La sorpresa en la vuelta de la esquina

Sobre la novela El niño perdido, de Thomas Wolfe

Ainize Salaberri

El niño perdido
Thomas Wolfe
Periférica, 2011

 

T-Wolfe-Librario-Narrativa-OtroLunes34Leer a Thomas Wolfe en El niño perdido me ha recordado a otros libros y a otras películas. El tono elegiaco y lastimero, un tono que se duele y se reproduce en cada página, cual cola de lagarto que vuelve a aparecer para éxtasis de niños y mayores, me ha recordado a Elizabeth Smart y a Arthur Cravan, ambos publicados también en Periférica. Los tres comparten esa escritura como vía de dolor, como modo de escape: igual que a otras tantas escritoras, la unión de las palabras, la exposición de la desgracia, aliviaba un poco la pesada carga de la pérdida. Thomas Wolfe se resquebraja en mil pedazos en todas y cada una de las líneas igual que Smart se resquebrajaba en En Grand Central Station me senté y lloré. Parece que a la editorial Periférica le gusta darnos en todo el estómago. La novela de Wolfe, quien fue alabado por muchos escritores, Faulkner y Kerouac entre ellos, escribe una novela, que es más una «nouvelle», cortísima y fragmentada, que es deliciosa, sí, por cómo está escrita y por cómo desgrana esa América de principios de siglo; el Saint Louis y su exposición universal de 1904. Leer a Wolfe no sólo me ha recordado viejos pasajes de una Elizabeth Smart que me encantó, o de un Arthur Cravan que me sorprendió, sino que también me ha traído a la mente la novela –y posterior película– de Richard Yates, Vía revolucionaria. No es la misma historia, ni tan siquiera es el mismo estilo de lamento; no es el mismo grito en la nada, pero sí que es la misma América suburbana, tal y como yo la percibo entonces; las mismas aspiraciones rotas en un eco imperceptible, el mismo dolor ante la pérdida de algo que no será reemplazable ni recuperable jamás. La novela de Yates y de Wolfe son distintas, ocurren en períodos muy distintos, la de Yates en el 1955 y la de Wolfe en 1904 y, sin embargo, como lectora he percibido una similitud que me ha hecho volver a los fotogramas de la América de los neones, las ferias y la intención. Porque, tal y como ocurre ahora, y tal y como ocurría en los años, décadas, del «sueño americano», América era una pelota que nunca caía al suelo, como decía Dylan Thomas de su infancia, una intención que nunca, jamás, llegó a tomar tierra firme. El niño perdido habla exactamente de eso, de un niño que se perdió en vidas en las que era necesario, un niño que se encontró demasiado pronto con la verdad de la vida, con la América enferma. La tos, el vómito, la sorpresa en la vuelta de la esquina.

Donde más acertado se encuentra Wolfe es en las descripciones de esa ciudad, de ese suburbano, del tranvía que hace retumbar el sótano donde el niño Wolfe busca consuelo a tanto calor inhumano. Las descripciones, que a veces se intuyen más que se leen, son resultado de un hombre que sabía observar y despellejar la ciudad escondida, el barrio escondido, que subyace a toda gran intención, a toda supuesta oportunidad. Todo ello sumado a unos recuerdos que engrandecen las descripciones, que le dan la importancia justa y necesaria. Las descripciones no están por estar, tienen el objetivo de imponer todos y cada uno de los detalles necesarios para crearnos una imagen perfecta, ajustada a la realidad de entonces, a su realidad de aquellos días. La elegía, el trasfondo doloroso, intima con nosotros y el viejo polvo, la vieja arenilla de una plaza en la que se encuentra una tienda de golosinas que acaba de robar a un niño tres estampillas se resquebraja, aún más, en nuestras manos y nos hace estornudar. Es el dolor. Es la pena.