Es que uno no sabe... (II)

Adelanto de novela homónima

Félix Luis Viera

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

En América Latina podríamos decir: Félix Luis Viera ataca de nuevo. Y es que, luego del éxito que significó la idea de publicar en OtroLunes, por entregas, la novela La sangre del Tequila de este reconocido escritor y amigo; luego de que miles de lectores clickearan en cada número de la revista sobre los capítulos de su obra, convirtiéndose su espacio en uno de los más visitados por nuestros lectores, nos ha pedido comenzar otra novela por entregar y, sin pensarlo sabiendo que ello nos prestigia, hemos aceptado.

Félix Luis viera, como hemos dicho en otras ocasiones, es uno de los escritores imprescindibles en la historia de la Literatura Cubana desde que sus libros de cuentos Las llamas en el cielo y En el nombre del hijo adquirieron la categoría de “clásicos nacionales” y “libros de culto” para varias generaciones de escritores en la isla. Es uno de esos narradores que poseen fuerza y originalidad, algo que mucha falta le hace a buena parte de las cosas que bajo el rótulo de “literatura” se publica. Cuando se termina de leer alguna obra de este cuentista y novelista cubano se adquiere la profunda sensación de estar leyendo a un grande.

Continuemos, entonces, con otro adelanto de esta otra aventura literaria junto a Félix Luis Viera. Sabemos que los lectores lo agradecerán.

Redacción de OtroLunes

 

 *****

 

2

 

Anótalo todo lo mejor posible. Yo luego, como siempre, enmiendo y doy lustre. Me dijo Leticia cuando regresé al otro día, luego del entierro (en la madrugada repartieron dos o tres veces panes con una pasta dentro, limonada y café, café claro). Ya era difícil conseguir papel, de cualquier tipo. A veces yo escribía hasta en hojas de estraza de envolver los mandados. Ella sentía afán de ser escritora, contaba con un montoncito de páginas tecleadas —en una máquina de escribir sobre un escritorio en su cuarto, desbordado (el escritorio) de papeles, libros, recortes de periódicos, revistas—, que revisaba constantemente. Y leía mucho. (Yo también, mucho más luego de que me fui con ella.) Pero el libro bueno que yo escribiré será precisamente el que salga de lo que tú anotas (creo que no pasaba un día sin que me dijera esta frase).

