Los recientes premios concedidos a Reina María Rodríguez (el “Nacional de Literatura” en Cuba y el “Pablo Neruda” en Chile) han motivado distintas opiniones, con diverso signo, que forman un amplio espectro de interpretaciones. Por mi parte, sólo quiero dejar melancólica constancia de la imagen que conservo de ella, vinculada con nuestra lejana adolescencia compartida.
La recuerdo muy bien, con sus gruesas trenzas negras, sus piernas cubiertas por las largas medias hasta la rodilla, y la falda arrollada hasta los estrictos límites que permitían las severas disposiciones contra las minifaldas imperantes en aquel año 1970 en la muy ortodoxa Secundaria Básica “Forjadores del Futuro”, concentrado del famoso y caprichosamente fugaz “décimo grado”, ubicado en la otrora embajada americana frente a la Plaza de Armas de una muy lejana y salitrosa Habana Vieja.
Estrenaba yo entonces el primer amor, a mis inconscientes 15 años con la bella Lourdes, sin duda y por consenso absoluto, la más hermosa de todas las muchachas de “Forjadores”, con un ligero parecido a Rommy Schneider: su rostro de mentón cuadrado y rotundo, y su alta estatura, más parecía germana que cubana, con unas piernas esbeltas e infinitas. Puedo afirmar ahora que sigue siendo extraordinariamente bella en la actualidad, casi cuarenta y cinco años después.
Según me dicen varios amigos de entonces, recién rescatados jubilosamente por la magia de la internet, como Alfredo Rodríguez Mohedano, Lourdes y yo éramos “la pareja del momento”: un amor juvenil, ansioso y absoluto, que no guardaba formas ni convenciones y mucho menos la disciplina casi militar de aquel centro que en su nombre llevaba todo un programa de educación y una actitud ante la vida: “Forjadores del Futuro”. Deslumbrados con el descubrimiento del sexo y del amor –privilegiadamente emparejados- todo momento y lugar era apropiado para demostrarlo sin tapujos ni rubores, y menos aún de contenciones. Tanto así, que terminamos concitando la aviesa -y traviesa- atención de profesores y alumnos, quienes nos llamaban burlona y quizá envidiosamente “Los pulpos” –por razones obvias- y también “Calixto y Melibea” o “Romeo y Julieta” (resonancias literarias que dicen mucho y bien de la juventud habanera de entonces y sus lecturas: hasta el criollo choteo tenía “nivel”). Estas íntimas y puntuales evocaciones personales se disculparán por el lazo que las une con Reina María, como se verá.
Un día lluvioso de primavera, al terminar aquella doble sesión que nos tenía atrapados todo el tiempo en “Forjadores”, y ansiosos de irnos a recorrer abrazados una aún casi virginal (sin turistas extranjeros) Habana Vieja, al anochecer todos los estudiantes nos amontonamos para la salida en el amplio portal de la escuela, mientras el cielo se desplomaba en un diluvio interminable. Ante toda la masiva y expectante concurrencia, deseosos de encontrar nuestra cómplice soledad compartida, bajo el aguacero brutal, tomados de la mano, con absolutamente todos los compañeros guarecidos como asombrados testigos a nuestras espaldas, salimos corriendo entre la lluvia espesa Lourdes y yo, empapados pero felices…
Al día siguiente, cuando volvimos a la escuela, estaba insolentemente desplegado en la fachada un enorme cartel sobre cartulina que decía: “La fuga fantástica de Calixto y Melibea”. En esos días, además de estar leyendo La Celestina (con el magnífico y admirado maestro de literatura, Domingo Bolaño, de quien no he vuelto a saber y ojalá si vive aún le alcance mi testimonio de imborrable gratitud y cariño), en los cines habaneros se exhibía la película “La fuga fantástica” con el actor hispano-francés Louis de Funés.
