La Concordia: el misterio de la transfiguración
y sus oscuras piedras de sacrificio

Hugo Fabel Zamora López

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Al igual que Shakespeare se inspiró en las crónicas históricas en sus obras, Kurosawa a hecho lo mismo. Pero se toma verdaderas libertades con los hechos históricos para poder darle a su idea una dirección más poética de lo que permitía el curso de los acontecimientos. Él creía que en esa poesía se hallaba la verdad de la historia.

Stephen Prince.

 

La novela histórica nace en el XIX romántico como subgénero narrativo, cual intento de los autores por afianzarse con un sentido nacionalista, ante el impulso burgués y  su nueva disposición de valores con relación al mundo. El poeta, escritor y editor escocés Walter Scott se enrola entonces en una travesía hacia la edad media Inglesa, dejando colgado ese ademán de hacerse a un pasado “preferiblemente lejano” para montar una puesta que se torne verosímil, entreverada  de personajes principales de invención y otros reales en un contexto histórico verídico. El filósofo y crítico literario húngaro György Lukács identificaba además como elemento característico el hecho de que los grandes sucesos y personajes históricos quedaran reducidos a un segundo plano, mientras se privilegiaban figuras aparentemente intrascendentes en un ámbito de cotidianidad.

La nueva novela histórica latinoamericana (según  Seymour Menton) se establecía cual punto de inflexión con elementos propios como la heteroglosia, la parodia (de acuerdo al prisma de Bajtín) la intertextualidad, la metaficción y la manipulación deliberada de los hechos históricos. Como referentes de esta designación encontramos a La guerra del fin del mundo (1981) de Mario Vargas Llosa, Maluco (1989) de Napoleón Baccino Ponce de León, entre otros.

En Cuba se visualiza como figura central de esta prosapia a Alejo Carpentier con sus obras en ristre: El siglo de las luces, Concierto barroco, El arpa y la sombra y La consagración de la primavera. A partir de los años 90 irrumpía otro conjunto de autores entre los que figuraban Pablo Armando Fernández, Lisandro Otero y más recientemente Leonardo Padura y Reynaldo González.

No ha sido Bayamo (a contrapelo de su pasado y tradición literaria) tema, ni  espacio real para el cultivo de la novela histórica. No obstante ha querido cierta cábala que a los quinientos años de fundada la Villa de San Salvador de Bayamo,   podamos contar con una obra de esta índole, suerte de canto al ángel de la ciudad (defenestrado de alguna manera por los azares en que se ha visto envuelta). Se trata de La Concordia, de Evelio Traba Fonseca (1985), con la que para más significación su autor  obtuviera el Accésit del Premio Alba Narrativa 2012.

Marcada por la ruptura del tiempo narrativo, y además con el recurso narcisista sugerido de la novela dentro de la novela (Sutil metaficción), La Concordia asume directrices capitales de la nueva novela histórica en su ánimo  de socavar, de alguna manera, los empotrados jalones de la llamada historia oficial (en lo relativo a situaciones concretas y al aura de sus personajes). Asimismo, concibe su engranaje diegético con una fuerza centrípeta no obstante tamizar (a veces con hendiduras en la malla, como veremos más adelante) valores referenciales de la historia de la humanidad. O sea que se incorpora a la tradición de la llamada novela contemporánea latinoamericana y de alguna manera a la nueva novela histórica latinoamericana, plegándose  también al universo suprareal preconizado por el Realismo mágico, como intento por difuminar las fronteras entre la realidad y su halo de inverosimilitud. El pasado como enajenación de la figura central, como áncora, pero también como vía crucis del espíritu en pos de merecer el presente y sus proyecciones, pareciera fungir como elemento axial en este texto, que igualmente ofrece guiños y coqueteos con el presente. (Obviamente no es gratuita la presencia de The Time Machine, de Herbert George Wells, en los anaqueles de La Concordia).

Amparado por una plétora documental y una depurada metabolización, se nos presenta un puzzle de generaciones, un caserón- palimpsesto (“La Concordia”), insertado en un ámbito bucólico sobre el que gravitan las brumas y los encantamientos del eco. La casa como epicentro mágico funge de alambique de diversos periodos que van desde la colonia beligerante hasta le república bulliciosa, mundana y señoril.

El autor se da entonces, a la tarea de reconstruir un pasado y su devenir desde la permisividad del ojo poético, llenando los vacíos con la inagotable posibilidad del germen (expresado en trazas imaginarias y reales); así  se configura un universo evocativo que en la medida en que cobra sentido va confirmando el presente, el presente de Eliseo Villegas, envestido de argonauta para emprender su travesía por el azogue.

