Del fanatismo religioso al fanatismo racionalista

Armando de Armas

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La sociedad civil no sería un invento de la modernidad, aunque habría que decir que con la modernidad ésta adquiere un carácter definitivamente distinto incorporándose al discurso al uso. Así, habría una sociedad civil  bajo el signo de los Estados tradicionalistas y otra, surgida a partir de la Revolución francesa, bajo el signo de los Estados modernos.

De modo que hasta los últimos siglos de la Edad Media, durante los que comenzaría la transición de la sociedad feudal a la moderna, se observa un franco predominio en el discurso occidental que, partiendo de Aristóteles, vendría a definir a la sociedad civil anterior como natural, de lo que se desprende entonces que la sociedad civil que le sigue vendría a definirse de antinatural.

El primer cuestionamiento importante de la concepción de la sociedad civil tradicional,  no  vendríamos a encontrarlo sino hasta el siglo XVII, en la obra de Thomas Hobbes.

Pero, si la historiografía define a la sociedad civil pre moderna en términos de natural y a la moderna en términos de antinatural. Nosotros acá preferiríamos dar a la primera el calificativo de sobrenatural.

Hobbes fue el primero en definir la sociedad civil como el hecho jurídico mediante el que los individuos se vinculan a través de una ley y de un derecho común que emanan de una convención y no de una derivación natural. Un hecho construido artificialmente como resultado de la necesidad, el orden y la voluntad; a diferencia de lo dicho en el discurso aristotélico.

En el estado antinatural de la sociedad, tal como lo concibe Hobbes, lo que observamos es una unidad real de los individuos en la entrega voluntaria de los respectivos derechos ante el Gobierno, de modo que la multitud deviene en sociedad civil, un dios mortal que encarna la voluntad de todos los particulares, sometido al dios inmortal que no sería otra cosa que el Estado como Leviatán. Una cesión de derechos que Hobbes ve como entrega a la protección de Dios pero que no sería otra cosa, dado el secularismo moderno, que entrega a la maquinaria estatal.

Del mismo modo que en Hobbes, en Locke la sociedad civil es una convención pero, mientras que en Hobbes la convención considera la supeditación a gobiernos o gobernantes absolutos a los que se abandonan todos los derechos y se autorizan todas las acciones, en Locke en cambio la convención no considera la supeditación a ninguna entidad con tales prerrogativas absolutistas y nadie está exento de obedecer a las leyes que la rigen.

Ahora bien, si acá preferimos sustituir el término natural por el de sobrenatural al referirnos a la sociedad civil perteneciente a la época pre moderna no sería gratuitamente, sino por la real regimentación de las civilizaciones tradicionales en su subordinación a los poderes de lo sacro más que a los poderes de este mundo y donde, obviamente, los poderes de este mundo que se percibiesen desasidos o abandonados de los poderes de lo sacro corrían el riesgo cierto de caer descabezados.

Una sociedad, anterior al Renacimiento y la Reforma, que estaría organizada verticalmente desde lo alto monárquico hasta lo bajo de siervos y demás integrantes de la masa que configura la base de la pirámide, pasando antes por la nobleza feudal, el clero, las distintas órdenes religiosas, las órdenes de caballería, los gremios, logias y talleres de los canteros y otros oficios que, en algunos casos, evolucionarían posteriormente hacia la masonería especulativa.

Misma masonería que sería determinante en el advenimiento de la sociedad moderna con el crisol de fenómenos históricos como la Revolución norteamericana, la Ilustración y la Revolución  francesa. Es bueno hacer un distingo entre las logias masónicas que influyen en el desencadenamiento de los hechos en Francia de las que lo hacen en Norteamérica, entre los pensadores de la Ilustración francesa y los de la inglesa (la mayoría de los cuales serían también masones) y, obviamente, entre las sociedades civiles que desovan ambos fenómenos.

Digamos que la diferencia estribaría, fundamentalmente, en que las sociedades civiles del ámbito anglo y norteamericano serían más libres y estables que las sociedades del ámbito franco. Quizás ello se deba a que la libertad depende en buena medida del sentido ascendente o descendente de las sociedades.

Así, el barón y filósofo tradicionalista italiano Julius Evola, quien ha ahondado quizá como nadie en el análisis de la modernidad, asegura que la causa verdadera de la decadencia de la idea política en Occidente contemporáneo reside precisamente en el hecho de que los valores espirituales que una vez impregnaron el ordenamiento social han venido a menos, sin nada que les sustituya.

