Entre Prometeo y Narciso. El siglo modernista (1880-1980)
Luis Rafael Hernández
Universidad Complutense, Madrid, 2013.
Vale la pena anunciarlo desde el comienzo. Este es un texto nacido para la polémica. Polémico en cuanto a los criterios de periodización de los movimientos literarios tan caros a la academia; pero también, más allá del tema estrictamente literario, aunque transversal al mismo, en el análisis de la historia y en el siempre sinuoso territorio de la interpretación política de la misma. Y es precisamente, en su vocación polémica, aquella que se ejerce como una inteligente provocación, donde se encuentra su mejor justificación para asomarse nuevamente al Modernismo hispanoamericano, desbordado de una extensa y diversa bibliografía crítica, donde resulta difícil encontrar un sesgo previamente no advertido.
Ante el cúmulo de tendencias renovadoras, disímiles, y a veces contradictorias, que conforman la poética de lo que conocemos como el movimiento literario modernista, y que la crítica sitúa entre 1875 y 1880 hasta la primera década del siglo XX, el autor comienza por escindir, no de manera mecánica, como se verá, los dos ejes que a su entender vertebran el cuerpo ideo-estético de la nueva sensibilidad. Y acoge precisamente en el título de su ensayo los símbolos contrapuestos que identifican el rostro bifronte de esta sensibilidad: Prometo y Narciso.
Narciso, obviamente asociado al Darío fundador, promotor e imantador, durante la mayor parte de su obra y con la que más se le identifica, de una poética, asimilada, grosso modo, a lo que se llamó en el ámbito occidental el espíritu de fin-de-siglo y que tomó cuerpo en los distintos movimientos literarios de expresión inglesa, francesa, alemana o italiana, en resumen una reacción internacional, eminentemente lírica, opuesta a la grosera preeminencia de lo que, por abreviar, llamaremos cultura burguesa, y que en Hispanoamérica se presentaba generalmente mediocre, envuelta en el ropaje del pragmatismo positivista, empobrecida espiritual y artísticamente. Frente a este escenario se alza el verso esteticista de Darío, al tiempo que instala la identidad de la literatura hispanoamericana en una dimensión nunca antes conocida.
Darío habría instaurado, pues, una poética que en el ámbito del lenguaje literario quebraba el orden preceptivo tradicional, revolucionaba la expresión poética, se lanzaba a la búsqueda de la palabra armoniosa y del lujo estilístico; consagraba el arte como la respuesta al oprobio de las condiciones histórico-sociales; exploraba con exquisita sensibilidad lo exótico y extraño, el relumbrón exteriorista, el erotismo decadente; y paradójicamente, ahondaba también en las angustias existenciales de un yo atormentado; al tiempo que se envolvía en un preciosismo expresivo, emblema e imagen de su identidad poética. El divino Narciso.
El aliento prometéico, nos dice Luis Rafael, llega de la mano de José Martí, a quien, por lo extensa y pormenorizada presencia en el texto, cabe no sólo apuntar su precoz adelantamiento en la sensibilidad prometéica, sino que se convierte en el referente, las más de las veces en solitario, de una literatura más comprometida socialmente, de un abrir la escritura a la historia, a un presentismo inmediato que huye de la evasión y del esteticismo, que reconoce como función del artista la mirada crítica, la denuncia; la expresión, en resumen, de las graves contradicciones que la hirviente actualidad en que vivía le exigían. Pero aún se expandía más la mirada martiana, y se asomaba a la tierra americana para proponerle
la búsqueda de una auténtica identidad, y, mirando hacia el futuro, protegerla del “vecino poderoso” que en su proceso expansionista amenazaba los países del Sur. Ese Martí donde se funden coherentemente eticidad y compromiso en la escritura y la existencia. El artista como agente subversor. Prometeo entregado al sacrificio.
Apretadamente resumidos los rasgos de lo narcisista y prometéico yacientes en el Modernismo, para evitar la simplicidad de una interpretación excluyente, el autor nos propone una visión integradora, donde concilia ambas identidades, fundidas en una interpretación no lineal sino en una abierta espiral conciliatoria. Si el Darío de Azul y del resto de su obra preciosista y escapista, como generalmente se interpreta, el nicaragüense de Cantos de vida y esperanza, estremecido por la crispada prosa de Martí nos revela en la madurez su más profundo e íntimo sentimiento humano, alejado ya de exotismos, lujos y frivolidades. Y si el Martí que dota sus crónicas –verdaderos ensayos- de una escritura nerviosa, sincopada a veces, atenta al suceso, de inquisidora mirada reflexiva, abundante en detalles, comprometida social e históricamente, ampliando el discurso modernista a una filiación moderna, este Martí tampoco se desentiende del delicado aliento poético, y hasta lírico, que adorna su prosa, como tampoco desdeñara la expresión modernista en sus primeros versos.
