En uno de esos pueblos que de por sí encerraban el universo en sus márgenes aparecí, en una época en la que aún los muchachos jugaban en las calles, y no se encerraban en pantallas sintéticas; quizás por eso éste mundo que llevo dentro y no por mi abuela paterna que tanto influyó en mi entelequia. Nunca se sabe, por lo menos hasta el momento no he podido conocer de dónde salieron los miles de espectros que me persiguen y que arrastro, desde aquel lejano 1961. Después, después crecí y comprendí que un pequeño pueblo alejado de la Capital y rodeado por plantaciones de caña se parecía solo un tanto al lugar donde vivíamos todos, pero en este caso rodeado por seres que entre otras cosas, y además, podían devorarnos. Sería este el precio que debía pagar por ser adulto, y sentir aquel miedo que no era solo a los escualos y las profundidades que desde siempre nos han rodeado en la Isla en que nacimos todos los que nos apreciamos cubanos. Quizás por esto entre otras tantas razones me refugie en la música, creando innumerables melodías que al final y no se sabe porque coincidencia del destino, maduraron en esos seres que poblaron las páginas de mi Novela que en estos momentos pongo ante ustedes, después de permanecer tanto tiempo callado, (pero no le cuenten a nadie que por causa de una censura que solo ahora comienzo a explicarme). Allá, después del mar, en ese lugar perdido ahora en el tiempo quedaron los demás, a ellos su historia, y ojala que dios los acompañe y los libre del miedo, amén.
Pequeña biografía
Humberto Tabarés
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Mariana levantó la cabeza, y las figuras a su alrededor amenazaron con perderse en la oscuridad de la madrugada. El mar estaba en calma, estado que a ella a pesar de las píldoras y cocimientos tragados, le costaba trabajo alcanzar. Los incidentes narrados por quienes la rodeaban en esos momentos, se repetían con eco incluido. Y como presas al acecho, se confundían con sueños a medio hacer, pensamientos truncados, y palabras sueltas al viento; que de momento, sin que otra razón interviniese, tomaban forma de frases, y estas de chismes, que iban y venían de su conciencia al entorno, y de este, de nuevo como la serpiente que se muerde la cola, a lo más interno de sus disquisiciones. Desde la incómoda postura en que seguía sentada, estos fantasmas no le daban un minuto de sosiego. Alargando el tiempo, estirándolo y haciéndolo retroceder. Era un entramado difícil de explicar, difícil de reconocer en uno u otro estado, y difícil de contar una vez que habían acontecido, fuera y dentro de su raciocinio. Aquellas historias, sin la menor reverencia, se encaprichaban en recordarle los momentos más difíciles de su vida. No era lo mismo dormir en casa, soñar en la cama de siempre, que en un sofá improvisado en el propio Muro del Malecón, tan duro como la realidad que la circunscribía en esos instantes. A expensas del frío, la niebla, y la lluvia, que en estos meses del supuesto invierno en la isla, es tan sorpresiva, e in-tempestiva, como pudiera ser la llegada de algún que otro imbécil, que viniera a joderle la noche. Una situación semejante parecía acaecer con respecto a los acontecimientos que se les venía encima, pero a mayor escala. Cuántos como ellos no estarían dispersos por la ciudad, a la expectativa de lo que se pre-veía en el panorama social. De los hechos en sí, no tenía un exacto sentido de información. Solo referencias, dictámenes de los jefes; consideraciones de los demás que la acompañaban. En fin; una situación abstracta como pocas había tenido que so-portar en la vida. Sin embargo, allí estaba, junto a aquellas otras personas que apenas conocía, pasando sus mismas vicisitudes, y aguardando las mismas incongruencias que hasta ahora era lo único concreto que daba como hecho.
Días atrás, y de acuerdo a orientaciones bien precisas de los mandos superiores. Se habían escogido algunos militantes del Partido Comunista de Cuba, por centros de trabajo. Ella tuvo que dar el paso al frente. Así que nada de selección, ni elección de los mejores y más confiables, como decía el papel, que con solemnidad le habían entregado esos mismos jefes. Los demás se hicieron los chivos con tontera y tuvo que asumir la responsabilidad. Ella es la Secretaria General del núcleo del partido, y si los otros no querían dar el paso al frente, tenía que asumir la situación. Para eso era la máxima responsable en cuanto a política se refiere, en el cafetín en que trabaja. Solo una cuestión entre tantas amarguras la reconfortaba, alejando fantasmas y re-cobrando terreno en la difícil tarea de vivir. Desde hacía mucho tiempo, no se daba el lujo de contemplar las estrellas, y le gustaba hacerlo, como otras tantas cosas que con el paso del tiempo, había abandonado en medio de sus obligaciones diarias.