El problema es, apunta Evola, que se ha descendido al nivel de consideraciones y factores económicos, industriales, militares, administrativos y, como máximo, sentimentales, sin que se den cuenta que todo esto no es más que mera materia, necesaria hasta donde se quiera, pero nunca suficiente para producir una ordenación social sólida y racional, apoyada sobre sí misma, de la misma forma que el simple encuentro de fuerzas mecánicas no producirá jamás un ser viviente.

De modo que EE.UU, la nación que mejor ha encarnado los valores libertarios por más de dos siglos se fundó no tanto como democracia y más como República constitucionalista, pero se fundó sobre todo mirando hacia lo alto, como lo demostraría el que las logias masónicas de las trece colonias: New Hampshire, Massachusetts, Rhode Island, Connecticut, New York, New Jersey, Pensilvania, Delaware, Maryland, Virginia, North Carolina, South Carolina y Georgia fueron el foco definitivo de la insurrección contra la dominación británica.

Tan importante para la historia norteamericana sería la masonería que, va de suyo, la mayoría de los que firmaron la Declaración de Independencia de Estados Unidos, el 4 de julio de 1776, eran distinguidos hijos de la viuda, tal como se conoce a los miembros de la hermandad, entre ellos: Ellery, Franklin, Hancock, Hewes, Hooper, Paine, Stockton, Walton y Whipple.

Así, nueve de los trece delegados que rubricaron los artículos de la nueva confederación eran masones: Adams, Carroll, Dickinson, Ellery, Hancock, Harnett, Laurens, Roberdau y Bayard Smith, y masones fueron también los hombres que firmaron la constitución estadounidense: Bedford, Blair, Brearley, Broom, Carroll, Dayton, Dickinson, Franklin, Gilman, King, McHenry, Patterson y Washington.

La gran mayoría de los congresistas que ratificaron dichos acuerdos eran igualmente miembros de la hermandad masónica y, además, la gran mayoría de los altos mandos del Ejército republicano que se enfrentó a las tropas británicas estaba constituida por iniciados en los misterios bajo la égida de la escuadra y el compás.

Lo cierto es que la masonería especulativa ha ejercido una influencia determinante en el establecimiento de la nación norteamericana, una influencia que ha sido mayor que la ejercida por cualquier otra institución en la historia de este país.

Pero, no es sólo asunto de masonería en cuanto a lo sacro norteamericano, pues no es posible olvidar que los peregrinos que arribaron en el Mayflower lo hicieron bajo la pulsión de lo religioso.

Aunque es bueno señalar también que la religiosidad en sí misma no bastaría para la tendencia ascendente en una sociedad dada, sino más bien una cierta doctrina del dharma a través de la cual se rechaza el concepto igualitario de “naturaleza humana”, impulsado fundamentalmente por la herencia judeo-cristiana y retomado después por jesuitas, protestantes e iluministas.

Una religiosidad en suma que sustituya el concepto de “naturaleza humana” por el más cualificado de naturaleza propia, la que cada uno debe llegar a desarrollar para el cumplimiento de la libertad individual dentro de lo social.

Ejemplo de sociedad civil ascendente, o sobrenatural, lo encontraríamos en el catolicismo medieval, en la época máxima del Sacro Imperio Romano Germánico de occidente, sociedad que se manifestaría a través de las cruzadas, las órdenes de caballería y las monacal-guerreras. Esto es, la época del cristianismo que supo incorporar los valores heroicos del paganismo clásico.

Un periodo histórico que nada tendría en común con el antiguo espíritu femíneo y fatalista común a muchas expresiones del cristianismo primordial, ni tampoco con el posterior espíritu de la Reforma protestante o la Contrarreforma jesuítica. Espíritu que expandido en los milenarismos y mesianismos sería el padre y la madre de las utopías modernas; tiempo de la sociedad civil antinatural.

Utopías que llegan a su clímax, orgasmo ensangrentado, con el socialismo en sus puntuales vertientes del nazismo y el comunismo, dos alas de un mismo pajarraco, la una negra, la otra roja, la una nacionalista, la otra internacionalista: apoteosis ambas de la supra razón y la supra modernidad.

