
Hablar sobre poesía salvadoreña para mí es, en particular, difícil. No porque sea salvadoreño, sino porque es un país que me tuve que inventar, porque tuve que crear un lugar en el cual ceñir mi sentido de pertenencia y mi identidad, a diferencia de los algunos poetas de mi generación que crecieron allí, ellos tuvieron que olvidarlo. Como más de siete millones de exiliados que vivimos casi toda nuestra vida fuera, me toco crecer en una comunidad trasnacional y aprender el ontos centroamericano como migrante y expatríado, ahora doblemente en Chile: de El Salvador y de México. No fue hasta muchos años después que recorrí a pie toda Centroamérica, especialmente El Salvador, cuando hice un descenso por los nueve círculos de infierno, hice los recorridos infinitos de los migrantes, de ida y de vuelta, cruce ilegal/legal el río Suchiate, pasé por las balsas de Caronte que transitaban esas almas al Hades, por esos viajes hice muchos amigos, conocí muchas personas y me inventé otra Centroamérica, otro pulgarcito, otro Cuscatlán.
Este análisis diagnóstico deviene de lo que he conocido a lo largo de esos viajes, lo leído en festivales de poesía, así como en antologías, revistas, blogs, etc., tanto como en las muestras de poesía que he preparado. Es, por tanto, importante señalar que está basado en el sesgo de su autor, pero siempre fiel a lo que se ha estado escribiendo los últimos años. No pretendo hacer un panorama completo y totalizante, tampoco un ensayo exhaustivo de los poetas que ahora hay en El Salvador, mucho menos dar la última palabra; apenas sería el comienzo de una suerte de diálogo al que invito a todos los poetas que ahora están en activo, exiliados o no, para sumarse a la urgencia crítica que tiene la producción poética del país, urgencia crítica que deviene de una notable crisis de la cual, desde mi perspectiva, se empieza a salir; en ese sentido no puedo negar que la poesía comprometida (más allá de aquel paradigma Daltoniano), ha salido a dar la cara por la poesía salvadoreña, redefiniéndose a sí misma; es justamente esta poesía social y comprometida la que ha permeado de vitalidad no sólo a El Salvador, sino a casi toda Centroamérica, que día a día vive una guerrilla urbana con incontables víctimas; esta poesía social está muy alejada (o trascendida) de aquella poesía panfletaria de un Ernesto Cardenal, Roque Dalton u Otto René Castillo, hoy día ya no puede existir una poesía panfletaria por una sencilla razón: la poesía panfletaria se ceñía a ideologías, preeminentemente marxistas-comunistas, pero con la caída del muro de Berlín que metaforiza la caída de dicha forma de configurar el mundo, es imposible pensar que la poesía comprometida en la actualidad sea, de hecho, panfletaria; por el contrario resulta contestataria ante ciertas estéticas globalizantes que se adhieren más al ultracapitalismo y consumismo que a lo regional. Es en este sentido que entiendo la poesía socialmente comprometida, como resistencia, al menos discursiva, ante una enajenación y poscolonialismo derivados en primera instancia de los países anglosajones, en segunda por las cabeceras culturales de Iberoamérica (España, México y Chile), que siempre tienden a imponer cánones y pautas sobre Centroamérica.
Tanto en la poesía salvadoreña como en toda Centroamérica, hay un antes y un después de la obra de Roque Dalton, no preciso explicar su importancia en este texto, sin embargo sí es importante señalar el puente entre Dalton y los poetas jóvenes que hoy día están produciendo, dicho puente fue representado por los poetas del taller literario del Xibalbá, cuya importancia histórica radica fundamentalmente en ser el único taller en los tiempos de guerrilla, empezado en 1985, y del que salieran dos poetas míticos, ahora mártires de la poesía salvadoreña: Amilcar Colocho y Arquímides Cruz, y de cuyo mejor exponente sea el poeta Otoniel Guevara, a quien se le suman otros dos poetas con más currículum que calidad: Álvaro Darío de Lara y Javier Ala.
