Son estos pueblos y sus gentes lo que conforman mi literatura. Las arenas del camino que bordeaban mi casa de la infancia, el pantano de Benito y los niños sumergidos en él, los viejos madrugadores en el portal de la tienda llamada Del Pueblo –a los que un día nombré historiadores-, los tabacos de mi abuela Petrona en cada hendija de la pared y su carácter irascible, las groserías de mi madre en las madrugadas mientras intentaba encender el carbón y su inagotable espíritu de combate, la ciudad de Santa Clara con su parque Vidal habitado por el trinar de los pájaros y sus excrementos sobre cada banco, sus intrincadas calles empedradas o atiborradas de huecos y salideros de agua por doquier, y sus bulliciosos pregoneros, son los distintos escenarios que recreo o me invento. Son estos pueblos y sus gentes los que me hacen sentir más cerca del niño que un día fui y del hombre que soy. Son ellos los que me hacen ser cada día más humano, mejor padre, mejor amigo, y también, por qué no, los que me obligan a esforzarme para que cada vez que intente perpetuar mi alma sobre el papel en blanco esta sea más transparente.
Luis Pérez de Castro
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Mi madre fue católica. Su herramienta predilecta siempre fue la Biblia, la ponía en una esquina de la mesa y hasta que no se rezara por todos los fieles, nadie podía llevarse un bocado a la boca, y lo hacía con todas las estridencias de un militar, sin importarle cuántas semanas lleváramos con el estómago pegado al espinazo, y lo mejor, que nos obligaba a estudiar, si se iba la electricidad encendía una lámpara, en ocasiones hasta dos, y nos decía: Arrímense a la mesa. Y ahí nos mantenía hasta tanto no termináramos nuestros deberes. Mi padre fue diferente, sólo rezaba algún Ave María o Padrenuestro cuando algo le salía mal. Nunca le importaron los partidos políticos. Esos lo único que saben es joder a los demás y llenarse los bolsillos, y en todas las épocas van a ser iguales, decía con marcado desprecio en sus palabras. Sufría de solo ver unos bonos que le entregaban los Consejos de Defensa de la Revolución para zapatos, ropas de trabajo o cualquier otro producto. Pues, según esos políticos que él aborrecía, había que repartir lo poco que teníamos a partes iguales. Mi padre fue distinto, tanto que su corazón se dividió en dos cuando tuvo que presenciar como se llevaron a mi hermano mayor esposado delante de toda la vecindad. Lo pasearon por el centro del barrio como un objeto museable, como ejemplo de lo que le sucedería a todos aquellos que pensaran diferente a los que lucharon en beneficio de los demás. Siete meses después vinimos a saber que se encontraba en lasUnidades Militares de Ayuda a la Producción, centro donde internaban a personas que fueran supuestos delincuentes, homosexuales, lesbianas, Testigos de Jehová, hippies, santeros, chuloso, simplemente, no comulgaran con las ideas del régimen. Por una carta de mi hermano pude saber lo que eran esas unidades, decía: Estamos presos, mi hermano, y nos llaman reclutas. Tenemos que formar, marchar y cantar la internacional todo el tiempo que a los guardias les da la gana y, para rematar, permanecen con las bayonetas caladas en sus fusiles y casi puestas en nuestras narices, después nos llevan a comer un sancocho que seguro estoy ni los puercos se lo comen. Mi hermano, parecemos animales dentro de estas jaulas rodeadas por catorce pelos de alambres… Semanas después de la carta comprobé, por testimonios de personas que ya habían compartido su misma suerte, que dormían en hamacas y al amanecer los despertaban golpeándolos con sables o les cortaban las cuerdas de la hamaca,obligándolos más tarde a trabajar en el corte de la caña, así como sufrir cualquier tipo de humillación de no cumplir con lo dispuesto por los mandantes. Apenas pasado diez meses mi hermano se fugó y con la ayuda de unos amigos se fue del país rumbo a los Estados Unidos. Mi madre no soportó la perdida y a finales de julio de 1966 también se marchó, lo hizo en silencio, sin una oración, sin su inseparable Biblia. Yo, entre tantos proverbios que ella solía decir, me adueñé del único que realmente tenía que ver conmigo y que repetía a diario sin saber por qué: Serás como el que yace en medio del mar, o como el que está en la punta de un mastelero. Y dirás: me hirieron, más no me dolió; me azotaron, más no le sentí; cuando despertare, aún lo volveré a buscar.
