La más reciente reposición en Miami de El último bolero, de la también actriz, profesora de actuación y cantante cubanoamericana Cristina Rebull y la escritora para niños Iliana Prieto, corrobora mi afirmación que encabeza este artículo en mi columna bimensual de la revista digital OtroLunes.
Desde su estreno en La Habana de 1998 (dirigida por la propia Cristina e interpretada por ella y Verónica Lynn, Premio Nacional de Teatro), la pieza constituye un punto cenital en la dramaturgia cubana, no solo porque abrió el tema gay en la zona de la dramática escrita por mujeres en la Isla, sino por su resonancia internacional, en tanto le ha granjeado más de 270 presentaciones en ciudades tan distintas y distantes como Barcelona, Quito, Guayaquil, New York y Miami, donde la estrenó el grupo Havanafama bajo la dirección de Juan Roca, y la Compañia La Ma Teododa, en realización de Alberto Sarraín.
Pero el propio Juan Roca la repondría en sendas ocasiones durante los dos últimos años. La más reciente puesta aconteció entre el 3 y el 5 de septiembre pasados, en la apertura del Primer Festival Internacional de la Escena Gay, Miami, 2014, que, con nutrido público, se lleva a cabo en La Casa del TÉatro hasta el próximo 12 de octubre. Por ello, se confirma lo que apunto en el título de este artículo: que sigue siendo una pieza emblemática, desde su estreno. Mas, ya veremos otras razones.
Validez y permanencia de El último bolero
Invitado por Verónica y Cristina a los ensayos, a petición de la segunda, escribí las «Notas del programa» y, luego, incluí la pieza en mi selección antológica Cinco obras en un acto. Teatro cubano de fin de siglo que yo preparaba entonces, y que publicara, hace ahora trece años (2001), la Editorial Letras Cubanas.
Por lo demás, con la aparición de este volumen se recuperó la prestigiosa Colección Repertorio Teatral, iniciada casi dos décadas atrás con un clásico de la dramaturgia nacional: Contigo pan y cebolla, del desaparecido autor, director y actor Héctor Quintero, Premio Nacional de Teatro.
Y otro aspecto, no menos singular: en el propio título que seleccioné para ese volumen enseguida agotado, homenajeé a mi ex profesor y colegamigo, el historiador y crítico Rine Leal y su antología Teatro cubano en un acto (Ediciones R, La Habana, 1963), como remarqué en mi prólogo: «Un teatro original».
La talentosa autora de otras piezas (Esperando a mamá, Frijoles colorados y Llévame a las Islas Griegas) iniciaría, con El último bolero —parafraseando la clásica obra de Eugene O’Neill: suViaje de un largo día hacia la noche que, escrita entre 1941 y 1942, se estrenaría en 1956, para ser considerada la pieza maestra del autor—, su «dramaturgia de nostalgia y crítica», tal prefiero denominar la suya, en tanto la mayoría de sus creaciones dramáticas asumen la compleja realidad de su patria, abordada, a un tiempo, con mirada incisiva y querencia memoriosa: ese hondo «sentir» que es la mejor manera de querer, para decirlo con una frase afín al desaparecido poeta y narrador amigo Félix Pita Rodríguez.
Ya en esta obra —que abrió la senda a una sólida voz en la dramaturgia cubana— se advertía lo que señalé en las «Notas al programa», escritas a solicitud de la autora para su estreno (agosto de 1998) y luego incluidas en el prólogo de Cinco obras en un acto. Teatro cubano de fin de siglo, ya que sirven de pauta para el resto de su creación escénica. Apunté allí: «El desarraigo y el encuentro, la nostalgia y el regreso, el amor y el desamor, la incomprensión y la tolerancia. Todo y más, mucho más en una armada dramaturgia que juega con la dura realidad y el absurdo de la vida, sin olvidar el necesario y tan nuestro humor».
Claro que todas estas características brotan del exilio, palabra y elemento clave en su obra.
Luego —a solicitud de la teatróloga Yana Elsa Brugal, entonces directora de la revista tablas, con motivo de presentar el libreto en un número de la publicación— aludí in extenso a otros índices de la pieza, como el
homosexualismo que […] las autoras lo toman como un pretexto para entrar a fondo en otros temas de no menor singularidad. Así, el [profundo] humanismo y la tolerancia, la incomunicación, la lejanía, la soledad y la nostalgia […] la falsa (o «doble») moral y aún otros asuntos, ya no subtemas, enriquecen el tejido dramatúrgico de esta pieza sencilla…
Entonces también subrayé «el sustratum de la obra, cuya poética enriquece su esencialidad y su lirismo sencillo, circunstancial, de experiencia. Y, por fin, su genuina y simple belleza».
Con tales virtudes —concluí en esas páginas—, sus autoras logran una «hermosa nota de identidad y cubanía sin mediocres “alientos” panfletarios ni gratuitas complejidades».
El último bolero, sin duda, con creces sirvió de punto de partida de la honda y muy cubana dramaturgia de Cristina Rebull. De cualquier modo, antes de partir de la Isla, estrenó El centauro y la cartomántica (1999, en la Sala-Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes) y Los espectros de la espada (2000, en la Sala Covarrubias, del Teatro Nacional).