Momento en que los hombres, no bastándoles con expulsar al Cristo del firmamento de sus mentes atormentadas, expulsan además a todos los dioses habidos y por haber, y entonces ni cortos ni perezosos vienen a repetir el proceso crístico, pero al revés, pues si Cristo es Dios hecho hombre que se deja crucificar, ahora ellos hacen dioses de unos hombres, líderes máximos les llaman, ante los que terminan crucificados.

¡Vaya que con los Lenin, Stalin, Hitler, Castro, Chávez o Maduro de este mundo hemos topado! Tránsito del oscurantismo religioso al oscurantismo racionalista, de los dogmas divinos, a los dogmas sociales; de Moisés a Marx. Del Santo Oficio de la Inquisición al Departamento de Orientación Revolucionaria y la Seguridad del Estado. Un retroceso, la verdad. Uno en que la sociedad moderna occidental, huyéndole a los mitos fundacionales, cuentos de la era adolescentaria de la humanidad les nombran, se deja dominar por los mitos disfuncionales. Una sociedad que queriendo emanciparse mediante la individuación se retrotrae a la masa amorfa de los estadios tribales; a la arcaica mente grupal.

Y si la sociedad civil sobrenatural está dominada por la dictadura del fanatismo divino, la sociedad antinatural está dominada por la dictadura del fanatismo cientificista. La primera marcada por la belleza, la pompa, el fervor, los rituales, los símbolos y las grandes catedrales que vendrían a generar, entre otras cosas, mucho del mejor arte de la historia. La segunda marcada por la fealdad, la obviedad, la frialdad, la agitación, la propaganda y los grandes edificios estatales que vendrían a generar, entre otras cosas, la muerte del arte. Y si a la primera se le atribuyen, según los estudios más serios y sosegados, entre mil y tres mil muertos bajo el Santo Oficio de la Inquisición a lo largo de unos tres siglos, a la segunda se le atribuyen, conservadoramente, más de cien millones de muertos bajo el no santo oficio de nazis y comunistas.

 

La sociedad gramsciana

En los tiempos de Marx y de la brusca y agitada liberalización política y económica del diecinueve, la sociedad civil, concebida como sujeto material y concreto, adquiere una supuesta capacidad de acción y movimiento que no sería otra cosa que mortandad y estancamiento. Y de la sociedad civil marxista pasamos a la sociedad civil gramsciana,  antinaturales ambas. Gramsci funde en una sola cosa lo civil y lo estatal y como los católicos en versión aristotélico-tomista, pero sin lo sacro, apuesta por la sociedad perfecta, y piensa que cuando el Estado lo es todo, la sociedad civil recupera con ello su concreción ideal y consolida su hegemonía ética, política y cultural. Gramsci vaticinó que el poder político sobre la sociedad había que tomarlo desde los sistemas escolares y académicos, los centros culturales y los medios de prensa. Contrario al marxismo, el gramscismo no tiene nada de obrerismo revolucionario, sino mucho de intelectualismo revolucionario. Justo lo que sucede al presente en el mundo occidental, empezando por EE.UU.

Y si EE.UU había encarnado la libertad durante dos siglos al menos es probable que ahora, gracias al gramscismo, eso estaría dejando de ser cierto.

Así, el olvido de la tradición y la herencia, el alejamiento de los mitos fundacionales y la caída bajo el influjo de los mitos disfuncionales llevarían al actual presidente estadounidense, Barack Obama, a cometer uno de los más grandes tropiezos durante su reñida campaña por la Casa Blanca en 2008. El tropiezo ocurrió antes de las elecciones primarias en Pensilvania, al decir el entonces senador que muchos vecinos de pequeñas poblaciones obreras de ese estado estaban amargados y que en consecuencia se aferraban a las armas y a la religión para compensar sus frustraciones y problemas económicos.

Unas declaraciones que indicarían desconocimiento de la nación que al presente gobierna; pues dos de las insoslayables bases sobre las que se ha erigido la nación estadounidense serían, precisamente, el derecho ciudadano a la tenencia, porte y ejercicio de las armas por un lado, y el derecho a la libertad de religión por el otro.