Uno, cuando es demasiado joven, tiene poco sentido del humor y se toma excesivamente en serio. Ver el cartelón y arrancarlo de un tirón, acompañado de algunas palabrotas y retos, fue todo lo mismo. Hoy, cuatro décadas y media después, recuerdo esto con un regusto delicioso y una sonrisa que se escapa desde el corazón y viene de tiempos tan lejanos como añorados.
Lo cierto es que lo nuestro –lo de Lourdes y yo- era demasiado. En aquellos tiempos bélicos de los “Mártires de Kent”, y entre los gritos, sobre todo, obsesiva y paradigmáticamente, de “Los Diez Millones van y de que van, van”, y más tarde el alarido supletorio ante el fracaso de la gesta absurda, “Que suelten a los pescadores”, nuestro egoísta amor de pareja resultaba –así lo veo ahora- en verdad disonante, casi retador. Todo un “problema ideológico”, pues. Y el Poder, desde su altura inobjetable, tomó “las medidas conducentes” (Lorenzo, el de Química; Orbein, el de Física; el gordito Castaño, el de Matemática: el único opuesto, con suma cautela y discreción, el ya mencionado Bolaño, el de Literatura, con su chaqueta inolvidable de corduroi azul): nos separaron a Lourdes y a mí, hasta entonces en la misma aula y me mandaron para otra contigua, en el cuarto piso de “Forjadores”. Los Capuletos y Montescos se coaligaron para impedir que estuviéramos sentados uno junto al otro, mirándonos y pasándonos papelitos todo el tiempo… En verdad, resultábamos absolutamente insoportables. En nuestro único descargo, puedo decir también que éramos demasiado jóvenes y estábamos muy enamorados.
Por supuesto, cuando uno es joven y enamorado también anda como medio loco y es capaz de realizar absurdas proezas y temerarias acciones, indignas de un “joven soldado de la revolución”, que debe guardarse sus valentías para acciones concretas contra el “enemigo de clase”. Sin aceptar ni resignarme a estar separado durante las horas de clase de Lourdes -¡oh, tempora! ¡oh, mores!- salí por la ventana de mi aula de impuesto exilio y por el ancho alero del último piso del edificio, a más de veinte metros de altura sobre la calle, entré al aula contigua –donde estaba la amada- por el ventanal, mientras una profesora -¿Nora, la de Química?- estaba de espaldas y escribía algo en la pizarra y, sin dudarlo, me senté junto a Lourdes. Al volverse la maestra y verme, sentenció: “Tú no puedes estar aquí; ustedes fueron separados” y agregó, incauta, “Salte (sic) por el mismo lugar que entraste”. Obediente, me dirigí a la ventana al final del aula y salté al alero para regresarme desandando el camino de ida, en una resignada “anábasis”. La maestra, histérica, casi logra hacerme caer al abismo a mis pies, con su grito aterrador y aterrado. Quizá pensó que quería suicidarme, mas no, enamorado sí estaba, pero no orate. En ese momento, se levantó Reina María, nuestra compañera del aula, “el alma trémula y sola”, con sus gruesas trenzas, y sus piernas con espesas medias hasta las rodillas, y declaró como una resucitada Casandra: “¡Dejen tranquilos a los amantes! ¡Respeten el amor!” Y, nueva Juana de Arco cubana, pidió a gritos que todos los compañeros hicieran una huelga en nombre del idilio para defender a los enamorados… Entonces se volvió hacia mí, con una mirada de ojos llameantes, y declaró: “Algún día voy a escribir una novela sobre ustedes dos”…
No sé si lo ha hecho. Pero aquello me indicó que en la muchacha de las trenzas a la cintura y las medias a la rodilla, había algo muy diferente a los demás: el tiempo, su vida y su obra, lo han confirmado.
Claro que nos separaron a Lourdes y a mí, y luego anduvimos muchos años más, hasta que llegó el final, como todo en la vida. Vi a Reina María luego en el preuniversitario “José Martí”, siempre envuelta en amores intensos y difíciles, desafiantes en ocasiones, algunos muy tristes y algún otro aún inconcebible. Parece que ya escribía y un buen día desapareció, pero luego supimos que trabajaba en “Radio Enciclopedia”, la única emisora radial que nos dejaba descansar un rato de ideologías y consignas.
