Rolando Revagliatti nació en 1945 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de “Revagliatti – Antología Poética”, con selección y prólogo de Eduardo Dalter. Sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com.ar – Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti
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La comadreja
Vestido lucí anoche
y no es que sea eso todo
lo que un ganapán es capaz de desear
También
transarme al hijo del medio
del Subsecretario de Asistencialismo
y Equiparación Social
Desnudo lucí por la mañana
y no es que sea eso todo
He dicho
Y me arrepiento:
porque lo dije tanto
que ahí se me vienen esos bichos
de este libro de las Maravillas
y me comen.
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La campana de cristal
Antes de dimitir he sido discernible
para unos pocos indispensables iniciados
Iniciadores
surcaron mi mordaza.
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La pipa de Kif
En este libro de lona
crea un circo
En este circo crea
y administra
su libro
18 poemas en la arena.
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El perfume
En sus almacenes
conquistado
se sabe de esa luna
por la que despide
condensada
el alma
En la cima
de la luna de su alma
aún
no olía.
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Transformaciones
Desde la esquina del antiguo bar Ramos me sonrió sin detenerse, o deteniéndose algo, lo usal, sola, pantalones azules (no de jeans), blusita, a punto de cruzar Montevideo. Interrumpí el paladeo de un Reval, desocupé la mesa pegada al ventanal, y de pie pagué al mozo la consumición y le agregué propina. Calor, impecables pantalones verdes, camisa con charreteras, la seguí hacia Paraná, y como retomando una conversación vivaz la empecé a conocer. Yo todavía tenía buena mi dentadura, así que la lucí, y de paso, los hoyuelos. Cenamos en Pepito cazuela de pulpos y popietas de pescado en un rapto de sólida y confluyente inspiración marinera. Estaba –me transmite- en una impasse sentimental con un señor nacido en la misma década que su padre, estudiaba psicopedagogía, trabajaba en computación, vivía en Belgrano, frente a las barrancas. Tras copa helada compartida, nos introdujimos en un cine. ¿Cómo no metaforizar señalando que éramos dos brasas durante la proyección, si justamente éramos dos brasas? Dirigiéndonos hacia Callao absorbí la información de que estaba menstruando. En el taxi que nos trasladaba a Parque Patricios me investigaba más –recuerdo- y me aprobaba. Dejamos de confluir cuando procuraba yo cerrar la puerta de calle de mi casa: su desacompasada avidez me avasalló como a un novato, pulverizando el júbilo, cediendo ambos a un coito rápido y desabrido. Cargando con la decepción y el enchastre (antológico), me dí una ducha insuficientemente reparadora, mientras ella hojeaba, encima de cuatro pliegos de un toallón, apuntes de la materia Psicología Enmendativa. Soñé esa noche. Soñé que me ahogaba en una laguna de sangre espesa, y que ya muerto, mis miembros se descomponían hasta alcanzar una condición líquida, y aun siguieron transformaciones de un orden seminal multicolor. Muerto, moría un poco más, y hasta mis gusanos se asfixiaban envenenados y rabiosos.