Yo no había sentido ninguna molestia durante el velorio, excepto el olor a flores; macizo olor, como piedras de olor de las que no se podía diferenciar uno determinado, solo olor a piedras de olor. Excepto la custodia a que me sometió mi hermana durante toda la noche, la cual me pareció más opresiva que las veces anteriores en que nos habíamos encontrado en los últimos siete años (siete años hace que vivo con Leticia); pendiente de mí, más como un policía que como una hermana, sobre todo cuando yo iba por el ataúd y miraba la cara de mi padre tras el cristal. Excepto ese chismorreo de la gente en un sitio y otro de la funeraria; gente que parecía estar más bien en una reunión de amigos o algo así que en las habitaciones de un muerto, aun haciendo chistes de política (sé que eran de política porque uno dijo “no hagan chistes de política, que la vigilancia está muy fuerte”, porque yo solía confundirme, o a veces olvidaba, a veces recordaba lo que eran chistes de política, y la política): dentro de poco, posiblemente antes de que termine este año, había dicho uno, el gobierno iba a dictar una ley para que los servicios fúnebres fueran gratuitos, y “el colmo de un gobierno es matar a la gente de hambre y luego darle el entierro gratis”. Mi hermana no quiso aclararme qué había querido decir el hombre con este chiste de política. Nada, ocurrencias, me respondió y agregó: y te lo sigo diciendo: ahora lo que más me revienta es que esa puta de guante fino de Leticia te haya dejado venir solo, sabiendo ella que tenías que coger dos guaguas, tú solo; qué hijaeputa. Todavía, todavía la vida no está todo lo cabrona que se va a poner, ya verán, yo lo sé porque he leído mucho sobre la Rusia Roja; sin más remedio hasta los gusarapos van a ir a dar al plato nuestro de cada día, comentó otro hombre que estaba en el mismo grupo. Cuando me iba de nuevo a ver a mi papá, otros dos hombres se metieron en el grupo y se plantaron frente a los que habían dicho lo del entierro gratis y los gusarapos, sacaron un carné (cada uno), lo pusieron delante de la cara de los dos chistosos y se los llevaron, “quedan presos”, les dijeron. Mi hermana no quiso explicarme por qué dos hombres vestidos de civil se llevaban de un velorio a dos hombres también vestidos de civil, apresados. Nada, la vida, dijo. Mi hermana es puta. Es puta desde que yo la conozco, se podría decir; me lleva cinco años, tiene ahora treinta. Desde que yo tenía nueve o diez años más o menos ella es puta. Puta de arrabal, de café con leche, de cuneta, de manigua, le gritaban los muchachos del barrio al pasar ella. Yo me batía a pedradas muchas veces con quienes se lo gritaban, porque en verdad era puta, pero no era de humanos que se lo estuvieran gritando tan alto. Eso lo recuerdo, que pensé: no es de humanos que se lo grite a todo pecho; pero hoy, en estos momentos, creo que sería incapaz de pensar algo así. Por estos días no pienso, no puedo; o casi no. Ella ahora trabaja de chofer en un automóvil de alquiler del gobierno, las autoridades de la revolución socialista cerraron los prostíbulos, los muslos de las putas, y las pusieron a trabajar en asuntos así. Pero ella sigue siendo puta, me ha dicho Leticia, porque cuando se es puta, se es para siempre; eso queda, aunque ya no se sea. Quién sabe si Leticia tenga razón, pero sí: cuando puedo pensar bien, calculo que es como un linaje, como una