Nace la leyenda
Ya se habían ido mis padres, mi hermano y quedaba poco por hacer. Sólo restaba buscármela como podía, o como me enseñó el viejo, y eso sería difícil, pues ya nadie podía ser dueño de nada, ni de uno mismo. Primero opté hacerlo por la canalita, lo que es decir, según lo dispuesto por las nuevas leyes. Me presenté en varios puestos de trabajo y todo sucedió como en un cuento de hadas, sólo creíble por estas huellas que aún cercenan cada milímetro de mí ser. Con la ignorancia propia de un adolescente me presenté en educación municipal. Allí me recibió un viejo, que mostraba en su rostro toda la rigidez acumulada después de tantos años de lucha.
-¿Qué quieres? –preguntó con la vista fija sobre un papel donde escribía.
-Trabajo –respondí.
-¿Acaso eres maestro? –volvió a preguntar sin alzar la vista.
-Soy graduado de la normal de maestros –dije. Me acerqué al buró y pregunté-: ¿Eso no es ser maestro?
Alzó la vista y después de observarme por un rato, recargó, esta vez con un desprecio desmedido en el tono de su voz:
-¿Tú eres el hijo de Celso Mesa y Petrona?
-Sí –respondí con desconcierto.
El viejo se puso de pie, dio un recorrido por la oficina y, con el más alto honor que le concedía ser un héroe de guerra, impartió justicia.
-Joven, considero que hasta no se consolide nuestra ideología marxista, no le debemos dar trabajo –dijo con las manos introducidas en los bolsillos de su guayabera. Caminó rumbo a la puerta, la abrió y concluyó con el cuerpo y la vista erguida-: Su educación, conducida por Celso, no debe de estar dentro lo requerido por nuestro sistema político. Además, no olvides que su hermano es un vendepatria, por lo que no dudo que usted, a la larga o a la corta, también lo haga. Búsquese un trabajo por la agricultura hasta tanto no demuestre con su actitud lo contrario.
Después de tantos y más cuantos ministerios visitados. Después de tantas y más cuantas negativas y puertas cerradas y respuestas hostiles y rostros rígidos y absurdas filosofías sobre los posibles genes heredados de mi padre y las dudas de lo que yo pudiera o no aportar a la sociedad, me convencí que mi viejo, en eso de la política, más que un sabio fue un profeta.
Los días fueron pasando y había que ganarse la vida. Tenía casa, pero no trabajo. Las presiones fueron aumentando, cuando no era por la ropa y el pelo largo, era por la música, cualquier cosa se convertía en un problema ideológico y te acuñaban como aliado de los enemigos del norte, y por consiguiente te correspondía un reservado en la prisión o un ejemplar acto de repudio en las mismas puertas de tu casa. Pero ya nada me importaba y había que ganarse la vida. Comencé con el carterismo en la terminal de ómnibus municipal. Después un atraco menor en una cafetería y otro en la misma terminal, hasta que apareció el jefe de sector de la policía, sin una pista de lo que estaba sucediendo, muy preocupado.
-¿De qué tú vives, compadre? –preguntó.
-Si ustedes no me dan trabajo por ser hijo de quien soy y hermano de un vendepatria, ¿de qué tú crees que sea? –respondí sin dejar de mirarle a los ojos.
Las actas de advertencias llenaron varias carpetas. También pasé noches interminables en las celdas de la estación. Pero faltaron las evidencias, según palabras del mismo jefe de sector, las pruebas testifícales para llevarme a la prisión y que eso lo tenía más frustrado que un jodido cabrón, y que tenía que buscar la forma de sacarme del aire a como fuera. Y llegó el momento.