De repente tomó conciencia que todavía conservaba el deseo de reconocer lo hermoso, y eso de cierto modo, la reconfortó. La noche estaba hermosa, y a pesar de los inconvenientes, soñaba. Eso nadie podía arrancarlo de su alma, aunque en determinado momento, estas mismas ensoñaciones podían trastocarse en terribles pesadillas, que la sacudían, y la arrastraban hacia los lugares más insospechados de la razón y el desafuero, como había sucedido minutos antes. Advirtiéndole de las aprensiones, las repugnancias y los miedos que permanecían guardados, quien sabe en qué recoveco de su cerebro. Y que en momentos semejantes la acosaban, recordándole en el punto exacto donde estaba y quien había sido hasta entonces. En ésta oportunidad lo único piadoso, era aquel respaldo de piedra, de aquellas mismas piedras que primero formaron parte de la Muralla, y que después que esta se vino abajo, como en un constante peregrinar habían ido a parar a los más recónditos resquicios de la ciudad, quizás y con el ánimo de excomulgar sus culpas. En este momento y en este lugar, la sostenían en una postura álgida, aunque un respaldar muy duro y tosco, así como habrían de ser las herramientas con las que fueron moldeadas aquellas piedras, muchos años atrás. Cuando todavía quedaban personas esclavizadas en la isla, a los que se les encomendaban estas rudas tareas. Al menos así aparecía en los documentos de la época; era legal tener esclavos, y hasta venderlos. Ahora era solo su muro, el respaldo, que la aliviaba de una postura más. En decenas de metros, no había otro pilote como aquel, así que debía considerarse afortunada. No era lo mismo estar recostada, que con la espalda al aire. No lo soportaría igual su maltrecha columna vertebral, tantas veces llevada al límite en sus cuarenta y ocho años de existencia. Le parecía mentira que el tiempo hubiese pasado tan de prisa, y que nunca antes hubiese sacado un lugar para reflexionar al respecto, y dar-se cuenta que era una más entre el conglomerado de personas que la acompañaban en el día a día. Y lo que resultaba aún más interesante, de esta misma manera había trascurrido quizás lo más interesante de su existencia.
En estos momentos, por lo tanto, no se consideraba una mujer seductora, pero quedaba algo en sus bien torneados muslos y senos, que la hacían particular, de eso estaba convencida. Las mi-radas de los hombres en éste sentido; aún las percibía; si bien de un tiempo a esta parte no les hacia el menor caso. Nadie le interesaba, como había ocurrido apenas unos años atrás. Estaría en ese periodo en que las mujeres dejan de serlo para convertirse en abuelas y tías de los demás. Pudiera estar ocurriendo de esta manera, y debió haber sido algo muy solapado, para no darse cuenta hasta estos precisos instantes. No le había sido fácil vivir, y en esta ocasión en particular, no iba a resultar la excepción. Llevaba dos noches acuartelada frente al mismo Muro del Malecón, cuidándolo no se sabe de qué, y esperando quién sabe qué cosa. Pero ella siempre había sido disciplinada con las responsabilidades, y más ahora, que el nuevo jefe quería despedirla del trabajo. Nada menos que para poner a un sobrino que había traído del campo unos meses atrás. Si no fuera porque ella es la Secretaria General de Núcleo del Partido, por las agallas que se ha visto necesitada de desplegar, y porque no le daba la gana que los demás la manipulasen de esa manera; a estas alturas estuviera en su apartamento, lavándole los calzoncillos al desvergonzado de Saúl, como cualquier ama de casa de este país. Y que entre otras cosas, de ahora en adelante fuese él quien se hiciera cargo de llevar el peso de la casa sobre los hombros. Sin embargo y muy a pesar suyo, asumía algo en contra, que la paralizaba como las mismas inquietudes de segundos antes. Estaba demasiado acostumbrada a esa, su faena diaria; para ahora perderla así como así, sin al menos dar la batalla. Quien tenía que cuidarse en todo caso era el mequetrefe ese, que llegó al cargo el otro día, y aún no conoce el muy atrevido dónde sitúa los pies. Ella es, y seguirá siendo Mariana, aunque este raspando la quinta década, y ay de quien se atreva a presentarle batalla. Si hasta ahora todos los que le habían antecedido al dichoso calvito la habían respetado. Ese pelado de José, igual que los otros, tendría que hacerlo, a las buenas o las malas.
