José Antonio Garriga Vela (1954), nacido en Barcelona y residente en Málaga desde niño, autor de una obra pausada y al margen del reclamo de las modas (ahí están Pacífico o El vendedor de rosas, por destacar dos de sus títulos más reconocidos), publica El cuarto de las estrellas (Siruela), ganadora del Premio de Novela Café Gijón 2013.
La memoria, la infancia, los demonios familiares (temas ya recurrentes en su literatura) vuelven a darse cita en esta novela conmovedora y hermosamente escrita que cuenta el regreso del narrador a La Araña, fantasmagórico barrio de Málaga donde vivió de niño, después de haber sufrido un accidente y perder parte de la memoria. Allí, en la casa que fue de sus padres y a la sombra alargada de la cementera que dio trabajo a tanta gente, desgrana la historia de su familia, el décimo premiado de lotería que arruinó sus vidas, el viaje a Nueva York en 1973, la muerte del mejor amigo del padre, los secretos que se callan o se dicen a media voz, un cuadrángulo amoroso que se remonta a las tinieblas de la Guerra Civil… Novela excelente y literaria, muy melancólica, dotada de una enorme capacidad expresiva, de un buen puñado de imágenes metafóricas que ayudan a entender la psicología de los personajes y aportan pistas sobre el propio acontecer de la historia.
El protagonista y narrador de la novela se da un golpe en la cabeza y pierde la memoria más reciente y ciertas cualidades como el olfato. Esto le pasó a Vd.
Me sucedió hace exactamente tres años, el 21 de marzo del 2011. Ese día estuve escribiendo y a media tarde fui a dar una vuelta para airearme. Entonces sufrí el desmayo y el golpe en la sien que me produjo un hematoma cerebral. Estuve ingresado tres semanas en la planta de neurocirugía; al salir del hospital tardé otro mes en retomar la novela, de la cual no recordaba nada. Me llevé un sobresalto al descubrir que el personaje del narrador iba a visitar al neurólogo cuando decidí cortar la narración e ir a dar una vuelta. Al poco rato me dio el síncope. Nunca antes había escrito la palabra neurólogo y ese día desperté en Urgencias y luego pasé casi un mes en la planta de neurocirugía.
El otro día leí que Vd. vivía de la literatura, pero no tiene demasiada obra. ¿Cómo lo consigue?
Me surgen lecturas, colaboraciones y otros bolos que me permiten ir tirando. Hasta que saco una novela. Soy paciente a la hora de publicar, no tengo prisa.
La Araña, la cementera Goliat y demás escenarios existen realmente.
La Araña es un barrio de Málaga. Está en la costa y las luces de la fábrica de cemento Goliat se reflejan por la noche sobre el mar. La Araña es una isla desierta en medio de la Costa del Sol, un lugar cubierto de polvo que los conductores atraviesan como si pasaran por un territorio fantasma. Yo también pasaba por delante a menudo y sabía que en ese lugar fantasmagórico se ocultaba una historia.
La Araña me recuerda un poco a Comala. Los personajes no se sabe si están vivos o muertos.
Aquí también la vida y la muerte se entremezclan y confunden como en la magnífica novela Pedro Páramo de Juan Rulfo, uno de mis demonios culturales. El recuerdo resucita a los muertos, la muerte es el olvido.

Garriga Vela en otra entrevista que también le realizara Lorenzo Rodríguez Garrido para Periodista Digital.
Su escritura es muy visual, compone imágenes poéticas, con mucha fuerza, que suelen repetirse a lo largo de la novela: la del trapecista entre las Torres Gemelas, por ejemplo. Estás imágenes ayudan a entender la psicología de los personajes y además se van dotando de significados metafóricos según avanza la narración.
Esa es mi intención, pretendo reflejar las imágenes y sensaciones que se proyectan en mi cerebro cuando escribo. El lector se hace cómplice al introducirse en mi mundo.
El cine tiene muchísima importancia en la novela. La mayoría de los personajes viven obsesionados con él. La obsesión del padre por viajar a Nueva York viene del celuloide. También la de la madre, cuando ve la versión de Tú y yo de 1939, con Irene Dunne y Charles Boyer.
El padre del narrador llega a decir que no le salvó la vida ninguna pistola, sino el cine. El cine ha sido fundamental para mí desde la infancia, allá por los años sesenta. Lo sigue siendo hoy. Confieso que me sigue seduciendo el cine clásico, sobre todo. Mis padres me llevaban todos los sábados por la noche a la sesión doble del cine Emporio, un cine del barrio del Ensanche de Barcelona que ya no existe y que resucito en novelas como esta y Muntaner, 38. Íbamos a la última sesión. Eran los momentos más felices de la semana.
Novela sobre la memoria, el tiempo, los conflictos familiares y amorosos, los secretos que se callan o se dicen en voz queda… Pero también es una novela sobre el siglo XX: los campos de exterminio nazi también tienen presencia.
Cuando sufrí el golpe perdí la memoria de los hechos recientes y, sin embargo, recordaba nítidamente los sucesos de la infancia y adolescencia. Las conversaciones de las sobremesas en las que se habla de misteriosas masacres y exterminios. Historias terribles que no se olvidan y que he ido intercalando en la novela.
Aunque no es ni mucho menos una novela sobre la Guerra Civil, sí podemos decir que la guerra es el origen de los secretos que ocultan los «sótanos» de esta historia.
La Guerra Civil me sirve para crear un mundo aún más cerrado dentro del territorio asfixiante de La Araña. Una escenografía que existe y que yo trato de acentuar todavía más. Un sótano de la memoria. Un cuarto oculto que encierra los secretos de los protagonistas.
La infancia y, sobre todo, la relación entre padres e hijos tienen destacada importancia en toda su obra.
Las relaciones familiares es el epicentro de mis novelas. Un micromundo donde se produce todo tipo de relaciones. No hace falta más. Por otra parte, escojo la mirada infantil porque los niños y los locos son los únicos que dicen la verdad y que pueden afirmar las barbaridades más grandes sin perder la inocencia.
Pertenece a la Orden de Caballeros del Finnegans de la que tuve noticia gracias al Dublinesca de Vila-Matas. ¿Podría explicar a nuestros lectores en qué consiste dicha orden y quiénes son sus miembros?
Un grupo de amigos escritores que nos reunimos todos los años en Dublín, el día 16 de junio, para celebrar el Bloomsday. El Ulises de Joyce inspiró la Orden de Caballeros del Finnegans, aunque el Finnegans no se refiere tanto a la novela de James Joyce como al pub que acudimos todos los años después de visitar la Torre Martelo, el lugar en el que comienza la novela. La Orden posee una serie de normas severas que casi nunca cumplimos, por eso siempre andamos expulsándonos los unos a los otros. Una historia divertida.
Su novela Muntaner, 38 (1996), ganadora del Premio Jaén, es prácticamente imposible de encontrar. ¿Ha pensado en reeditarla?
Claro que lo he pensado, pero son las editoriales quienes tienen la penúltima palabra.
Próximos proyectos literarios.
Escribir una novela que me mantenga obsesionado y moderadamente feliz.