princesa o algo así: cuando se es princesa o reina, se es para siempre, aunque te pongan de barrendera. Pero el psiquiatra no está de acuerdo. Se lo afirmé como si la afirmación fuera mía (no de Leticia) y me dijo que estaba equivocado y trató de argumentarlo, o lo argumentó, pero no le contesté. (Pero no es el caso: mi hermana, en la vida real, sigue puteando en sus horas libres, algo de este tema ha comentado con mi madre cuando salíamos del cementerio.) Este psiquiatra me trata hace como dos años y pico, cuando comenzaron a aturdirme las crisis gracias a los atropellos de esta vida; trabaja en el mismo hospital en que lo hace Leticia desde 1959; desde entonces todos los hospitales son del gobierno revolucionario. Es que uno no sabe…: Leticia es psicóloga y piensa lo contrario que el psiquiatra. Y el último excepto la despedida de duelo. Cómo sería posible que el hombre que lo hacía —que parecía estar recitando— mintiera de tal manera, como si estuviera tratando de un ser que no era mi papá. El carro fúnebre en la entrada del cementerio, a la una de la tarde más o menos, un frío como de pelusa, un aire aniñado que movía apenas las ramas de los arbustos y de los árboles, y el hombre mintiendo. Mi papá había sido un borracho toda su vida, o por lo menos desde que yo lo conocía, o sí, toda su vida, porque lo repetía mi mamá sin parar; me había golpeado casi diariamente y sin motivo la mayoría de las ocasiones, solo porque yo lo mirara, hasta por pedirle la bendición, que eso se usaba antes con los padres y los tíos y eso. Mi papá era como un boxeador siempre con ventaja. Golpeaba a mi mamá, a mi hermana, a mí, cuando estaba dentro de la borrachera y a veces igual cuando se le pasaba. También mi mamá puteaba desde que mi hermana y yo éramos chiquitos. Putea por ahí, que el dinero está del carajo, escuchamos mi hermana y yo que le dijo un día mi papá a mi mamá; o varias veces. Y mi mamá en ocasiones puteaba aun con el lechero, por el importe de la leche. Puteaba en el cuarto —de paredes de yaguas, peor que la casa, de tablas— que se hallaba al fondo del patio, o, mejor dicho, al fondo del solar yermo que fungía como patio de la casa por derecho propio. Con cualquiera. Y con su putería aportaba el dinero para el gasto que suplantaba al que mi papá debía asumir pero se echaba en bebidas. Mi papá era albañil pero muchas veces no había trabajo, decía, y mi mamá decía que muchas veces sí tenía trabajo pero a él no le salía de los cojones hacerlo. Nunca los muchachos le gritaron a mi mamá puta de esto y de lo otro, de modo que no tuve que apedrearlos. Cuando el tipo que le despide el duelo está afirmando lo contrario, hablando de otro que no es mi papá, busco una mala palabra para desmentirlo, y no la encuentro, hay que pararlo, está diciendo más mentiras que todos los seres mentirosos juntos, le digo bajito a mi hermana, tú te callas, coño, me dice ella también bajito y me pellizca en un brazo hasta chasquearme la sangre, tú te callas, cabrón, me ordena cuando le digo que lo peor de todo es que las treinta o cuarenta personas que están oyendo al tipo que despide el duelo saben que está mintiendo y no protestan, oh. Entre esos tipos y yo pagamos el entierro, no jodas tanto, la vida es una mierda, pero la muerte es peor, así que no hay que decir nada malo de los que se mueren, ¿no te das cuenta?… bueno, tú ya no te das cuenta de nada.