Ese era el pensamiento predominante, el sueño, o la pesadilla que padecía en disímiles versiones, y que se confundía con las historias, que los otros que la rodeaban, se encargaban de esparcir. De difuminar a los cuatro vientos en un espacio público, tan privado como es el Muro del Malecón, para cualquier habanero. El porqué de tantas historias, tantos acontecimientos y chismes echados al aire por sus compañeros de noche, no estaba del todo esclarecido. Podría esto tan solo tratarse, de hacer más grata la espera, un tanto más pasable una nueva madrugada, en el mismo lugar, y no pensar demasiado en lo que en realidad estaban haciendo. Siempre con la expectativa de no se sabe qué, y a la es-pera de lo no imaginado. A ella solo le habían dicho que unos grupos de gusanos estaban al asecho, y esperando la visita del Papa, para hacer de las suyas. Para causar revuelos, y para que ella pasara más trabajo del que le tocaba por la cuota.
En su desequilibrio, esas gentes se habían querido adueñar de las Iglesias, y ahora pretendían reunirse en oraciones para armar pugilato. Salir a las plazas públicas, para que la prensa extranjera los sacase como héroes. Qué comemierdas eran todos, imaginarán que esas pataletas, iban de alguna manera a perjudicar al gobierno, que llevaba tantos años lidiando con fenómenos de este tipo, e incluso peores. Eso era lo que no entendía bien. Si eran unos don nadie, unos sin tierras, esos degenerados. Porque ese miedo que en ocasiones percibía en quienes la dirigían. Le temerían a un grupito de gentes protestando en las calles. A ella le parecía que no, pero la incongruencia no lograba descífrala, o al menos no entendía el asunto en todas sus partes. Esto no hay quien lo tumbe, no hay quien lo arregle por supuesto, pero tampoco quien lo tumbe. Lo único que no podía entender, era el por qué se le daba tanta importancia a esa gentuza, si de sobra se conocía como pensaban y que a la larga eran unos timoratos, que lo menos que tenían era cojones para revertir la situación del país. Porque tendrían que sacarla del trabajo que realizaba, que sí era productivo, para hacerse cargo de una vigilancia tan disparatada.
Una vez más, le vino a la mente Lazarito, el hijo de su finada hermana. Las ideas de éste, que unas veces parecían absurdas y otras revolucionarias. Era ésta otra de las cuestiones que su intelecto, quizás no tuviera capacidad para descifrar. En ocasiones era miedo lo que profesaba, cuando el muchacho se atrevía a contarle algunas de esas barbaridades, que sí consideraba excesos. Lo había hablado con Liborio su ex cuñado, pero al parecer había resultado en vano. Si la hermana estuviera viva, se volvería a morir. Nunca fue mujer de enfrentarse a nada, y menos al estado de cosas que había perdurado por décadas, y que a ella, a Mariana, le parecía inamovible.
Habían pasado siete años de su muerte, y todavía no se acostumbraba a la idea. Era la más chiquita de sus hermanos, ¿Por qué a ella?; la vida es una mierda, y como tal debía tomarla. Estas eran unas palabras que no se cansaba de repetir, pero que a la vez nunca llegaba a asimilar en su verdadero sentido. ¿No estaría madura aún, a pesar de estar doblando ya la curva de su existencia?, podría ser esa una explicación, o quizás fuese porque no había vivido lo suficiente. Encerrada por diversos motivos, des-de que comenzó a trabajar en el Restaurant. Siempre frente al fogón, sin apenas tiempo de leer un libro, o ver la televisión como el resto de las mortales. Arrugas le habían salido del constante calor; las manos, ahora llenas de callos, no eran ni por casualidad las de antes. Llegaba a casa por las tardes y caía des-fallecida, sin apenas interés en la novela, y mucho menos en Saúl. Por eso quizás prefería acostarse primero, sentirse sola unos instantes. Entonces sí dormía como Dios manda, y soñaba incluso como cualquier otra mujer, con cuestiones normales, tan cotidianas como su vida misma. No como ahora tirada en el muro del Malecón, con esas pesadillas dándole vueltas. Y donde en ocasiones juzgaba que los susurros de los compañeros que la rodeaban; se convertían en historias, peripecias que incorporaba a sus sueños, en una maraña muy rara de sobresaltos, que le hacían la noche más larga, y los propósitos de la misión más in-concebibles.