Una historia familiar al centro es el lienzo donde se reflejarán las sombras  chinescas del  acontecer bayamés, cubano y mundial. Los sucesos de las   gestas insurreccionales cubanas del IXI,  retratados con frialdad de reportero,  vuelan hacia este nuevo milenio despojados de la sagrada epicidad de los museos y  se nos presentan en toda su complejidad de gamas: lo mismo se revindica a un sector de los ibéricos que no necesariamente ha de ser estigmatizado con el mote de villano colonizador (con que habitualmente se dibuja al español), que desenmascara los oportunismos y villanías de una zona del mambisado. La primera Guerra mundial y la Guerra Civil Española, de una u otra forma hacen tremolar también el papel.

Se instauran entonces dos espacios de entronización del mito, uno, el urbano, donde se establece un perenne diálogo de patios y tapias a través de aromas y olores; ámbito de Cafés y Cines con películas de Fritz Lang, de tiendas y de mendicidad. El otro, el bucólico: “La Concordia”, punto cenital donde se aloja toda la fuerza transfiguradora de lo místico. Allí convergen pasado, presente y futuro  pero  como cifrados en la madeja del ritual. Allí es la magia lo que confirma la realidad y no al revés.

Como caprichosa consecuencia de ese gravitar: la corola irónica-semántica en los nombres de los personajes. Así aparecen Calendario Vidal, nada menos que un enterrador; Belén: que expresa un trasunto bíblico de connotaciones de nacimiento, para alguien destinada a morir prematuramente (aunque quizás entrañe doble sentido toda vez que el espíritu de la gaditana renace en el alma de Eliseo);  Pura Martínez, ente calculador y oportunista,  antítesis de lo impoluto; Prudente Bermúdez, nombre deliberadamente equívoco para quien no previó una celada; Patria, una niña que muere en la manigua de tifus…

El tapiz psicológico de los personajes se teje con fina urdimbre porque lo sustenta lo que llamaríamos la “ambigüedad precisa”, matizando con (in)exactitud de báscula las complejidades sínicas que supone el cosmos de la personalidad, y los estados de ánimo: Eliseo, el desertor, en su fase de degeneración acepta que Teresa cuide del niño Blas, y llega incluso a tomarle cariño. Ahí están la imprecisión y la fuerza del enigma que asiste a la poesía.

Lo onírico, suerte de conexión mística y cimiento del barrunto está planteado (como en la vida) desde las propias circunstancias que rodean a los personajes, simbolizadas a todo portento en el letargo. Como parte del relato de Tereza Izaguirre tenemos el asunto del sicario que llega con planes de chantajear a Eliseo Villegas  a propósito de su pasado de desertor; este celador suspendido de sus servicios por asuntos turbios resulta muerto por Lucía; escuchemos entonces la consecuencia de este suceso en la dimensión subconsciente de la negra memoriosa, que había sido blanco de la lascivia visual y verbal del paria de marras: “Me dormía soñando que el muerto me caía encima y me empapaba la ropa intentando besarme a la fuerza.”

Esa dimensión de la (ir)realidad se presenta además en su función premonitoria, como el ejemplo de Lucía cuando se veía en un ataúd que clavaban y sobre el cual caían los terrones urdiendo el silencio.  Este elemento es primordial en tanto los personajes forman parte de un misticismo que les sustenta y salva, aunque más tarde termine por engullírselos.

Por su parte, el conflicto marital entre el viejo Eliseo y Lucía, tronco filial (de)generador, ofrece la posibilidad de situar la historia familiar en un primer plano, sustrayéndola del caos y la pólvora.  Se reivindica entonces  la parcela en el momento en que ese extraordinario panorama queda relegado a la condición de eco. Las palabras de Lucía cuando ve entrar a la maltrecha tropa de Modesto Díaz lo corroboran: “Para ellos al menos su guerra terminó, mi guerra es contra un solo español y no sé cómo ni cuando va a terminar”

En este punto se nos presenta una expiación simbólica, una variación karmática en lo escritural, una vez que se entiende la quema de la ciudad y muchos de los sacrificios de las gestas como una actitud cuestionable; es más, sin medias tintas la pintoresca anciana nos dice que: “Digan lo que digan hoy; haber quemado a Bayamo, a muchos nos pareció un disparate, una maldición, esa guerra solo sirvió para engordar auras y perros jíbaros;”. Este tipo de parlamentos brinda no sólo la perspectiva psicológica de un personaje situado en el centro mismo de la catástrofe, sino la verosimilitud de percepciones de acuerdo al signo y el carácter del testigo.

