Sergio García Zamora (Esperanza, Cuba,1986). Poeta y editor. Licenciado en Letras por la Universidad Central de Las Villas. Autor de Autorretrato sin abejas (Ediciones Sed de Belleza, 2003); Tiempo de siega (Premio Poesía de Primavera 2009, Ediciones Ávila, 2010); El afilador de tijeras (Ediciones Sed de Belleza, 2010); Poda (Premio Calendario 2010, Casa Editorial Abril, 2011); Día mambí (Premio Digdora Alonso 2011; Ediciones Vigía, 2012) y El Valle de Acor (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2011; Editorial Capiro, 2012). Ha obtenido los premios Fernandina de Jagua, Manuel Navarro Luna y José Jacinto Milanés. Textos suyos aparecen en publicaciones de Honduras, Puerto Rico y México. Mereció en 2012 el Premio de Poesía Emilio Ballagas con La sobrevida.
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Ojos que miran venir la ola
Ojos que miran venir la ola
hasta ensombrecer bajo la ola
porque ya es todo cuanto se les concede.
Idea que se aviene con las costas del Japón,
las costas de Fukushima –ahora mismo-,
las aciclonadas costas de La Habana.
Ola de turbación fue el Mariel
cuando la patria se despedía de la patria
y todo resultaba evidente.
Desde entonces esa agua no tiene paz.
En Matanzas
-nombre devenido premonición-
he visto, junto a estibadores, una trifulca:
palabra que no se ajusta a la pelea
entre un mulato y otro,
pero que logra disimular el cuchillo
y el horror, bajo las sílabas.
Hace poco he leído
que el Mar de la Tranquilidad
se encuentra en la Luna,
lo cual no me asombra en absoluto.
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Otro (el mismo) camino de Santiago
¡ Oh Cuba ! ¡ Oh curva de suspiro y barro !
Federico García Lorca
Mi padre prometió que iríamos a Santiago para ver
el rostro de la Virgen. Sobre un agua demasiado
revuelta viajó ebrio nuestro espíritu. Ir a Santiago,
Dios mío, en un coche de agua negra, como
siempre dijo Federico. Ir a Santiago: sobrevivir
a la penuria, recobrar la fe de los días luminosos
con el manto de Nuestra Señora. Ir a Santiago,
¡ Oh Cuba !, mi padre prometió que iríamos a
Santiago. Pero en esta ciudad solo he visto cómo
la gente se curva, cómo el aliento no es aliento,
sino suspiro y cómo nos volvemos animales de
silencio en el barro.
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Isla, dragón
Esta isla es un dragón con los ojos comidos por la
sal; un dragón ciego cuyas escamas no esplenden
aunque cien vírgenes las pulan durante toda la
noche. San Jorge llega a caballo sobre una barca
de espinos y rodea al monstruo: busca un sitio
blando para dar su lanzada. Pero el caballero ve lo
mismo que Vasco de Gama: excelentes puertos y
ensenadas. Es una isla concluye, y se marcha San
Jorge, matador de dragones, en el trópico burlado.
Esta isla es un dragón que vela por el tesoro de
otra isla. A veces los ciclones le tientan las alas sin
saber que es bestia marina. Bañarse en su sangre
concede la vida eterna. Yo, que me he sumergido
en sus cauces, he probado morirme de nostalgia,
de hambre, de hastio, pero nada me queda claro.
Si partieras ahora hacia una espléndida ciudad del
mundo, no te culparía.
Es tan difícil vivir sobre el lomo de un dragón…
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Vida del amigo
Intentas discernir entre lo oscuro
con la inmovilidad del ciervo
cuyo oído es encantado por la muerte.
Vives prometiéndote el éxtasis,
la plenitud sin orillas,
en esta ciudad donde has amado
y es un erial, un sinuoso erial
donde el cuervo cobra ventaja.
Después de los amigos, idos o muertos,
no has encontrado un justo,
un anclaje de tu sombra y otra sombra.
Escribes de Samaria y Jerusalén
que debieron ser espléndidas,
pero que se marchitaron
sitiadas por el hambre;
ciudades donde intentabas discernir
ciertos actos, cierta extraña oscura
de Dios y de los hombres.
Ahora lo sabes y lo sé.
Escribes desde la turbación;
escribes con una espada sobre ti.