La noche estaba algo fría, quizás unos diecisiete grados, sin tener en cuenta la brisa, que siempre aumenta la sensación de frialdad. No era mucho, pero aspectos como estos los había aprendido Mariana con los militares. Y siempre que los sacaba a colación, observaba como los demás se quedaban pasmados, boquiabiertos al advertir la supuesta preparación de su interlocutora. Eran tretas que con el tiempo, había aprendido a desplegar. No ahora que era una vieja, antes, cuando sí le hizo falta. Sobre todo ante personas importantes, y de más talante que el que ella era capaz de suponer, por las propias limitaciones de su oficio y el entorno. Ahora mismo, sin considerarse superior, podía definir sin temor a equivocarse, que la luna, por el aspecto debía estar en cuarto creciente. Antesala natural de los grandes acontecimientos sobrenaturales. Y no es que fuese a aparecer un hombre lobo en la ciudad, ni cosa por el estilo. Era algo más profundo, que quizás el aire presagiaba, o el propio fantasma de los que antes caminaron por estas mismas avenidas. Si su tatarabuelo y su hijo, en este caso el abuelo paterno, volviesen a estos lares, se quedarían boquiabiertos, pasmados, ante tanto irrespeto y tanta desidia de los de esta época.
Para empezar, no soportarían el nivel de ruido y mucho menos las aglomeraciones de personas. El roce de los cuerpos, y hasta el apretujamiento en los ómnibus. Por eso siempre había pensado que las grandes ciudades, de cierta manera, poseían personalidad propia. Bastaría con mirarlas desde lo alto para comprenderlo. Es una cuestión inherente al aura que dispersan, todos y cada uno de sus moradores, por la misma acción de vivir, de habitarla, y no por nada del otro mundo. Aunque no pocos pudieran pensar que es debido al hedor de vida que las rodea, que de esa misma manera las enmarca y las subdivide por categorías. Sin embargo, estos parámetros nunca han sido compara-dos, ni medidos por nadie. Pudiera ser posible además, que de cierta forma influyeran los colores y las texturas de las edificaciones, que se dispersan en todas direcciones. Y que en el supuesto caso de no ser absorbidos y digeridos como es debido, pudieran dar lugar al caos y la descomposición. Varias veces, la policromía misma, da un valor un tanto más exacto, de la manera de ser de las grandes multitudes en disímiles regiones del planeta. Además de esto, y sin temor a equivocarme, me atreve-ría a asegurar que diversos sonidos, a lo mejor conformen una manera de razonar, una forma distinta de concebir el contexto. O puede que sea verdad que la temperatura en su ir y venir, fuese la responsable de la identidad de una región, y por lo tanto de la manera de ser de sus habitantes. Todo puede suceder, cuando nos encontramos como es el caso, en esta urbe que exhala sus vapores más allá y hacia lo interno de un Malecón, que pretende aprisionarla, comprimirla hacia lo íntimo de sí, dejándole pocos recursos para expandirse. Vetándole el cruce al Norte, lugar misterioso, que como por encanto siempre ha atraído a los que aquí viven.
Por otra parte, está la presencia de la bahía, que para equiparar las acciones, la deja escapar hacia barrios periféricos. Nunca exentos del mismo olor y sabor que el mismo Centro. Debe ser eso que algunos tratan de explicar, cuando aducen los términos de caribeños, de isleños, y otros tantos, que nunca serían capaces de dar una expresión exacta de cómo sé es, en esta parte específica del planeta; a pesar de las disímiles teorías que en el de curso del tiempo han surgido.
La Habana, sin lugar a dudas, tiene su propia personalidad, y su propio encanto a la vez. Y no ahora que es grande y vieja, sino incluso desde sus propios albores, en que unos extranjeros equivocados pretendieron acorralarla entre piedras, levantadas a fuerza de látigo y sudor de los más desposeídos. Es de considerar, que cuando al fin se les pudo llamar Murallas, a aquella cárcel, hubo que tirarlas abajo. Fue como si la muchacha, recién venida al mundo, se negase a ser encerrada; enclaustrada en castillos dorados, con el único afán de protegerla contra los avatares, de una existencia que por más le pertenecía. Y de la que siempre debió haberse sentido protagonista. A partir de esta forma de observar la vida, tan particular en estos lares, ya fuese por el sol, el calor, los colores y las texturas del ambiente. Aquí siempre se ha sido muy particular, de eso tengo numerosas evidencias. El cubano es único, en su manera de abordar la realidad, digerirla y ofrecerla a los demás, que siempre lo han observado con ese interés propio de encontrarse ante un fenómeno extraño, una rareza, como pudieran ser los automóviles que circulan por sus calles con más de cinco o seis décadas de explotación. Sin embargo, hay aspectos que todavía al parecer no son entendidos en su exacta magnitud, ya sea por el des-barajuste a que han sido sometidos, como a la interpretación misma que los demás hacemos de la realidad que nos circunda. En este caso en particular, ¿cómo podría entender Mariana el porqué de su situación junto al Muro del Malecón?