El primero de abril de mil novecientos ochenta se dieron los hechos de la embajada del Perú y de Venezuela, donde una multitud de personas, llamadas indeseables, antisociales, lumpens y muchas cosas más, irrumpieron de forma abrupta en ellas con el objetivo de abandonar el país rumbo a los Estados Unidos. Ese primero de abril marcaría un antes y un después en la vida de muchos cubanos, entre ellos yo. Durante los días venideros la efervescencia del pueblo, conminados por el periódico Granma con sus artículos a toda página, como fueron los del martes ocho de abril: ¡Que se vayan los vagos! ¡Que se vayan los antisociales! ¡Que se vayan los lumpens! ¡Que se vayan los delincuentes! ¡Que se vaya la escoria!. Más los del día trece de ese mismo mes: Continúa la repulsa unánime a los vendepatrias y lumpens. Y los mítines y asambleas-relámpagos en los centros de trabajo, se hicieron indetenibles. La solución estaba delante de los ojos de todos y no pudo ser más salomónica, abrieron el Mariel. A las ocho de la noche del día diecinueve, al parecer día señalado para limpiar la patria por segunda vez de los presuntos traidores, el jefe de sector se presentó en mi casa, parado en la puerta abrió su agenda y dijo:
-Tienes el número uno de la lista.
-¿Qué lista?
-Para irte por el Mariel, mira –dijo extendiendo la agenda.
-¿Y quién te dijo que yo me quiero ir de aquí?
En silencio cerró la agenda, encendió un cigarro y dijo con voz melodramática:
-O te vas, o la recta que te meto no la aguanta un caballo, tú decides.
Tenía razón, era el número uno y no tenía, o no me daba, más opción. El lunes veintiuno, junto a cuarenta y ocho personas más, o elementos antisociales, me embarcaban rumbo a los Estados Unidos.
Se acentúa la leyenda
Cuando llegamos muchos fueron directo a la prisión. Yo, incomprensiblemente, quedé afuera. Por más que indagué, nunca pude dar con mi hermano, era como si se lo hubiera tragado la tierra. No me quedó más remedio que comenzar con los inventos. Claro que ya no era lo mismo, pues me encontraba en un lugar diferente, con otras gentes y otras costumbres. Era, como dice el refrán, un pez fuera de su pecera, sólo que esta vez el pez había sido expulsado contra su voluntad. Si en mi propia tierra me negaron el trabajo por ser hijo de un anticomunista y hermano de un vendepatria, aquí me lo negaron con una razón mucho más fuerte, por ser un Marielito, un llegado en la Flotilla de la Libertad.
Por más de un mes me alimenté de los desperdicios tirados a los cestos de la basura, dormí en diferentes parques tapado con cajas de cartón, hasta que una mañana, un viejo que se encontraba sentado en un banco comiendo papas fritas, me preguntó:
-¿Oye, tú no eres de Palenque?
Me le acerqué, no tanto, ya que apestaba a mierda.
-No me vayas a decir que usted es de allá. Yo soy el hijo de Celso Mesa -dije.
El viejo dijo llamarse Esmil y que por respeto a la amistad que por años tuvo con Celso, me ayudaría. Me llevó para la casa de su hijo. Allí, en un garaje, me bañé, me puse un overol azul y me llené la barriga por todo el tiempo que no lo hacía. Cuando el hijo de Esmil llegó, se sentó alrededor de una mesa y tiró una por una las cartas sobre esta:
-Yo no traje al viejo de tan lejos para irle a la contraria y eso te salva el pellejo. Te quedas de ayudante de mecánico, pero la primera que hagas te vas. ¡Ah!, del salario te descuento cuantos gastos tengas. Y tienes diez días para buscar donde meterte.
Antes que se cumpliera el plazo de los diez días llegó la desgracia. Un puertorriqueño que le decían Currito se puso hablar basura de los cubanos, que si nos habían botados por bandidos, que éramos unos despatriados, que si esto, que si lo otro… Y con una llave de extensión le dividí la cabeza en dos. El primero en llegar al garaje fue Esmil.
-Gracias, mi viejo, pero uno merece un poco de respeto, ¿usted no cree?
En apenas veinte minutos llegó una patrulla. Dos hombres de más de seis pies de altura me lanzaron contra el carro, me esposaron y me volvieron a lanzar de cabeza para el asiento trasero. Me llevaron para una estación, un gordo se me acercó y con un español maltrecho, preguntó:
-¿País?