Olvidaba Obama que ambos derechos aparecen ya en The Bill of Rights o la Lista de los Derechos del Ciudadano, esa que, firmada el 15 de diciembre de 1791, define realmente a Estados Unidos, y sin la cual la Constitución nunca hubiera llegado a ser la Ley Suprema de la Nación. Olvidaba Obama que relacionar los problemas económicos con la fe, la fe como consecuencia de los problemas económicos, tiene más que ver con el apotegma leninista de que la religión es el opio de los pueblos (mito disfuncional clave) que con la realidad de un pueblo que ha hecho imprimir en su moneda In God We Trust.

Olvidaba Obama que la mayoría de los grandes monumentos arquitectónicos y artísticos de la humanidad, todos aquellos que nos definirían frente a una hipotética colonización extraterrestre, se los adeudamos más a la religión y a la opulencia que a los problemas económicos.

Obama, su generación en suma, no sería otra cosa que el producto final de una sociedad antinatural al estilo gramsciano.

La sociedad civil puede en verdad ser saludable para la libertad, pero obviamente no aquella que se comporte como la serie de compartimentos estancos, cada cual en su bandería (obrerismo, sindicalismo, nacionalismo, etc.), de que hablara Ortega y Gasset al analizar los prolegómenos que darían lugar a la Guerra Civil española de 1936.

La democracia puede degenerar en demagogia. La demagogia deviene en dictadura cuando los políticos están obligados a contentar a toda costa, para arribar al poder, a las mayorías dominadas no por la mente, sino por el estómago o la entrepierna.

En la posmodernidad los estrategas antisistema han declarado abiertamente, entre ellos el subcomandante Marcos de la guerrilla zapatista, que una sociedad civil reivindicativa sería la manera de minar las democracias burguesas, y así se apoyan, crean o exacerban ciertos derechos a reclamar por grupos de activismo homosexual, ambientalista, pacifista, pro marihuana, pro emigración ilegal, relativista, multiculturalista y, sorpresa, en esa guerra asimétrica sirven hasta pedófilos y zoofilicos. Créanme, ya existen grupos de pedófilos y zoofilicos declarando que ellos sienten un genuino amor por los niños y los animales y que, por lo mismo, han de tener derecho a matrimoniarse con el objeto de su amor. No es un disparate, recordemos que en EE.UU existe la Asociación Norteamericana por el Amor entre Hombres y Niños.

La lucha de clases del marxismo ha sido sustituida por la fragmentación social del gramscismo.

La sociedad gramsciana requiere, como en el mundo de Orwell, una neo lengua que pervierta no ya la palabra sino el pensamiento, y no ya el pensamiento sino la realidad. Así, aunados el mundo de Orwell y el de Huxley, el hombre deviene en esclavo que se piensa perfectamente feliz.

Sociedad civil, sí, pero cuál. Una pregunta que deberían hacerse las persona preocupadas por la libertad, especialmente los cubanos pues, no escapa al observador atento, el régimen de la isla hace rato que se prepara para dar el salto del totalitarismo marxista al autoritarismo gramsciano.

 

Notas del artículo

  1. El autor nos envió esta columna con el título original "Aristóteles, Hobbes, Locke, Marx, Gramsci, Evola y Obama: del fanatismo religioso al fanatismo racionalista", pero por razones de espacio y diseño editorial hemos tenido que reducirlo del modo en que aquí se publica.

Del Autor

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Armando de Arma
(Cuba, 1958). Escritor y activista político cubano. Es licenciado en Filología por la Universidad Central de Las Villas. En los años noventa formó parte del movimiento de derechos humanos y de cultura independiente que se manifestaba dentro de la isla. En 1994 logró escapar de Cuba con un grupo de amigos en un barco, recibiendo posteriormente asilo político en Estados Unidos. En 1997 fundó, junto a los escritores Angel Cuadra, Indaniro Restano, Octavio Costa y Reinaldo Bragado Bretaña, el capítulo del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio, del cual es vicepresidente. De Armas escribe además para la página Radio y Televisión Martí, donde conduce la sección de Arte y Cultura. Es autor de las novelas La tabla (2008) y Caballeros en el Tiempo (2013). Escribió varios libros de ensayos como Mitos del antiexilio, (2007) y Los naipes en el espejo (2011). Entre sus colecciones de relatos se encuentran Mala jugada (1996, 2012) y Carga de la Caballería (2006). Sus cuentos, artículos y ensayos han aparecido en numerosas antologías y han sido traducidos a diversos idiomas en el mundo. Colabora frecuentemente con revistas literarias y culturales de Alemania, España y Estados Unidos.