Es cierto que deviene en gesto intrépido el coqueteo con grandes personalidades de las letras, la política, el ámbito militar y las ciencias, (rebasando incluso las fronteras cubanas como en las reiteradas alusiones a Freud, Stefan Zweig, Antonio Machado, entre otros), más no se torna del todo  arbitrario en tanto las palpitaciones de un presente encuentran su contrapartida y reverberan en las más insólitas latitudes, como lo confirman las trazas de la propia historia nacional. Y en nuestro ámbito, las estelas de personajes sobre cuyos nombres giran la incertidumbre y el recelo, como es el caso de Elpidio Estrada, condicionan una probabilidad que puede constatar la experiencia de vida más pedestre.

No obstante, por momentos pareciera un empeño forzoso el de instalar un regusto, que frisa el exotismo, por figuras universales de las artes y las letras (como Schopenhauer, Nietzsche, Chopin, Brahms, Rilke, Rimbaud, Dickens;  etc) que vienen a calzar en ocasiones situaciones por sí solas resueltas en cuanto a sutileza narrativa y sugerencia evocativa, como un ansia adolescente por la mitificación. Asunto este que por lo demás no es cuestionable sino por su ubicuidad y recurrencia. El afán exótico se evidencia también en la simpatía por foráneos de la ficción como Bauer (con su delicia carismática), Belén, los suizos de la Nestlé, el lusitano, la querida de Eusebio, etc.)

En Teresa Izaguirre, figura pintoresquísima y esencial, porque como suele reiterar le ha sido dado cargar con todos los secretos de la familia, y de paso sobrevivirle, encontramos esa a ratos caricaturesca personificación del criollo, en su condición de venerable anciana, suerte de chamán, behíque, para más señas. En sus caso la empatía quizás no viene a ser del todo efectiva dada la exuberancia metafórica (toda una nomenclatura de cubanismos ingeniosos)  en la que a veces sospechamos la insaciable necesidad expresiva de un autor camuflado.

Esa suerte de tics, o ademanes fraseológicos, va permeando la voz de varios de los personajes; entornándose la presencia del autor como un voyeur a veces demasiado apegado a la respiración y autonomía del hablante.

Como danza incandescente de los elementos, como paroxismo y suerte de sacrificio a los penates se nos plantea la relación Celeste-Belén. La gaditana, con su litoral no menos mítico navegándole el alma; viene a ser el engarce de orillas consanguíneas que buscan en lo frenético la consumación de la  tromba.

Belén cruza el atlántico pero a través de una densidad premonitoria que hace vibrar los cimientos del caserón.

El elemento simbólico alcanza cotas admirables en el capítulo 6 cuando se va tejiendo la leve seda lésbica entre estos personajes: allí ambas criaturas se extasían en el presagio que ofrecen dos palmas gemelas sembradas juntas y un sol tímido (como las apetencias que sutilmente se anunciaban) colgado en la bifurcación de las plantas. Entre estas mujeres ocurre una apoteosis somática, una epifanía de lo sensorial que obnubila el entorno y la perspectiva. Estamos ante otra de las puertas hacia lo místico, esta vez la puerta vulnerable y perniciosa de la carne.

El orgasmo que aguarda a las criaturas es el cenital encuentro en el ateje, es el crepitar de las vigas de La Concordia, es el momento en que se erizan las colas de los pavos reales, es el punto máximo de combustión del Ford de Eliseo Villegas, es el bostezo prolongado de las orquídeas, es el leve movimiento de las palmas gemelas buscándose en el Imposible. Pero es también el punto irreversible, el tránsito irremediable hacia la belleza.

Por su parte, la estructura retrospectiva concede a la muerte un papel de sumisión ante el pináculo corporizado en la unión ascendente de las primas, ambas muertas de antemano ante la lógica del lector; pero precisamente es esta disposición en sí un postulado de vida en sus cotas más sublimes, por cuanto confirma la superación del fragmento, de lo precario; se dan a la dionisiaca ascensión hacia las cimas del paladar, remontan lo corruptible somático, en una sublimación que deviene aquelarre, herejía demasiado cerca de los arquetipos para la boga telúrica. Para cuando llegue la purga ya sus almas forman un signo común en el firmamento. La vulgaridad de la muerte y sus viscosidades han sido anuladas.

La constatación mística se nos concede, asimismo,  en el momento de la muerte de Belén; cuando afloran una serie de presentimientos que prefiguran la fatalidad. Alrededor de este personaje se fragua todo un corro de ironías y absurdos que labran su descalabro. Belén muere de pura inocencia (de hecho su muerte fue el resultado accidental de una venganza de niños); su himeneo, en el día de San Valentín, será con la muerte.  Porque la exaltación de un amor así no podía expiarse y menos en las vulgaridades de la guerra.

En este capítulo (13),  la hondura sensorial de los personajes es tan vívida que pareciera uno estar asistiendo a una pérdida total del autor omnisciente en verdad literaria, verdad de vida.