 

 *****

 

Es que ya tiene el cerebro más chiquito que un niño de dos años, ¿cómo no se va a acordar de que ahora soy chofer de alquiler, ni del color de este carro y lo demás?, le dice mi hermana a mi mamá, ya en camino, porque antes yo he preguntado de dónde sacó ese carro tan bonito y por qué tiene esos colores marrones, tan llamativos, de dos tonos. Cuando ella lo ha dicho recuerdo casi: es uno de los autos de las personas que se han ido del país por el tema de la revolución socialista o que se los incautaron porque eran automóviles mal habidos según el gobierno de la revolución socialista, y ahora son de alquiler, pintados como tal, y los tienen las que antes eran criadas en las casas de personas de dinero. Entonces veo que me he equivocado en lo escrito antes: en estos carros andan trabajando algunas sabandijas, cabronas, bichas, como mi hermana, que se hicieron pasar por criadas de las personas pudientes de antes de 1959, presentando cartas, testigos falsos y todo el papeleo, y agarraron el curso que dio el Gobierno para aprender a manejar. Eso hace tiempo yo lo sabía, como todo el mundo, pero me acuerdo perfectamente ahora, en este instante. Este siempre ha sido un comemierda, todavía antes de que el padre le diera el trancazo, le responde mi mamá a mi hermana, refiriéndose a mí. Yo miro para el asiento de atrás, donde está mi mamá, y quisiera decirle algo que la hiriese hasta el hígado, pero no me viene a la cabeza la palabra que necesitaría. Solo la miro con asco, o creo que he puesto asco en mis ojos. Ella da asco. Es una vieja que parece un paquete de picadillo polvoso de ropas y carnes. Desdentada de arriba y de abajo. Con el pelo hecho mechas requemadas, sin color. La cara, con tantas arrugas, que creo es un guayo. Da asco, pero la miré con asco por lo que me dijo, no porque a mi dé asco. Porque así la miré ella me da un cocotazo en la nuca y dice para mi hermana: pero si hubiera seguido cuerdo a lo mejor sería peor, quién sabe si hubiera salido desmadrado como su padre, o más; así que el mismo padre lo salvó con ese trancazo que le sonó, lo salvó de ser un hijoeputa más grande todavía que el mismo padre, quién sabe, porque antes del trancazo, recuerda, ya era odioso, quería ser un gran estudiante y científico y toda esa mierda como si no viviera en el barrio de las Chinches Perdidas, ¿te acuerdas? Mi hermana dice cómo no me voy a acordar y a mí: acaba de ponerle bien el seguro a la puerta y sube el cristal hasta arriba, piojoso, no vaya a ser que te dé por tirarte afuera o abras la puerta sin querer. Lo del trancazo que me dio mi padre se me olvida a veces, pocas, eso sí, y luego lo recuerdo, como ahora, con toda claridad. Fue en el pecho, casi junto al cuello. Yo me estaba masturbando en el cuarto de yaguas. Mi papá daba vueltas, borracho, por el solar como patio, y escuchó. Empujó la doble yagua que hacía de puerta. No hagas tanto ruido haciéndotelas, me gritó. Me sacó del cuarto de yaguas y empezó a zarandearme agarrado por el pelo por todo el solar, yo todavía con la pinga afuera y medio parada. Cuando me soltó me quedé a la distancia de un golpe, y lo que pensé entonces, por momentos, lo recuerdo diáfano: esta vez, en cuanto me levante la mano, le voy a dar yo primero, un derechazo con toda mi fuerza. Pero de pronto él sacó la pierna derecha y me pateó en el lugar dicho. Él llevaba botas de albañil. Cuando el médico de la Casa de Socorros supo que éramos del barrio las Chinches Perdidas, nos tiró a relajo. Por poco te saca la tráquea por la cabeza —me dijo, entre otros chistes—: es duro ese vecinito tuyo. Porque mi mamá, quien me llevó, le contó que había sido en una bronca con otro muchacho del barrio. Es que uno no sabe…, le contesté al día siguiente al profesor de Historia del Instituto de Segunda Enseñanza, en donde yo entonces estudiaba el primer año y que todavía está al otro lado del Parque Central —del lado de acá, en línea recta, se halla la inmensa casa de Leticia—, pero ahora, desde que tenemos la revolución socialista, se llama Instituto Preuniversitario. Es que uno no sabe…, le había dicho al profesor de Historia y, sin embargo, dos segundos antes yo sabía que era una pregunta fácil de responder, pero de pronto me había quedado vacío, no discernía nada. Mas, unos cuarenta segundos después recordé —esto lo recuerdo bien— con toda exactitud la respuesta. Ya es tarde, me cortó el profesor cuando pedí otra oportunidad. ¿Cómo podría la patada que me dio mi papá en lo alto del pecho afectarme el cerebro, o al menos la cordura? ¿Cómo era eso de que ahora me acordaba de todo y ahorita de nada y ahora sabía quién descubrió a Cuba y con cuántos marinos venía y ahorita no sabía cuánto sumaban diez más dos? Eso me lo estaré preguntando toda la vida, me dijo, las tres o cuatro veces que fuimos a verlo mamá y yo, el médico del hospital de Salubridad. Mejor que me revisara un neurólogo o un psicólogo o un psiquiatra, o algo así, me anunció en la última ocasión y me entregó una nota de remitido. Pero en Salubridad no hay de esto, así que ahí te mando al consultorio particular de un psiquiatra, para que vayas empezando, agregó luego de entregarme la nota. Mejor es que se quede así medio bobo, la gente así medio boba sufre menos. Oí que dijeron cada cual con sus palabras mi padre, mi madre, mi hermana. Y solo mi padre: un médico especialista particular no está al alcance de la pala de un albañil, qué le vamos a hacer. Por eso, en el velorio, cada vez que podía pensar y recordar al hilo, iba al ataúd, miraba la cara muerta de mi padre, allí en su féretro de cuatro por diez pesos, y le pasaba con la mente: “Perdóname por aquel trancazo, aquella patada que me diste”.

