Without
Donal Hall
Traducción y prólogo de Juan José Vélez Otero
Vitubio, Madrid, 2014
En el número 7 de “Piedra del Molino” -Primavera de 2007-, veían la luz tres poemas de Donald Hall (New Haven, Conneticut 1928), que formaban parte de su exitoso poemario Without. Entonces, la traducción del poeta canadiense Tristan Porter, daba cuenta por primera vez en España de una de las voces más destacadas de la poesía estadounidense. Without, turbador y emocionante, relataba la dolorosa muerte de su esposa, la también poetisa Jane Kenyon, a quien le habían diagnosticado leucemia tan solo un año antes. En una entrevista televisiva -insertada en el documental titulado “A life together”-, Jane Kenyon había confesado: “Para mí la poesía es siempre un lugar seguro, un refugio”. Y en uno de sus últimos poemas, había escrito “Sin tener aún cincuenta años/ he aprendido lo que es no poder/ abrochar un botón”.
Tan lírico matrimonio, permaneció unido veinticinco años, en los que no faltaron momentos dramáticos, como los acontecidos tras detectársele a Hall un cáncer. El coraje y la entrega de ambos, hicieron que el escritor superase su enfermedad y retomara su imparable actividad como crítico, ensayista, dramaturgo y, sobre todo, como poeta, de ahí, sus más de veinte poemarios publicados hasta la fecha.
Para fortuna de los lectores de habla hispana, ve ahora la luz en versión castellana Without, en una certera y meritoria traducción del poeta sanluqueño Juan José Vélez Otero, quien, a su vez, firma un ilustrativo prefacio sobre el vate norteamericano, en el que señala: “Hall se mueve en la tradición frostiana del `poeta rural´”; y añade, que su poesía es una “elegía de la tierra y explora la nostalgia de un pasado bucólico, al par que refleja la afición que el poeta muestra por la naturaleza”.
Antes de su doliente y trágico adiós, Jane Kenyon expresaba con rotunda emotividad: “Morir es sencillo. Lo peor es… la separación”. El mismo “refugio” al que en su día hiciera referencia su esposa, fue el que halló Donald Hall al iniciar este desgarrador relato, que se abre con una reveladora nota previa titulada “Sin Jane Kenyon”: “Sentado a su lado en aquellos días de quimioterapia y trasplante medular, yo escribía versos, horrorizado por su sufrimiento y su declive (…) Estaba sentado junto a ella cuando murió, y le cerré los ojos. Después de enterrarla, al principio no podía hacer otra cosa que gritar (…) Without me mantuvo vivo”.
Los poemas -escritos unas veces en primera persona y, otras, utilizando la tercera, para dotar a los textos de un cierto distanciamiento-, se suceden como una hilera de lamentos, ausencias, temores…, pero también como un hermosísimo canto de amor y sincera armonía: “Duermo donde vivimos y morimos”, escribe Hall en “Carta de otoño”; y sin duda que esa fusión, ese querer ser la misma mitad amada y amante, sostiene la estructura argumental del conjunto, que incide tenaz en esa dicotomía que nace de la nostalgia y de la memoria de cuanto fue dicha: “El recuerdo de la felicidad es doloroso;/ lo mismo que recordar el dolor./ Vivo en un presente lleno/ de aniversarios y de objetos:/ tu alfiletero; tus zapatillas blancas;/ tu secador de pelo…”
Poemario, en suma, que dialoga, pleno de humanismo, con la mejor tradición de la lírica elegiaca y que ofrece una excelente oportunidad para acercarse al sincero decir de un extraordinario escritor: “Pero no volverás a aparecer cansada y feliz/ y las constantes partículas del dolor llenan el aire/ como el alarido del perro a lo largo de la noche”.