Pasó el tiempo, y claro, pasó inevitable aquella águila sobre el mar, muchas veces.
En 1978 La Habana era un fragor de bienvenidas proletarias por el “Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes”. Una parte de los muy seleccionados delegados cubanos estaban albergados en “la beca” de G y 25, tan memorable casi como la de F y 3ra (si las paredes, y más aún, las literas hablaran…). En una habitación del piso 12, varios amigos jugaban dominó, obviamente en calzoncillos “de paticas” o “matapasiones” y camiseta, como establece el severo protocolo tropical y el Manual de Urbanidad de Carreño cubanizado. De pronto, uno de ellos se levantó de la mesa y sin decir “ni pío” fue al balcón y se lanzó al vacío. Los demás que vieron la escena, estupefactos, no daban crédito a sus ojos y quizá pensaron en un imaginado o deseable espejismo, una salvadora alucinación colectiva. Pero los gritos desde la calle abajo les indicaron que, lamentablemente, lo que habían visto era una triste y dramática verdad. Cuando se asomaron al borde del balcón contemplaron en el pavimento, destrozado, el cuerpo de su hasta hacía unos momentos, compañero: se llamaba Eduardo Rodríguez Landa. Era un precoz genio de las matemáticas que nos asombraba a todos. Y también era hermano de Reina María.
Después, doctamente, se dictaminó que el muchacho había sufrido una “crisis disociativa”, forma clínica de referirse a un instante de locura fugaz y autodestructiva. Se cuchicheó en voz muy baja y se calló, en una conspiración de silencio generalizado: nada, absolutamente nada podía afectar el exitoso desarrollo de la gloriosa reunión mundial de las juventudes progresistas del mundo en La Habana. Esa misma noche (“en cada cuadra un Comité”), los CDR a quienes se les había encargado la atención de los delegados extranjeros celebraron, escandalosamente jubilosos, su solidaria anfitrionía, y todo fueron risas y cantos, brindis y jolgorios… incluido el CDR de la calle de Campanario donde vivía –y creo vive aún- Reina María. Mientras ella y sus dolidos familiares velaban, tristes y consternados, el cadáver de su hermano, en la cuadra había un gran festejo sin lutos ni reservas. Mientras, en una esquina de la casa enlutecida, arrumbada como el arpa de Bécquer, “de su dueño tal vez olvidada”, una triste y muda balalaika colgaba como obsequio del hermano muerto… Muchas veces recordará después en sus poemas a este hermano truncado en un imposible vuelo de Ícaro y a su padre, otra poderosa figura viril.
Eran aquellos tiempos de polémicas y búsquedas, de desistimientos y afincamientos, de manifiestos y poéticos “tojosismos”… Los amigos bromeaban con ella, para ella: “Cuando una mujer no duerme… es porque le aprieta el blúmer”. O advertían, como cariñoso homenaje a la fertilidad de la muchacha ansiosa: “Si te masturbas a menos de cien metros de Reina, la preñas…” Ella misma lo había advertido en uno de sus poemas: “No soy un buen negocio, en seguida salgo embarazada…” Era todavía una melancólica y “extraña” muchacha “con un sueldo de 163 pesos y una literatura de carrera”…
Después mucho ha escrito Reina María, la poetisa (sí, insisto y defiendo en la propiedad de este sustantivo rico del español, que se ha querido opacar con la frialdad del inglés, que sólo reconoce “a poet”, pobrecitos). En ocasiones algunos índices flamígeros se han levantado iracundos para señalarla, pidiéndole más luz, más claridad, más “compromiso”, más utilidad en su poesía… Dulce María Loynaz, una tarde verano en el portal de su ruinosa casona, me dijo: “¿Hay algo más inútil que una opalina? No se puede tocar, apenas rozarla se quiebra… Sin embargo, ¡qué bella es! ¿Por qué pedirle a la opalina que sea algo más que bella?”