Lo que pasa es que nosotras somos muy calientes, dijo mi hermana y miró a mi madre, que asintió con la cabeza y bocetó una sonrisa que, de tan horrible, mejor se tomaría por un aullido silente. Estábamos sentados en una banca del Parque Central, mi hermana había estacionado su carro de alquiler junto a la acera y dijo “vamos a sentarnos un ratico aquí antes de que este se vaya a su casita, o su casona, y luego yo lo llevo hasta la misma puerta”. Yo puedo cruzar el tramo del Parque y la calle y llegar solo hasta la casa, son nada más unos pasos si vamos a ver, y hoy siento en mi corazón que me estás cuidando más que nunca. Le dije. Ella respondió: si te cuido hoy más no es porque te quiera tanto, así que olvida eso del corazón, lo que pasa es que, por lo visto, cada día estás más borrico y va y te pasa algo y luego le echan la culpa a una, principalmente esa comemierda de Leticia, y a fin de cuentas la misma carga de conciencia tiene una si por su culpa le pasa algo malo a un hombre de talla o un atarantado como tú. Ella había dicho: lo que pasa es que nosotras somos muy calientes porque yo me había quejado del frío, que ahora estaba subido y lo sentía caerme como si lloviznara (el frío) desde las hojas del flamboyán que cubría a la banca. Cojones, dijo mi mamá (en ese momento oí clarito y noté que su voz sonaba más mortecina y ahuecada que nunca antes, más bien como un croar de rana enferma), y eso que tú estás bien arropadito con esa chaqueta, dijo, y mirando a mi hermana: ¿verdad? Ellas estaban sentadas a mis lados y pensé que la gente que pasaba cavilaría que éramos tres personas que no teníamos nada que ver entre sí; por las vestimentas. Mira con qué ropa andamos nosotras, cabrón… eh, nosotras si estamos jodidas. Pues yo he visto en el televisor y he escuchado por la radio y leído en los periódicos, que ahora hay ropas y buenos empleos para todos, si ustedes andan así como andrajosas es porque no se preocupan por su apariencia. Les dije. Mi mamá me dio un bofetón de rozón y de a revés en la punta de la barbilla que me sacó las lágrimas. Carajo, menos mal que llora, vamos a pensar que esas lágrimas son por tu padre, hijoeputa, dijo mi hermana mientras sonreía a medias. Nadie lloró. Ni ustedes dos ni esos que dijeron que eran mis tíos, hermanos de mi padre, ni esos que dijeron que eran mis tíos y tías, hermanos tuyos, mamá, ni esos otros tipos que no sé quiénes eran y andaban en el velorio y en el entierro y me saludaban y se acordaban de mí, cómo has crecido, diciéndome. Fue un muerto sin una lágrima; nunca, estoy seguro que ni en los momentos en que pueda pensar bien, a todo calibre, habré de saber o acordarme de un muerto que no se lleve una sola lágrima. Esto no lo dije, por miedo de que mi madre me soltara otro bofetón. Esto sí: solo vi llorar a una persona, una mujer que estaba a la entrada del hospital cuando yo llegué y me dijo que él ya estaba muerto y trató de abrazarme, llorando. Lo que pasa es que como estás quemado del coco no te acuerdas de esa mujer que no pocas veces la viste, pero ella sí se acuerda de ti, estoy segura de que estás hablando de la que querida de papá desde los tiempos de los tiempos, hasta que a él se lo tragó la cirrosis y lo bajó a la cama, porque hasta los cometierra como él, en las Chinches Perdidas, necesitan tener una querida para hacerse los piedras y con la otra mano dejan que su mujer oficial putee para mantener a la querida. Dijo mi hermana, sin dejar de sonreír, mientras los ojillos acuadrillados de arrugas de mi mamá se metían hacia el piso, y agregó mi hermana: y se salvó esa pelleja de que yo estaba trabajando, que si la llego a agarrar vagando por donde estaba papá ya casi muerto o muerto, la ripio. ¿Cuándo tú estás trabajando no puedes andar así tan cochambrosa, verdad?, tienes que andar de uniforme, limpia, bonita, ¿verdad? Le dije. Ella metió la cabeza delante de mí y miró a mi mamá: déjame llevar a este retrasado hasta la puerta de su casa, que ya está hablando más mierda de la cuenta… Y además, si a uno de estos policías de la esquina le da por averiguar qué pasa con ese carro de alquiler tanto tiempo ahí parado, me puede joder por completo, ni me va a creer el cuento que lo estoy llevando a la mecánica.

