II.- Arrugas en los ojos del comisario

De la novela Toda la ceguera del mundo

Néstor Ponce

nestor-ponce-orilla-OtroLunes3415 de julio 2013: 

La novela inédita de N. Ponce Toda la ceguera del mundo ha recibido el premio de primer finalista del concurso “Medellín Negro 2013” (Colombia). El jurado estaba integrado por: Javier Chiabrando (Argentina,escritor, director del festival de novela negra  “Azabache”), David Knusont (Xavier University, Cincinatti), y Selnich Vivas Hurtado (Universidad de Antioquia). La novela será publicada por Ediciones B de Medellín.

 

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El inspector Barrionuevo recibió la llamada cuando estaba a punto de salir del despacho y regresar a su casa. Se puso el saco azul, se ajustó el nudo desfalleciente de la corbata y observó por espacio de unos segundos, con nostalgia, el ventilador. Daba paletazos silenciosos, que despeinaban el aire. Se dijo que esa noche tampoco iba a poder mirar el DVD de Arachnid. Dudó en hablar a su mujer. El celular en el bolsillo del pantalón le pesaba tanto como la .45 reglamentaria bajo la axila.

—Creo que hay algo para usted— le dijo el comisario de la seccional novena. Le explicó brevemente de qué se trataba. El comisario respondió con monosílabos ahogados. Ronquidos que le venían del vientre y se aplastaban bajo la lengua como piedritas. Después se comunicó con la Policía Científica. Media hora después salían de la Jefatura un patrullero con cuatro personas y una camioneta con las siglas de la PC.

Cuando estacionaron frente a la casa de 68 entre 1 y 2 que le había señalado el comisario, ya había un ramillete de curiosos comentando el hecho, reunidos en círculos, fumando o de brazos cruzados. Distinguió también al periodista Juan Carlos Rébora. Algún oficial de la seccional le habría avisado de lo ocurrido, esperando una coima o que lo citara en el artículo.

La luz solar declinaba, luego de un día de finales de noviembre apabullante. El aire estaba estancado, se lo podía tomar en porciones y armar pilas de humedad. Los presentes vieron bajar del patrullero al inspector, a otro oficial de civil y a dos agentes de uniforme. Pero los que mayor interés suscitaron, sobre todo entre los niños y los adolescentes apasionados por las series televisivas norteamericanas, fueron los hombres y mujeres con mamelucos azules y botas de goma de la Policía Científica. Rébora había visto a Barrionuevo y lo interpeló:

—¿Alguna reacción, inspector? ¿Estamos ante un nuevo arreglo de cuentas entre narcos?

—Todavía no he tomado conocimiento directo del caso. Ninguna declaración por el momento— cortó tajante el policía.

Más de una vez Barrionuevo hubiera querido agarrar del cogote a esos cuervos que cagaban tinta. Entorpecían la investigación, alarmaban a la población. Con Rébora la relación había sido de otro tono. Cuando lo nombraron en la sección policiales, como gran reportero, hacía unos meses, su nombre no le decía nada. Después examinó los archivos de El Día en la red y encontró su firma en las secciones de política nacional e internacional. No le creyó cuando el periodista le dijo que él mismo había solicitado pasar a policiales. Tampoco le preguntó por las razones. Había algo en ese muchacho, en la forma de hablar y de encararlo, que lo hacía pensar en su propio hijo menor, Andrés, el que estudiaba inglés en la universidad.

Se dejó fotografiar sin mirar el objetivo y luego entró en la casa. Era una propiedad de dos plantas, con rejas hacia la calle y un pequeño jardín, con un bananero de hojas lacias y con las puntas amarillas por la falta de agua. Las puertas y las ventanas también lucían las consabidas rejas, que se habían multiplicado como ratas siguiendo la proporción de los asaltos, de los robos y de la violencia. A la derecha había un garaje abierto a la calle 68, con un techo de tejas rojas y otra reja verde. Barrionuevo registró todas estas informaciones de un vistazo. No había coche estacionado, unos manchones de aceite sobre las lajas, la marca de barro de los neumáticos. Habría que hacerlo analizar.

En el interior, todas las ventanas habían quedado cerradas para mantener el fresco. Ahora, todas las luces estaban encendidas. Las paredes del living brillaban, blancas, y el suelo armaba un damero de grandes mosaicos rojos. Unos sillones de cuero, una mesita baja, un armario con vidrios y botellas de alcohol. Whisky importado, apuntó Barrionuevo. Todo muy limpio, muy prolijo en las habitaciones siguientes. La mano de una buena empleada doméstica. El comisario le preguntó si quería interrogar a la dueña de casa, que descubrió la escena, o si prefería ver el lugar de los hechos. Barrionuevo hizo una seña con el mentón, siguiendo el dedo del policía que se dirigía hacia el fondo.

