Rafael Arráiz Lucca (Caracas, 1959), poeta fundamental de la poesía contemporánea en español, con títulos como Balizaje (1983), Terrenos (1985), Almacén (1988), Litoral (1991), Batallas (1995), Poemas ingleses (1997), Reverón, 25 poemas (1997) y Un bonzo sobre la nieve (2011), representa en la actualidad lo mejor de la poesía venezolana, esa que ha dado grandes poetas como Ramos Sucre, Rafael Cadenas, Hanni Ossott, Eugenio Montejo o Yolanda Pantin. También historiador y gran conocedor de la Historia de Venezuela, Rafael Arráiz Lucca es una eminencia consultada tanto en temas históricos como políticos de su país y los países de su entorno. Abogado, Especialista en Comunicaciones Integradas, Magister en Historia de Venezuela, Doctor en Historia e Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua, ha publicado títulos sobre las más diversas materias –Historia, Política, libros de entrevistas, biografías, historia empresarial—; su labor como antólogo e historiador de la poesía venezolana está recogida en Antología de la Poesía Venezolana (1997); Veinte poetas venezolanos del siglo XX (1998); Diez poetas venezolanos del siglo XIX (2001); Antología. La poesía del siglo XX en Venezuela (Colección Visor de Poesía-La Estafeta del Viento. Madrid, 2005); y El coro de las voces solitarias. Una historia de la poesía venezolana (2002).
Colección La Palma les presenta la publicación por primera vez en España una edición que contiene 2 de sus libros más hermosos, el poema Pesadumbre en Bridgetown (1992) y el libro Plexo solar (2002), según la crítica, libros de la misma familia poética dentro de su obra. Se trata, pues, de la primera ocasión que estos textos aparecen en edición en España y también de la primera vez que se presentan juntos, en una edición especial.
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Tres
El animal de peltre que desde hace años me acompaña
resopla sobre la hornilla como un silbato de tren.
Voy en su auxilio: soy un devoto en pos de sus iconos.
Mientras vierto el líquido del amanecer,
sobre el herido pocillo de barro,
recuerdo la máxima recurrida y utópica:
“El mayor trabajo del hombre
es la búsqueda de la felicidad.”
Me asomo en la ventana del espejo
para ver mi sonrisa pronunciarse
sobre el crepúsculo que me refleja.
¿Quién esplende en mi mirada?
Veo los ojos de mi madre en los míos:
sus cejas levemente protuberantes,
como unas discretas cordilleras,
cayendo sobre los párpados.
Ahora vislumbro la sonrisa de mi padre en la mía:
su rictus para desenvainar el brote perspicaz de la ironía.
Creo ver en el mentón partido
la misma división que llevaba mi abuelo
desconocido y rescatado en el desván de las fotografías.
¿Qué hay de mí en esta pieza cubista
en que se me convierte la cara,
cuando logro separar sus partes
y brilla la autonomía de sus causantes?
Algo debe haber,
pero lo distinguirán mejor mis herederos,
los que llevan en sus maletas el compás medido
de los trayectos y los puntos equidistantes.
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Cuatro
He muerto.
Desde que el desvarío de mis pupilas
anunciaba el estado de coma,
mis hijos han permanecido como canoas
en los costados del lecho.
Hilda, la enfermera que me asiste en el tránsito,
cata las intermitencias del pulso cada vez más lejano,
oye los murmullos de un gato agonizante sobre los rieles del tren.
Mis ojos abiertos están en blanco
y mi boca se abre aspirando las últimas bocanadas
del aire dichoso.
Un latigazo eléctrico sacude mis piernas
como el estertor del toro después de la puntilla:
mi corazón ha dejado de latir.
He muerto.
La sangre ha dejado de recorrer mi cuerpo en su frenesí.
Lo que sustentaba mi piel como una vieja promesa
le ha cedido el espacio al color amarillento de los papeles
decrépitos.
Soy una suerte de hoja ocre plagada de hongos,
un papiro abandonado sobre el tope de una nevera
Mi sangre, que durante años fue fiel en su periplo rutinario,
no recibe el impulso para su itinerario retórico.
Soy una casa olvidada por la suerte del fuego
que le ha dejado su reino al hielo más seco.
He muerto.
Una sola instrucción he dejado a mis deudos:
al apoderarse de mí la tiesura,
abran las ventanas para que mi alma encuentre su rumbo,
déjenla ir,
no interpongan ningún obstáculo a su vuelo,
el aleteo de las palomas que se anuncian
con el carraspeo de sus gargantas
les anunciará la ascensión del espíritu que encontró en mí
la hospitalidad de un cuerpo romo,
poco filoso, naturalmente tibio, herbívoro,
proclive al regazo de las hembras.
He muerto.
Las campanas de la iglesia vecina han propagado su eco
a la misma hora de mi nacimiento:
son las doce y treinta del mediodía de una fecha imprevista.
No recuerdo cuántos años han pasado desde mi llegada,
pero sé que la misma luz que me recibió me despide.
He muerto.
Asciendo en volandas hacia un espacio de luz
más blanco que las volutas de algodón,
pero nada hay en mi vuelo que perturbe la paz
de creer que he concluido todas mis batallas.
Atrás queda la ventana de mi apartamento
y más lejos aún la cama donde he rendido mis últimas fuerzas.
Ya Caracas es un paisaje abstracto que se divisa
entre el fragor de las nubes quiméricas.
Ya América se escruta entre la bruma
con su figura de trompo alargado y difuso.
Ya la tierra es una sola esfera azul que se achica
como una fortuna majestuosa que se pierde en el tiempo.
He muerto.
Asciendo hacia el punto donde todas las preguntas
adquieren respuesta.
Voy entrando en un túnel que acelera mi vuelo,
soy lo que siempre he sido:
una mínima partícula amada por un Dios memorioso.
Mis fragmentos de pronto han sido tocados
por el rayo de la totalidad:
todo en un segundo lo comprendo.
Las escenas centrales de mi tiempo terreno,
de las que ignoraba su carácter principal,
han salido al damero del entendimiento ejecutando su danza.
Todos los puntos que no advertía cercanos
han revelado ahora sus conexiones ocultas:
una araña teje su tela en la penumbra,
tengo en mis manos el Aleph de Carlos Argentino Daneri.
He muerto.
Poema de Pesadumbre en Bridgetown (Seguido de Plexo solar)
Colección La Palma, Madrid, 2014