La unión definitiva de las amantes ocurre en el sacrificio de Celeste a Poseidón o Yemayá, este hecho simboliza el encuentro definitivo de las aguas, de las sangres distanciadas por el tajo de tierra, de cuerpos, de absoluto.

En el centro del caserón una araña multiplica en sus innúmeras entregas las principales contorsiones del momento, allí se refractan Maceo Verdecia, Elpidio Estrada, Eligia Cabrales, El doctor Álvaro, un joven Enrique Orlando Lacalle (que sustituye al mismísimo Eliseo Villegas en sus funciones) entre otros personajes que configuraron un tiempo y un espacio reales y que alcanzan esta otra realidad, acaso más rica, más probable, más liberadora.

Tres generaciones pasan por “La Concordia”, sitio donde la mujer pareciera una suerte de noria destinada a mover las corrientes figurativas del devenir, y a la cabeza la imagen sibilina de Teresa, como ente de la sobrevida, por tanto como tocada por lo místico que es también cruz.

Es esta una novela de formación (que cierra sobre sí misma), y que no obstante está narrada con un cuidadoso sentido de la expectativa y con un garbo escritural admirable. Asimismo al autor las frases parecieran brotarles de un silo de nociones profundas sobre la naturaleza humana.

Este texto, al que editor alguno pareciera haberle dedicado más de un minuto, hubiera ganado con un trabajo editorial acucioso, evitando lastres como la repetición de vocablos (efecto, tóxico, sepia, erosión) y la ambigüedad sugerida por frases columpiadas en la voz: entre; así como faltas de ortografía salpicadas y omisiones de palabras.

A pesar de ello sale a flote, con la gallardía de haber atravesado aguas ignotas para la historia literaria de Bayamo, por el intento de traer el vellocino de oro en una crátera roja: el ángel de la ciudad desde lo mágico, desde lo poético; haciendo de Eliseo Villegas, un bayamés, un hombre donde late el mundo y sus semillas expansivas.

El protagonista finalmente supera la rugosidad del pasado para devolverlo terso como el pelambre de un felino doméstico. Es un pasaje tan real como imposible, la aventura del alma frente a la sensación de inverosimilitud ante lo vivido, ante las impensadas contorsiones de la existencia; un paladeo del tejido (in)equívoco del devenir; pugna mística, insertada en una historia respirable en las esquinas memoriosas, por donde cruzan los héroes, furtivos, de la mano de mozuelas al círculo fluorescente de sudores, y los villanos rescatan palomas atolondradas en el vergel.

A la altura del capítulo 14 se ofrece una bella (aunque infantilmente perversa) imagen que confirma la veleidad de Eliseo Villegas (hijo) en lo que se refiera a su inclinación metafísica. Se trata del hecho que relata Teresa Izaguirre sobre cierta ocasión en que América, la madre de Eliseo se enfada con este por haber estrellado un jarrón con peces de colores dentro, para ver “lo lindos que eran entre los vidrios”. Esa quebradura de la realidad, esa atroz inocencia que intuye la belleza en lo elemental y terrible contiene el sino inequívoco del Eliseo que conoceremos.

Finalmente, a salvo de las tensiones patológicas con el pasado, se entrega a un redescubrimiento de sus entresijos, de sus márgenes, en una fiesta degustativa por medio del paladar, de los olores. Esa propia mística que le recorre fue la que le produjo el vértigo hacia Belén, ese impulso incontestable hacia la podredumbre para constatar o no la pérdida de los pasos.

Tal obsesión respondía a la fuerza reveladora contenida en la sangre de la gaditana, solo abierta al críptico paladar de Celeste (salvadas y unidas ambas en la ofrenda). No es casual que Eliseo termine en brazos de otro enigma, de otra fuerza mística: Salma O Hallorans, figura que va anunciando  la salvación de “La Concordia” en el misterio; el misterio de la transfiguración y sus oscuras piedras de sacrificio.

Del Autor

Hugo Fabel Zamora López
Nació en La Habana en 1983, ha hecho casi toda su vida en la ciudad de Bayamo. Se licenció en Estudios Socioculturales por la Universidad de Granma. Poeta, escritor, guionista de radio. Miembro de la Asociación Hermanos Saiz. En 2010 resultó finalista del premio Poesía de Primavera; en 2012 y 2013 mención en el Concurso Nacional de Poesía Fidelia. Aparece en la antología La calle de Rimbaud. Ha publicado en las revistas digitales e impresas, El caimán barbudo, Ventana Sur, Huesoloco, El cuaderno del tábano, y Cuadernos de Pensamiento Plural. Tiene por salir por Ediciones Bayamo La sopa y el cuchillo.