¿Tú crees que estuvo bien que le dijera, pensando, a mi papá, “perdóname por aquel trancazo, aquella patada que me diste”, cuando iba a verlo a la caja de muerto?, eso fue lo que hice, sabes, porque me acordaba de aquella tremenda patada que me dio y que ya ves como me tiene. Pregunté a mi hermana ya terminando de pasar la calle, a punto de meternos bajo el portal donde está la casa de Leticia, luego de pedirle permiso con un saludo a uno de los tres policías que cuidan la casa por la zona del portal; todos ellos me conocen. Mejor debiste cagarte en su madre por haberte dado el trancazo —responde mi hermana—: pero hasta muerto le tenías miedo, porque siempre has sido un pendejo y al final además un loquito de tres por real. ¿Y cuándo nos vemos de nuevo, hermana? Tenlo por seguro que únicamente cuando pase otra desgracia, responde.

Ahora, a ver si a Leticia le gusta como quedó este escrito, va y se molesta y empieza a preguntarme, a interrogarme más bien, ¿no te quedó nada básico por anotar?, ¿estás seguro? Gritará quizás. Me gritará. Por momentos no le hallo sentido: de cualquier manera ella tacha, reescribe, adiciona, inventa, quita, pasa en limpio después de interrogarme, y luego va y suma las anotaciones a ese trabuco de papeles allí en su escritorio desbordado. Y tal vez me repita: ya sabes: pon tú el carbón, yo hago el diamante.

 

Del Autor

Félix Luis Viera
(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los libros de poemas: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC 1976, Ediciones Unión Cuba); Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba); Cada día muero 24 horas (Editorial Letras Cubanas, 1990); Y me han dolido los cuchillos (Editorial Capiro, Cuba, 1991) y Poemas de amor y de olvido (Editorial Capiro, Cuba, 1994). Los libros de cuento: Las llamas en el cielo (Ediciones Unión, Cuba, 1983); En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983, Editorial Letras Cubanas, nueva edición 1988) y Precio del amor(Editorial Letras Cubanas, 1990). Las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de novela, UNEAC 1987, Premio de la Crítica 1988, Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (Ediciones Unión, Cuba ,1995);Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003, Editorial Eriginal Books, Miami, 2012) y la novela corta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997, Editorial Capiro, Cuba, 2002).
Su libro de cuentos Las llamas en el Cielo es considerado un clásico en su país. Sus creaciones han sido traducidas a varios idiomas y se han publicado en antologías en Cuba y otros países. En su país natal recibió varios reconocimientos por su trabajo en favor de la cultura. En Italia se le conoce por su novela Un ciervo Herido, editada con el título El trabajo os hará hombres (L’Ancora del Mediterráneo, 2008), que aborda el tema de la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), en realidad campos de trabajo forzado que existieron en Cuba, de 1965 a 1968, adonde fueron enviados supuestos desafectos a la revolución castrista, como religiosos de diversas filiaciones, lumpen, homosexuales y otros. Esta novela, con buena acogida de público y crítica, ha circulado en varios países de habla hispana y en la Florida.
En 2010, Félix Luis Viera publicó en México El corazón del rey, novela que incursiona en la década de 1960, cuando en Cuba se establecía la llamada revolución socialista, y que expone el mundo marginal de esa época. Ese mismo año dio a la luz el poemario La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami), publicado posteriormente en Italia por ediciones Il Flogio y merecedor de uno de los Premios “Latina en Versos”, otorgados en aquel país.
Es ciudadano mexicano por naturalización.