En Miami, otras obras
Ya residente en Miami, pronto Cristina retomaría su bien sonada resonancia, y se convertiría, junto al incansable Ernesto García —como se ha apuntado— en uno de los nombres que «sobresalen en nuestro paisaje teatral en estos últimos años». Pero veamos:
Esperando a Mamá (2002)
Con su cubanísimo humor, en esta pieza explota el absurdo y dimensiona la realidad a partir de una llamada telefónica que enseguida se transforma —por la confusión del «boca en boca»— en «chisme» (que, ya amplificado, deviene «bola», «runrún» o «brete»). Y ese chisme lo transforma todo —como también acontece en varias piezas del mítico autor de Medea en el espejo, tal ha demostrado Matías Montes Huidobro en su ensayo «José Triana: el chisme, mito trágico». Cristina, entonces, presenta una familia cubana que fabula hasta el delirio con una llamada telefónica informando el arribo de la Mamá. En tal sentido, la propia autora confesó que Esperando a Mamá es «una tragicomedia que explora el mundo interior de cada personaje con mucho humor cubano, con esa manera tan peculiar de resistir al dolor con la risa, como de teatralizar las situaciones más pequeñas, así como de hacer fábulas sobre lo que se ha escuchado».
En consecuencia, las dislocadas charlas de los personajes revelan sus caracteres (virtudes y defectos mediante): Esteban (el machista), Emilio (el homosexual), Aurora (la hipocondríaca), Ofelia (la espiritista) y otros que viven con la nostalgia de lo dejado atrás al haber decidido emigrar: se trata, pues, de seis generaciones del exilio y su actitud ante este. Muy bien lo definiría la dramaturga a este crítico, cuando le dijo que Mamá es la unión de los cubanos: es Cuba y su actitud de los seis exilios ante la Isla (que es Mamá), y hasta que los cubanos de todos los exilios no se unan, Mamá no podrá ser libre ni podrá llegar a nosotros.
El teléfono es un elemento que utiliza la autora en casi todas sus piezas y es, además, el elemento de conexión entre el mundo interno (donde viven los personajes) y el tiempo exterior. En este caso especial, a la única que le pasa el Tiempo es a Mamá (a Cuba, como nación), y todos los personajes (los cubanos) están detenidos en el Tiempo hasta el final, donde, como se unen, logran que Mamá llegue.
Hay en la pieza varias definiciones-conceptos del exilio. Así, Ofelia le dice a Emilio: «El exilio es un piojo con hambre que cuando se te encarama arriba, no te suelta y te desangra». Emilio le contesta: «El exilio es una tijera que no corta». Y más acorde con su carácter, Aurora le expresa: «El exilio es un hombre que te responde cartas de esperanza, un hombre que nunca ves y termina siendo solo eso, cartas amarillas de un amor perdido».
Como resultado, la nostalgia —tema obligado del exiliado— permea casi todo el quehacer dramatúrgico de Cristina Rebull. De tal suerte, Ofelia confiesa: «No saben cuánto pienso en Cuba cada noche de mi vida…».
Este personaje, con su temperamento que la define, al rememorar la vida de su parentela (símbolo de la familia cubana en el exilio miamense), exclama: «Y esa ha sido nuestra vida […]. Un cruzar ese mar repleto de tiburones para alcanzar esta orilla de promesas». La tristeza del exilio de nuevo es reflejada por la aseveración de Ofelia: «No se puede andar mirando para atrás en el exilio porque el fantasma es demasiado grande y te mata».
El influjo de Virgilio Piñera (a quien ella no conoció) es visible: en sus obras se aprecian no solo rasgos de la estética piñeriana, sino del teatro del absurdo, del que fuera un precursor latinoamericano el gran autor de Electra Garrigó, Aire frío y Dos viejos pánicos, entre otras de sus extensas y clásicas piezas.
Frijoles colorados (2001)
Como en toda su dramaturgia, en Frijoles colorados la autora no desdeña el rigor conceptual que la caracteriza desde los inicios de su creación escénica. Sobre esta pieza —en entrevista con el colega Arturo Arias-Polo, para el Nuevo Herald— confesaría no despreciar las posibilidades ofrecidas por el melodrama en la expresión del comportamiento de muchas personas de la tercera edad.
En consecuencia, el éxito inmediato de esta obra es también constatado en todo su quehacer, tal lo atestigua esta tragicomedia en la que dos personajes (Matilde y Federico) dan rienda suelta a sus fantasías y delirios, mientras esperan escondidos en un refugio a que se ablanden unos frijoles colorados puestos a cocinar años atrás, solo que de repente descubren una amenaza que los acecha a ellos y a la codiciada olla.
La amenaza existe desde que empieza la obra, solo que los personajes toman conciencia de que va creciendo. Llevan tantos años esperando poder comer, que confunden su existencia y se relacionan a través del juego de roles. Al final, deciden que, si los frijoles no sirven para comer, servirán para defenderse y terminan con el acto heroico de enfrentar lo que sea.