Salieron de la cocina, situada en la parte posterior de la casa, por una puerta mosquitera y alcanzaron el patio. Al fondo se levantaba otra construcción de material, con grandes ventanales de vidrio y techo de paja: el quincho, como miles de otros en la ciudad. Una enorme parrilla de ladrillos refractarios relucía en un ángulo. Una larga mesa, con bancos de madera, ocupaba el centro de la escena. Unos estantes, contra la pared, con platos, vasos, cubiertos, botellas de vino y chimichurri casero.

—Es por aquí— informó el comisario.

En un recodo, con las paredes recubiertas de madera terciada, que querían simular los tablones de una cabaña de la cordillera, había cuarenta dedos humanos, perfectamente seccionados, clavados en cruz. Veinte cruces.

El doctor Ricardo Posse escribía sobre un anotador. No levantó la vista cuando sintió una presencia a su lado.

—Cómo le va, comisario— era un saludo, no un pedido de información. Barrionuevo resopló por la nariz.

—Como un miércoles de noviembre a las dieciocho horas, a punto de ponerme el saco para volver a mi casa y ver Arachnid en el living, cuando suena el teléfono.

El médico forense masculló una sonrisa. Las cejas espesas se unían sobre la nariz y formaban dos arcos peludos, protectores. Barrionuevo esperó el primer informe oral.

—Cuatro pares de manos con los dedos prolijamente amputados. No falta ni una falange. Se puede suponer que los dueños ya estaban muertos, por la limpidez del corte, ninguna marca de resistencia. Se tomaron todo el tiempo para que el trabajo fuera ejecutado con precisión. La cantidad de sangre chorreada por la pared y en el suelo indica que el deceso no databa de muchas horas cuando se llevó a cabo la operación. Los dedos fueron clavados en cruz, a la altura de la falange proximal, o primera falange, si prefiere, es decir la más cercana a la palma de la mano— aclaró.

Respetando las marcas de tiza que habían trazado groseramente en el piso de ladrillo, Barrionuevo bajó los lentes sobre el tabique nasal para observar de cerca los trozos de carne en brochette. Sintió el aliento a tabaco del forense por sobre su hombro.

—Cuarenta dedos, en cruz, con su par. Índice con índice, mayor con mayor, anular con anular. A ojo de buen cubero, ningún par de dedos con el mismo propietario. El pulgar de la víctima A con el pulgar de la víctima B, el meñique del occiso C con el meñique del occiso D. No hay mayor simetría en la distribución en la pared. Los clavos son nuevos, se puede rastrear dónde los compraron. Él o las personas que los clavaron es o son de estatura media, uno setenta y cinco, aproximadamente. Uno de los dedos medio presenta señales de haber llevado un anillo o alianza. En apariencia, no hay huellas digitales en la madera, o sea que tal vez hayan utilizado guantes. En cambio, hay unas marcas de zapatos en el suelo— precisó señalando hacia abajo. Barrionuevo contemplaba el conjunto sin separar los labios—. De los cuerpos, ni rastros en la morada. Lógicamente, las amputaciones fueron ejecutadas en otro sitio, y luego se trasladaron aquí las extremidades en envase o recipiente.

La respiración del médico le daba ganas de fumar. Hacía tres meses que había dejado, había engordado cinco kilos a pesar de los comprimidos y de la media hora suplementaria de gimnasio por día.

—El detalle es la firma— agregó el doctor. El inspector no había dicho nada, pero fue algo que le llamó la atención en ese cuadro macabro—. Es una bolsita típica de las que se emplean para la cocaína. Es a lo que se parece la sustancia que se distingue. Los análisis van a permitir comprobarlo. Digo firma porque la clavaron en el ángulo inferior derecho, como si fuera una firma en un cuadro, una advertencia. En las tres otras masacres los dedos estaban también en cruz, pero no había cocaína. Ni firma.

Barrionuevo dio tres pasos atrás y se quedó contemplando la escena unos segundos, con los ojos arrugados, como para imprimirla en la retina. Contó mentalmente: el 15 de noviembre, cien falanges; el 23, cincuenta; el 26, sesenta; el 28, cuarenta. Veinticinco muertos. Buscó entre las personas del quincho al comisario del barrio. Lo llamó con un gesto.

—¿Encontraron más droga en la casa?

—Si había, se la llevaron. Lo que hay en cambio es una caja con bolsitas para ravioles y otra con envases de talco, que pueden servir para cortar la coca.

Barrionuevo pensó que sus colegas policías habrían dispuesto de todo el tiempo necesario para poner la mercancía a buen recaudo, mantenerla guardada unos meses y luego ponerla en circulación cuando se calmara la cosa. Los sueldos no alcanzaban y no era cosa de desaprovechar las oportunidades.

—A ver. Muéstreme.