Sin embargo, desde esta mirada integradora, Luis Rafael parece decirnos que sobre todo son los valores procedentes de una Modernidad, cuyos orígenes rastrea en la Revolución Francesa (ansias de libertad, respeto a los derechos humanos, racionalidad, antidogmastismo, de amplia vocación humanística…), integradores de lo que podríamos resumir como el “ideario martiano”, son los que le permiten, acogiéndose a la frase juanramoniana de que el siglo XX sería del Modernismo, ampliando así la convencional periodización del Modernismo, y expandirlo hasta 1980 para confrontarlo con la posmodernidad. De suerte que la vanguardia y la posvanguardia quedarían subsumidos en esa espiral envolvente del Modernismo, elidida la restringida categoría de Modernidad con que la crítica saluda las vanguardias. Deténganse, sugiero, en el capítulo 10, “La vigencia del Modernismo” para ahondar en algunas de estas propuestas. Abierta y bienvenida la polémica.
Será en los tres capítulos finales del total de doce que integran la obra, donde el autor deposita otra de sus sugestivas propuestas polémicas, que no me resisto a identificar como la recuperación del ideal propio de las utopías, acercándose ahora a un análisis histórico y una interpretación política de nuestra contemporaneidad.
Resumiendo, el autor nos propone, con respecto al Modernismo, dos interpretaciones de la Modernidad. Una, la Modernidad perversa, interesada básicamente en un desarrollo industrial de espaldas al humanismo, egoísta acumuladora de riquezas, asimilada al Modernismo narcisista que se desentiende de cualquier compromiso social; la otra, la Modernidad progresista, permanece atenta al desarrollo y mejoramiento social, posee una amplia vocación humanística, alienta una refundación americanista y se confunde con una utopía de progreso económico y espiritual. Esta última se correspondería con el Modernismo proteico martiano, que deberá servir de paradigma a lo largo del siglo XX a nuevas formas de expresión, insistiendo en la defensa de una identidad americana, opuesto a las ideología colonialistas, abriéndose a las experiencias de la vanguardia en sus discursos de renovación formal, expresando deseos de progreso y justicia social. Esta ampliación de la huella modernista puede seguirse en el desarrollo de la literatura hispanoamericana entre las décadas 1940 a 1980, entre otras razones, por su insistencia en la elaboración de un imaginario regional desde la Modernidad del arte y por un posicionamiento que, para simplificar, llamaré, como el autor, de izquierdas.
A partir de ahí Luis Rafael alumbra una inquietante contradicción: cómo el aliento de progreso integral de la ética y la cultura hispanoamericanos que se alimentan del Modernismo martiano, convive, sin embargo, con una sociedad hispanoamericana que permanece en un estado de postración cívica, social y económica, instalada en la marginalidad, carente de madurez política. Ante esta contradicción el autor observa que, a pesar de todo, el acceso pleno a la Modernidad progresista en Hispanoamérica continúa descansando en un sostenido proyecto de utopía, identificable con el martiano, pero de inciertas posibilidades de realización. Una mirada que amplifica en los siguientes capítulos.
Sostiene el autor a continuación que en Hispanoamérica la tentación posmodernista únicamente puede considerarse como una impostura. Y sostiene que mientras la superación del capitalismo industrial ha encontrado su continuidad en la sociedad posindustrial, el neoliberalismo y la globalización, consolidando la concentración de riquezas en el Norte, el Sur no cesa de empobrecerse. Al tiempo que esa sociedad posindustrial incuba en su interior un arte descreído y agotado de otras ilusiones que no sean las del beneficio, individualista e insolidario, fatigado por el fracaso de las utopías sociales del siglo XX, el artista se fuga de su poder de negación, avocado a lo efímero y espectacular. Así, la Posmodernidad se integra en un espacio de crisis y descreimiento.
Se pregunta el autor: cómo hablar, entonces en Hispanoamérica de Posmodernidad, respuesta del arte a la sociedad posindustrial, cuando ni siquiera han superado las fronteras de la sociedad industrial. Y contesta que la respuesta se encuentra en lo que llama Neomodernismo, una renovación del Modernismo contraria al Posmodernismo, destinada a la construcción de una segunda Modernidad, bajo los mismos presupuestos ideo-estéticos pero en un mundo globalizado, donde las fronteras desaparecen. El rescate del viejo sueño de una renovada utopía donde la libertad, el progreso y el desarrollo integral de la persona sea capaz de borrar las pesadillas que las fracasadas utopías del pasado siglo depositaron en la memoria de la humanidad.
Neomodernismo, esta es la propuesta de Luis Rafael. Bienvenida, y queda abierta la polémica.
De más está añadir que esta reseña no es más que una apretada síntesis de una extensa y rigurosa labor de investigación y reflexión sobre la variedad de estrategias y experiencias modernistas, y su colofón, su apertura a lo que, en el sustancioso prólogo que presenta la obra, Ivan Schulman llama el “complejo proceso inconcluso de la modernización de las letras hispanoamericanas”.
Luis Rafael, graduado por las universidades de La Habana y Complutense de Madrid, ha ejercido la enseñanza en ambas instituciones. Poeta, ensayista y narrador, ha publicado una veintena de títulos. Ha sido merecedor de numerosos premios literarios y en la actualidad compagina su labor crítica y de creación con la dirección de publicaciones de Editorial Verbum. Es Luis Rafael, como le habría gustado decir a Rubén, “un homme des letres”, y, al decir de Vila Matas, un “letraherido”.