Más tarde, a principios delos años 80, volví a ver fugazmente a Reina María en la abigarrada pero selecta multitud que se agolpaba en una de aquellas sesiones nocturnas “de premiere” –por invitación- en la atestada sala de la Cinemateca de Cuba para ver la maratónica (cuatro horas) proyección (creo que fue la única), de la película “Moliere” (1978) de Ariane Mnouchkine. En una de sus escenas, ante el reclamo de sus admiradores por viajar hacia Suecia donde le había invitado la reina Cristina, el gran Renato Descartes decía, con deliciosa sorna francesa, “¿Saben ustedes? He notado que en los últimos tiempos, en Francia hay demasiados policías… Y los policías no son buenos para el pensamiento”… El sordo pero profundo murmullo que recorrió la penumbra de la sala nos convenció a los allí presentes que todos estábamos pensando exactamente lo mismo. De lejos vi la cabeza de Reina María estremecerse en su butaca, un par de filas delante de mí, en una nerviosa risa contenida… Los censores –de uno y otro lado- olvidan que el gran Miguel de la Montaña dijo en uno de sus certeros y aurorales ensayos, “el escritor es valiente hasta la muerte… exclusive”. Aunque Virgilio Piñera nunca haya dicho en verdad que “tenía miedo”, el sentimiento estaba implícito en el temblor ante el poder, en su mirada de saltones ojos desorbitados de pavor por la fuerza bruta.

En aquellos primeros tiempos: de izquierda a derecha, los poetas Ramón Fernández Larrea, Alex Fleites, José “Pepe”Olivares. Sentadas: Marilyn Bobes y Reina María.
¿Por qué pedirle a los poetas –escritores y artistas en general- que se inmolen y hasta mueran, cuando los ciudadanos no tienen el valor de hacerlo?¿Seguirá aquello de que “cualquiera está dispuesto a levantar la horca del poeta”?¿Acaso Homero combatió en Troya?
La leyenda de Reina María siguió creciendo, lo mismo desde una azotea destartalada, mirador hacia la ruina, torre de yaguas y no de marfil, con súbitas escapadas lo mismo desde Estocolmo que de ¡París, por Dios! con una prisa devoradora por volver a su barrio infecto pero entrañablemente querido, como nueva tórtola, celerípede “cimarronzuela de rojos pies”. La vida siguió su marcha, indetenible como la de esa que se nos decía “gran Humanidad que ha dicho basta y ha echado a andar”… Pasaron “los trabajos y los días” que reseñará algún futuro Hesíodo, y hoy todos aquellos que entonces fuimos, somos un poco más viejos y tristes.
Pero yo recuerdo, quiero seguir recordando, aquella alucinada muchacha con gruesas trenzas de pelo negrísimo a la cintura y medias espesas hasta las rodillas, en una tarde lejana de La Habana Vieja de 1970, que pretendió en una ciudad rebosante de metas y consignas, de trompetas e himnos, organizar una huelga en defensa del amor.
*****
Morir dos veces
I
En alguna parte de la vecindad, alguien tocaba el piano…
Hoy ha muerto un piano.
El piano. Mi piano.
Le cayeron a golpes.
Lo asesinaron
porque tenía comején.
Su corazón estaba pudriéndose
como el mío, exactamente igual.
Sus cuerdas estallaron, abajo.
Sin sonidos, sin pasión.
Y no pude ver al bajar,
en qué funda envolvieron los restos,
su teclado amarillo, el alma.
Me fui al mar
Culpable por no haberlo defendido
En su agonía.
Culpable por dejarlo morir dos veces.
La primera, cuando dejé de tocarlo hace años.
Así murieron dos veces mi padre y mi hermano
que compartían conmigo la butaca de caoba tallada
cuando tocábamos a cuatro manos, “Para Elisa”
y el gato Musso se acostaba encima,
en la tardecita
para vernos tocar desde esa perspectiva.