Volvieron a la casa. Una cinta obstruía la entrada a un cuarto revuelto. El comisario ordenó al agente que estaba de plantón que les franqueara el paso. Era una pieza de unos nueve metros cuadrados, sin un uso claro: una mesa en un rincón, un tubo de neón en el techo, una lámpara de varios wats, retráctil, que se podía inclinar sobre la mesa. Los placares embutidos en los muros mostraban las puertas y los cajones abiertos. Reinaba un desorden que contrarrestaba con las otras dependencias: ropas, papeles, herramientas tiradas por el parquet. Sobre una mesa, todo lo necesario para fabricar una buena raviolada de cocaína. “Esto es una casa de seguridad”, pensó el inspector. Luego buscó, removiendo los bultos con las manos enguantadas, una caja de clavos. Sin éxito. Salieron.

—La chica está en el piso de arriba. Dos dormitorios, un cuarto de baño, un despacho con una computadora, que el técnico está revisando.

Barrionuevo subió lentamente los peldaños de granito.

—La mujer tiene 27 años. Vivía en el barrio con su pareja, sin hijos, desde hacía dos años. Estamos interrogando a los vecinos. Al parecer, no se daban mucho con la gente. El muchacho salía todo el tiempo, a horarios diferentes. Comerciante al por mayor, según la chica.

Barrionuevo entró al cuarto que daba a la calle. Al borde de la cama, acompañada por dos policías femeninas, se hallaba sentada la mujer. De sus hombros, que se alzaban y bajaban en movimientos irregulares y convulsivos, emergía una cabeza de pelo corto, rubio, teñido. Las manos con uñas de un rojo furioso le ocultaban la cara. La pieza estaba amueblada con cierto gusto, una pantalla de plasma que parecía sacada de un cine ocupaba media pared, un jarrón de barro cocido invadía un rincón.

En los últimos meses, los narcos habían multiplicado el trabajo en la región. Desde Paraguay o Bolivia, bajaban cargamentos, que venían también de más arriba, de Perú o de Colombia . Por cualquier medio. Habían descubierto bolsas de cocaína en las llantas de un camión proveniente de Formosa. Ravioles en cáscaras de huevos que habían abierto, pegado, empaquetado y que transportaba una furgoneta. En un local de la calle 6 entre 43 y 44, hacía unos meses, ahí nomás del centro de la ciudad, los narcos mezclaban la cocaína con gel y la deslizaban en almohadillas térmicas. Esa droga venía de Bolivia, controlada por los carteles colombianos, había transitado por un predio rural de Luján, en la provincia de Buenos Aires, donde terminaron de procesarla, e iba a salir, siguiendo una cadena sofisticada que no se había logrado definir, con rumbo a Lisboa. El cargamento fue valuado en veinte millones de euros. Entre los detenidos, figuraba un bogotano al que Interpol vinculó, en algún momento de su trayectoria, con el cartel de Medellín.

En la ciudad, pensó Barrionuevo, la cocaína cortada con talco recorría los pasillos de las villas miseria del Gran La Plata, pibes cada vez más chicos se drogaban con benzina y goma de pegar, caían en comas etílicos de vino en tetrabrik con los ojos como revuelto gramajo. Robaban  con violencia cada vez más inusitada, sacando cuchillos de cocina y tenedores o jeringas para pagar el consumo. Los punteros de los políticos, de los candidatos a concejal, intendente, diputado y hasta gobernador, transaban con los narcos y ofrecían carta blanca para la distribución, aseguraban la protección y la impunidad. Con los beneficios pagaban las campañas y conseguían puestos de funcionarios. Era un círculo vicioso, una espiral atragantada.

Por la ventana que daba a la calle, notó que ya había caído otra noche borrascosa. Entonces, sintió la fatiga, los pies como en una bolsa de nylon húmeda, el sudor corriéndole por la espalda.

—Carajo— dijo mordiendo las vocales.

Del Autor

Néstor Ponce
Nacido en La Plata (Argentina) en 1955 y residente en Francia desde 1979, Néstor Ponce es autor de dos libros de poesia, Sur (1982), Desapariencia no engaña (2010) (trad. al francés: Désapparences, 2013) y de ficciones: El intérprete (Premio Fondo Nacional de las Artes 1998) (trad. al alemán: Der Dolmetscher, 2010), La bestia de las diagonales (1999; trad. francesa 2006), Hijos nuestros (2004), Perdidos por ahi (2004), Una vaca ya pronto serás(2006, premio internacional de narrativa Siglo XXI, México) (2° ed. Arte y Literatura, Cuba, 2010), Azote (2008), Sous la pierre mouvante (trad. al francés, 2010), asi como de una docena de trabajos criticos, entre los que destacanDiagonales del Género (2001), Crimen, anthologie de la nouvelle noire et policière d'Amérique latine (2005), Le Mexique. Conflits, rêves et miroirs (2009), Memorias y cicatrices. Estudios de literatura hispanoamericana contemporánea (2011). Actualmente  es catedratico en literatura y civilizacion hispanoamericana en la Universidad de Rennes II, donde dirige la revista electronica Amerika y el equipo de investigaciones Interlenguas: Memorias, Identidades, Territorios (ERIMIT).