El punto K
David Hernández Sevillano
Eurisaces Editora Ourense, 2014
Con El punto K, suma David Hernández Sevillano (1977) su sexta entrega. Avalada hasta la fecha por significativos galardones, su obra viene caracterizándose por una voz que sugiere de manera intuitiva y penetrante, y no se esconde de la certidumbre que ofrece la realidad. La incesante búsqueda de una íntima conciencia, le permite hallar un seguro cobijo desde donde profundizar en un discurso sintético, pero emotivo. Además, el uso de un verso bien ritmado y de sabia construcción, completan su sereno decir.
En esta ocasión, el poeta segoviano ahonda en una temática que ya circundara en libros anteriores: el amor, el ayer, la infancia, la nostalgia…, pero sobre todo, su verbo se detiene en la fusión del Hombre con la Naturaleza, en su irrenunciable coexistencia. Sabedor de que la cotidianeidad del ser humano y su conexión con el paisaje son al mismo tiempo manantial de preguntas y escaso torrente de respuestas, Hernández Sevillano se afana en encontrar un espacio y un tiempo que sean propicios para develar su mortal condición.
Afirma Daniel Casado en su prefacio, que este volumen “cartografía el territorio hostil de la desposesión y la supervivencia. Y lo hace celebrando lo perdido, trascendiendo su dolor, indagando las múltiples formas de una misma cicatriz. Sí, este es un libro de amor, es decir, de desamor, inevitable reverso de la felicidad literaria”. Y, en verdad, que en el ámbito de esa dicotomía apuntada, “desposesión/supervivencia”, se mueven estos poemas, esta geografía de interiores, donde el yo lírico pretende aprehender la otredad de la conciencia humana, su irreversible destino, porque “…existe una raza de valientes/ que saben que la vida ocurre ahora,/ que no hay precio más alto que el silencio/ ni pérdida mas honda que el temor/ y que así es el azar/ -aunque nos duela-:/ no siempre se trata de dónde o con qué empeño/ pones el corazón”.
Dividido en cuatro apartados, “Borrasca I. Granizo y mermelada”, “Borrasca 2. Previsiones de cambio”, “Borrasca 3. El paso de las nubes” y “Epílogo. Después de la tormenta”, el conjunto, presenta una modulación unitaria, homogénea, donde el realismo de sus versos se anuda a una fina veta metafísica que comporta mayor relevancia y plasticidad a su cántico: “Los charcos son mares./ Tirita sobre ellos el reflejo/ de los hombres/ que no se atreven a temblar allá,/ en la cima del ser,/ en su cuerpo./ No puede compararse con ninguna/ la verdad de los charcos”.
En su penúltimo poemario, El peso que nos une (2010) -con el que obtuviese el premio “Hiperión”-, anotaba: “Siempre admiré el valor de quienes salen/ en busca de una cita a ciegas con la vida,/ de quienes saben habitar el riesgo”. Y en Animalario -premio “Jaén” de Poesía 2012-, escribía: “Por alguna razón el ser humano/ da lo mejor de sí/ cuando todo parece estar perdido”. Sumergido, una vez más, en ese doble juego que es la vida y la derrota, en esa ambivalencia que alienta lo que perdura y aventa lo que se pierde, el poeta se enfrenta a antiguos sinsabores, a esenciales dichas. Pero, todo ello, con la evidencia de no perder nunca de vista la autenticidad que otorgan los años ya vividos: “Tarde ha dejado de sonar la música/ de las campanas y los cementerios./ Después, la certitud/ de haber llegado tarde,/ de estar llegando tarde,/ de no saber cambiar tanta demora”.
Al cabo, un libro que ofrece un sincero testimonio, una poesía honesta, y que confirman una voz personal y madurada: “Es la hora del frío y las lechuzas/ de las casas de piedra/ y su alfabeto de humos,/ la hora en que la niebla/ mastica las palabras hacia adentro./ En ese tiempo está mi hogar”