La pared ahora solo puede ser una pared sin música
con una huella indiferente al centro
(otra mancha)
donde pondrán una tabla con flores para sustituirlo.
El cementerio del piano, su tumba.
Siempre tendrá desniveles, aunque pretendan emparejarla.
Ni siquiera habrá un gato rondando por allí su cabeza
II
Tocaba unos acordes en él pequeño piano de juguete
sin imaginarme
que mi piano Boston sería masacrado poco después.
Para ellos, era solo un mueble más con comején,
para mí, la música.
Dolor de eso que llaman cultura
tan exterior a tener o no tener un piano,
un pasado.
Con sus notas enamoré al vecino
cuando él cerraba la ventana.
Con sus bemoles me reconciliaba
ante todo imposible.
Blusa de cuadros negros y dorados
como las teclas de nácar
envejecidas
rígidas.
Siento el olor de la madera
subir desde el basurero donde lo echaron
a reclamarme otro fin.
Siento el vestido congelándose en la espalda
ahuecada
ante el vacío del espacio dejado.
Fascismo de estos jóvenes que no saben
amar el lenguaje.
No saben que el búcaro era de bacarat por su sonido
cuando se balanceaba sobre él con flores
que no eran plásticas.
Angustia de los martinetes apretándose más por sobrevivir
contra tal avalancha: ojitos vigilantes, de niños.
Irreverencia. Horror.
Yo le quería enseñar a mi nieto una octava
(esa escalera abstracta que no subiré más con él
desentonando un do, un sí,
por la arbitraria escalera del piano)
—la que siempre encontrábamos
abierta hasta la casa de Josefita,
la maestra de Laguna y San Lázaro—
para que me aconsejara, pero ella tampoco
podía salvarlo ya.
Si mi hermano tenía que volver a morir con la muerte del piano
Sin acordes, a machetazos limpios
Como es todo aquí
¿cómo resistir por dos veces tal sacrilegio
o esperar un milagro?
¿La resurrección del piano, un sonido?
III
Después del llano vino una serenidad espectral
de actores que pierden un maquillaje
que se descorre con la lluvia.
El maquillaje es el dolor, la lluvia va borrándolo,
descorriéndolo
y aparece otro rostro, no más real, sino más lúcido.
“No tenemos piano, tenemos lluvia”.
“No tenemos dinero, tenemos lluvia”, decía él gritando.
Subí para ver las trazas
—polvo de comején en los escalones mojados
blancos, fríos, duros,
de una octava moribunda
recalcitrante
donde pedazos de madera sobreviviente aún
gemían.
Anécdotas que quedarán
sobre la muerte del piano
sin acta de defunción
a mano de vándalos.
Mi frustración es que no supe salvarlo.
No supe conmoverlos, perdonarlos.
Verlo subir por la roldana en pleno precipicio a los ocho años,
verlo morir arrastrado casi cincuenta años después
escaleras abajo.
Recé y recé contra el muro del mar
—el agua apenas salpicaba melodías:
ejercicios de Czernic
difíciles de reconstruir
claudicando
ante dramas ordinarios que se irían con la artritis.
Fugas de Bach
desaparecidas entre una ola y otra,
reventadas contra el muro
“salándose”.
“Lago de cómo”, “Habanera tú”,
“Por ahí viene el chino”…
El piano que vivía conmigo ya no está.
como no está marcada la diferencia en la pared
entre tener o no tener un piano.
La diferencia entre oír o no oír una nota,
tener o no tener un destino.
¿Con qué ojos miraba Miles Davis desconcertado
aquel asesinato?
¿Cómo le dejaron presenciar una cosa así?
Ninguna respuesta me podrá consolar.
¿A quién acudir contra esta barbarie que se llama
sociedad?
“Ni locos ni sentimentales
—dice Ford Madox Ford—
solo cuerdos mediocres”
que resisten la ansiedad y no revientan
como cada una de sus cuerdas
sofocadas ayer
en silencio
sin vibrar más.
¿Cómo enterrar un piano, una vergüenza?