-¿Qué país de qué? –dije de muy mal tono.
El gordo me dio una bofetada y volvió a preguntar:
-¿País?
-Cuba –respondí como un rayo.
-¿Cuándo y cómo llegaste?
-Hace unos cuarenta y ocho días. Yo soy de los Marielitos.
El gordo hizo un gesto de desprecio con la boca, se alejó junto a los dos guardias, murmuraron entre sí y regresaron. El gordo ordenó que me pusiera de pie, me dio varias bofetadas más y volvió a ordenar:
-Llévenselo y no paren hasta Atlanta.
Junto a cuatro hombres más y encadenado hasta los dientes me subieron a un carro celular, también asegurado con todo tipo de cerrojos. Cinco horas después entramos a la prisión. Formados frente a un edificio de dos plantas, lo primero que pude ver fue el anuncio de la respetada institución: United States Penitentiary Atlanta, Georgia.
-¿Estos son Marielitos? –preguntó un hombre vestido con traje de camuflaje y porte marcial. Dio un recorrido frente a nosotros, escupió casi arriba de mis pies y terminó diciendo con marcado desprecio-: De la Flotilla de la Libertad.
Nos dieron un panfleto de hojas. Manual de admisión y orientación, decía en la cubierta, y nos metieron en la sección cinco. Allí permanecíamos la mayoría de los que habíamos abandonados, por su voluntad o no, el país. Y comenzó la verdadera odisea.
Durante siete años fueron días y noches de supervivencia. Una pelea al amanecer, una cuchillada al mediodía, otra cuchillada llegada la noche en defensa de la virginidad, de la poca comida que nos daban. Siete años donde, unas veces sin proponérmelo y otras a propósito, tuve que abrir varias cabezas más. Siete años de caminar cabizbajo para evitar los bastones de los guardias, la culata de sus fusiles y las horas interminables en el hueco. Siete años sin saber de mujeres, masturbándome y con una rabia tremenda de irle arriba a cualquiera de las tantas nalgas desnudas en el baño. Siete años sumergidos en la mierda de otro país que poco le importaba, mucho menos que a los que me obligaron a montarme en aquel desdichado barco. Siete años sin importarle a nadie el contenido de aquel panfleto que nos entregaron, Admission manual and orientation, y acompañado por la imagen de mi padre, su profético consejo: Los políticos lo único que saben es joder a los demás y llenarse los bolsillos…
El día veintitrés de noviembre del mil novecientos ochenta y siete, sobre las diez de la mañana, nos enteramos que los gobiernos de Estados Unidos y Cuba se habían puesto de acuerdo y rehabilitado el tratado de emigración. Temerosos a que nos devolvieran, en minutos organizamos un motín. Capturamos ochenta y nueve rehenes y durante once días consecutivos quemamos colchones, destruimos camas, parte de paredes y las tuberías de los baños. Por nuestra parte tuvimos ocho heridos de bala. Nosotros, pensando en la conservación de nuestras vidas, no permitimos ni un rasguño a los rehenes. Al cuarto día de amotinados comenzamos a reclamar por la firma de un acuerdo para que nos devolvieran los derechos establecidos por el Manual de admisión y orientación, que durante esos siete años nos los habían negado, y que este fuera bajo la observación de Agustín Román, el Obispo de Miami, convertido en el hombre enviado por Dios y en el único que confiábamos. Petición que para suerte de todos fue aceptada tres días después por la alcaldía de la prisión. El día dos de diciembre un grupo de amotinados subimos al tejado, plantamos un árbol de navidad y alrededor de él rezamos por la salud del Obispo Agustín Román, le imploramos al presidente Reagan que no nos enviara a Cuba. Todo fue en vano.
Final
En la planta de mis pies llevo tres nombres tatuados para mientras me quede vida pisarlos sin piedad, ellos son el del jefe de sector que me obligó a montarme en el barco aquel lejano veintiuno de abril del mil novecientos ochenta, el de Reagan y United States Penitentiary Atlanta, Georgia. Hoy soy un anciano y solo perdura la leyenda.