Generación de postguerra
Como en todos los países de Latinoamérica, la poesía de El Salvador se conforma por grupúsculos y cotos de poder igual de pequeños que el país, son grupos conformados en su mayoría por Talleres, en ese sentido es fácil identificarlos, si bien la tradición de los talleres se remonta a mediados de los setenta, no es sino el taller Xibalbá el que hace de puente entre esa generación anterior a la guerrilla y a la generación de postguerra, ahí radica su importancia. Para los años noventa y luego de firmados los acuerdos de paz en Chapultepec en 1992, al año siguiente comienza el taller TALEGA, que reúne a tres poetas importantes: Alfonso Fajardo (quien para mí es referente obligado de la poesía, no sólo salvadoreña, sino centroamericana), Edgar Iván Hernández y Eleazar Rivera; para el 94 comienza el taller TECPÁN, donde encontramos a Mariano Guzmán, Luís Angulo y Noé Lima, éste último el más sobresaliente; otros talleres son Cuervo, con William Alfaro, Osvaldo Hernández y Carlos Clará (que actualmente dirige la editorial Índole) y La fragua; por último en esta década encontramos al grupúsculo con mayor poder simbólico dentro de El Salvador, al grupo que más redes de amiguismo y sectarismo ha constituido a lo largo de Iberoamérica, al epitome de lo que se puede lograr con mafia y conexiones políticas en Centroamérica, el grupo de Jorge Galán, que se reuniera en torno a la UCA (Universidad Centroamericana José Simeón Cañas), estaba integrado por Roxana Méndez, Carlos Serpas y Mauricio Courtade, y tendrían como maestro, entre otros, al escritor Francisco Andrés Escobar. Ya para la década del dos mil, comenzó lo que sería una tercera generación de talleres, (impartidos en su mayoría por esos poetas de los talleres de los noventas) como: La rosa negra, Quino caso, Perro muerto, Casa del escritor y El taller del parque.
Existe un grupúsculo en especial, por demás lamentable, poetas que no nacieron de ningún taller, poetas que en lo personal considero que ni siquiera han nacido como poetas, que son un lastre y cliché de la poesía centroamericana, que no sólo tienen todas las desventajas de haber crecido en un país con un bajo nivel espitémico, sino que, además, se alejan las únicas cualidades de haber nacido en El Salvador: la ética y la ideología, cuando no se tiene ideología se puede olvidar fácilmente una guerra (como el caso de Elena Salamnca), cuando no se tiene ética el poeta corre el terrible riesgo de volverse un zalamero cultural (como Lauri García Dueñas), y el mejor promotor de estas dos “poetas” advenedizas emigradas a México en San Salvador es Vladimir Amaya, que no cesa sus esfuerzos por encontrarles espacios de promoción y lectura. No es menor su postura política de derecha, con la cual me hace sentido su poética conservadora; son una dualidad eximia de autopromoción y autoayuda literaria, el problema no radica en los espacios que puedan cooptar o no, ni siquiera en la baja calidad de sus textos, ni en la abrumadora necesidad de reconocimiento y legitimación que ellas buscan, basta conocer el nombre del blog (Landsmo(r)der, que luego de que le hiciera ver que no tenía sentido alguno en ninguna lengua y pese a su estulticia de que en “sueco” significaba “asesina de la patria”, ahora le quitó la “r” y apeló al “noruego” para decir que significa: madre de la patria), vaya lo malo no es eso, sino las barrabasadas que ahí publica (como burlarse ramplonamente de la gente pobre) con un tono de endeble autoridad Elena Salamanca; por otro lado la poeta Lauri García Dueñas ha alcanzado la fama autopromoviéndose por todo México a lo largo de casi una década, lo cual la ha llevado a figurar en antologías y festivales independientes desde México hasta Chile donde este mes de octubre tuviera una penosa participación en La Chascona (la Casa de Pablo Neruda); que estas dos poetas hayan decidido olvidar (o desconocer) la tradición poética centroamericana, que se ciñan cabalmente a los cánones estéticos y tradiciones literarias mexicanas, no tiene realmente relevancia alguna, pueden imitar los estilos poéticos suecos, japoneses, finlandeses, canadienses, chilenos o el que sea, el problema real es que, en palabras de Pound, no tengan una logopea consistente, esto significa que escriban poesía rosa en el caso de una, y poesía inconexa y disparatada en el caso de la otra; que los reconocimientos y espacios obtenidos lo hayan logrado a partir del compadrazgo y zalamería, dos prácticas, de más, habituales en México.
Por otra parte, existen poetas que no olvidan la tradición poética salvadoreña, que se hacen eco del barrio y de la violencia que hoy día vive el país, que entienden la poesía a la par de la cotidianeidad, que viven como escriben, que respiran por las heridas de sus costados, poetas de la urgencia, que en sus versos corre la poética del machete, que sajan la selva (sí esa selva salvadoreña que no existe o que sólo existe para mi imaginario) con su pluma, poetas que no se fueron exiliados a ningún lado, poetas que están comprometidos con nuestro pueblo salvadoreño, que dan talleres y lecturas, que participan activamente en la construcción social de la cultura del país, esos poetas son los que respeto, los hijos de la guerrilla que no tienen miedo a sacrificar la estética para decir lo que se necesita decir, esos poetas que aún con estéticas limitadas en algunos casos, rezuman en conceptos abigarrados de violencia, de patetismo, de desesperanza, que son críticos sociales antes que poetas, y no buscan la fama ni el protagonismo, aquellos poetas que escriben por la simple necesidad de hacerlo. Destaco entre este grupo a escritores jóvenes como Pablo Benítez, Luís Borja, Erik Tomasino, Duke Mental, Rebeca Enríquez, Noé Lima, Erik Jalagua y Tomás Andreu. De quienes ahondaré en mi próxima columna.