Aprecio cada vez más los bárbaros, ellos
no jugaron a la mentida civilización tantas veces.
Ni siquiera habrá un piano.
*****
Ojos negros
I
No era mi padre con sus anchos pantalones de hilo blanco.
Era Marcelo Mastroianni
con su pelo negro todavía, una mota echada hacia atrás,
a lo Elvis.
Sonrisa de labios finos, encima, las tiesas pestañas,
su coquetería.
Uno espera una total entrega suya
y el personaje, luego, nos defrauda,
porque no se va de nuevo en busca
de aquella mujer rusa
(antes la había buscado en San Petersburgo,
¡tan lejos!
habría levantado cada piedra por ella).
Ahora, navega como camarero
despojado del pasado y su fe.
Entonces, descubrí, que no era mi padre
—él hubiera llegado hasta el final por la mujer rusa.
Él, “que todo lo aguantaba por amor”, decía.
Los gitanos siguieron cantando y bailando con sus carros
sobre la estepa húmeda:
“¡Espérenme! ¡Espérenme!”
fue su grito final de personaje.
Pero ellos no se detuvieron
(ni ella tampoco).
Solo el amor regresa, vuelve, al mismo barco
que navega hacia América
donde ella se oculta con su velo y la niebla
del pasado
y él le sirve otra copa de champang
que comparten en la proa.
Mi padre, finalmente, lo deja todo
—también su vida— y aún joven,
recupera bajo el agua
su pasión.
II
Pero el agua era un bote pequeño.
Un bote (sin camarotes) tambaleante,
con música vulgar de bares al fondo, en Cojímar
donde remábamos a pesar de la profunda corriente del río
que, al unísono, sobre las gotas,
arrastraba fango
sin percatarnos, de la mordedura de la morena verde
escondida en la roca
mi padre y yo.
Él subía su voz tan fuerte entonces
y me abrazaba
cuando el agua temblaba más de lo debido.
Desde el fondo, los peces envidiaban la canción
que entonábamos
a sabiendas
“de que el deseo es lo desconocido
y sobre lo desconocido no podíamos tener
ninguna pretensión” ni confianza.
III
Luego, varados junto al cayito
entrábamos al mar que tenía una línea perceptible
entre la limpieza y la suciedad del río
tan marcada en el límite como una ilusión
de que todo lo haríamos juntos en la vida
a pesar de aquel color cambiado,
de aquella época de tránsito
(como siempre fueron las épocas vacías).
Pero, en su proceso, la vida nos separó
dejándolo para un domingo, en marzo,
de personaje en la película que lo recuerda
como actor italiano
padre de hija sin padre ni hermano,
de amigos que se fueron también con la resaca
contra el vaivén de un barco pequeño
donde llevo años bajo una sombrilla
protegiendo todavía a mi hija
para dejarla allí, al descubierto,
a la intemperie también,
en el desamparo de un país que es un bote, una isla,
donde todos parten sin regreso
como en la película.
IV
Después, no sabía qué hacer con la nostalgia del mar
(palabra blanda, sutil)
incapaz de colaborar con la realidad
que enmarca como cuadro triste, todo esto
con lo que uno se parapeta y se desprende
de alguien
sin ser paisaje ni contemplación
entre líneas opacas, barcos sonámbulos,
memorias
que no quieren morir como esos peces
frágiles y fríos a sus pies.
V
La piedra tenía cara de oso polar por un lado
y parecía un jabón por el otro.
La encontramos en Santa Fe
a la entrada del verano
mi padre, mi hermano y yo.
Fue el último día que nos bañamos juntos
en aquella playa rocosa.
Veo aún a mi padre con las olas en las rodillas
tan contento diciéndonos: “siempre vengan aquí
cuando yo no esté”.
Esa tarde recogimos la piedra que fue su lápida.
El jabón se deshizo en pequeñas partículas
esmeriladas
por la constancia del uso
y el oso fue de pronto un animal extraño,
irreconocible
y pacífico.
¡Jamás volvimos a Santa Fe!




