanín compun­gido, y lo agarró a cachetadas y regañólo  como nunca antes, hi­jín, cómo me fuiste a fallar en esta noche de las noches, pero recordó que era de día y que además no estaba haciendo literatura sino tratando de salir de un aprieto. Vino en su consuelo,  gracias a la palabra literatura, tan a despropósito llamada a escena, la imagen de un caballero, algo más esmirriado que su propia persona, que salió en busca de proezas y sólo cosechó ilusiones, mojicones y burlas.

Y cuando retornó del baño, casi diez minutos des­pués, se sentía dispuesto a explicar todo, a pedir discul­pas, a llevar a Ranita a su escuela y a pedirle que nunca, nunca volviera a pensar en él, que ella era demasiado joven para esas cosas y hasta le daría unos consejos o se los iba a dar cuando vio a la nena ten­dida en la cama, desnuda como un lechoncito recién nacido, masticando chicle, tan gene­ro­sa, tan honestamente propi­cia.

–Yo te entiendo, Amado de los Santos Dionisio Luna. Estas cosas del amor son tan complicadas.

Y ella misma, como si hubiera aprendido velozmente, comenzó a repetir paso por paso, lo que el amantísimo le había hecho: le desabotonó la cami­sa, le besó el pecho cuatripelar, lo des­pojó del pantalón y no expresó asombro ante la nueva e intri­gante insolencia de balanín, que otra vez había comenzado a recuperar parte de su don de niñas y reiniciaba  su tímido y alegre, desvergonzado bip-bip. Ranita le besó el ombli­go, colocando sus manos tras las  nalgas de Amado y mur­murando de nuevo, será el amor, será el amor, lo que enrabieció a Amado, que ya no pudo soportar tanta paradó­jica inocencia y tomándola por los hombros la colocó de es­paldas con delicadeza del ínclito luchador llamado Perro Aguayo, mientras rugía,  es el amor, es el amor, y le enterró el rostro sin compa­sión entre las piernas y le trabajó con tal dulzura sus entretelas y con tanta delica­deza sus entresijos, que cuando llegó el momento de la reivindicación de balanín, la fruta de Ranita estaba como una ciudad abier­ta, con todos sus pobladores lanzando vítores y no fue nada difícil llegar hasta el fondo mismo del placer sin que ella emitiera más ayes que los de la plenitud científica y fe­lizmente laborada, y Ranita apretó sus piernas y crispó su cuerpo, toda ella se trasformó en un guante generoso que ciño al amado con entu­siasmo de prin­cipian­te, entre­gada del todo en el momento de más delicia y des­garre y Amado de los Santos Dionisio la tomó de las nalgas y le lanzó al fondo de su dichoso abismo un volcán de hervor que fluyó, fluyó, flu­yó,  bañando su cuquita, des­birlando sus la­bios, empa­pando la sábana y tras el envión más alto hubo hubo un ligerísimo chasquido, que fue coronado por un grito y un BIP que fue su alea jacta est, una marea desborda­da de la más saludable y her­mosa, la más roja e increíble sangre de amor primero y se amarra­ron el uno al otro, casi con mie­do, ya ate­rrorizados, como si fueran cons­cien­tes de que estaban formando el único punto inmó­vil y evidente del universo y todo siguiera gi­rando hasta conver­tir la cama en el más vasto estropi­cio de amor que se pueda concebir.

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.