Como corroborando el título de este trabajo, la nostalgia surge (¿o reaparece?) en los dos ancianos que divagan y confunden no pocos momentos de sus vidas, como aquejados por su extensa soledad y, sobre todo, padecen el hambre que los lleva a realizar todo lo que hacen. En su enajenación, viven y evocan los niños que fueron y ahora vuelven a ser, en ese jugar a la guerra y fabular con supuestas etapas de su larga existencia, acaso como un acto de liberación, y no solo como un regreso a la paradisíaca edad dorada del Nunca jamás.
En suma, no poca nostalgia, a pesar del humor negro, hay en esta obra. La propia Cristina lo reconocería al expresar: «Cuando la escribí estaba muy triste, sabiendo que dejaría muchas cosas atrás». Sin duda, otro indudable acierto de la dramaturga es Frijoles colorados, pieza en la que combina, con eficacia, drama, farsa y comedia. Un dato de interés es que la pieza fue estrenada en New York, en julio de 2007, por Retablo Productions, dirigida por Gabriel Gorcés. Asimismo, se estrenó en Cuba, Portugal y Brasil, donde —bajo la dirección de Rolando Moreno— fue seleccionada en las categorías de mejor texto, puesta en escena y actuaciones en 2010.
Una de las mejores aproximaciones a la pieza la aportó la crítica y narradora cubanoamericana Rosa Ileana Boudet cuando subrayó —en su artículo «Cuba material en siete autores», publicado en la revista hispana Primer Acto— que
la autora hace de la materialidad el centro de Frijoles colorados, a la manera del absurdo de El flaco y el gordo. Dos personajes, Matilde y Enrique, ablandan los frijoles en una olla de presión, mientras una amenazante hez se esparce como una mancha depredadora. La hez es invasiva, truculenta y festiva y ellos le hacen frente. Teatro de olores y de sonidos —como el silbido que los cubanos conocemos como la «bailarina» de la olla de presión—, no creo que se pueda desarrollar mejor una situación dramática creciente que a partir de este ejercicio imaginativo. Los dos ancianos son padres, hermanos, marido y mujer, alumno y maestra, se reconocen o se olvidan, se quieren y se odian. El acto de «ablandar» los frijoles los cohesiona como en una vuelta a la manzana permanente, un ritual doméstico, una perpetua actitud de vigilia.
Y añade: «Rebull se anticipó a la omnipresencia de la olla que ha devenido parte del debate nacional y centro de enjundiosos chistes. Es lógico entonces que la obra termine con los personajes en guerra, atrincherados, defendiendo el artículo electrodoméstico y lanzando frijoles con un tira-piedras».
Llévame a las Islas Griegas (2008)
Otra de sus obras decisivas es la arriba mencionada. Como un espectáculo que habla de la infelicidad de la manera más feliz del mundo, fue definida, tras su estreno, por el también dramaturgo y director Yoshvani Medina, quien, al comentar la obra, si bien señaló lógicas manchas (que «hasta el Sol las tiene», aseveró José Martí), alentó, no obstante, a Cristina con las siguientes palabras:
Supiste reunir los ingredientes para esa gran fiesta que es el teatro: público numeroso y entusiasta, actrices sublimadas por las risas, un texto donde andan volando las mejores referencias del teatro contemporáneo, desde los dramaturgos del absurdo hasta los posdramáticos, y tu mano, a medio camino entre la página y la escena, como un estilete que con tus palabras esculpiera el silencio.
Otros críticos, como el también narrador Antonio Orlando Rodríguez, han escrito sobre esta pieza.
La muerte, el abandono y la soledad son algunos temas abordados por Cristina Rebull en la comedia Llévame a las Islas Griegas. Como en Esperando a Mamá, la autora presenta un absurdo pero muy real núcleo familiar cubano que, a un tiempo, posee un convincente dramatismo. Una anciana toma una muy importante decisión que oculta a su también decana hermana con quien vive, porque beneficiará, con un viejo sueño, el resto de sus vidas: se trata, en definitiva, de una hermosa historia de amor filial que involucra el magno e irreversible «Tiempo, todo el Tiempo», tal dejaría para la posteridad, en admirable verso, el poeta Eliseo Diego.
La propia dramaturga explicó que esa idílica odisea a «las Islas Griegas», constituye el bello y distante sueño al que se aspira tras un largo viaje, acaso el final de una larga existencia. Y recordó, además, que de ningún modo desestimó la bien probada eficacia del melodrama para expresar la conducta de muchas personas de la tercera edad. «No hay nada más triste que el silencio de una persona mayor o de un niño. De alguna forma se tocan porque ambos necesitan ser protegidos y el abandono los puede matar». De ahí que incluyera canciones tradicionales para niños con el fin de enlazar ese período vital de los primeros años.
Para concluir este bosquejo por la producción dramatúrgica de Cristina Rebull, reafirmo que, sin duda, posee las dos cualidades apuntadas en el título de estas líneas, con las que he destacado el valioso teatro escrito y representado por la también actriz, directora y cantante cubanoamericana, que la sitúan entre los más lúcidos autores de su generación.

